martes, 3 de febrero de 2009

Visions of a floating world






Por seguir con esta constumbre mía de visitar exposiciones in extremis, le ha llegado el turno a otras dos muestras importantes del reína Sofía, la dedicada a la fotógrafa neoyorquina, Zoe Leonard, y la reservada al cineasta lituano, Deimantas Narkevicius, de las cuales lamento no tener dinero ni sitio en casa para comprarme el catálogo de la obra de Leonard, y que el Sofidú no haya sido capaz de editar un DVD con los cortos de Narkevicius... asi como tener que dedicarles una entrada conjunta a ambos, aunque pensándolo bien, su coincidencia en tiempo y espacio puede no ser una coincidencia ni una imposición, ya que ambos comparten más afinidades de las que podría imaginarse.

A primera vista, la muestra de Zoe Leonard puede parecer abrumadora y un tanto intrascendente. Una sala llena de cientos de fotografías, cubriendo las paredes, agrupadas en cuadrados de varias decenas. Una acumulación que aparentemente roba lo que podría ser la individualidad, el porqué de esa foto, lo que le hizo tomar esa vista y no otra, que resulta acumulada, hasta el punto de provocar el rechazo, porque muchas ellas comparten el mismo tema, escaparates de tiendas, vistas de almacenes, puestos en mercadillos, de una misma barriada neoyorquina, tomadas además siempre desde el mismo ángulo, a la misma altura y con la misma iluminación, sin que esta elección estética parezca aportar nada a cada fotografía, dotarle de un significado compartido entre fotógrafo y espectador, aparte del de constituir documentación y una reproducción de un tiempo y un lugar determinados.

¿Entonces qué? No hay que ser muy despierto, para darse cuenta de que la broma, aquello que nos quiere transmitir el fotógrafo, no está en la foto individual, sino en la acumulación de ellas. Esas vistas de tiendas cochambrosas, invariablemente vacías y sin presencia humana, de esos almacenes atiborrados de objetos que hace años que no deben haberse movido, completamente inútiles e inservibles excepto para acumular polvo, o de esos puesto donde se venden utensilios destartalados, usados y vueltos a usar, hasta que literalmente se deshacen en las manos nos transmiten una desoladora y aplastante sensación de desaliento, de vivir en un mundo dominado por la basura y por la probeza, por la decadencia y la muerte, de que todo nuestro andar, nuestras victorias y orgullos, no son más que nada entre dos nadas.

Por supuesto, esta transitoriedad, este pasar sin dejar huella, el ser fantasmas en un transcurso histórico en el que no dejamos huellas, es precisamente la esencia de la obra y la meditación de Deimantas Narkevicius, perfectamente simbolizada por el hecho de consistir en sombras de luz proyectadas sobre la obscuridad de una pared... o en medio de la cacofonía provocada por la mezcla del audio de los cortos de las salas adyacentes, como es el caso de la exposición del Sofidú

Uno de los cortos proyectados, The Dud Effect, es especialmente irónico (bueno, todos en general lo son) al recontruir lo que podría haber sido uno de los momentos decisivos de la historia, el disparo de los misiles nucleares soviéticos contra occidente, y como éste último instante, al igual que tantos otros a los que la distancia dota de grandeza y romanticismo, no hubiera pasado de ser un simple acto funcionaral, desprovisto de toda tragedia y trascendencia, convertido en rutina y automatismo... para luego mostrarnos el estado actual de esos silos de misiles, diseñados y construidos para resistir el apocalipsis, y ahora abandonados, inundados por el agua, invadidos por la vegetación,derribados por las filtraciones, convertidos en cuevas y catacumbas, sumideros de podredumbre y putrefacción.

O el no menos sorprendente, Once in the XXth Century, donde un habilísimo montaje convierte el derribo de una estatua de Lenin, tras la caída de la URSS, en su erección entre las aclamaciones jubilosas de una multitud... un ejemplo de como las supuestas lecciones de la historia sólo duran lo que continúa viva y activa la generación que los presenció, para dejar de tener cualquier relevancia para la generación siguiente, que verá en ellos mitos, ilusiones, lienzos en blanco para proyectar sus filias y fobias, corriendo el peligro de recrearlos a su antojo y de caer, jubilosa y conscientemente, en los trágicos errores de sus antecesores.

Esos de los que se reía.