sábado, 14 de mayo de 2011

Your inner self















En alguna ocasión he comentado ya la obra de los hermanos Quay, pero lo que no les he llegado a confesar es la profunda fascinación que me producen sus cortos, algo que merece subrayarse ya que sus cortos suelen caracterizarse por ser profundamente crípticos, escondiéndose su significado bajo capa tras capa de alusiones, de conexiones no filmadas y de referencias que exigen una cultura más que encicopledica.

En ese sentido, The Comb, realizado en 1990, podría ser la obra quintaesencial de los Quay. Supuestamente basado en textos de Robert Walser, que se musitan, apenas inteligibles, en ciertos momentos de la obra, el corto al que me refiero parace tratar de los sueños que una durmiente tiene durante su descanso nocturno, los cuales viene a recordar mientras se peina a la mañana siguiente, de ahí, el nombre de "El Peine" que tiene el corto.

Sin embargo, como ocurre con los auténticos creadores visuales, este breve apunte argumental es completamente inútil y equívoco. En general cualquier reseña, por extensa que fuera, también lo sería, ya que el lenguaje es una herramienta especialmente inadecuada en la descripción de las artes plásticas, especialmente para aquellas que intentan apartarse radicalmente de lo que sea literatura. Esta quizás sea una de las causas del cierto olvido crítico en el que se encuentran los críticos experimentales, ya que en la mayoría de los casos se hace imposible, contar de qué van las obras, más allá de una árida descripción objetiva. Esa descripción objetiva y rigurosa, tan difícil de hacer y de escribir, pero que es la única vía que tiene la crítica de cine para dejar de ser una charla de café entre amigos...

Ni siquiera unas cuantas capturas hacen justicia al corto, ya que se podría pensar que se limita a ser una sucesión imagenes bellas, impacatanes o molonas, cosidas las unas con otras. En este caso como en tantas otras realmente visuales, qué es lo que se supone debe ser el cine, hay que ver el corto con los propios ojos, dejando a un lado todo aquello que nos hayan podido contar de antemano. Es más, es necesario verlo una y otra vez, esa buena constumbre que el mundo moderno, con su continuo asalto de novedades, nos impide mantener. sólo entonces podrán irse descubriendo la densa red de relaciones entre los personajes que habitan el corto, la durmiente, su reflejo en el mundo onírico, el escalador obsesionado con ascendere, la forma medio humana, medio vegetal que habita en las alturas.

Sólo así podrán descubrirse como ciertos gestos se repiten entre los distintos personajes, estableciendo las relaciones que nos faltan, dando indicios de todo lo que ha sido distorsionado por el sueño y por su olvido posterior, revelando así la auténtica naturaleza de los gestos, de la búsqueda de unos, del rechazo de otros, pero sobre todo, la sonrisa final de la protagonista, cuando un gesto habitual le revela el significado de lo soñado.

O mejor dicho, con quién estaba soñando.

(Y como siempre, les dejo aquí el corto, para que se dejen seducir por sus imágenes y sus enigmas)


The Comb (1990) por BFIfilms

martes, 10 de mayo de 2011

Text and Images









En estas últimas semanas he estado revisando la filmografía de Straub/Huillet según se ha recogido en los packs de Intermedio, tarea que me llevará aún algo de tiempo, dado que con mi juventud se han desvanecido también mis fuerzas y la ilusión, la pasión que te hace superar cualquier obstáculo. Esto, entre otras cosas ha provocado que no haya podido hablar de las películas de este tandem de realizadores experimentales tanto como yo hubiera quedido, y que desgraciadamente, estas notas se vayan a quedar simplemente en eso, notas dispersas en las que muchas de mis apreciaciones nunca serán reflejada.

Pero dejando a un lado los lamentos y comenzando con el comentario, antes de que consuma el poco tiempo y espacio del que dispongo, lo primero es recalcar que, como ya había dicho en otra entrada, hace ya varios meses, la pareja Straub/Huillet parece obsesionada con las relaciones entre el texto e imagen, o por decirlo de una manera más precisa, como conseguir adaptar a la pantalla un texto literario sin traicionarlo ni mutilarlo, como es la constumbre en las adaptaciones comerciales, utilizando para ello el mínimo de recursos  visuales posible, de forma que nuestra atención no se vea distraida de lo que el texto intenta transmitirnos por un despliegue de imágenes, que a pesar de su belleza, acaben por substuir al texto en nuestra memoria, reemplazándolo por completo.

Este punto de partida estético provoca que, a lo largo de su obra (y esto es una impresión, ya que desgraciadamente intermedio no ha presentado la recopilación en orden cronológico, sino en obras rodadas en el mismo idioma, impidiendo que contemplemos la evolución estilística  de esta pareja de creadores) se observe una clara tendencia al estatismo, a reducir las escenas a un único plano que se mantiene durante largo tiempo, en el cual los actores permanecen completamente inmóviles y se limitan a declamar el texto, renunciando a todo tipo de interpretación al uso, ya sea corporal y oral, de manera que ese texto se nos presente casi como leído, en cierta similitud con los usos musicales de un Schönberg, al que tanto admira la pareja (y de cuyas adaptaciones operísticas debería decir algo en una entrada futura), y que proponía a sus cantantes que cantarán como si hablaran, intentando desprenderse de la artificialidad del punto de partida operístico.

Un hieratismo que sin embargo se revela como una baza oculta de Straub/Huillet, ya que cuando la cámara finalmente se aproxima a estas esculturas parlantes, cuando estás se animan y cambian su expresión y postura, el cuadro se inunda de una fuerza incontenible, en un efecto imposible de conseguir por medios tradicionales.

Este tendencia a un creciente ascetismo en la expresión visual es fácilmente apreciable en dos obras que parten del mismo textos de Cesare Pavese, los Diálogos con Leuco, pero que se hayan separadas por casi 30 años. Por una parte Dalla nube a la resitenzia de 1976 a las que pertenecen las capturas que encabezan esta entrada, por otra Quei loro incontri, de 200, cuyas capturas cierran este texto.

Dos películas que adaptan fragmentos de un mismo texto, los diálogos imaginados entre personajes de la mitología griega, pero que se hayan separadas por abismos estéticos y temporales. En la primera, se nos indica quienes son los personajes que dialogan, y a pesar de hallarse inmersos en un decorado neutro y casi abstracto, un paisaje cualquiera, la mirada y la mente del espectador son predispuestas a realizar el esfuerzo mental de situarse en ese tiempo de los mitos, ya que los personajes aparecen vestidos con ropas que podríamos llamar de época, y a pesar de ese rigor en los planos, existe cierto flujo en el montaje y en lo que se nos muestra que provoca una atenuada ficción de acción, haciendo creer que asistimos al epílogo o al prologo de una crisis dramática.

Nada de esto queda en la segunda adaptación. Nunca se nos dice quienes son los personajes, de forma que sólo aquel espectador familiarizado íntimamente con la mitología será capaz de identificar a los personajes y la situación en la que se encuentra. El hieratismo de los planos está llevado al extremo de manera que podríamos considerarlos casi como peintures vivants, con los personajes inmóviles congelados en sus posturas y ademanes, ausentes a la presencia de la cámara y los espectadores, recitando sus líneas de forma mecánica y vestidos con ropas de calle, de los campesinos que poblarían esas soledades donde está teniendo lugar la representación del mito.

Un estatismo que niega cualquier posible derivación dramática que antecediera o precediera al fragmento de escena que estamos presenciando y que en el fondo, no hace otra cosa que indicarnos que el tiempo de los mitos ya ha pasado, y con él, el de una humanidad capaz de imaginar un mundo habitados por las divinidades, donde era posible tropezarse con ellas en la profundidad de los bosques, en los cauces de los rios, en las amplias llanuras, en cualquier lugar donde habitarán los hombres, cuyo contacto amaban y buscaban con ahínco.






lunes, 9 de mayo de 2011

AMGD Capítulo XVII: En algún lugar del Mediterráneo, año 80 d.C

Este capítulo "XVII" de la versión 9 de Ad Majorem Gloriam Dei iba a servir de epílogo de la novela, al narrar el destino del único protagonista superviviente en el bando judio, ese hombre maduro, desengañado de todo, que había decidido seguir al joven idealista al que asaltaban repentinas visiones de la divinidad, para acabar convertido en un eterno fugitivo, siempre escondido de una justicia romana que nunca se aplacaría.

Este final era demasiado artificioso y desapareció en las dos versiones posteriores, la 10 y la 11, las perdidas al romperse mis disco duro, que preferían un final abierto, en el que este personaje se enfrentaba a un destino incierto, en el que todo lo que conocía y amaba había sido irremediablemente destruido. No obstante, aquí lo tienen, como ejemplo de lo que podía llegar a escribir hace no tanto tiempo y que ahora me sería imposible.

Con este capítulo acaba Ad Majorem Gloriam Dei y queda vacante este lunes. Quizás lo llene con los artículos que han desaparecido de Tren de Sombras, para que puedan leerse en algún lugar. Permanezcan sintonizados.

Capítulo XVII: En  Algún lugar del Mediterráneo, año 80 d.C.

Obscuridad.
    
Densa y cálida.
    
Acogedora
    
Extiendo los brazos. Madera bajo mi cuerpo. Madera sobre mi rostro. Madera a mis costados.
    
Mi ataúd. Mi sarcófago. Mi tumba.
    
Estoy encharcado en sudor, me falta el aire, pero aún así no intento revolverme, no lucho, no dejo lugar al pánico, ya me he acostumbrado.
   
Con cuidado, tanteo las paredes y el techo. Siento su calor ardiente. Aún debe ser de día. Aún debemos estar en verano. El sol debe caer a plomo sobre la cubierta. Los marineros deben protegerse como pueden de sus rayos, tras la vela, bajo las bordas, en toldos improvisados.
    
Hay actividad, sin embargo, escucho pasos sobre la cubierta. Corren de un lado a otro. Se gritan los unos a los otros. Arrastran pesadas cargas y luego vuelven de vacío, más ligeros, para cruzar de nuevo, con pasos cortos y pesados, sobre mi cabeza.
    
Me doy cuenta entonces. No oscila. No se balancea de un lado a otro, como debería hacer si estuviéramos aún en alta mar, si aún navegásemos. Estamos en un puerto. En uno más de tantos a los que me han llevado escondido. En otro que sólo conoceré de noche, cuando la luz haya desaparecido, en otro que me será indistinguible de los demás, una interminable sucesión de calles obscuras y vacías, de paredes mudas y silenciosas, de puertas y ventanas cerradas.
    
Golpean suavemente en la pared de mi encierro. No hables, susurran, no tengas miedo. Somos de los tuyos. Aguarda un poco más. Ya vendremos a buscarte.
     
Ya vendrán a buscarme. Rostros desconocidos. Personas que nos saben nada de mi, excepto que yo estuve allí. Que yo puedo contarlo.
      
Ya los veo reunidos. Observo sus rostros. Serios y atentos. Iluminados por la luz vacilante de las lucernas. Se acurrucan los unos contra los otros, temerosos de la osadía que han cometido congregándose allí, viniendo a escucharme, aterrorizados ante mi sola presencia, la del hombre que lucho contra los romanos, que combatió por el único dios que existe, mientras ellos humillan la cabeza ante sus señores y veneran públicamente los dioses que sus amos adoran.
     
No encontraré comprensión en sus miradas. Para ellos sólo eres un monstruo, un espanto salido de entre los muertos, alguien que debería estar muerto y dejarles en paz, un peligro que, pasada esa noche, enviarán pronto a otra ciudad para zafarse de la responsabilidad, una molestia que pronto olvidarán en el ajetreo cotidiano.
   
Mirará a sus rostros y no comprenderás porque debes hablarle. Las piernas te fallarán, intentarás retroceder, pero los que te han traído hasta aquí te empujarán hacia adelante. Agarrarán tus débiles brazos, los de un anciano, y clavarán sus dedos en su carne, te alzarán en vilo y te expondrán a la mirada de todos, a los ojos fríos y duros, desconsiderados, que no entienden porque no hablas, que no comprenden por que no asisten al espectáculo por el que han pagado, por el que están corriendo ese pequeñísimo riesgo.
    
¿Qué podrás contarles? No puedes hablarles de los muertos. De todos los compatriotas que matasteis para purificar ese mismo pueblo, en nombre del auténtico dios, de la auténtica religión. No puedes hablar de todos aquellos que partieron con una sonrisa en los labios, camino de la muerte, creyendo que su sacrificio serviría para consumar el reino de dios, creyendo que ese mismo dios les acogería en su seno, acabada la batalla. No puedes hablarle de la ambición humana, ni de su codicia, ni de la lucha despiadada por ser rey y señor de unos despojos, cuando la guerra estaba ya perdida.
   
No.
    
Sólo puedes contarles lo que quieren oír. Un relato emocionante. Una cadena de aventuras, a cada cual más inverosímil, donde la victoria siempre se alcanza, aunque sea tras innúmeros peligros o retorcidas peripecias. Una historia donde los muertos siempre caen del otro lado y ninguno del nuestro.
   
Como en todos los lugares a donde te han conducido, como fiera en su jaula o fenómeno en su tarro, miraré los rostros de tus espectadores, sus bocas abiertas en una expresión de asombro, sus ojos desorbitados como si vieran ante ellos las brutalidades que les enumeras.
    
No podré resistir la tentación. Comenzaré a arrojarles mentiras, por ver si alguno reacciona, si alguien se atreve a levantarse y señalarme con el dedo, diciendo, es un mentiroso, es un falsario, eso no puede haber ocurrido, eso nadie puede haberlo hecho.
   
Se las tragaran todas, sin excepción, incluso descubrirás un resto de desilusión si no exageras bastante, porque luego, los sabes, sabes que ése es el único motivo de su venida, la única razón por la que te han traído hasta allí, quieren presumir antes los no pudieron asistir, restregarles por la cara las historias que ellos, y no los otros, han escuchado, los hechos de los, podría decirse, han sido testigos, las batallas que han combatido, los enemigos que han derrotado, los triunfos que han alcanzado.
   
No podré terminar mi narración. También lo sé. Mi voz se quebrará. Mi brazo, que marcaba el ritmo de la narración, se dejara caer muerto, mis rodillas me fallarán y tendrán que sostenerme. Gritos agudos de sorpresa, medio sofocados por el miedo a ser descubierto, se elevarán de entre los espectadores, como lo haría el coro en una representación, al ver el destino desastrado del protagonista.
   
Se extrañaran al descubrir tu sonrisa en tu desmayo. No lo comprenderán. Intentarán traerte de vuelta, sacudiéndote, llamándote por tu nombre, y al final tendrán que dejarlo. Es un anciano, ya se sabe, dirá el que te ha traído allí, mientras murmullos de aprobación se elevan del auditorio. Es un anciano y éstas son las cosas que les pasan a los ancianos, repetirá, mientras los espectadores, un tanto defraudados abandonan la cueva donde se han reunido.
   
Pero yo habré huido, habré escapado a sus trampas.
   
Un momento antes de caer en la inconsciencia habré saboreado mi victoria.
   
Como estoy a punto de hacer ahora, como voy a fugarme de mi entierro, como voy a substraerme al calor sofocante y al aire pesado de mi tumba.
   
Hasta la noche entonces. Hasta la noche.
   
La fuerza del viento me sorprende. A punto está de derribarme por tierra. Tengo que caminar apoyándome en él, sujetándome las ropas, volviendo la cabeza para poder respirar.
   
A un lado el mar, la línea de costa baja y rectilínea, parte de un extremo del horizonte y llega hasta el otro, sin que ningún accidente señale el lugar en el que estás, sin que nada pueda indicarte cuanto, mucho o poco, llevas caminado. Sobre el mar las olas paralelas, surgiendo incesantes, señaladas por finas líneas de espuma en su cima, que avanzan hacia la costa, haciéndose más grandes, hasta romperse y desaparecer, retroceder y encontrarse con la siguiente, que viene ya, en apariencia incontenible, para sufrir el mismo destino, para continuar el ciclo que nunca se detiene.
   
Al otro lado las colinas, descendiendo suavemente hacia la playa, transformándose en dunas, sobre las que ondean algunas matas de hierba, las más audaces de entre sus congéneres, las que tapizan las colinas, imitando al mar agitado por el viento, ondulando a su soplo, las olas cruzando las laderas, franqueando las cimas, una tras otras, en otro ciclo eterno, hasta venir a morir en las arenas de las dunas, hasta disolverse y desaparecer.
    
Ya no hay mar. Camino entre dos hileras de  colinas, a orillas de un arroyo que se tuerce y retuerce en su descenso, que se precipita en pequeños escalones, que se remansa en breves charcas. 
   
Entonces la veo, sentada en una pradera junto a la corriente, vestida con ropas extrañas, como nunca he visto en este mundo gobernado por los romanos, de no menos extraña belleza, imposible de encontrar entre los hombres, posible solo entre los ángeles de ese dios en el que yo creía antaño.
   
Me acerco lentamente, en silencio, procurando no turbarla, pero me encuentro su mirada, sus ojos clavados en mí, sin que haya podido percibir cuando ha vuelto la cabeza hacia mí, como si siempre hubiera estado mirándome, observándome.

- Te esperaba.
   
No ha movido los labios. No ha variado su expresión. Es su voz , sin embargo, no cabe ninguna duda y su acento me roba las fuerzas, destruye mi armadura, me hace caer de rodillas, acurrucarme junto a ella, apoyar mi cabeza en su regazo.
   
Sus dedos acarician mi cabello, descienden por mi mejilla, rozan levemente mi mentón antes de separarse.

- ¿Por qué huías de mí?
   
No respondo. No tengo ninguna respuesta.

- No deberíais tenerme miedo. ¿En qué otra parte vais a encontrar refugio, si no es en mí? ¿Quién vais a encontrar que os ame, si no soy yo?

No respondo.

Cierro los ojos.

Dejo que el sueño me arrastre.

domingo, 8 de mayo de 2011

100 AS (XLIVb): Sisyphus (1974) Marcel Jankovics











Como todos los domingos, al menos los que me dejan, le ha llegado el turno a un corto de los recopilados por el festival de Annecy en su lista de mejores cortos animados. En esta ocasión, como en otras anteriores, me voy a apartar de la lista oficial y voy a comentar un corto de lo que llamo la lista B, es decir esa recopilación que corre por esas internets de Dios y en la que los cortos imposibles de encontrar han sido substituidos por otras producciones animadas. El agraciado ha sido Sisyphus realizado en 1972 por Marcell Jankovics.

Pero antes de comenzar el comentario, una reflexión. Los que sigan este blog sabrán ya de la importancia de la animación de los países del este, representada en diferentes escuelas nacionales, la Yugoeslava (o habría que decir croata), la polaca, la checa y la de la propia URSS. La cenicienta en este asunto es la hungara, reprsentada por Pannonia Films y casi completamente desconocida por el aficionado, a pesar de haber animado una de las películas de René Laloux, Le maîtres du temps... y haber sido uno de los chivos expiatorios elegidos para explicar que éste sea la peor película del francés.

Entre las personalidades de Pannonia Films, destaca Marcel Jankovics, director de una de las obras maestras desconocidas de la animación, Fehérlofia (1981), un auténtico prodigio en el que se utiliza al máximo las posiblidades de la animación tradicional, es decir la libertad en la línea, en el color y la forma, que permite las transformaciones más inesperadas e imposibles. En este sentido, el corto Sisyphus es un perfecto ejemplo de esas posibilidades de la animación tradicional y del talento de este director.

Como puede observarse en las capturas, el corto se caracteriza por una economía de medios extrema, restringiéndose a unos cuantos trazos negros sobre fondo blanco. No obstante, con ese mínimo de trazos, siempre en movimiento y transformación, el corto consigue transmitirnos el esfuerzo y la dificultad, el cansancio y el sufrimiento que para Sísifo supone acarrear la piedra que constituye su castigo eterno hasta lo alto de la colina de la que volverá a rodar abajo instantáneamente.

No obstante, más allá de esta plasmación del mito y del giro final que nos revelará una nueva vertiente, lo que hace a este corto notable no es ese "chiste" por así decirlo que le sirve como su excusa. Como tantas veces en la animación, el tema es prescindible y lo que importa es la forma, que en este caso se utiliza en reflejar una de las constantes de la animación desde sus origines y que para muchos, al menos hasta esta última generación, ha constituido su principal atractivo.

Se trata simplemente de esa capacidad de la forma para reflejar el  movimiento, para hacerlo visible y creíble, utilizando formas abstractas, inanimadas. En sí el corto, no es más que una sucesión de bocetos, pero como en los dibujos salidos de la mano de un maestro de la pintura, esa simplicidad y esa ausencia de acabado sirven precisamente para realzar y subrayar lo que se pretende expresar, logrando que seamos nosotros quienes lo completemos en nuestra mente en toda su plenitud.

Y como siempre, les dejo con el corto. Es extremadamente breve, apenas dos minutos, pero pocas veces habrán visto mejor utilizado el tiempo.



Marcell Jankovics - Sisyphus (1974) por jeremyfox

lunes, 2 de mayo de 2011

AMGD Capitulo XVI: Jerusalem Año 70 d.C.

Extrañas coincidencias las de la historia. Este penúltimo capítulo de Ad Majorem Gloriam Dei, en el que los romanos victoriosos arrasan Jerusalem y persiguen a los supervivientes, con especial interés en los líderes de la rebelión, ha coincidido con la muerte de ibn Laden. Extraña coincidencia, puesto que esta novela inacabada surgió de la impresión que me produjo el 11S, con su conflicto entre rebeldes creyentes e imperios que ya no lo eran tanto, tan similar a lo que fue la guerra entre romanos y judíos.

En este capítulo, quise fabular la impresión que esa resistencia a ultranza de los hebreos en su capital habría producido en los romanos, incapaces de comprender porque llegaron casi a la inmolación, creyendo que en cierta manera llegaría a sentir un cierto temor reverencial por la fuerza con la que sus oponentes sostenían sus creencias. Evidentemente era un ingenuo, pues para los vencedores el vencido es sólo eso, y su derrota, causa de celebración jubilosa, como bien podemos ver en la televisión hoy mismo.

Así que, sin más dilación


Capítulo 16: Jesusalem Año 70 d.C

Sudorosa, la cabeza de un hombre aparece en el borde de la excavación. Toma aliento, una o dos bocanada, antes que su rostro se contraiga por el esfuerzo, y alza un capacho lleno de tierra. Otro hombre, desnudo de cintura para arriba, lo toma sobre sus hombros y lo acarrea hasta el borde de un barranco, donde lo vacía. No se queda para mirar, otros hombres, igual de cargados que él, pugnan por llegar al mismo lugar, por librarse de sus cargas, para volver lentamente al lugar de donde venían, descansando un tanto en el camino, antes de volver a cargar otro capacho lleno de tierra y retornar, andando pesadamente..
    
El foso se va colmando poco a poco. Las cargas de tierra se precipitan por ladera, se esparcen por ella, algunas llegan hasta el fondo, otras se quedan a mitad de camino. Pronto será posible ascender a pie desde el fondo del barranco hasta el borde del precipicio. Pronto será posible cruzar el foso desde la otra orilla y la última defensa de la ciudad habrá desaparecido.
    
Las murallas, las altas y orgullosas murallas, inexpugnables, imposibles de escalar, flanqueadas por torres aún más altas y poderosas, hace días que cedieron. Lo que en principio fue una mella en las almenas, descendió hasta el suelo, se convirtió en brecha que desventró la fortaleza, y que luego se extendió a un lado y a otro, desmochando las torres, tirándolas por tierra, esparciendo sus sillares. Aún se ve, ya lejos, en la cima de la colina, en el fondo del valle, a los legionarios que cumplen esa misión. Aun puede apreciarse como pican la piedra para introducir palancas, como se cuelgan de ellas, como empujan los sillares hasta dislocarlos, hasta llevarlos al borde del muro, hasta precipitarlos en los fosos, donde se parten y destrozan.
      
De pie, al borde del abismo, supervisas el trabajo. No miras a los soldados. Sabes que cumplirán su misión, con alegría, con rapidez. El tiempo de la batalla ya está atrás, los peligros del combate ya no les amenazan, solo tienen que acabar su tarea, arrasar hasta los cimientos la ciudad, de forma que nadie pueda, ni siquiera los nacidos allí, reconocer su trazado. Cuanto antes lo hagan, antes podrán marcharse. Ninguno quiere permanecer una hora de más en aquel infierno.
     
No miras tampoco a la ciudad. Tantos meses contemplando sus murallas inexpugnables, sus fosos infranqueables, y nunca habías vuelto la cabeza hacia las colinas y campos que la rodeaban. Si esperabas encontrar alivio en esa vista estabas muy equivocado. La ciudad es un caos de ruinas, de calles obstruidas por los escombros, de casas quemadas hasta los cimientos, de vigas y columnas que se alzan, inútiles al cielo. El campo que rodea la ciudad no es una ruina menor. La vegetación ha desaparecido por completo, pisoteada por miles de hombres durante largos meses, convertida en polvo que los vendavales levantan y arrastran por las laderas, nublando la vista. Sólo rompen la monotonía los tocones de los árboles talados para construir los terraplenes y las máquinas de guerra, esparcidos por los campos, extendiéndose hasta el horizonte, hasta más allá, hasta casi el mar y el río Jordán y las orillas del mar maldito.
     
Otros árboles han substituido a los talados. Tienen las ramas en cruz y están muertos, pero han colonizado las cimas de las colinas y formado espesos bosques en ellas. El viajero inexperto que los viera en la lejanía, podría sentir alegría, pensar que el desierto no está cerca, que tierras más alegres y fértiles sucederán a éstas, pero el viajero experto, el soldado de mil campañas, los verá y no podrá llevarse a engaño. Al contrario, se estremecerá y hurtará la vista, buscará otro camino que no le lleva allí.
    
Un griterío te despierta de tus meditaciones. Los legionarios se reúnen al borde de la excavación. Sin apresurarte te diriges a ellos y te abres paso entre la multitud. La cabeza de un hombre sonriente asoma por el agujero y, al verte, su sonrisa se hace aún mayor, hace señas para que vengas y desaparece antes de que llegues al borde, seguro de que habrás de seguirle.
     
Así lo haces.
     
Un golpe de calor te recibe. El sudor te encharca. Apenas puedes respirar y tienes que hacer esfuerzos para conseguir algo de aire. A la débil luz de una lucerna, descubres varios rostros sudorosos, ennegrecidos por la tierra y el polvo, tan satisfechos y sonrientes como el hombre que te guiaba. Tras ellos, descubres pilares de madera que sustentan vigas, que soportan el peso de la tierra, impidiendo que la excavación se venga abajo.
     
La luz se aleja.
     
Acuclillado, sigues a estos hombres por el túnel que han cavado minando la montaña, por el laberinto de túneles que sólo ellos conocen y que no lleva a ninguna parte. De repente se detienen, examinan el techo de piedra, el hueco entre dos vigas, la tantean y acarician, aproximan el oído a ese punto, te piden que lo hagas tu también, que escuches lo que ellos han oído, que compruebes que han encontrado lo que les fue ordenado.
     
Así lo haces y escuchas ese mismo ruido. El susurro de voces apagadas, los movimientos de personas que sienten miedo pero que se creen seguras en su escondite. Estamos justo debajo dicen. Justo debajo, asientes y contemplas los de túneles que se esparcen en todas direcciones, como una red que sujetase y sostuviese aquello, aquellas personas, que sin saberlo, creyendo a salvo, están escondidas allí arriba, apenas a un brazo de distancia.
     
Das la orden. Marchas con tus hombres hacia la superficie. Ya arriba, al borde de la excavación, mientras te sacudes el polvo, supervisas los últimos preparativos. Tus hombres trabajan rápidos, llenos de excitación, deseosos de ver el resultado de su tarea. Sin darse tregua, se pasan balas de paja, mullidas y esponjosas, que arderán con facilidad. Una a una las introducen en la excavación, la acarrean por los túneles, las reparten por el laberinto, hasta que ya no caben más, hasta que todos salen de allí abajo y solo queda que te agaches, con una antorcha en la mano, y le prendas fuego.
    
La columna de humo es negra y espesa, ardiente y sofocante. Extrañamente, se pega al suelo y no asciende, el viento la hace bailar, llevándola de un lado para otro, barriendo la ladera de la colina, obligando a que os apartéis y alejéis, pero ninguno se atreve a elegir el lado que está por encima de la excavación, todos os refugiáis en la parte más baja, sabedores de lo que va a ocurrir.
    
Primero es un crujido, que estremece la tierra, luego una, dos, tres grietas, que se abren por encima de la excavación, que cuartean la tierra y hacen que se hunda sobre sí misma, acompañada de un fragor aterrador, que os obliga a taparos los oídos. La columna de humo se apaga instantáneamente. Sólo quedan algunos hilillos, débiles, que pronto se desvanecen.
    
La ladera se ha venido abajo, dejando tras de sí un cráter, relleno de tierra removida. Los hombres se apelotonan en sus márgenes y luego, con precaución, se aventuran en sus profundidades. La tierra blanda es traicionera y alguno hay que se resbala en ella. Un coro de risas, la de un grupo de niños, saluda estos incidentes. Llenos de excitación, tus hombres casi bailotean de alegría. Les ves correr por el fondo, señalando los múltiples restos que siembran el cráter, las vasijas rotas, las armas y armaduras, las vigas requemadas de la excavación, los brazos y piernas que sobresalen de entre los escombros, apuntando al cielo, congeladas en gestos inútiles.
   
Dejo que se recreen un tiempo más. Sólo un poco más, más de lo que podríamos permitirnos, pero el trabajo espera, y aún queda mucho por hacer antes de que acabe el día. Obedecen mis ordenes sin rechistar. Hoy ha sido un buen día. Un día en el que se ven los resultados, en el que podrán acostarse satisfechos de lo que han hecho, de lo que han conseguido, así que no les importa dedicar un poco más de tiempo, esforzarse aún un poco más.
   
Remueven la tierra con furia. Excavan alrededor de los cadáveres hasta dejarlos libres y luego, entre dos, los cargan y transportan, los llevan fuera del cráter, para descender luego la ladera, hacia el punto donde los barrancos se juntan, hacia el lugar donde las aguas se remansaban, hacia el lugar donde estaba la piscina de Siloe, allí donde estas gentes se purificaban antes de subir a su templo, el punto donde se abre ahora una inmensa fosa.
    
Ya en el borde los soldados se detienen. Apoyan un instante su carga en el suelo, para agarrar el cuerpo por muñecas y tobillos. De nuevo lo alzan, comienzan a balancearlo, a la de tres, se dicen, y cuentan, animándose al ver como el cadáver coge impulso, como se eleva cada vez más, uno, dos, tres, y lo sueltan al unísono, y siguen con sus ojos la trayectoria, la pirueta que parece insuflar nueva vida en el cuerpo muerto, que gira sobre sí, que se estrella, sin un ruido contra la pirámide de cadáveres que casi colma la fosa, que rueda por la ladera, enredándose, rebotando, hasta detenerse a mitad de camino.
    
Los soldados ríen. Con tal fuerza, que uno de ellos pierde pie y resbala, precipitándose al fondo. El resto, los que vigilan, los que vienen cargados, los que ya iban de vacío, se arremolinan en el punto donde caído. No se ha hecho nada, el suelo blando y elástico ha detenido su caída, y le ven reír sentado sobre aquella alfombra humana, las manos apoyadas en la red de miembros entrelazados. Tienden las manos para recogerle, y el hombre marcha hacia ellos, aún riendo, sufriendo nuevos ataques de risa, cada vez que su pie se hunde en un hueco entre los cuerpos.
    
No te quedas a ver como le recogen. Tampoco te molestas en darles nuevas órdenes. El sol se aproxima al horizonte, enorme, rojo como la sangre. Pronto, como tú, todos se darán cuenta de lo cansados que están, abandonarán la tarea y marcharán hacia sus tiendas, se entregarán al sueño, sin pensar más en lo que han hecho hoy, sin preocuparse por lo que harán mañana. Un día menos, será su única idea, la que hará sonreír al quedarse dormido, la que les hará saludar el nuevo día cuando despierten, la que le animará a entregarse al duro trabajo, para terminar cuanto antes, para poder abandonar aquella ciudad maldita y no volver nunca más a ella.
    
Tu misión no ha acabado, sin embargo. Asciendes desde la piscina de Siloe hacia el monte de los olivos, siguiendo el borde del barranco del Cedrón y esa idea te persigue durante todo el camino. De vez en cuando, diriges una mirada de soslayo a la ciudad que ya no existe. Aplastadas las casas, derribadas las murallas, la curva de las colinas se dibuja perfectamente, sino es por los amplios cráteres que horadan sus laderas, sino es por la plana plataforma vacía del templo, sino es por las tres torres, que como tres dedos se alzan contra el cielo, inútiles, testimonio de la vanidad de un rey, señal de vuestra victoria.
    
Tu misión no ha terminado. Arrasaréis la ciudad, retornaréis a Cesaréa, volveréis a los cuarteles de Siria, en espera de nuevas campañas, vigilando las fronteras contra los enemigos externos, pero tu palabra seguirá empeñada. Un anciano general, ahora emperador, te ordeno cuidar de su hijo, el futuro emperador. Muchas cargas pesadas habías aceptado sin pestañear, porque una eran una orden, porque era tu deber, porque así lo exigía tu honor, pero ninguna tan pesada como esta, ninguna que te exigiese tanto como esta.
   
Así lo piensas, de pie frente a la tienda ricamente decorada, custodiada por una nutrida guardia, sin atreverte a entrar. Una sonrisa de sorna se dibuja en tu cara, sorprendiendo a los guardias, los mismos que tú elegiste esta mañana para esa misión. y que pronto habrás de ordenar su relevo. Todos los días, en ese mismo instante, en ese mismo lugar, tienes los mismos pensamientos, sin llegar nunca a una conclusión, que no fuera la de preferir mil veces cargar contra el enemigo, aun sabiendo que te espera un muro de escudos y un acerico de lanzas, aun sabiendo que la muerte es segura, a cuidar de aquel niño al que se le ha encomendado la dirección de una guerra.
   
Nunca habías sentido eso antes. Siempre en tu puesto, alerta y preparado, despreciando a aquellos que lo abandonaban o se mostraban negligentes, mientras que ahora tú mismo lo abandonas, te inventas tareas que no requieren tu presencia, que otros podrían llevar a cabo perfectamente, pero que demuestras imprescindibles, para que te sea permitido abandonar tu puesto, huir de él, olvidarlo por unas horas, y ni siquiera eres valiente en tu revuelta, hasta eso te ha abandonado, puesto que al final todos los días vuelves aquí, sólo por dejarte ver, como en si realidad te importara el destino de ese hombre, como se en realidad te preocupase la promesa que hiciste a un anciano.
    
Tu mano busca la entrada entre los pliegues de la cortina, alzas la tela y entras. La obscuridad parece impenetrables, pero la luz roja del sol hace brillar las paredes de la tienda y recorta los objetos que ocupan su interior, el velo que la separa en dos y te separa de tu general, las ánforas vacías, los arcones abiertos, las sillas y escabeles, la silueta inclinada de la reina, sentada un lateral, la cabeza inclinada sobre uno de los brazos.
    
Te está mirando, en la penumbra sus ojos relucen como los de una fiera y no puedes, nunca puedes, reprimir un estremecimiento. Ella sabe. Ella conoce todo lo que piensas. Ha descubierto tu desprecio, ha sondeado su profundidad y podría conseguir, con un solo gesto, con una sola palabra, que recibieses el castigo que mereces. No lo hará. No por salvarte, ni porque te estime, sino porque ella comparte también ese sentimiento, porque ella, a pesar de los abismos y los rangos que os separan, es también una esclava de ese hombre, como lo es cualquiera de los habitantes de ese imperio, pero sólo vosotros dos habéis descubierto su verdadero rostro, sólo vosotros dos tenéis que aguantar esa pesada carga.

- ¿Vienes a traer las novedades? – su voz no tiene ninguna expresión, su pregunta no pretende preguntar.
- Sí, mi señora – al igual que tu voz tampoco refleja sentimiento alguno, y sólo es la respuesta que se espera del que participa en un rito.
- Me retiro a mi tienda, entonces.
  
Se levanta pesadamente, trastabilla y está a punto de caer, pero enseguida se repone. El breve espacio del asiento a la puerta le basta para reponerse, ordenar sus vestiduras, cubrirse con la máscara. Ya está preparada para la representación y tú participas en ella. Te aproximas a la puerta, te inclinas con respeto ante la reina y descorres la cortina completamente, para que todos vean, en tu conducta, cuales son los honores que se deben al rango y se comporten de manera igual frente a ella.
    
Ella cruza junto a ti sin dirigirte una mirada, como si fueras un mueble, sin preocuparse por si elevas bastante la cortina, para que ella pase, porque si no lo hicieras así, el castigo sería seguro, cruel e indiferente, al igual que se sacrifica un animal que ya no sirve o que se revuelve contra su amo, tal es su papel, tal es lo que se exige de ella, y dará lo mejor de sí, hasta el mismo día de su muerte
    
Tu representación continúa, sin embargo. Te queda la parte más difícil, dejas caer la cortina, para quedarte sólo en la tienda y te aproximas al suave velo que la parte por la mitad. Tus dedos, los de la mano que te queda, la acarician, sienten su suavidad, intentando retrasar el momento, pero al final encuentran la abertura y tienes que entrar, quieras que no.
    
Te cuadras ante él, saludas con voz potente y alzas el brazo, manteniéndolo en esa postura hasta que él te devuelva el saludo, pero no muestra haberse dado cuenta de tu presencia, ni siquiera está sentado a su mesa cubierta de mapas, que se han ido amontonando allí donde los ha dejado y sobre los cuales se ha ido apilando el polvo. Permanece sentado en su catre, abrazando sus piernas con los brazos, la barbilla en las rodillas, la vista en la pared de la tienda.
   
Dejas caer el brazo, sabiendo que es inútil y tú también vuelves la mirada hacia ese punto. El círculo rojo del sol se dibuja perfectamente sobre la tela, como si no ésta no estuviese allí.

- Era algo necesario – Siempre la misma pregunta. Siempre las mismas palabras. Siempre te estremeces.
- Era algo necesario. ¿no es cierto? – y su voz tiembla de rabia, como si te forzara a dar una respuesta, a dar una única respuesta, la única que el puede tolerar.
- Era necesario – respondes.
   
La obscuridad llena la tienda. La mancha roja del sol se ha apagado.
   
Él no la ve. Adivinas que sigue mirando el punto donde estaba, que pasará así la noche. Sin dormir. Sin descansar. Sin salir de aquella tienda, olvidado de sus soldados, olvidado de su ejército, olvidado de Roma.
   
Tú también podrías permanecer allí horas enteras, atrapado en esa obscuridad, adormecido por la atmósfera pesada de aquella tienda. Sin pensar en nada. Sin desear nada. Sin temer nada.
   
Abres los ojos sobresaltado. El sudor te cubre. Tu corazón late con violencia. Te has quedado dormido. De pie. En posición de firmes. El casco que llevas en la mano, se ha deslizado hasta la punta de tus dedos y casi ha caído al suelo.
   
No vez nada. No escuchas nada. La noche se ha cerrado sobre el mundo, espesando la obscuridad del interior de la tienda, convirtiéndola en un sepulcro. Sabes que él está allí, frente a ti, inmóvil como un cadáver, al alcance de tu mano, pero separado por cielos enteros, pues aunque le tocases no reaccionaría, aunque le sacudieses no intentaría zafarse, aunque le golpeases no trataría de defenderse.
   
Arrastras un pie, luego el otro, Retrocedes sin volverte, hasta sentir en tu espalda la tela de la tienda, con la mano buscas la abertura que parte el velo, la salida de la fosa, sin mirar lo que haces, la vista fija en medio de las tinieblas, sin atreverte a confesar que tienes miedo, casi pánico a lo que pudiera surgir de allí.
    
El aire fresco te despereza. Una ligera brisa recorre las colinas, haciendo ondear los faldones de la tienda, temblar los vientos, crujir los mástiles.
    
¿Por qué no se percibe dentro de la tienda?
    
¿Por qué hay tanta obscuridad allí dentro?
    
La luna llena brilla en medio del cielo, apagando las estrellas, convirtiendo la noche en día. A su luz la ciudad arrasada parece haber sido reconstruida. Lienzos de muros, fustes de columnas, torres desmochadas, se recortan contra el cielo y sus sombras, extendiéndose sobre las ruinas, reconstituyen los edificios y redibujan la trama de las calles.
    
Te adentras en el laberinto. Caminas entre los cráteres, evitas las pilas de escombros. Nadie. Nada que recuerde al hombre, excepto el penetrante olor de los cadáveres que se pudren en todos los rincones, pero aún ese olor lo olvidas, porque ya es parte de ti, tras largos meses de campaña, tras no menos largos meses de asedios, tras días y semanas de matar y matar, embriagado por la matanza, sin pensar que tú turno podría llegar al instante siguiente.
   
En este mismo instante. Porque los soldados se han retirado de la cuidad asesinada, porque no queda ninguno allí que pueda defenderte. Tus hombres temen las noches de Jerusalén y tú también las temías. Desde las cavernas, desde el laberinto de túneles que horadan las colinas, desde la ciudad subterránea que aún perdura bajo la ciudad destruida, cada noche, grupos de rebeldes surgían, profiriendo alaridos. No buscaban victoria. No pretendían escapar. Descendían de las colinas, en busca de soldados, y si no los encontraban rehacían el camino y probaban otra dirección, y otra y otra, hasta hallar con quien cruzar sus espadas, con quien combatir, enemigos a los que masacrar antes de caer ellos mismos.
   
Sólo al principio hicieron daño. Al principio, cuando recién tomada la ciudad, creísteis que la guerra había ya terminado y, sin ninguna precaución, acampabais donde os apetecía, olvidando las armas, apartándoos de toda precaución. Vuestra negligencia les permitió matar a placer, pero sólo los primeros días, bastó retirarse a los campos fortificados, reforzar las guardias, mantener retenes dispuestos al combate, salir en formación al encuentro de los enemigos y mantenerse firmes ante sus embates, los escudos convertidos en murallas erizadas de lanzas, donde se estrellaban sus oleadas, donde iban quedando, ante ellos, montones de muertos, hasta que nadie venía ya, hasta que los soldados se atrevían a levantar la mirada por encima de los escudos, y sólo quedaba salir a rematar los muertos, puesto que los supervivientes habían corrido a refugiarse en sus grutas y cavernas, hasta el día siguiente, hasta la noche que le permitiera arrojarse en brazos de la muerte.
   
Esta noche debería ser igual y al igual que todos deberías buscar refugio en el campamento, esperar el momento en que la horda de suicidas surgiese de las profundidades, observar su progresión con una sonrisa, para lanzar a tus hombres contra ellos en el momento preciso, cuando no pudieran evitar que se quebrase su formación, que fueran dispersados.
   
Así debería ser. Así ha sido durante muchas noches.
   
Pero esta ciudad no es la ciudad de antaño. Iluminada por la luna, esta ciudad ha renacido, sus calles han sido purificada, y si alguien caminase por ellas, deberían ser los fantasmas de sus habitantes, traídos de nuevo a la tierra por esta ilusión.
   
Como aquel que acaba de cruzar ante ti.
    
Te detienes sorprendido. Te agachas buscando proteger el cuerpo. La espada brilla en tu mano. La has desenvainado por instinto. Tu vista se fija en el punto entre las ruinas donde has visto desaparecer esa forma blanca. Un novato se quedaría allí, acurrucado contra la pared, la vista clavada en ese punto, sin moverse, sin mirar a su alrededor.
   
Un novato ya estaría muerto.
    
Exploras lo que te rodea. Nada. Abandonas tu posición, justo por donde has venido, como si te retirases y huyeses, pero en realidad estás dando un rodeo, describiendo un círculo alrededor del punto donde viste aquello, tratando de adivinar la dirección que tomará para escapar, intentando cortarle la retirada.
   
Porque los fantasmas existen. Porque nada vuelve de allí una vez que le arrebatan la vida, porque eso es un hombre, un hombre que tiene miedo, un hombre que trata de huir de sus enemigos y salvar la vida.
   
Sonríes. Recuerdas las selvas de Germania. Los días en que marchabas de caza junto a tu padre. Como te decía que no había que apresurase. Como te señalaba que una vez descubierta la pieza ya estaba muerta, que bastaba con mantener la persecución, con no permitir que descansases nunca, para que el agotamiento la venciese y se dejase matar.
   
Sonríes. Ahora sabes que la batalla, el asedio, la campaña, ha terminado realmente. Cuando sólo se piensa en huir, cuando sólo se piensa en salvar la vida, es que ya no quedan soldados, es que ya no quedan bobos a quienes convencer para que mueran en tu lugar, es que ya sólo quedan los jefes, sin nadie a quien mandar a la batalla.
   
Sonríes. Acabas de ascender una arista y detrás de las ruinas, intentando esconderse, has visto la forma blanca, la vez correr, saltar de un refugio a otro, detenerse un instante, comprobar que nadie la sigue, y volver a correr para cruzar un espacio abierto.
   
Sonríes y estás a punto de romper a reír. Has visto otro camino entre las ruinas, uno que permitirá que te adelantes y le sorprendas.
   
Corres.
   
Saltas de un montón de escombros a otro, ayudado por la luz de la luna. Con un ojo observas el camino, donde vas a plantar el pie, cual es el mejor camino para hacer el mínimo ruido posible. Con el otro vigilas la progresión de tu presa, adivinas que camino va a tomar, sondeas su agitación.
   
Sonríes. Está tan concentrado en escapar que se le escapa todo lo demás. No se percata de los débiles ruidos que provoca tu marcha. Ni siquiera mira a los lados. Ni siquiera marcha acurrucado. El lienzo blanco que lo cubre brilla, casi cegador, a la luz de la luna. Debe ser visible desde millas de distancia, pero el hombre no se deshace de él, lo apriera contra su cuerpo, lo ajusta a su cabeza, como si le estuviera protegiendo, como si aquel fulgor, en vez de denunciarle, asustase y apartase a sus perseguidores.
   
Ahora viene lo más difícil. Ya estás a su altura y desde este punto marcharás por delante de él. Si te muestras por encima de los escombros te verá sin duda. Tienes que elegir un camino que te oculte por completo, decidir ahora mismo la ruta que vas a tomar, anticiparte a sus decisiones, adivinar el lugar donde vuestras rutas van a encontrarse, apostarse allí y esperarle.
    
Sería fácil equivocarse, pero tu presa se siente segura, no se aparta de su ruta, y sólo tienes que elegir una calleja lateral, la cárcava entre dos crestas de escombros, y seguirla hasta la siguiente encrucijada. Ni siquiera hace falta que te apresures. El jadeo del hombre, el ruido de sus pesados pasos te marcan su posición en cada instante. Pero corres, sin embargo, aunque no ha necesidad, sólo por llegar cuanto antes al cruce y descansar allí un instante acurrucado contra las piedras, escuchando con satisfacción como se acerca,  saboreando la sorpresa, el pánico y el terror que van a sobrevenirle.
   
Ahora es el momento.
   
Surges ante él, cerrándole el camino. Lentamente, sin prisas, como si fueras un paseante que va a cruzarse con él. Con tranquilidad, sin desenvainar aún la espada, para que tu aparición no le sobresalte, para que cuando esto ocurra ya esté demasiado cerca como para tentar la huida, como para poder conseguirlo si tuviese la idea, porque su impulso le ha acercado hacia ti, a la distancia en que un corto salto te permitirá aferrar su brazo y derribarlo.
   
Todo ocurre como pensabas, sin darse cuenta aún continúa caminando, acercándose a ti, como si no estuvieras, hasta que se detiene con un estremecimiento y queda ahí mirándote, sus ojos brillando desde la obscuridad del pliegue de la tela. Sabes que ese es el momento crucial, el instante en que otro que no fueras tú se dejaría engañar por el éxito, bajaría la guardia y permitiría que el otro se lanzase contra él o escapase, pero tú tensas los músculos, aprietas los dientes, abres y cierras el puño, listo para cortarle la retirada o saltar sobre él, según intuyas como va a reaccionar.
   
No hace falta y tú mismo eres el primer sorprendido.
   
Sus piernas se doblan, se desploma al suelo y queda allí arrodillado, desmadejado, la cabeza apoyada sobre un hombro, las manos esparcidas, todo él en desequilibrio, a punto de caer al suelo, incapaz de sostenerse.
  
Con precaución, te acercas a él, agarras el lienzo y lo apartas para descubrir su cabeza. La tela se escurre por su cuello, por sus hombros, por su torso. No reacciona al principio. Tiembla luego como si sintiese frío y alza la cabeza. Sus ojos te miran pero no está viendo. Su mirada está vacía, ausente. No sabe donde está. Desconoce porque está allí, porque estás tú allí. Abre la boca para pronunciar algo, pero se le olvida a mitad del gesto y queda en esa postura, como un imbécil.
   
Tú les has reconocido, sin embargo.
   
Simón.
   
Te inclinas sobre él y susurras ese nombre al oído, apoyando la mano en el hombro.
   
Simón, repites, ya en voz alta, mirándole fijamente a los ojos, y ves como sus ojos brillan como una luz de antaño se asoma a su mirada, como desaparece enseguida, aniquilada por la nada que ocupa su mente.
   
Ríes a carcajadas. Sin control. Hasta que pierdes la respiración y estás a punto de caer al suelo. Con tal fuerza que acuden soldados de todos los puntos, atraídos por el escándalo.
   
Sigues riendo cuando te preguntan que ha ocurrido y sigues riendo cuando se llevan a al prisionero y sigues riendo y riendo, aunque tus hombres te miran como si estuvieses loco, aunque se lleven el dedo a la sien y murmuren.
   
Aquel mendigo, aquel despojo sucio y maloliente, incapaz de defenderse, incapaz de reaccionar, incapaz de pensar, es Simón.
   
Simón.
   
Durante el asedio, cuando recorrías junto al general las murallas, examinando el progreso de los trabajos, intentando descubrir los puntos débiles de la fortificación, tratando de estimar vuestras fuerzas y vuestro despliegue, ocurría muchas veces que aquel hombre también se mostraba sobre las murallas, acompañándoos en vuestra ronda, mostrando que cada medida vuestra sería contrarrestada, que todo estaba preparado para rechazar vuestro ataques, que su vigilancia nunca decaería, que siempre habría defensores en las murallas, dispuestos a dar su vida antes que rendirse, antes que ceder ante los romanos.
   
Dispuestos, en definitiva, a morir por su rey.
   
Porque aquel hombre, se llamaba asimismo rey y, como tal, le aclamaban los suyos. O al menos así os lo traducía Josefo, con rostro avinagrado y expresión de asco, escupiendo cada palabra como si fueran venenosas. Rey y profeta. Enviado por el único dios de esas gentes. Elegido por él. Destinado a vencer a todos los enemigos. Llamado a expulsarlos de la tierra santa, excepto a aquellos cuyos cadáveres quedasen allí.
   
Consigues tranquilizarte.
   
De vez en cuando sientes un nuevo ataque de risa, pero eres capaz de dominarte.
   
Vuelves a ser el que eras. Das órdenes para que custodien al prisionero, para que doblen la guardia, para que lo encierren en el lugar más seguro del campamento, para que lo vigilen día y noche, no sea que intente quitarse la vida.
   
Sería una pena, una lástima, no poder llevar esa pieza a Roma, verla atada al carro del general, arrastrando cadenas, entre los gritos de la multitud, soportando sus insultos e injurias sin poder defenderse.
   
Ya sólo queda que el general se recupere. Quizás esta noticia lo consiga.
   
Una vez en lo alto del monte de los olivos, vuelves la mirada hacia la ciudad. La luna baña con su luz los montones de escombros, las torres desmochadas del palacio se recortan contra la obscuridad, la plataforma del templo está vacía como si nunca hubiera habido en ella un edificio.
   
Ningún dios ha descendido a proteger su casa y su ciudad.
   
Ningún dios lo ha hecho nunca, piensas, mientras acaricias el pomo de la espada.

domingo, 1 de mayo de 2011

100AS (LIV): Frank Film (1973) Frank Mouris


















En nuestra revisión semanal de la lista de mejores cortos animados, según la recopilara el festival de Annecy, ha llegado el momento de hablar un poco de Frank Film, realizado en 1973 por Frank Mouris

Como suelo decir muy a menudo, a la hora de analizar una producción animada es primordial fijarse primero en la técnica, en este caso lo que los anglosaxos llaman cut-out. Para la mayoría de los aficionados y gran parte de la crítica esta técnica está asociada con la serie South Park, y es sinónimo de una animación torpe y desmañada, que basa su fuerza en el posible interés de su guión y en la (presunta) subversión de sus chistes y situaciones.

Sin embargo, los pocos que sigan estas notas sabrán ya de lo mucho y muy grande que se puede hacer con el cut-out, como es el caso de Yuri Norstein, capaz de trabajar sus recortes hasta que dejen de serlo y se conviertan en indistinguibles del dibujo animado tradicional, excepto para el ojo experto, llegando incluso a crear efectos de tridimensionalidad en una técnica que de por sí es la más plana de toda la 2D, como se dice ahora.

La importancia del corto de Frank Mouris que nos ocupa estriba en que es capaz de llevar la técnica del cut-out hasta uno de sus límites estéticos, sacándola del ghetto de las expectativas del espectador corriente y de la mayor parte de la crítica. El truco, por así decirlo, es que el cut-out en sí no es otra cosa que una suerte de collage, similar en muchos aspectos a la forma que los escolares tienen de decorar sus carpetas, para mostrar al mundo su personalidad y sus aficiones, lo cual es aprovechado por Mouris para tejer una biografía gráfica de sí mismo.

En efecto, el corto, como pueden apreciar de las capturas, no es otra cosa que una serie de abigarrados collages, con figuras y objetos recortados de revistas que se van sucediendo, transformándose y substituyéndose a una velocidad vertiginosa, que llega a abrumar al ojo y que impide, en una primera visión, asimilar lo que aparece en la pantalla, y que lo hace similar al caos en que consiste nuestra experiencia diaria y que creemos tener equivocadamente siempre bajo control.

El pegamento que mantiene el corto unido y que consigue que sea algo más que una sucesión de collages deslavazados, es precisamente la propia voz de Mouris que nos relata sus recuerdos de niñez y juventud, y cuyas palabras van conjurando los diferentes temas que desarrollarán los collages, dictando asímismo el ritmo en que se presentan y la forma en que se transforman y evolucionan. Unos collages que frente a la sobriedad y vagedad del relato  sirven para dar a esos recuerdos una presencia física y subrayar su importancia sentimental, por el simple método de acumular imágenes, sobre imágenes, hasta que el exiguo espacio del fotograma y nuestras mentes,se ven desbordados por el incesante e incontenible flujo de información.

Un collage visual, por último, que un rizado más del rizo, se transforma en una collage auditivo, ya que al mismo tiempo que escuchamos el relato de la vida de Mouris, otro registro de su misma voz, se entretiene en enumerar interminables listas de palabras, que hacen referencia a lo que escuchamos y lo que vemos. Un nuevo registro sonoro que se entrecruza con el relato principal o lo hace inaudible en ocasiones, aparentemente añadiendo un nivel de confusión al corto, pero en realidad ayudando para que nos concentremos en el fluir de las imágenes y sus múltiples transformaciones.

Y como siempre, les dejo aquí el corto. La copia no es muy buena, lo cual es más un problema de la fuente que de la codificación, y debido a la velocidad en que los collages se suceden, ciertos fragmentos pueden resultar ilegibles. En cualquier caso, no se desanimen, y échenle un vistazo.

Siempre merece la pena disfrutar de aquello que es distinto a lo que estamos acostumbrados.



Frank Film, Frank MOURIS, 1973 por shortanimatedworld