martes, 21 de abril de 2009

Hunger


Señalaba en la entrada anterior, como la Disney acabó por sacrificar a la (supuesta) excelencia técnica, cualquier asomo de espontaneidad y frescura, de manera que la gran mayoría de sus cortos o no son graciosos o se nota demasiado que están intentado desmadrarse, con lo que el efecto buscado se pierde irremediablemente.

Un caso de manual de como la naturalidad no se puede simular.

Por ello, la producción temprana de la Disney, hasta aproximadamente 1935 y el abandono definitivo del blanco y negro, es especialmente sorprendente, puesto que destruye cualquier prejuicio o idea preconcebida que se pudiera tener sobre la productora (no hace falta enumerarlos, todos sabemos cuales), y hace pensar en lo que ésta pudiera haber llegado a ser si las cosas hubieran evolucionado de otra manera (si el puritano código Hays no hubiera sido aprobado, si los Fleischer no hubieran quebrado, etc, etc).

La primera sorpresa se encuentra ya en los títulos de crédito. Normalmente, al contrario de la mayoría de competidores, en un corto Disney no hay referencias a los creadores, tanto guionistas como animadores. El único nombre que aparece es el del hombre por antonomasia, Walt Disney, lo cual nos dice mucho sobre como se veía a sí mismo (nota al margen: a mediados de los 40 y tras una huelga, gran parte de los creadores originales, como Shamus Culhane, abandonaron la Disney, recalando en otros estudios menores, como el de Walter Lanz o los Terrytoons, donde la falta de presupuesto les impidió brillar como merecían). Sin embargo, en estos primeros cortos, el equipo aparece en el lugar apropiado e incluso Disney, todavía no tan endiosado como ocurriría más tarde, tolera compartir los títulos de créditos con una personalidad tan importante como Ub Iwerks, al que, si se hiciera justicia habría que otorgar tanto crédito en el éxito temprano de la Disney como al hombre que le diera el nombre.

No es sólo esa aparente igualdad en la creación, todo el tono de los cortos es el opuesto al que estamos acostumbrados, más ahora que nunca. La sexualidad el descaro y el desenfado están a la vista de todo, inconfundibles y sobre todo, extremadamente gozoso. Como muestra la captura de arriba, proveniente del corto The Plow Boy (1929) , es impensable encontrar posteriormente una manifestación de tanta hambre sexual en un supuesto personaje familiar, conservador y tranquilo como es Mickey Mouse. Una creación que en estos cortos tempranos se revela como profundamente rebelde, capaz de liarse a tortas con quien se le ponga en medio por conseguir satisfacer sus necesidades más básicas, que no tiene problemas de expresar públicamente.

Luego, con el correr del tiempo al personaje de Mickey se le limarían las aristas y se le desposeería de su encanto, transformándole en una entidad blanda y difusa, lo cual explica que a finales de los 30 su estrella se apagará y Donald, mucho más humano y ruidoso, le robase el estrellato, pero en esos cortos originales brilla con toda su intensidad y explica porqué toda una generación se enamoró de él y lo convirtió en un mito del siglo XX. Un lugar en lo más alto que comparte sin ambages con Minnie, que se revela en estos cortos primerizos como igual de desmelenada, natural y atrevida que él, sin miedo a nada, completamente distinta de su encarnación hogareña y reprimida de unos años más tarde (impagable que siempre acabe enseñando las bragas, y estás remendadas para mayor escarnio)

Y como ilustración, nada mejor que uno de su mejores cortos, The Delivery Boy (1931), donde vemos como la naturalidad no se ve enturbiada por la perfección, donde el corto acaba llevándose por el ritmo de la música, siendo capaz de superarse a cada instante (increíble el momento donde bailan sobre el teclado del piano, tocando con los pies la misma melodía que suena) y en el que puede batirse el record de besos, y besos gozosos, en un corto Disney.




Una cumbre de locura y desenfreno que sólo se superaría con los cortos de Goofy de los años 40 (la otra anomalía de la Disney, si quitamos la mala leche de Donald) que gozarían de una libertad sin precedentes, pudiendo hacer casi lo que quisieran en ellos, ya que el jefe de la empresa, más interesado por los largometrajes se desinteresó completamente por esa parte de la producción.

Una pena que la absurda política de ediciones de la Disney haya convertido los cortos de Goofy en un artículo inencontrable (la edición de 2002 en Treasures alcanza precios de casi 100 dolares en el mercado de segunda mano).

Algún día hablaremos de ellos.

1 comentario:

David Jack dijo...

Llego un momento que TODO era Disney, que, no se consideraba animación si no se hacía en Disney...

De todas formas, en los 60 pasó bueno en USA, que no era Hanna Barbera ni Disney: los especiales de navidad de Peanuts... por un ex de la Disney k nadab contracorriente. Sumado a la estrica dirección de Schultz... nada k ver...