martes, 7 de abril de 2009

Compost




He acudido esta mañana a visitar por segunda vez la exposición de Francis Bacon abierta en el Museo del Prado, justo antes de que la cierren, y, independientemente de la calidad de la misma, me he topado con un problema que podríamos llamar interno mío: la imposibilidad de escribir una entrada sobre este pintor.

Entiéndase bien. Hay pintores, como Picasso, como van Gogh, como Bacon, sobre los que parece imposible escribir algo nuevo. Su imagen, tanto en la cultura popular como en entre el público entendido, está prefijada, de forma que es inevitable caer en los lugares comunes, repetir lo dicho tantas veces, o terminar escribiendo un panegírico, como los vergonzantes artículos aparecidos en periódicos supuestos adelantados y defensores de la cultura.

Sin embargo, siempre es posible señalar algo nuevo de un pintor, aunque sea simplemente la transcripción sincera de lo que ese artista representa para el espectador, si es que representa algo.

En mi caso, lo más interesante de la muestra ha sido la sala donde se nos muestra el taller del artista y los materiales que le servían de base para sus obras, fotografías en su mayor parte, Una trastienda del oficio que ya sirve de indicio de la sensibilidad del artista y explica, en cierta medida, porque su obra era como era, especialmente si se tiene en cuenta el estado en que se encontraba el taller y como se disponían esos materiales/base en él.

Un descubrimiento que ya me sorprendió cuando supe de él por primera vez, teniendo apenas 17 años, a principios de los 80, gracias a la mítica serie The Shock of the New, a cargo del historiador y crítico de arte Robert Hugues, y que en un tiempo en que se edita tanta basura, no estaría de más volver a ver.

¿Y en qué consistía ese descubrimiento? ¿Cuál era esa particularidad esencial del taller del artista? La foto con la que encabezo esta entrada lo muestra en toda su desnudez, en toda su misera y su grandeza. El estudio de Bacon era un inmenso caos, donde se iban acumulando pinceles secos, paletas inútiles, y todos aquellas imágenes, bocetos, recortes que le habían llamado la atención. Un mantillo en el que poco a poco, capa tras capa, todos esos materiales se iban acumulando, descomponiendo y confundiendo, hasta emerger de nuevo, transformados en una auténtica composición de Bacon, esas carnes descompuestas y putefractas que han olvidado la forma de los cuerpos a los que pertenecieran.

Una obra de Bacon, sí, pero sin la intervención de éste. Un abono que sólo habría que recoger con la pala y esparcir sobre el lienzo, para que éste cobrara significado, sin tolerar otra intervención del artista que no fuera la del trabajador manual, la de aquel que acarrea esa materia maloliente, vuelta casi a la vida por su propia descomposición, y que acaba por convertirse finalmente en eso mismo que transporte.

Una fermentación de la que surgían obras tan impresionantes como esta, expuesta en la exposición de la que hablo.