jueves, 5 de febrero de 2009

Language Tiles

L'amoureux veut mettre sa maîtresse dans la soie, la revêtir d'un moelleux tissu de l'Orient, et la plupart du temps il la possède sur un grabat. L'ambitieux se rêve au faîte du pouvoir, tout en s'aplatissant dans la boue du servilisme. Le marchand végète au fond d'une boutique humide et malsaine, en élevant un vaste Hôtel, d'oú, son fils, héritier précoce, sera chassé pour une licitation fraternelle. Enfin, existe-t-il chose plus déplaisante qu'un maison de plaisir?

Balzac, La Peau de Chagrin

El enamorado quiere vestir a su amante de seda, revestirla de un blando tejido oriental, y la mayor parte de las veces la posee sobre un camastro. El ambicioso se sueña ejerciendo el poder, mientras se aplasta sobre el barro del servilismo. El mercader vegeta en el interior de una tienda húmeda e insalubre, mientras construye un enorme Palacio, del que su hijo, heredero antes de tiempo, será expulsado por un litigio fraternal. Por último, ¿existe algo más asqueroso que una casa de placer?

La lectura de un clásico siempre es apasionante... por más de una razón, muchas de ellas inesperadas.

Cuando me aficioné a la High Literature, mucha de ella ni tan high ni tan literature, al principio de los años 80, esos clásicos de siglos pasados nos parecían completamente vivos, un mundo al que podíamos trasladarnos sin problemas y movernos en él con la misma facilidad que lo hacíamos en el presente. Ahora casi 30 años más tarde, esa ilusión si es que era una ilusión, se ha desvanecido completamente, y esas obras del pasado nos parecen escritas en otro planeta, por gente de otra especie, hasta el extremo de que me resulta imposible imaginar a un chaval de 20 leyendo, no ya a Virgilio u Ovidio, sino al mismo Balzac, si no es por estricta obligación.

Y sin embargo, que instructiva y apasionante resulta ahora mismo la lectura de esos clásicos, aunque sea por las razones equivocadas.

Me sumergía en la lectura de esta novela de Balzac, aún medio romántica, aún no completamente realista, y me fascinaba su uso del lenguaje. El párrafo que arriba añadía, sería reducido por un contemporáneo a una frase desnuda, algo así como todos los placeres son sucios, sin necesidad de añadir nada más. Balzac, no obstante, se ve en la necesidad de añadir ejemplo tras ejemplo, de martillear el metal sin descanso, hasta convencernos plenamente por esa simple acumulación de hechos. Es más, donde un moderno hubiera sido descarnado o voluntariamente feísta en su expresión, el escritor francés rivaliza en esmaltar su lenguaje, en mostrarnos la variedad de su vocabulario y la seguridad de su redacción, embelleciendo con la forma lo que en la realidad es sórdido y envilecedor.

Un modo que ahora mismo puede parecer florido o aristocrático, adjetivos despreciativos donde los haya, pero que a los que crecimos sumergidos en ese modo de hacer literatura, se nos asemeja a morder una fruta en su punto, cuyo zumo y su sabor colma la boca.

No es el único punto de extrañeza, o de reencuentro. Al contrario que los escritores de ahora, supuestamente tan desengañados, y cuyo desengaño se suele reducir a expresar cierta praxis sexual, la generación de novelistas realistas del XIX sabía perfectamente que el mundo se mueve por el dinero, por la ambición y por el prestigio, de forma que la pérdida de cualquiera de ellos entraña la caída del hombre, su perdición y su condenación, mientras que su adquisición y ostentación justifica cualquier medio utilizado para conseguirlos y cualquier vicio que se despliegue en su posesión.

Demoledor pesimismo que se proyecta sobre la sociedad entera, sin excepciones. Mientras que el novelista actual, más humilde en sus pretensiones, se circunscribe a su pequeño ambiente, hasta casi desconectarse del resto del mundo, los escritores de antaño no tenían miedo de embarcar al lector en un viaje que abarcaba desde los desposeídos de todo, incluso de narradores, hasta aquellos que les sobra de todo, especialmente aburrimiento.

Un viaje en el que nadie se salvaba, o mejor dicho, nadie resultaba inocente, puesto que las pasiones y los vicios sólo se veían limitadas por la falta de dinero, o por la impunidad que otorgaba la posición, siendo todos igual de corrompibles, igual de degenerables, excepto aquellos que por voluntad propia se amputaban de la sociedad y se convertían en cíclopes.