sábado, 11 de septiembre de 2010

100 AS (XXIX): Gerald Mc Boing Boing (1950) Robert Cannon


Este fin de semana, por razones laborales, me veo obligado a adelantar nuestra cita con la cita de mejores cortos animados según el festival de Annecy, para comentar en esta ocasión el corto Gerald Mc Boing Boing, realizado por Robert Cannon en 1950.

En entradas anteriores, había hablado de la geografía de la animación, en la que lugares como Nueva York, Miami, Polonia, el Canadá, Praga, Zagreb o Moscú, destacarían en un hipotético mapa, así como de nombres míticos como los Fleischer, la NFB de Canada, Soyuz Multifilm o Zagreb Studios. La UPA, productora del corto que nos ocupa este fin de semana, pertenece por derecho propio a esa lista de grandes, a pesar de que su producción fuera corta en el tiempo y escasa en su número, apenas un puñado de cortos en la década de los 50.

Sin embargo, hay razones poderosas para que sea así, pocos estudios pueden presumir de haber revolucionado la animación mundial y poder llamarse los progenitores de la animación independiente y experimental, ésa misma que dio lugar al festival de Annecy y a su lista. Como recordarán los que hayan seguido esta serie de entradas, Disney en los cuarenta se hallaba en la cima de su gloria, había eliminado a todos sus competidores serios y su estilo se había convertido en el estilo por antonomasia que era cultivadi por cualquier animador que se considerase digno de ese nombre, ya fuera en los EEUU o en cualquier parte del mundo.

Un estilo que no se hallaba libre de serios problemas y defectos, aparte de su creciente tendencia a la sensiblería y la ñoñería. En primer lugar contribuyó a crear la idea, aún admitida por todos, de que la animación era un género para niños, que sólo podía narrar cuentos de hadas o fábulas, y que estaba habitado por animales parlantes, al ser incapaz de reflejar los matices de la expresividad humana. Por otra parte, hizo triunfar un estilo visual preciosista, detallista y eminentemente realista, que halagaba los gustos del público, pero que acabó por convertirse en una trampa, como ocurre con la mayor parte de la 3D actual, al encorsetar la animación en un marco del que no podía escapar y que negaba la libertad anárquica de sus inicios. Peor aún, contribuyo decisivamente a formar la opinión crítica de los analistas de ese tiempo (los que luego figurarían en cahiers y demás) en el sentido de despreciar completamente esa forma y negarla por entero la categoría de cine.

La UPA, no obstante, lo cambio todo.

Por primera vez, aunque había habido algunos intentos aislados, un estudio se atrevía a ser modernista, a asimilar el espíritu que había regido el arte occidental en los cincuenta años anteriores. Como se puede observar en las capturas, los animadores de la UPA, le perdieron el miedo al vacío y se atrevieron a presentarlo sin tapujos en su trabajo, el llamado espacio neutro, al igual que los pintores del pasado se habían atrevido a dejar el lienzo, sin pintar.

Es más, se enfrascaron en una tarea de simplificación y depuración, reduciendo las figuras, el decorado, el ambiente a sus líneas esenciales, sin perder un ápice de expresividad, más bien al contrario, utilizando esa pureza y limpieza de líneas para destacar aún más los rasgos característicos de los personajes de forma que permitieran al espectador reconocer la personalidad del personaje al primer golpe de vista, y descubrir al instante su cambios emocionales, sin necesidad de narrarlos.

Por último, abandonaron cualquier residuo de realismo y se atrevieron a utilizar colores antinaturales, no ya dejando a la vista el medio sobre el que se trabajaba, sino aplicando las tonalidades con fines expresionistas, para señalar el impacto dramático de una situación o reforzar lo que se pretendía transmitir, o simplemente, porque resultaba bello al estilo moderno, no por reflejar el natural, sino por sus características formales, la composición, la armonía (o el contraste) en los colores.

Una auténtica revolución, como digo, que daría paso a la fase moderna de la animación y a una explosión creativa, de variedad casi inagotable, cuyos ecos aún se sienten. Lástima que nadie se haya preocupado, ni siguiera major que tiene los derechos de la UPA, por editar en DVD o BD el catálogo de esa productora.

Pero ya saben. La animación no es cine y por tanto no merece ser tratada con respeto.


Y como siempre, aquí les dejo con el corto, para que lo disfruten.


jueves, 9 de septiembre de 2010

A tale of two cities


Revisando, por razones extracinéfilas, el Manhattan de Woody Allen, no dejaba de sorprenderme por la imagen mostrada de la ciudad: Un lugar poblado por personas cultas, de planetarios, cines de VOS y restaurantes chics, con lugares paradigmáticos por los que se puede pasear sin miedo a malos encuentros. 

La sorpresa viene de que el recuerdo que tengo de Nueva York y los años setenta, década a la que pertenece esta película, es el que en mi niñez transmitía la televisión española y que era completamente opuesto a la imagen que muestra la película. En mi memoria, Nueva York y por extensión todos los EEUU, era un lugar de delincuencia en alza, donde era muy probable morir por un disparo de arma de fuego y el ser atracado, ya fuera por la calle o en tu casa, un suceso cotidiano. Una ciudad y un país en abierta decadencia, cuyas ciudades se estaban convirtiendo en campos de ruinas y la población volviendo a la absoluta barbarie, frente a la pasividad y la impotencia de las autoridades.

Esa imagen, curiosamente, no era un efecto de alguna extraña propaganda patria, aunque el desprecio a los EEUU fuera un rasgo compartido por la izquierda y la derecha peninsular de aquel entonces. Lo auténticamente curioso es que esa visión se hallaba en el centro de las producciones de aquel país, incluso las más comerciales como bastaría para demostrar el caso de la no menos mítica Taxi Driver, en la que la violencia desencadenada por los EEUU en Vietnam, había sido importada a su tierra natal y el centro de la ciudad convertido en una tierra de nadie, donde sólo regía la ley del más fuerte, al haberse derrumbado toda autoridad y moralidad. 

Mi impresión, como digo, se ha visto  confirmada por la visión reciente de una obra como News From Home, de Chantal Akerman, donde la ciudad se transforma en un páramo desierto de toda presencia humana, en un avanzado estado de abandono y donde las pocas personas que aparecen lo hacen aisladas de su entorno y de sus semejantes. Asímismo en el magnifico cómic Dropsie Avenue de Will Eisner, muestran los últimos años de esa avenida, en la década de los años 60, como un infierno, donde las casas de inquilinos son vendidas a personas conocidas como finalisers, para deshacerse de los vecinos por cualquier medio, hasta que la zona queda reducida a un estado que se define como bombed out, es decir, como si hubiera sido bombardeada.

Por supuesto, esto no es ningún género de crítica política o estética contra Woody Allen. El director americano se mueve en unos ambientes muy concretos y en cierta manera es prisionero de ellos, como cualquiera de nosotros. Sus mejores momentos son cuando describe esas personas y situaciones que conoce a la perfección y nunca ha sido su intención convertirse en un cronista de la sociedad americana, ni mucho menos ser como uno de esos escritores realistas del XIX, que pretendían narrar del arroyo a los palacios.


Christopher Wool East Broadway Breakdown
No, esto viene a cuento de la inmensa exposición Manhattan: Uso Mixto, abierta hasta finales de septiembre en el Reina Sofía Madrileño (gratis los domingos), en la que se muestra como una serie fotografos han intentado mostrar esa ciudad, desde aproximadamente 1970 hasta ayer mismo. Una recopilación de fotografías en las que los diferentes artistas parecen coincidir en esa opinión general de la que hablaba antes: Nueva York como una ciudad en perpetua putrefacción, siempre a punto de expirar, pero siempre capaz de vivir un poco más, por simple instinto animal de supervivencia.

Thomas Struth, Crosby Street
Curiosamente, el mayor pero que se le puede poner a esta exposición es el de su aspiraciones enciclopédicas, se han elegido tantos artistas y de ellos se han expuesto tantas obras, intentando ser fieles a su intención de documentar la ciudad en la que viven, que se hace imposible dedicar a las fotos, no digo ya a los videos. el tiempo y la atención necesarias, . Peor aún, es casi imposible recordar algún nombre tras la visita, a menos que se le conociera ya de antemano, como me ocurría a mí con Zoe Leonard, o anotándolos cuando se topa uno con algo que le llame la atención, como he tenido que hacer en esta visita.
Mayra Davey, Newstand
Un gravísimo defecto que impide completamente el poder comparar estos artistas o situarlos cronológicamente, o lo que sería más interesante, geográficamente dentro de la ciudad, de forma que lo queda en la retina es un amasijo de imágenes aparentemente iguales las unas a las otras, de donde de vez en cuando se destaca alguna inesperada, como ocurre con las de Jennifer Bolande, que substituye a la figura humana que debería habitar la ciudad por un globo terráquea, en un juego postmoderno que poco tiene de común con el registro fotográfico que llena el resto de salas.
Jennifer Bolande, Globe

martes, 7 de septiembre de 2010

Apocalypse non Redux


Por si alguien no lo había notado, las capturas obviamente pertenecen a las escenas finales de Apocalypse Now, una de las grandes películas que Coppola rodó cuando aún era director de cine.

Lo anterior viene a cuento porque no soy precisamente fan del remontaje que apareció hace ya a unos años con el nombre de Apocalypse Now Redux. Por decirlo de una manera concisa, con la adición del nuevo material, el solito, consiguió convertir una obra maesta en una película notable. O por decirlo con mayor detalle, lo que en la versión del 79 era una pesadilla inducida por las drogas, en las que los protagonistas (junto el público) iban perdiendo poco a poco el contacto con la realidad en una bajada a los infiernos que un ritmo implacable tornaba en inexorable. De esta manera, la película de Coppola constituía en una vibrante meditación sobre la bestia que anida en el interior de todos los humanos y de la fascinación que provoca en todos nosotros. La pelicula, como digo, al final dejaba de hablar de Vietnam, para transformarse en una abstracción fuera de todo tiempo y lugar, una invectiva universal contra todas las guerras, su horror, y las excusas que nos inventamos para provocarlas, cuando al final es el placer animal que nos provoca la destrucción y la masacre, la única razón que nos lleva a librarlas.

Como puede esperarse, todo esto se perdía en el remontaje del 79. En vez de un viaje sin fin, sin destino y sin vuelta atrás por ese río donde nos esperaba Kurtz y nuestra auténtica naturaleza, la película se estructuraba en larguísimas escalas, que no aportaban mucho y que sólo servían para  destruir el efecto de acumulación alucinatoria que presidía la otra cinta. Peor aún, frente a la deslocalización y atemporalidad de la cinta anterior, esta película tenía lugar claramente en Vietnam en los años 60, mientras que el objetivo de su crítica era el gobierno estadounidense y su política asiática, transformando el horror hecho carne que era Kurtz y sus huestes, en una especie de rebeldes sin causa, destruyendo de un plumazo a uno de los símbolos de la cinematografía reciente, que nunca debió haber salido de las sombras.

Quizás soy demasiado pasional en mis jucios, quizás las nuevas generaciones, que no han crecido con la versión antigua, vean con mejores ojos a la nueva, quizás es que el impacto que produjo a mediados de los 80 en un pase en el que estaba casi sólo en el cine, me pide verla de otra manera menos radical.

Quizás, pero el caso es que después de tanto rollo, lo que yo quería decir no era esto. 

Lo que quería decir es que cada generación tiende a verse en la cumbre de la ola y busca en el pasado padres adoptivos, de los cuales datar su nacimiento. Así, durante mucho tiempo, se habló de que el cine había nacido con Griffith, para luego en los tiempos de victoria del clasicismo, ceder la preferencia a Welles y su Citizen Kane, concluyendo, en estos tiempos de transición, con retrasarlo a la Nouvelle Vague o los cineastas americanos de los 70, según se sea más comercial o más autoral.

No obstante, los directores americanos de los 70 no se diferencian mucho formalmente de sus homólogos de los 40, lo cual no es un elogio, estribando la mayor diferencia entre ambas décadas en la temática elegida, o mejor dicho, en la manera en que la desaparición de la censura en los 60 permitió mostrar lo inmostrado, sin tapujos, justificaciones ni reparos, en una dinámica que continúa aún hoy en día, de escándalos que dejan de serlo a los pocos años, cuando no meses.

Y de esto que digo, Apocalypse Now es una prueba magnífica, puesto que Coppola utiliza  multitud de recursos formales que en su tiempo ya estaban pasado de moda, pero que el sabe insuflar de nueva vida, como las magníficas superposiciones que abundan en toda la película, donde se nos insinúan relaciones, enigmas, corrientes subterráneas que de otra forma no podrían expresarse.

O como la secuencia de arriba, la calma antes de la tempestad definitiva, expresada por ese encadenamiento de planos casi estáticos, con iluminaciones esencialmente expresionistas.

lunes, 6 de septiembre de 2010

FdI Cuento IX: Año 325 a.C. India

Otro Lunes, otro cuento de Forjadores de Imperios. En este caso estamos de suerte, ya que al ser de los impares, es de los cortitos. El tema de hoy es un relativamente obscuro incidente durante la campaña en India de Alejandro. Poco conocido porque no deja en muy buena posición a Alejandro, especialmente ante aquellos que lo admiran por haber conquistado medio mundo.

Pero como siempre aquí, lo tienen, espero que lo disfruten.

Año 325 a.C. India

Tres veces habíamos atacado las murallas y tres veces nos habían rechazado. Nuestros muertos cubrían la base de los muros de la ciudad. Ahora, fuera del alcance de sus armas, sentados en el suelo, contemplábamos jadeantes el parapeto que no habíamos podido escalar, sobre el cual asomaba de vez en cuando la cabeza de uno de los defensores. No era demasiado alto, apenas la altura de dos hombres, ni tampoco demasiado fuerte, nuestros picos hubieran bastado para socavarlo, pero nunca antes, desde que entramos en la India con el rey, nos habíamos enfrentado a una resistencia tan decidida. Quizás en otro tiempo, cuando teníamos que luchar para salvar nuestras vidas, no hubiéramos cejado hasta coronar los muros y barrer a sus defensores. Ahora, sin embargo, no teníamos otro deseo que volver cuanto antes a casa. Nos daba igual añadir un triunfo más a la diadema de Alejandro.

Éste se paseaba nervioso tras la primera fila de asaltantes. Nuestro fracaso le irritaba. Varias veces nos exhortó a reanudar el asalto, pero nosotros sacudíamos la cabeza y nuestros rostros reflejaban el desaliento. No había manera. Nuestra renuencia acabó por exasperarle. Arrebató la escala a un soldado y se precipitó hacia los muros de la ciudad. Unos cuantos de los hetairos le siguieron. El resto del ejercito permaneció en sus posiciones, esperando a ver como se desarrollaba el ataque.

El enemigo, al descubrir la aproximación de aquellos nuevos combatientes, concentró sus disparos sobre ellos. Los últimos en abandonar las filas llevaron la peor parte y pocos de ellos alcanzaron el muro. El rey, por el contrario, no tuvo dificultad en ganar la protección relativa de la base de las murallas. Ahora eran los defensores quienes tenían que asomarse para poder alcanzarles y eso les ponía a merced de nuestros arqueros, que comenzaron a arrojar flechas para proteger al rey y a sus acompañantes. Nuestra reacción animó al rey. Le vimos estrechar la mano a uno de los soldados que estaban con él y señalar a lo alto de la muralla. Apostaban sobre quién sería el primero en escalarla.

Un gesto y se aplicaron las escalas sobre el muro. Otra seña y comenzaron a ascender, el escudo protegiendo el rostro, la mano aferrada a los travesaños. El rey fue el primero en alcanzar el parapeto. Esquivó la lanza de uno de los defensores y lo precipitó al vacío. Entonces saltó sobre el parapeto y lo limpió de enemigos. Un clamor de triunfo se elevó de nuestras gargantas. No creo que nos escuchara, pero debió imaginárselo, pues se volvió hacia nosotros, levantó la espada y nos hizo señas para que siguiésemos su ejemplo, para que corriésemos a ayudarle. Sin embargo, su euforia se trocó pronto en desesperación.

Excepto la escala del rey, las otras habían sido colocadas descuidadamente. Cuando los primeros soldados alcanzaron la cima, bascularon hacia atrás y se desplomaron, arrastrando consigo a los soldados que las escalaban. Los mismos que ascendían por la escala del rey saltaron también al suelo, temiendo que ésta también se derrumbase. Alejandro se quedó sólo en el adarve. A uno y otro lado veíamos acercarse los picos de los cascos de los defensores que acudían a matarlo. Todos nos pusimos en pie. "Salte. Salte, majestad" – gritábamos, agitando los brazos, golpeando los escudos con las espadas. No nos atrevíamos a arrojar ni flechas ni lanzas, por temor a alcanzarle. Él miró a ambos lados y, al verse rodeado de enemigos, saltó de la muralla.

Sólo que al interior.

Nos quedamos helados. Un clamor de triunfo se elevó desde el interior de la ciudad. Los defensores que marchaban al encuentro del rey se detuvieron y permanecieron atentos a lo que sucedía a sus pies tras el muro, dándonos la espalda, sin preocuparse por protegerse. El griterío aumentaba en intensidad. Ninguno de nosotros parecía capaz de reaccionar.

El primero fue Peucestes, uno de los que habían acompañado a Alejandro hasta el pie de la muralla. Le vimos zarandear a un soldado que estaba a su lado y que aún no se había repuesto del impacto de la caída. Con su ayuda y la de otros consiguió encaramarse al parapeto de la muralla. Los defensores, absortos en el combate que tenía lugar a sus pies, no se esperaban un ataque.  En unos instantes estaban muertos o en fuga. Mientras, varios más de nuestros soldados habían conseguido a su vez escalar la muralla. Les vimos desaparecer juntos en el interior.

El griterío redobló. Sorpresa. Terror. Confusión.

Silencio.

Observábamos los muros, ahora vacíos de defensores, sin ser capaces de realizar un solo movimiento.

- Deben de haberlo matado – oí murmurar cerca de mí – ¿Cómo vamos a volver ahora? ¿Quién nos va a guiar hasta Grecia?

Aquello me despertó. Me abalancé sobre los carros que guardaban el equipo y agarré un pico. Con él en la mano, corrí hacia la muralla y empecé a golpear el muro. Algunos soldados más me habían visto desaparecer y me habían seguido. Juntos nos esforzamos en cavar un hueco al pie de las murallas, mientras que otros nos ayudaban a retirar las piedras y la tierra que extraíamos. Pronto hicimos un hueco lo bastante grande como para que entrase un hombre.

- ¡Traed maderos! – grité.

Con ellos hicimos palanca. El lienzo de la muralla no aguanto mucho y se derrumbó con estrépito. Nos precipitamos aullando en el interior de la ciudad. Nadie. Todos los enemigos habían huido al ver desplomarse el muro. Ante nosotros se extendía un pequeño huerto, rodeado de casas, y en medio de él, se elevaba un árbol alto y frondoso, cuyas ramas se extendían hasta tocar el suelo, erizado de flechas y lanzas clavadas en su tronco. A su alrededor yacían los cadáveres de multitud de defensores y, junto al tronco, como si intentasen defender a alguien, se apilaban los cuerpos de aquellos que habían saltado la muralla en pos de Alejandro.

Me abalancé sobre el montón. Con la ayuda de otro soldado fuimos retirando los cuerpos hasta llegar al del rey. Lo primero en aparecer fue su cabeza. La sangre le cubría el rostro y una pedrada le había cerrado un ojo, pero con el otro nos observaba lleno de rabia y furia. Cuando intentamos incorporarlo, gimió e intentó apartarnos con el brazo. La lanza de un defensor le había atravesado el hombro, perforando la armadura. Al levantarle para transportarle al campamento vimos que sangraba de varias heridas más. Uno de mis camaradas sacudió la cabeza. De ésa no iba a salir.

La ira me invadía. Sentía deseos de concluir lo que los defensores de la ciudad habían empezado. Por su irresponsabilidad, el ejército había estado a punto de perderle. Por su terquedad, muchos habían caído tratando de defenderle. Por su ambición, aquella ciudad iba a ser arrasada.

A mi espalda se escuchaban ya los primeros chillidos. Nuestras tropas se desahogaban.

Notas: El asalto a la ciudad india ocurrió tal y como se narra. Fue una de las acciones más desafortunadas de Alejandro y estuvo a punto de costarle la vida.

domingo, 5 de septiembre de 2010

100 AS (XXVIIIb): Grasshoppers (1990) Bruno Bozzettto


Como en otras ocasiones he comentado, estoy completando los cortos de la famosa lista de Annecy, con otros que se quedaron fuera, seguramente por falta de espacio. En ese caso, si la semana pasada le tocaba el turno al duo Gianini/Luzzati, ahora es el momento del otro gran animador italiano, Buno Bozzetto, representado por su corto Grasshoppers, de 1990.

A primera vez, el corto parece ser de una sencillez pasmosa. Fondo neutro, cámara fija, personajes que entran por un lado de la imagen y salen por él otro, haciendo resaltar la bidimensionalidad característica de la cell animation o 2D como se la llama ahora. Una serie de características que una por una son fuertemente negativas, al recordar a la inmensa ristra de subproductos que Hanna y Barbera manufacturaron desde 1960, en una continua caída de calidad, creciente ausencia de pretensiones, repetición eterna de los mismos clichés y costes casi nulos, que a punto estuvo de acabar definitivamente con la animación norteamericana.

Por supuesto, no es el caso de Bruno Bozzetto.

Si tienen tiempo y pasan el corto fotograma a fotograma, como he tenido que hacer yo para realizar las capturas, es fácil darse cuenta de que cada cell es distinta a la siguiente, con lo que Bozzeto está trabajando en el modo de animación completa, el que requiere más trabajo, pero además no se limita a transitar de una pose a la siguiente, como es el uso común para ahorrar trabajo, sino que entre medias busca añadir acentos y subrayados que le permitan dar mayor expresividad y personalidad a la animación (piénsen solo en lo aburrida que es la animación de Family Guy, que necesita de un fuerte apoyo textual para distraer al público de su falta de ideas gráficas).

Además, Bozzetto sabe, como todos los grandes animadores, que el hecho de trabajar con dibujos realizados sobre un papel implica que todo está permitido, que puede transformar unas figuras en otras, estirarlas, retorcerlas, recurrir a la exageración y la caricatura, sin miedo a destruir la ilusión de verosimilitud, puesto que el público ya sabe que lo que está viendo es mentira. Un sobreenendido que le permite  realizar audaces transiciones entre escenas, imposibles en el cine de verdad, sin que se produzca una ruptura en el flujo (ya sea buscado o accidental) o recurrir a embarazosas muletas y explicaciones, mientras que aquí como digo, el paso entre las épocas históricas que se ilustran se realiza con naturalidad, con un ritmo vivo que va acelerándose a medida que avanza el corto.

Es con la frase anterior con lo que llegamos al meollo del asunto. Este corto inocente, casi infantil, de técnica aparentemente fácil y trillada (lo cual es una ilusión como ya hemos visto), no es otra cosa que un resumen de la historia mundial, en la que ésta se narra de manera irónica, como una continua serie de guerras absurdas, libradas por motivos generalmente estúpidos, y que acaban con la destrucción y desaparición de ambos contendientes. Una idea grave y profunda, por tanto, de esas que servirían para construir una larguísima película de las de verdad, sobrecargada de grandes palabras y declaraciones, pero que en manos de Bozzetto se convierte en un corto divertídisimo, donde es imposible no carcajearse ante la inutilidad de la ambición y la gloria humana, que como digo siempre se resuelve en la muerte y en el olvido.

Y como siempre aquí tienen el corto, para que lo disfruten, y en esta ocasión no tienen excusa para no hacerlo, porque como he dicho, es divertidísimo y nada hay mejor que reírse de nuestras propias desgracias y miserias.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Otherwordly (y I)

¿Qué es eso que...?
¡Una mujer dragón! ¡Los descendientes de Atlantis, los demonios de la leyenda..!

 
Señor, es peligroso. Retiraos, os lo ruego.
 
Quieto, Vargas.
 
Si eso es un demonio.
 
Es de una belleza tal...
 
...que le entregaría voluntariamente mi alma.
 
Tú eres Go de Fanelia, ¿no es cierto?
 
¿Cómo conoces mi nombre?
 
Cuando la luna de las ilusiones brille por encima de las montañas de poniente...
 
...el hombre al que estás destinada vendrá a tí.
 
Así se predijo cuando nací.
 
¿Destinada?
 
Sí, es el destino quien ha hecho que nos encontremos

Cuando se relee un clásico, de esos que nos enseñaron en la escuela o descubrimos siendo aún adolescentes, se produce un extraño fenómeno mental. No importa las veces que lo hayamos leído, lo bien que conozcamos su argumento o que casí podamos recitar sus palabras de memoria. En cuanto llegamos a ciertas páginas escogidas, nos sentimos inmediatamente en casa, seguros, tranquilos y en paz, como cuando se vuelve a un lugar amado desde siempre. Una extraña sensación para un tiempo que nos exije cambiar continuamente, renovar nuestros gustos cada temporada, y deshacernos de todo aquello más antiguo a unos pocos meses, como se hace con los cadáveres antes de que se corrompan.

Esa sensación, la de haber vuelto a casa, es la que he sentido al revisar estas semanas la serie Tenku no Escaflowne, o en corto, Escaflowne, de 1996.

Es cierto que tengo una debilidad especial por esta serie, una de las primeras que disfrute en mi periodo de iniciación al anime, allá por 2000-2001, pero no es menos cierto, que esta serie fue realizada por un estudio Sunrise en su mejor momento (unos años más tarde, realizaría la no menos magistral  Cowboy Bebop), coincidiendo con la revolución que supuso Evangelion, de forma que en esos años finales del siglo XX se realizaron una serie de producciones que pueden considerarse como el canto de cisne de la cell animation, antes de que hacia el 2000 el ordenador se convirtiese en la herramienta básica de la animación 2D.

Una alegría, por tanto, volver a esta serie, pero también una tristeza, al ver todo lo que se a perdido en la transición y en la marea moe que ahora nos invade. Por poner unos ejemplos muy sencillo, el aspecto de acuarela de los fondos de esa época, donde se dejaba a la vista que era un dibujo e incluso se tenía el atrevimiento de dejar zonas inacabadas o sin pintar, ha sido substituido por fondos hiperrealistas, en ocasiones meros calcos de fotos. Curiosamente, en medio de esta obsesión por representar la realidad as is, la introducción del ordenador no ha dejado de producir unos resultados finales en cierta manera asépticos, como si la perfección del instrumento hubiese contaminado al resultado. Porque se me entienda mejor, los objetos y vehículos que aparecen en las series modernas parecen completamente impolutos, sin señales de uso, mientras que en estas series del fin de la cell animation, se muestra una evidente preocupación por mostrar mediante el dibujo el daño que el uso y el tiempo realizan, de forma que todo tiene un aspecto de viejo y gastado, de realmente usado y habitado.

Esto no tendría mayor importancia y podría achacarse a los habituales cambios de estilo. Lo peor es la constatación de lo mucho que la invasión moe ha dañado a la industria (y tengo temblores al constatar que las próximas series de estudios como Manglobe o Bones van a apuntarse a la corriente, al menos en su diseño de personaje). En Escaflowne, aunque el tramo de edad de los protagonistas es el mismo que en las series modernas, ese espacio entre los 14 y los 18 años que corresponde a la adolescencia, aparentan tener mucha más edad de la que tienen, no sólo física sino mentalmente. Los problemas y las preocupaciones a las que se enfrentan son las de la edad adulta, las responsabilidades heredadas del cargo que ocupan, la lucha por la vida, los fracasos y derrotas, la muerte y la desesperación... en resumen, toda la miriada de decisiones cotidianas que deben tomarse en solitario, confiando únicamente en las propias fuerzas, midiendo las consecuencias de las mismas y las personas con las que se pueden contar.

No menos llamativo es que mientras que la mayor parte de las series actuales se reducen a un chaval que debe elegir entre varias bellezas, a las cuales, por supuesto deberá salvar de sus problemas y desdichas (Kyoto Animation parece haberse especializado en esto), el personaje central de esta serie sea una mujer, la escolar Kanzaki Hitomi, de cuyas acciones y decisiones, depende el destino del resto de los personajes y del mundo en el que ha caído accidentalmente, de manera que la historia que se nos narra es al mismo tiempo la historia del paso a la madurez de nuestra protagonista que debe aprender por ella misma, qué es lo mejor para cada situación, qué es lo que debe hacerse. No es menos llamativo que en un  panorama dominado por la hipérbole de los atributos mamarios de las mujeres protagonistas, hasta el extremo de resultar repulsivo, en Escaflowne la belleza de cada una de las muchos personajes femeninos se base en su personalidad, en su manera de actuar y de vestir, individualizando a cada una de ellas  y conviertiéndolas en inolvidables.

Y por supuesto, como se puede observar en las capturas iniciales, que he traducido del francés, pocas series hay con ese instinto por lo auténticamente maravilloso y sobrenatural, de manera que  acaba por  asemejarse a esos cuentos de hadas que han pervivido durante siglos en el Folklore

Pero de eso y de más ya hablaremos en entradas siguientes. E incluso, si me hallo con fuerzas, empiece una serie sobre las mejores series de anime...