martes, 17 de mayo de 2011

Drifting (y III)

C'était un musicau. Un orgie ténébreuse dans un lieu vrai cloaque du vice, honte de la debauche la plus dégoûtante. Le son même de deux ou trois instrumentes qui formaient l'orchestre plongeait l'âme dans la tristesse. Un salle puante du mauvais tabac qu'on y fumait, d'une puanteur d'ail que venait des rots de ceux qui dansaient, et qui se tenaient assis ayant à leur côte droit un bouteille ou un pot de bière, et à leur gauche une hideuse garce, offraient à mes yeux et a mes réflexions une image désolante qui me faisait voir les misères de la vie, et le degré de avilissement où la brutalité pouvait faire descendre les plaisirs. L'assemblée qui animait ce lieu était tout composée de matelots e d'autres gens du peuple auxquels il semblait un paradis qui les dédommageait de tout ce qu'ils avaient souffert dans les longues et pénibles navigations. Entre les femmes publiques que je voyait là je n'en trouvait pas une seule avec laquelle il m'aurait été possible de m'amuser un seule moment. Un hombre de mauvaise min ayant l'air d'un chaudronnier et le ton d'un manant, vint me demander en mauvais italien si je voulais danser pour un sou. Je l'ai remercié. Il me montra un Vénitienne qui était là assise me disant que je pouvais la faire monter à une chambre et boire avec elle.

Giacomo Casanova, Historie de ma vie, Volumen 5, Capítulo VII

Se trataba de un musical. Una orgía tenebrosa en un lugar, auténtica cloaca del vicio, vergüenza del desenfreno más repulsivo. Incluso el sonido de dos o tres instrumentos que formaban la orquesta hundía el alma en la tristeza. Una sala hedionda por el mal tabaco que allí se fumaba, de un hedor de ajo que provenía de los sobacos de los que bailaban y que se mantenían sentados con una botella o una jarra de cerveza a su derecha y a su izquierda una horrenda prostituta, ofrecían a mis ojos y a mis reflexiones una imagen desoladora que me hacía ver las miserias de la vida y el grado de vileza donde la brutalidad podía hacer descender los placeres. La multitud que animaba ese lugar estaba compuesta en su totalidad por marineros y otras gentes del pueblo, a los que les parecía un paraíso que les hacía olvidar todos sus sufrimientos durante sus duras travesías. Entre las mujeres públicas que veía no encontraba una sola con la que me hubiera sido posible divertirme un solo momento. Un hombre de mala cara, con aspecto de calderero y la voz de un... vino a preguntarme en mal italiano si quería bailar por un sueldo. Le dí las gracias. El me muestra una veneciana que estaba allí sentada, diciéndome que podía hacerla subir a una habitación y beber con ella.


Debido a la pequeña catástrofe de blogger de la semana pasada, esta entrada estuvo a punto de perderse. Pero afortunadamente volvió a aparecer de la nada, incluso en dos versiones distintas.


El caso es que, acabo de retomar la lectura de las memorias de Giacomo Casanova, tras un largo intervalo de espera entre el volumen segundo y tercero, y ya de rebote, me he dado cuenta que tenía bastante abandonada la serie de entradas que había dedicado al aventurero veneciano, en concreto el pasaje que he incluido al principio de esta anotación, y que me llamó fuertemente la atención en su momento.

Cualquiera que se haya adentrado en las extensísimas memorias de Casanova, al menos en los dos primeros tercios, sabrá de su irrefrenable optimimismo, apenas puede hallar uno pasajes sombríos, mientras que la tónica general es la de la celebración continua de la vida y del sexo, como conviene a un gran libertino. Es sólamente cuando la desgracia golpea al Veneciano, que estos raros momentos de desánimo y desesperanza suelen concentrarse. El primero corresponde al tiempo de su prisión veneciana, su huida y sus intentos por labrarse una vida nueva como desterrado de su patria añorada. Del segundo ya habrá tiempo de hablar, si mi propia vida no interfiere de una manera u otra, pero por ahora voy a centrarme en ese periodo de duda y depresión correspondiente al encierro en la carcel del palacio ducal y sus consecuencias posteriores, al que pertenecen los párrafos que encabezan la entrada.

He preferido este párrafo, correspondiente a uno de sus viajes a Holanda como espía de la corona francesa, porque muestra un aspecto del carácter de Casanova que raramente se muestra y que él intenta evitar en la narración correrías, ese aspecto y todo lo que pudiera hacerlo recordar, a él y al lector . Como ya he dicho, el tono en el que el Veneciano aborda las relaciones sexuales es radicalmente celebratorio, desprovisto de cualquier sanción terrena y ultraterrena, y orientado a disfrutar de ese placer por todas las formas posibles, en las que esa misma exploración no es de las menos placenteras. En ese sentido, Casanova es un personaje del siglo XVIII profundamente cercano a la mentalidad de finales del siglo XX, el espíritu de los años 60, pero curiosamente, no a la del siglo XXI, cada vez más atraído por la violencia en la práctica del sexo, y por tanto seguidor de Sade, aunque le niegue.

No obstante, no hay que olvidar nunca que Casanova vivía en el siglo XVIII, una época en que, a pesar de toda la libertad sexual de las clases acomodadas, los tabúes religiosos y sociales seguían más que vivos, con la certeza de un castigo seguro para aquel que se pasase de la raya y no supiese mantener las formas, como bien comprobaría Casanova con su encierro en la cárcel de los plomos. Por otra parte, los medios anticonceptivos y las protecciones contra las enfermedades de transmisión sexual, y así como el Veneciano contrajo regularmente una u otra infección, curadas con remedios de caballo, podemos suponer que sus compañera de correrías terminarían embarazadas.

Y es precisamente en este término donde resuena ese estruendoso silencio de Casanova. Sólo muy raramente llegamos a saber que sucedió con sus compañeras de aventuras. Una omisión que sólo se empieza a romper, a medias, tras su huida de la prisión, cuando empieza a encontrarse a antiguas amantes durante sus viajes por Europa, acompañadas por pequeñas copias de sí mismas, u otras bien colocadas tras separarse de él, y a las que le une un fuerte lazo de reconocimiento, gratitud y amistad.

Ninguna desgraciada, no obstante, excepto en la ocasión aquí mostrada, donde esa antigua amante ha acabado en un garito de mala muerte en Amsterdam, a la merced de cualquiera y sin posibilidad de otro escape que no sea la propia muerte.

Un momento terrible en las memorias, en el que Casanova, tan poco proclive a sermonear, tan desprovisto de intenciones moralizantes, parece a punto de abjurar de la vida, de esa vida cruel que destroza a las criaturas a las que enseña de lejos la felicidad, para hurtársalo luego para siempre.


domingo, 15 de mayo de 2011

100 AS (LV): The Flying Man (1962) George Dunning

















Siguiendo con el análisis de la lista de mejores cortos animados, recopilada por el festival de Annecy hace ya unos añitos, le ha tocado el turno a The Flying Man, realizado en 1962 por George Dunning.

En este caso, les debo decir que esta entrada va a consitituir una primera vez en estas notas, ya que el corto en cuestión no me acaba de convencer como les señalaré a conrtinuación, lo cual debería servir de voto de confianza a la hora de apreciar mis comentarios, ya que un crítico que enfrentado a cualquier lista la recorre en permanente estado de arrobamiento no es de mucho fiar, mas bien lo contrario, de forma que casi se exige, si se quiere ser apreciado por la comunidad, tomar el hacha de hacer astillas cánones y dedicarse a destruir a diestro y siniestro.

Pero dejando aparte estas impresiones acerca de un oficio que no practico, la cuestión es que, desde un punto de vista formal, este corto es una auténtica obra maestra, como puede apreciarse de las capturas que abren la entrada. Lo que Dunning realiza es algo que parece muy fácil, pero que en realidad es extremadamente complicado, se haga a mano o con ordenador, ya que se trata de animar acuarelas, o mejor dicho de trazar manchas de color sobre una superficie, que recuerden figuras humanas y transformarlas a cada plano, procurando que la ilusión de continuidad en la forma reconociday en el movimiento se mantegna, a pesar de todos los cambios de color y contorno.

Un reto que sólo está al alcance de los mejores y cuya dificultad explica la exigua duración de este corto, apenas dos minutos, pero que a pesar de ser resuelto con auténtica maestía no acaba de cuajar desde un punto temático, ya que la anécdota que sirve de soporte al corto es realmente pobre y simplona... ante lo cual cabe preguntarse si esa carencia temática es de alguna importancia dada la altura estética a la que me estoy referencia. La respuesta, obviamente, no puede ser otra que sí, ya que un corto de argumento tan anecdótico y tan breve, e igualmente tan logrado estéticamente como el Sysiphus que comentaba la semana pasada, se las arregla para mantener la atención del espectador durante todo su recorrido, en una progresión continua que fuerza al espectador a intentar adivinar el resultado de lo que está viendo, lo cual no ocurre con este corto, cuya conclusión y desarrollo está claro desde el principio.

En resumen, un corto ante el cual no me siento especialmente cómodo debido a esa disonancia entre forma y contenido, no porque una obra deba tener contenido, lo cual para mí es prescindible dada mi aifición por la abstracción, sino porque el creador parece interesado en ofrecernos una lección moral, subrayada por la forma elegida, que al final se revela bastante tenue y superficial

Y como siempre, les dejo aquí este corto más que breve, para que lo disfruten y se formen su propia opinión, ya que la mía, como la de cualquier criticón suele estar sesgada por razones extracinematográficas.


The Flying Man, George DUNNING, 1962 por shortanimatedworld

sábado, 14 de mayo de 2011

Your inner self















En alguna ocasión he comentado ya la obra de los hermanos Quay, pero lo que no les he llegado a confesar es la profunda fascinación que me producen sus cortos, algo que merece subrayarse ya que sus cortos suelen caracterizarse por ser profundamente crípticos, escondiéndose su significado bajo capa tras capa de alusiones, de conexiones no filmadas y de referencias que exigen una cultura más que encicopledica.

En ese sentido, The Comb, realizado en 1990, podría ser la obra quintaesencial de los Quay. Supuestamente basado en textos de Robert Walser, que se musitan, apenas inteligibles, en ciertos momentos de la obra, el corto al que me refiero parace tratar de los sueños que una durmiente tiene durante su descanso nocturno, los cuales viene a recordar mientras se peina a la mañana siguiente, de ahí, el nombre de "El Peine" que tiene el corto.

Sin embargo, como ocurre con los auténticos creadores visuales, este breve apunte argumental es completamente inútil y equívoco. En general cualquier reseña, por extensa que fuera, también lo sería, ya que el lenguaje es una herramienta especialmente inadecuada en la descripción de las artes plásticas, especialmente para aquellas que intentan apartarse radicalmente de lo que sea literatura. Esta quizás sea una de las causas del cierto olvido crítico en el que se encuentran los críticos experimentales, ya que en la mayoría de los casos se hace imposible, contar de qué van las obras, más allá de una árida descripción objetiva. Esa descripción objetiva y rigurosa, tan difícil de hacer y de escribir, pero que es la única vía que tiene la crítica de cine para dejar de ser una charla de café entre amigos...

Ni siquiera unas cuantas capturas hacen justicia al corto, ya que se podría pensar que se limita a ser una sucesión imagenes bellas, impacatanes o molonas, cosidas las unas con otras. En este caso como en tantas otras realmente visuales, qué es lo que se supone debe ser el cine, hay que ver el corto con los propios ojos, dejando a un lado todo aquello que nos hayan podido contar de antemano. Es más, es necesario verlo una y otra vez, esa buena constumbre que el mundo moderno, con su continuo asalto de novedades, nos impide mantener. sólo entonces podrán irse descubriendo la densa red de relaciones entre los personajes que habitan el corto, la durmiente, su reflejo en el mundo onírico, el escalador obsesionado con ascendere, la forma medio humana, medio vegetal que habita en las alturas.

Sólo así podrán descubrirse como ciertos gestos se repiten entre los distintos personajes, estableciendo las relaciones que nos faltan, dando indicios de todo lo que ha sido distorsionado por el sueño y por su olvido posterior, revelando así la auténtica naturaleza de los gestos, de la búsqueda de unos, del rechazo de otros, pero sobre todo, la sonrisa final de la protagonista, cuando un gesto habitual le revela el significado de lo soñado.

O mejor dicho, con quién estaba soñando.

(Y como siempre, les dejo aquí el corto, para que se dejen seducir por sus imágenes y sus enigmas)


The Comb (1990) por BFIfilms

martes, 10 de mayo de 2011

Text and Images









En estas últimas semanas he estado revisando la filmografía de Straub/Huillet según se ha recogido en los packs de Intermedio, tarea que me llevará aún algo de tiempo, dado que con mi juventud se han desvanecido también mis fuerzas y la ilusión, la pasión que te hace superar cualquier obstáculo. Esto, entre otras cosas ha provocado que no haya podido hablar de las películas de este tandem de realizadores experimentales tanto como yo hubiera quedido, y que desgraciadamente, estas notas se vayan a quedar simplemente en eso, notas dispersas en las que muchas de mis apreciaciones nunca serán reflejada.

Pero dejando a un lado los lamentos y comenzando con el comentario, antes de que consuma el poco tiempo y espacio del que dispongo, lo primero es recalcar que, como ya había dicho en otra entrada, hace ya varios meses, la pareja Straub/Huillet parece obsesionada con las relaciones entre el texto e imagen, o por decirlo de una manera más precisa, como conseguir adaptar a la pantalla un texto literario sin traicionarlo ni mutilarlo, como es la constumbre en las adaptaciones comerciales, utilizando para ello el mínimo de recursos  visuales posible, de forma que nuestra atención no se vea distraida de lo que el texto intenta transmitirnos por un despliegue de imágenes, que a pesar de su belleza, acaben por substuir al texto en nuestra memoria, reemplazándolo por completo.

Este punto de partida estético provoca que, a lo largo de su obra (y esto es una impresión, ya que desgraciadamente intermedio no ha presentado la recopilación en orden cronológico, sino en obras rodadas en el mismo idioma, impidiendo que contemplemos la evolución estilística  de esta pareja de creadores) se observe una clara tendencia al estatismo, a reducir las escenas a un único plano que se mantiene durante largo tiempo, en el cual los actores permanecen completamente inmóviles y se limitan a declamar el texto, renunciando a todo tipo de interpretación al uso, ya sea corporal y oral, de manera que ese texto se nos presente casi como leído, en cierta similitud con los usos musicales de un Schönberg, al que tanto admira la pareja (y de cuyas adaptaciones operísticas debería decir algo en una entrada futura), y que proponía a sus cantantes que cantarán como si hablaran, intentando desprenderse de la artificialidad del punto de partida operístico.

Un hieratismo que sin embargo se revela como una baza oculta de Straub/Huillet, ya que cuando la cámara finalmente se aproxima a estas esculturas parlantes, cuando estás se animan y cambian su expresión y postura, el cuadro se inunda de una fuerza incontenible, en un efecto imposible de conseguir por medios tradicionales.

Este tendencia a un creciente ascetismo en la expresión visual es fácilmente apreciable en dos obras que parten del mismo textos de Cesare Pavese, los Diálogos con Leuco, pero que se hayan separadas por casi 30 años. Por una parte Dalla nube a la resitenzia de 1976 a las que pertenecen las capturas que encabezan esta entrada, por otra Quei loro incontri, de 200, cuyas capturas cierran este texto.

Dos películas que adaptan fragmentos de un mismo texto, los diálogos imaginados entre personajes de la mitología griega, pero que se hayan separadas por abismos estéticos y temporales. En la primera, se nos indica quienes son los personajes que dialogan, y a pesar de hallarse inmersos en un decorado neutro y casi abstracto, un paisaje cualquiera, la mirada y la mente del espectador son predispuestas a realizar el esfuerzo mental de situarse en ese tiempo de los mitos, ya que los personajes aparecen vestidos con ropas que podríamos llamar de época, y a pesar de ese rigor en los planos, existe cierto flujo en el montaje y en lo que se nos muestra que provoca una atenuada ficción de acción, haciendo creer que asistimos al epílogo o al prologo de una crisis dramática.

Nada de esto queda en la segunda adaptación. Nunca se nos dice quienes son los personajes, de forma que sólo aquel espectador familiarizado íntimamente con la mitología será capaz de identificar a los personajes y la situación en la que se encuentra. El hieratismo de los planos está llevado al extremo de manera que podríamos considerarlos casi como peintures vivants, con los personajes inmóviles congelados en sus posturas y ademanes, ausentes a la presencia de la cámara y los espectadores, recitando sus líneas de forma mecánica y vestidos con ropas de calle, de los campesinos que poblarían esas soledades donde está teniendo lugar la representación del mito.

Un estatismo que niega cualquier posible derivación dramática que antecediera o precediera al fragmento de escena que estamos presenciando y que en el fondo, no hace otra cosa que indicarnos que el tiempo de los mitos ya ha pasado, y con él, el de una humanidad capaz de imaginar un mundo habitados por las divinidades, donde era posible tropezarse con ellas en la profundidad de los bosques, en los cauces de los rios, en las amplias llanuras, en cualquier lugar donde habitarán los hombres, cuyo contacto amaban y buscaban con ahínco.






lunes, 9 de mayo de 2011

AMGD Capítulo XVII: En algún lugar del Mediterráneo, año 80 d.C

Este capítulo "XVII" de la versión 9 de Ad Majorem Gloriam Dei iba a servir de epílogo de la novela, al narrar el destino del único protagonista superviviente en el bando judio, ese hombre maduro, desengañado de todo, que había decidido seguir al joven idealista al que asaltaban repentinas visiones de la divinidad, para acabar convertido en un eterno fugitivo, siempre escondido de una justicia romana que nunca se aplacaría.

Este final era demasiado artificioso y desapareció en las dos versiones posteriores, la 10 y la 11, las perdidas al romperse mis disco duro, que preferían un final abierto, en el que este personaje se enfrentaba a un destino incierto, en el que todo lo que conocía y amaba había sido irremediablemente destruido. No obstante, aquí lo tienen, como ejemplo de lo que podía llegar a escribir hace no tanto tiempo y que ahora me sería imposible.

Con este capítulo acaba Ad Majorem Gloriam Dei y queda vacante este lunes. Quizás lo llene con los artículos que han desaparecido de Tren de Sombras, para que puedan leerse en algún lugar. Permanezcan sintonizados.

Capítulo XVII: En  Algún lugar del Mediterráneo, año 80 d.C.

Obscuridad.
    
Densa y cálida.
    
Acogedora
    
Extiendo los brazos. Madera bajo mi cuerpo. Madera sobre mi rostro. Madera a mis costados.
    
Mi ataúd. Mi sarcófago. Mi tumba.
    
Estoy encharcado en sudor, me falta el aire, pero aún así no intento revolverme, no lucho, no dejo lugar al pánico, ya me he acostumbrado.
   
Con cuidado, tanteo las paredes y el techo. Siento su calor ardiente. Aún debe ser de día. Aún debemos estar en verano. El sol debe caer a plomo sobre la cubierta. Los marineros deben protegerse como pueden de sus rayos, tras la vela, bajo las bordas, en toldos improvisados.
    
Hay actividad, sin embargo, escucho pasos sobre la cubierta. Corren de un lado a otro. Se gritan los unos a los otros. Arrastran pesadas cargas y luego vuelven de vacío, más ligeros, para cruzar de nuevo, con pasos cortos y pesados, sobre mi cabeza.
    
Me doy cuenta entonces. No oscila. No se balancea de un lado a otro, como debería hacer si estuviéramos aún en alta mar, si aún navegásemos. Estamos en un puerto. En uno más de tantos a los que me han llevado escondido. En otro que sólo conoceré de noche, cuando la luz haya desaparecido, en otro que me será indistinguible de los demás, una interminable sucesión de calles obscuras y vacías, de paredes mudas y silenciosas, de puertas y ventanas cerradas.
    
Golpean suavemente en la pared de mi encierro. No hables, susurran, no tengas miedo. Somos de los tuyos. Aguarda un poco más. Ya vendremos a buscarte.
     
Ya vendrán a buscarme. Rostros desconocidos. Personas que nos saben nada de mi, excepto que yo estuve allí. Que yo puedo contarlo.
      
Ya los veo reunidos. Observo sus rostros. Serios y atentos. Iluminados por la luz vacilante de las lucernas. Se acurrucan los unos contra los otros, temerosos de la osadía que han cometido congregándose allí, viniendo a escucharme, aterrorizados ante mi sola presencia, la del hombre que lucho contra los romanos, que combatió por el único dios que existe, mientras ellos humillan la cabeza ante sus señores y veneran públicamente los dioses que sus amos adoran.
     
No encontraré comprensión en sus miradas. Para ellos sólo eres un monstruo, un espanto salido de entre los muertos, alguien que debería estar muerto y dejarles en paz, un peligro que, pasada esa noche, enviarán pronto a otra ciudad para zafarse de la responsabilidad, una molestia que pronto olvidarán en el ajetreo cotidiano.
   
Mirará a sus rostros y no comprenderás porque debes hablarle. Las piernas te fallarán, intentarás retroceder, pero los que te han traído hasta aquí te empujarán hacia adelante. Agarrarán tus débiles brazos, los de un anciano, y clavarán sus dedos en su carne, te alzarán en vilo y te expondrán a la mirada de todos, a los ojos fríos y duros, desconsiderados, que no entienden porque no hablas, que no comprenden por que no asisten al espectáculo por el que han pagado, por el que están corriendo ese pequeñísimo riesgo.
    
¿Qué podrás contarles? No puedes hablarles de los muertos. De todos los compatriotas que matasteis para purificar ese mismo pueblo, en nombre del auténtico dios, de la auténtica religión. No puedes hablar de todos aquellos que partieron con una sonrisa en los labios, camino de la muerte, creyendo que su sacrificio serviría para consumar el reino de dios, creyendo que ese mismo dios les acogería en su seno, acabada la batalla. No puedes hablarle de la ambición humana, ni de su codicia, ni de la lucha despiadada por ser rey y señor de unos despojos, cuando la guerra estaba ya perdida.
   
No.
    
Sólo puedes contarles lo que quieren oír. Un relato emocionante. Una cadena de aventuras, a cada cual más inverosímil, donde la victoria siempre se alcanza, aunque sea tras innúmeros peligros o retorcidas peripecias. Una historia donde los muertos siempre caen del otro lado y ninguno del nuestro.
   
Como en todos los lugares a donde te han conducido, como fiera en su jaula o fenómeno en su tarro, miraré los rostros de tus espectadores, sus bocas abiertas en una expresión de asombro, sus ojos desorbitados como si vieran ante ellos las brutalidades que les enumeras.
    
No podré resistir la tentación. Comenzaré a arrojarles mentiras, por ver si alguno reacciona, si alguien se atreve a levantarse y señalarme con el dedo, diciendo, es un mentiroso, es un falsario, eso no puede haber ocurrido, eso nadie puede haberlo hecho.
   
Se las tragaran todas, sin excepción, incluso descubrirás un resto de desilusión si no exageras bastante, porque luego, los sabes, sabes que ése es el único motivo de su venida, la única razón por la que te han traído hasta allí, quieren presumir antes los no pudieron asistir, restregarles por la cara las historias que ellos, y no los otros, han escuchado, los hechos de los, podría decirse, han sido testigos, las batallas que han combatido, los enemigos que han derrotado, los triunfos que han alcanzado.
   
No podré terminar mi narración. También lo sé. Mi voz se quebrará. Mi brazo, que marcaba el ritmo de la narración, se dejara caer muerto, mis rodillas me fallarán y tendrán que sostenerme. Gritos agudos de sorpresa, medio sofocados por el miedo a ser descubierto, se elevarán de entre los espectadores, como lo haría el coro en una representación, al ver el destino desastrado del protagonista.
   
Se extrañaran al descubrir tu sonrisa en tu desmayo. No lo comprenderán. Intentarán traerte de vuelta, sacudiéndote, llamándote por tu nombre, y al final tendrán que dejarlo. Es un anciano, ya se sabe, dirá el que te ha traído allí, mientras murmullos de aprobación se elevan del auditorio. Es un anciano y éstas son las cosas que les pasan a los ancianos, repetirá, mientras los espectadores, un tanto defraudados abandonan la cueva donde se han reunido.
   
Pero yo habré huido, habré escapado a sus trampas.
   
Un momento antes de caer en la inconsciencia habré saboreado mi victoria.
   
Como estoy a punto de hacer ahora, como voy a fugarme de mi entierro, como voy a substraerme al calor sofocante y al aire pesado de mi tumba.
   
Hasta la noche entonces. Hasta la noche.
   
La fuerza del viento me sorprende. A punto está de derribarme por tierra. Tengo que caminar apoyándome en él, sujetándome las ropas, volviendo la cabeza para poder respirar.
   
A un lado el mar, la línea de costa baja y rectilínea, parte de un extremo del horizonte y llega hasta el otro, sin que ningún accidente señale el lugar en el que estás, sin que nada pueda indicarte cuanto, mucho o poco, llevas caminado. Sobre el mar las olas paralelas, surgiendo incesantes, señaladas por finas líneas de espuma en su cima, que avanzan hacia la costa, haciéndose más grandes, hasta romperse y desaparecer, retroceder y encontrarse con la siguiente, que viene ya, en apariencia incontenible, para sufrir el mismo destino, para continuar el ciclo que nunca se detiene.
   
Al otro lado las colinas, descendiendo suavemente hacia la playa, transformándose en dunas, sobre las que ondean algunas matas de hierba, las más audaces de entre sus congéneres, las que tapizan las colinas, imitando al mar agitado por el viento, ondulando a su soplo, las olas cruzando las laderas, franqueando las cimas, una tras otras, en otro ciclo eterno, hasta venir a morir en las arenas de las dunas, hasta disolverse y desaparecer.
    
Ya no hay mar. Camino entre dos hileras de  colinas, a orillas de un arroyo que se tuerce y retuerce en su descenso, que se precipita en pequeños escalones, que se remansa en breves charcas. 
   
Entonces la veo, sentada en una pradera junto a la corriente, vestida con ropas extrañas, como nunca he visto en este mundo gobernado por los romanos, de no menos extraña belleza, imposible de encontrar entre los hombres, posible solo entre los ángeles de ese dios en el que yo creía antaño.
   
Me acerco lentamente, en silencio, procurando no turbarla, pero me encuentro su mirada, sus ojos clavados en mí, sin que haya podido percibir cuando ha vuelto la cabeza hacia mí, como si siempre hubiera estado mirándome, observándome.

- Te esperaba.
   
No ha movido los labios. No ha variado su expresión. Es su voz , sin embargo, no cabe ninguna duda y su acento me roba las fuerzas, destruye mi armadura, me hace caer de rodillas, acurrucarme junto a ella, apoyar mi cabeza en su regazo.
   
Sus dedos acarician mi cabello, descienden por mi mejilla, rozan levemente mi mentón antes de separarse.

- ¿Por qué huías de mí?
   
No respondo. No tengo ninguna respuesta.

- No deberíais tenerme miedo. ¿En qué otra parte vais a encontrar refugio, si no es en mí? ¿Quién vais a encontrar que os ame, si no soy yo?

No respondo.

Cierro los ojos.

Dejo que el sueño me arrastre.

domingo, 8 de mayo de 2011

100 AS (XLIVb): Sisyphus (1974) Marcel Jankovics











Como todos los domingos, al menos los que me dejan, le ha llegado el turno a un corto de los recopilados por el festival de Annecy en su lista de mejores cortos animados. En esta ocasión, como en otras anteriores, me voy a apartar de la lista oficial y voy a comentar un corto de lo que llamo la lista B, es decir esa recopilación que corre por esas internets de Dios y en la que los cortos imposibles de encontrar han sido substituidos por otras producciones animadas. El agraciado ha sido Sisyphus realizado en 1972 por Marcell Jankovics.

Pero antes de comenzar el comentario, una reflexión. Los que sigan este blog sabrán ya de la importancia de la animación de los países del este, representada en diferentes escuelas nacionales, la Yugoeslava (o habría que decir croata), la polaca, la checa y la de la propia URSS. La cenicienta en este asunto es la hungara, reprsentada por Pannonia Films y casi completamente desconocida por el aficionado, a pesar de haber animado una de las películas de René Laloux, Le maîtres du temps... y haber sido uno de los chivos expiatorios elegidos para explicar que éste sea la peor película del francés.

Entre las personalidades de Pannonia Films, destaca Marcel Jankovics, director de una de las obras maestras desconocidas de la animación, Fehérlofia (1981), un auténtico prodigio en el que se utiliza al máximo las posiblidades de la animación tradicional, es decir la libertad en la línea, en el color y la forma, que permite las transformaciones más inesperadas e imposibles. En este sentido, el corto Sisyphus es un perfecto ejemplo de esas posibilidades de la animación tradicional y del talento de este director.

Como puede observarse en las capturas, el corto se caracteriza por una economía de medios extrema, restringiéndose a unos cuantos trazos negros sobre fondo blanco. No obstante, con ese mínimo de trazos, siempre en movimiento y transformación, el corto consigue transmitirnos el esfuerzo y la dificultad, el cansancio y el sufrimiento que para Sísifo supone acarrear la piedra que constituye su castigo eterno hasta lo alto de la colina de la que volverá a rodar abajo instantáneamente.

No obstante, más allá de esta plasmación del mito y del giro final que nos revelará una nueva vertiente, lo que hace a este corto notable no es ese "chiste" por así decirlo que le sirve como su excusa. Como tantas veces en la animación, el tema es prescindible y lo que importa es la forma, que en este caso se utiliza en reflejar una de las constantes de la animación desde sus origines y que para muchos, al menos hasta esta última generación, ha constituido su principal atractivo.

Se trata simplemente de esa capacidad de la forma para reflejar el  movimiento, para hacerlo visible y creíble, utilizando formas abstractas, inanimadas. En sí el corto, no es más que una sucesión de bocetos, pero como en los dibujos salidos de la mano de un maestro de la pintura, esa simplicidad y esa ausencia de acabado sirven precisamente para realzar y subrayar lo que se pretende expresar, logrando que seamos nosotros quienes lo completemos en nuestra mente en toda su plenitud.

Y como siempre, les dejo con el corto. Es extremadamente breve, apenas dos minutos, pero pocas veces habrán visto mejor utilizado el tiempo.



Marcell Jankovics - Sisyphus (1974) por jeremyfox