jueves, 5 de agosto de 2010
Forks (y II)
Como ya indiqué en la primera entrada de esta serie (debería ir cerrando alguna, por cierto) quería repasar algunos de esas obras que han recibido esa mala etiqueta de experimental, que no se aplica ni a la pintura, ni a la escultura, ni a la arquitectura, debido a esa perversión que nos hace confundir el estilo dominante hasta ayer mismo de la historia del cine, con su única solución.
Joris Ivens es un documentalista conocido su compromiso político, plasmado en sus viajhes a lo largo y ancho del mundo celebrando las conquistas que los regímenes comunistas parecían estar consiguiendo en los años centrales del siglo XX. No he tenido ocasión aún de repasar su obra, pero si su acabado estético es parecido a este Regen de 1929, una de sus primeras obras, corre el peligro de convertirse en uno de mis directores favoritos.
Es un corto de antes de su compromiso político, o al menos de antes de que éste se manifestara sin tapujos y lo que más me atrae de él, por conectar con mi propia sensibilidad, es el haber elegido un tema completamente banal, la lluvia, que para la mayoría de nosotros es simplemente una molestía y un incomodo. Sin embargo, a través de un chaparrón ficticio, composite de múltiples tomas y múltiples lluvias, Ivens comsigue que volvamos a reparar en todo aquello que ya no nos llama atención. Desde esos instantes en que la lluvia se presiente al momento inesperado en que cesa, el director holandés nos muestra su ciudad bañada por sus aguas, en un estudio minucioso, casi de naturalista, donde la cámara toma primeros planos de las primeras gotas que rompen la superficie plana de las aguas, de los regueros que cruzan la ventana de los trenes, de las hojas que se acumulan en las aceras, de los charcos removidos por los automoviles, o de los chorros de los canalones.
Una aproximación que podría culminar en la abstracción pura como sucedía con el corto H2O que comentara en la primera entrada de esta serie, pero que sería completamente extraña al temperamento de Ivens, para el cual el animal humano es lo primero. Así, todos estos elementos materiales no son capturados por casualidad, sino que se presupone una mirada, la del propio cineasta, que las observa en sus paseos, desde la ventana de su casa, al viajar en el tranvía, una impresión reforzada por el hecho de que intercalados entre estos planos abstractos y sirviendo de elemento para crear una estructura rítmica, aparecen las gentes de la ciudad donde se ha rodado, según intentan resguardarse de la lluvia, de manera que ese meteoro no se produce en el vacío, sino en un lugar habitado, en un tiempo y un contexto determinado.
Presupuesto estético que quizás sea el que distinga al artista abstracto del documentalista, porque como digo, a pesar de su título, Ivens no trata de representar la lluvia, sino de mostrarnos como llueve en su ciudad, a la cual casi podríamos poner nombre, transmitiéndonos de esa manera una experiencia que no podríamos adquirir por otros medios, imposibilitados de viajar en el tiempo y en el espacio.
Aquí les dejo con el corto, no es el mejor acompañamiento musical, pero la imagen si es de gran calidad, que es lo que importa y si les desagrada mucho la música, ya saben, el mute es su amigo, y seguro que en su discoteca tienen mejores elecciones.
miércoles, 4 de agosto de 2010
Affichez vos poems, affichez vos images (y III)
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| Portrait of Space 5, Lee Miller |
Como ya había indicado, la imagen de la mujer en el surrealismo suele aparecer fuertemente objetivizada. Un objeto de placer, el cual, siguiendo las huellas de Sade, en imagen podía ser sometido a los tratamientos más vejatorios, desmontado, atado, descontextualizado, vaciado de cualquier asomo de personalidad o individualidad, hasta quedar reducido a un simple trozo de carne viva o una estatua enigmática y ausente, dando como resultado imágenes de inusitada fuerza y resonancia, que aún hoy, como ocurre con el viejo marqués francés, siguen estando vivas y son capaces de estremecernos (de lo cual debería desprenderse que mis palabras anteriores no constituyen ningún tipo de condena o censura).
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| Lee Miller en Le Sang d'un Poète, Jean Cocteau, 1930 |
No obstante y es algo que se suele escapar del visitante ocasional, muchas de esas modelos que son así fotografiadas y rodadas, las que aparecen en las fotos de Man Ray o en el celuloide de Jean Cocteau, eran también artistas. Mujeres que utilizaron esa praxis surrealista como su manera personal de expresarse y que, como ocurriera con Lee Miller, dejaban que se transparentase incluso en su producción más comercial o normal. Mujeres, en fin, cuya producción artística no desmerece a la de los hombres a los que servían de modelos y cuyas personalidades eran opuestas a esas mujeres estatua/enigma o a esos pedazos de carne que respira que aparecen en las obras surrealistas, como nuevamente es el caso de Lee Miller, viajera incansable y reportera de guerra durante el segundo conflicto mundial.
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| Que me veux-tu? Autoportrait Double, Claude Cahun |
Mujeres en fin, que como Claude Cahun, uno de los "descubrimientos" más interesantes de esta exposición, se acercaron al movimiento y a sus presupuestos estéticos, para realizar una reflexión constante sobre su identidad personal y sexual, jugando con su imagen, transmutándose y metamorfoseándose continuamente, deformándose y haciéndose irreconocible, en una búsqueda constante e interminable de su propio yo.
Mujeres, por último, cuya obra quedó oculta por demasiado tiempo, bien por decisión propia, como en el caso de Cahún, que la estimaba como su mundo oculto o personal, o simplemente por inercia social, en un mundo de hombres y para hombres, dando lugar a esa falsa imagen del surrealismo como un lugar no para mujeres, cuando sólo hacía falta rascar un poco la superficie para encontrarlas.
martes, 3 de agosto de 2010
(My) Wasted Youth
La serie Amagami SS, a la que pertenecen las capturas anteriores, no es una gran serie, ni tiene pretensiones de serlo. Muy brevemente, se trata de la enésima adaptación de un tipo de juego de prdenador que sólo se da en el Japón, consistente en que el protagonista debe conseguir los favores de una de las mujeres del elenco protagonista, y por ello, tanto el juego como el anime, buscan satisfacer las fantasías eróticas del público otaku masculino, tirando siempre del mismo reducido muestrario de estereotipos femeninos y situaciones propicias.
Sin embargo, si la traigo a colación aquí es por dos razones principales, una genéral y otra particular.
La general es bien sencilla, estos juegos en los que se basan estos animes, son, ante todo, juegos eróticos donde la recompensa es meterse en la cama con el personaje elegido, situación que se procura mostrar lo más gráficamente posible. Obviamente, la censura televisiva impide llegar a esos extremos en las adaptaciones animadas, bajo la pena de ser calificadas como porno y perder buena cuota del mercado, a lo cual si unimos que culturalmente en Oriente se suele ser bastante pudoroso a la hora de demostrar públicamente los afectos, provoca que estas series tengan a adoptar un aspecto extrañamente inocente y puro, completamente alejado del producto original.
Curiosamente, en esta serie se podría decir que se ha producido un first en el anime, por primera vez en una adaptación se observa una fuerte atracción sexual entre los protagonistas, plasmada en terminos hasta ahora infrecuentes, el deseo de exploración, juego y descubrimiento en esa relación amorosa, lo cual ha desconcertado especialmente al público habitual. Así, se ha producido una extraña reacción de indignación frente a esa sinceridad y honestidad, puesto que aún cuando ése mismo público no dejaba de imaginarse en privado cual iba a ser el resultado de todo el asunto, no quería verlo representado ante sus ojos, como si eso fuera a ensuciar su serie...o quizás a ellos mismos.
Extraño fenómeno, como digo, que no sé muy bien calificar de hipocresía o de timoratismo, puesto que esos mismos que se rasgan las vestiduras, ante la visión de dos jóvenes que juegan durante su primer amor, y ese juego no deja de tener un fuerte aire infantil e inocente, no pueden por menos que, en la soledad de su alcoba, imaginarse cosas peores.
La segunda causa, como digo, es más personal y vendría a explicar porqué, a pesar de ser capaz de distinguir sus defectos y sus trampas, sigo viendo este tipo de series, e incluso emocionándome con ellas. Por alguna razón o por otra, nunca llegué a ser amado por una mujer, o como yo digo, a pesar de conocer todo el dolor que acompaña al amor, nunca llegué a descubrir toda su gloria, y en mi me memoria no figuran esos recuerdos de juventud, de esa exploración, juego y descubrimiento que para mí nunca llegó a convertirse en una realidad.
De esa manera, desconocedor de esas tierras incógnitas, incapaz siquiera de imaginármelas, la única forma de recorrerlas, aunque sea reducidos a pálidos reflejos, es mediante el relato de otros, mediante la manera que los otros han elegido de plasmar sus propias historias, para así tejer yo mismo como podrían haber sido las mías.
lunes, 2 de agosto de 2010
FdI Cuento IV: Año 168 a.C. Alejandría
Como todos los Lunes una nueva entrega de Forjadores de Imperio. Continuando con la alternancia, volvemos a la expansión del Imperio Romano durante la Republica Tardía. La Fecha: 168 a.C. El Lugar: Alejandría.
Año 168 a.C. Alejandría
El griterío me obliga a abandonar la cabina. Aún no hemos salido del puerto. La tripulación se agolpa contra la borda de estribor. Desde lo alto del mástil, el vigía señala algo en el agua. Me abro paso. Entre las olas, no lejos del barco, veo la cabeza de un nadador. De vez en cuando desaparece bajo el agua, pero enseguida vuelve a salir. Uno de mis arqueros tensa su arma. Le hago seña de que no dispare. Ya hemos perdido bastante tiempo en este penoso encargo. Si con lo que acaba de ocurrir conseguimos librarnos definitivamente de él, bien está. Doy orden de izar la vela y poner rumbo a Alejandría.
Mientras nos alejamos, observo la progresión del evadido. No tendrá problemas en alcanzar la orilla. Muy distinto será lo que le ocurra a partir de ese instante. No creo que tarden mucho en capturarlo o matarlo.
La luz de la torre de Faros nos ha guiado durante toda la noche. Ahora, al despuntar el día, la ciudad entera se ofrece ante nuestra vista, medio cubierta en sombras, sus mármoles teñidos de rosa. Sobre la bocana del puerto se alza el palacio de los reyes, recortándose oscuro sobre el cielo anaranjado del alba, vigilante y protector, mostrando al mundo quién domina el océano. Tras el espigón que cierra la rada se alzan una multitud incontable de mástiles, casi se podría decir que todos los navíos del mundo han venido a fondear aquí. Viramos para embocar el puerto y, tras la torre de faros, aparece la gran biblioteca, semejante a un buque presto a zarpar, destacando entre las casas que se agolpan a su lado en el muelle. Más lejos, entre los tejados y azoteas que se extienden hasta el horizonte, relumbran cegadores los pináculos del Soma y el Museón. El silencio más absoluto nos rodea, roto sólo por el rumor de los remos al entrar y salir del agua. La ciudad aún duerme. Sería más preciso decir que acaba de acostarse. Aún humean antorchas en las gradas del teatro.
No hay viajero que no se estremezca al llegar a Alejandría. No importa cuantas veces se haya arribado a ella. Su gloria y magnificencia siempre abruman. Sin embargo, toda esa gloria que nos recibe no es más que un pálido reflejo del pasado. Una preciosa cáscara vacía. El cuerpo de Alejandro se pudre desde hace siglos en la cripta del Soma. Ni él ni su sombra van a salir de allí, por mucho que sus sucesores invoquen su nombre. Están más preocupados en asesinarse entre sí que en restaurar su gloria, si eso fuera aún posible. Cuando abandoné Alejandría para cumplir esta penosa misión, tres reyes se sentaban en el trono de los Ptolomeos. ¿Quién sabe quiénes de ellos continuarán aún vivos? ¿Quién sabe sí mi cabeza no estará puesta a precio?
Anclamos en el muelle real, justo bajo el palacio. Mientras aproximan la pasarela, contemplo el interior de la rada. Las huellas de la última revuelta aún son visibles. Muchas casas todavía no han sido reconstruidas y sus escombros son un recordatorio de lo frágil que es nuestra posición. Los incendios han ennegrecido el mármol de la gran biblioteca. Algún dios decidió salvarla por esta vez de la destrucción. Tampoco se hubiera perdido mucho. Es cierto que contiene todas las ideas que ha producido el hombre, pero también todos sus monstruos. Desde hace años sus custodios sólo se ocupan en escribir comentario sobre comentario sobre comentario sobre comentario, para abarrotar así los estantes y ocultar su ignorancia.
El pelotón de soldados que me recibe en el muelle no viene a arrestarme, sino a comunicarme que los reyes me concederán mañana una audiencia. Tanto da que sea hoy o mañana o nunca. ¿Qué puedo comunicarles que no sepan ya? ¿Qué se han cumplido las instrucciones que les dicto el enviado romano? ¿Qué hemos entregado un asilado a los bárbaros para que lo ejecuten? ¿Qué la gloria de los Ptolomeos, hermanos de los dioses y dioses ellos mismos, se reduce ahora a ejercer de lacayos de los romanos? Para eso no hace falta mi presencia, el semblante del siguiente enviado romano bastaría para mostrarles si los amos están satisfechos o descontentos.
Abandono el puerto. En vez de retirarme a descansar a mis aposentos de palacio, me sumerjo entre el dédalo de callejuelas que forma la ciudad. No debería hacerlo. Las calles no son seguras. Me arriesgo a verme envuelto en cualquier tumulto, a ser apuñalado en cualquier calleja. Demasiadas veces hemos aplastado sin piedad a la plebe de Alejandría, como para que ésta pierda cualquier oportunidad que se le presente para ajustar cuentas con sus amos macedonios. La prudencia me dicta volver a palacio y encerrarme en el recinto de sus murallas, pero me niego a abandonar mi ciudad. No me importa que sus calles hayan sido tomadas por la escoria procedente de las cuatro esquinas del mundo, hablando en lenguas ininteligibles, hambrienta de riquezas, dispuesta a todo por conseguirlas. Está decidido que ellos nos sucederán. No tardarán mucho. Cada vez quedan menos de mi estirpe. Guerras, conjuras y represalias nos han diezmado. Pronto, muy pronto, el único macedonio que quedará en la ciudad será el cadáver de Alejandro.
Entro en un burdel. Entre el humo y los vapores distingo a algunos de mis amigos. Están inconscientes. No es extraño. Es la única vida que nos queda. Perdernos, olvidarnos, embrutecernos. Quizás mañana estemos muertos. Elijo al azar a una de las hetairas y me retiro con ella a un aposento. Bebemos deprisa para emborracharnos cuanto antes y le hago el amor frenéticamente. Mientras estoy sobre ella, tengo que cerrar los ojos para no verla y poder continuar. Su cuerpo y su rostro son repulsivos. ¿De qué obscura frontera la habrán traído nuestros mercaderes de esclavos? ¿Qué ciudad, qué aldea, qué familias habremos destruido esta vez para conseguir tan magro botín? Somos el cáncer que corroe y destruye al mundo. Toda la inmundicia y el horror que hemos creado refluyen ahora incontenibles sobre nosotros, para arrastrarnos y ahogarnos.
Ojalá llegue pronto el final.
El mar está en calma. Tenemos viento de popa y no hace falta utilizar los remos. La nave se desliza suavemente sobre el obscuro mar. La tripulación dormita sobre la cubierta. Contemplo las estrellas. En el silencio de la noche, casi podría oírse la música de las esferas.
Desciendo a la cabina donde guardamos al prisionero. En cuanto oye abrirse la puerta, se pone en pie y me mira atemorizado. No ha pegado ojo desde que embarcamos.
- Mañana llegaremos a Fasélide. No sé si te entregaremos allí o continuaremos hasta Rodas.
- Déjame en libertad, te lo suplico. Los romanos van a ejecutarme.
- No me lo pongas más difícil, Mi cabeza también está en juego.
- Puedes alegar que me escapé.
- Cierto. Pero, ¿de qué te serviría? ¿Crees acaso que vas a encontrar refugio en alguna parte?
- Entre mis conciudadanos. Junto a mis parientes y amigos. Ellos no me entregaran. Ellos no me traicionarán.
- Necio. Al escucharte no me extraña que Rodas se haya perdido. ¿Estás ciego o qué? ¿No ves lo que ha sucedido a tu alrededor? El rey Antíoco estaba a punto de conquistar Alejandría. Ha bastado con que ese cerdo Romano frunciera el ceño para que un soberano tan poderoso tuviera que retirarse a Antioquía con el rabo entre las piernas. Mi propio rey ha tenido que asociar al trono a su hermano, al mismo hermano al que pensaba asesinar, todo porque los romanos así se lo han aconsejado. En cuanto a ti, no eres más que un regalo. La prenda que mi rey envía a Roma para mostrar su agradecimiento y fidelidad.
- Pero yo era vuestro huésped. ¡teníais la obligación sagrada de protegerme!
- ¿Y qué? ¿Nos íbamos a dejar matar para que tú salvases la vida? Deja de creerte que vives en un poema homérico. Presta atención y aprende. Si así han obrado dos reyes poderosos, cuyos reinos están separados de Roma por mares y montañas, piensa en lo que serán capaces de hacer tus amigos y parientes, que los tienen como vecinos.
- Escúchame tú también. Hoy soy yo la víctima del sacrificio, pero mañana lo seréis vosotros. Todos vosotros que tan listos os creéis. Cuando os llegue el turno, ni siquiera podréis alardear de haber tenido el coraje de rebelaros como nosotros. Os habréis exterminado entre vosotros mismos. Los romanos no tendrán otra molestia que la de agacharse a recoger vuestros despojos.
- Puede, pero por ahora somos nosotros los que continuamos vivos.
Subo de nuevo a cubierta. El viento ha cesado. La vela pende muerta. He tomado mi decisión. Le desembarcaremos en Fasélide, estén o no aguardándole. Tengo que librarme de esta pesada comisión cuanto antes.
¿Y eso hará que tenga menos razón?
¿Estoy despierto o dormido? La habitación gira lentamente en torno de mí. Se detiene, retrocede y vuelve a empezar su rotación. Me sumerjo lentamente en la inconsciencia, pero no logró conciliar el sueño. Algo me empuja hacia la superficie, una y otra vez, una y otra vez. Estoy tumbado sobre un lecho, pero ¿dónde? Comienzan a dolerme las articulaciones. Es un dolor sordo que se extiende con lentitud al resto de mi cuerpo. Mi cabeza late. Mis ojos están secos e hinchados. Una nausea me sorprende. Me incorporo, tapándome la boca con las manos y espero a que pase.
No veo nada, aparte de la rendija de luz que se filtra por debajo de dónde debe encontrarse la puerta y se extiende un trecho por el suelo. Mi cuello se dobla. No puedo mantener la cabeza erguida. Debo sostenerla con las manos. Permanezco así largo rato, tratando que mi respiración vuelva a su ritmo normal. Me ahogo. La habitación está llena de un hedor acre que me sofoca. Vuelvo a sentir deseos de vomitar
Algo me sobresalta. Sudo profusamente. ¿Me habré quedado dormido en esta postura? Escucho a mi lado la respiración pausada de alguien que duerme. Adentro, Afuera. Adentro, Afuera. Es una mujer. He pasado la noche con ella. Un olor penetrante y repulsivo se desprende de ella. La nausea me vuelve a tomar por sorpresa. Entonces me doy cuenta. El hedor proviene de mí, está dentro mí, en mi boca, en mi sudor, en mis manos, en mi cabello. Tengo que salir de aquí. Necesito luz, aire fresco, agua, agua, un baño.
No me muevo. Mi cuerpo permanece inmóvil. El terror me invade. Imágenes confusas acuden a mi cabeza. Deliro.
Avanzo por la sala del trono. Nadie. El mármol se ha desprendido de las paredes, dejando ver los ganchos de metal que lo sostenían a los ladrillos de las paredes. El pavimento está cubierto de tierra y hojas secas. En las gradas que suben al trono reposa la diadema real. La tomo entre mis manos y la examino atentamente, buscando algo, pero en su superficie, lisa y bruñida, no hay nada. Nada.
En realidad estoy sentado al borde de la cama. La luz se precipita a raudales en la habitación. Una mujer duerme en el lecho, cubierta por las sabanas, al lado de la huella que mi cuerpo ha dejado en el jergón. Su piel es de color negro, como el de la prostituta a la que he alquilado, pero no la reconozco en ese cuerpo que se extiende ante mí. La belleza de esa mujer desconocida es como la de las estatuas de las diosas que se alzan en los templos. Abre sus ojos y se vuelve hacia mí. Son tan profundos que me estremezco. La dirijo la palabra, pero permanece en silencio. Vuelvo a hablarle, pero se niega a responderme. Se limita a contemplarme desde detrás de su silencio, mientras las lágrimas se deslizan por sus mejillas.
Camino por los pasillos de la biblioteca. A ambos lados se elevan altísimos anaqueles en los que se apilan incontables rollos. Tomo uno y lo despliego. Está en blanco. Tomo el siguiente y ocurre lo mismo. No importa el que elija, en ninguno hay nada escrito. No quedan ya respuestas.
Paseo de un lado a otro del puente del barco, nervioso e irritado. La situación empeora. El prisionero se ha refugiado en un santuario y ha pedido asilo. Los Rodios se niegan a hacerse cargo de él. Prefieren que nosotros resolvamos el embrollo y así evitarse el estigma de sacrílegos. Los ciudadanos de Fasélide me exigen que abandonemos cuanto antes la ciudad con el prisionero. Tiemblan con la sola idea de tener que arrostrar la cólera de los Romanos. Sólo falta que se presente en el puerto algún enviado de Alejandría o, mucho peor, ese maldito embajador de los romanos, Popilio Lena.
Hay que acabar de una vez. Reúno un grupo de marineros y desembarcamos en la ciudad. Las calles están vacías. Puertas y ventanas permanecen cerradas y atrancadas. Sé que tras cada una de ellas nos observan ojos curiosos. No intervendrán, pero tampoco quieren perderse nada de lo que acontezca. Cuando llegamos al templo nos sigue una multitud, ansiosa por presenciar el desenlace. Si me dejara ir, ellos pagarían por todo.
Él está abrazado al altar. El ramo de suplicante pende fláccido y ridículo a su lado. Nos contempla lleno de terror. Le conmino a levantarse y seguirnos al barco. Por toda respuesta se limita a aferrarse con mayor fuerza al altar. Su mirada se clava alternativamente en cada uno de nosotros, como si intentará mantenernos a raya. No lo soporto. Ordeno que lo arranquen de ahí y se lo lleven.
En cuanto siente que las manos tocan su cuerpo, comienza a gritar como si fuera un cerdo al que están matando. Los marineros forcejean con él, sin ningún resultado. Patalea, se revuelve, logra hallar siempre algún asidero al cual aferrarse. Esto dura ya demasiado. Desenvaino la espada y me acerco al grupo. Con el pomo le machaco los dedos sin misericordia, hasta que suelta su presa. Le arrastramos calle abajo hasta el muelle. Él no deja de berrear y proferir alaridos. Clama por la ayuda de sus conciudadanos, pidiendo venganza por el sacrilegio que acabamos de cometer. Nadie le responde. Saben que si no fuéramos nosotros quienes se lo llevasen, serían los romanos. Ellos no se conformarían con una sola víctima.
El cuerpo que está a mi lado se agita levemente. Sin mirarme ni dirigirme la palabra, se levanta y sale de la habitación. La luz inunda la estancia cuando abre la puerta. Su silueta se recorta un instante en el umbral y luego desaparece. Estoy de nuevo sólo.
¿Qué hora es? ¿Qué día es? Una audiencia. El prisionero. Tenía una audiencia con los reyes. Me incorporo sobresaltado. Todo mi cuerpo se estremece de dolor. Debo marcharme a palacio inmediatamente, pero cada movimiento me cuesta un esfuerzo enorme. Con lentitud, recojo mis ropas, me visto y me aventuro en la sala. Nadie. Dejo unas monedas sobre una mesa y emerjo a la luz del día.
Las calles rebosan de gente que se dirige a sus ocupaciones. Apenas se puede dar un solo paso, hay que dejarse llevar por la corriente. Todos parecen felices. Los soldados que patrullan relajados, los campesinos que vienen a comprar a la ciudad, los tenderos y artesanos que vocean su mercancía. El sol lo ilumina todo con un fulgor cegador. Un viajero recién llegado se dejaría engañar por este idilio. Yo sé que basta el menor incidente para que los mismos ciudadanos que te ceden ahora el paso, vuelquen los bancos de los vendedores y con ellos hagan teas y lanzas, para atravesarte, para abrasarte mientras aún estás vivo. Sé también que no ocurrirá hoy, así que me uno a la comedia y sonrió a los que quizás tenga que ejecutar mañana, a los que quizás me asesinen pasado mañana.
Como siempre, en el patio de palacio se apretuja una multitud de peticionarios. Luchan entre sí, se empujan y golpean, insultándose en todas las lenguas del orbe, para conseguir el mejor puesto, aquél dónde los reyes puedan fijarse en su presencia. Los pocos cortesanos que se atreven a deambular por el patio son inmediatamente asediados por hordas de solicitantes, que blanden rollos de papiros frente a sus caras, intentando llamar su atención. Ningún enemigo se atreverá a desafiar a Egipto, aseguran, las crecidas del Nilo siempre serán puntuales y abundantes, los ganados no enfermarán, la gloria y la fama de los Ptolomeos se extenderán hasta los últimos confines del mundo, el amor y el respeto de los súbditos estará garantizado. Todo lo anterior y mucho más será concedido, con solo que los reyes se dignaran a echar un breve vistazo a su petición.
Los soldados que escoltan los cortesanos se las ven y se las desean para mantener a raya a los pedigüeños, pero, afortunadamente, siempre hay un secretario que sigue al grupo, el cual recoge cada uno de los rollos que se le presentan y promete que serán estudiados con el mayor interés. En cuanto hayan salido del patio los tirará a un montón de basura.
Un oficial ha aparecido en lo alto de las escalinatas de palacio. Un clamor de expectación se eleva del patio. El oficial hace señas pidiendo silencio. Los dioses Ptolomeos no se mostrarán hoy a sus fieles. La multitud no se disuelve. Permanece allí, compacta, expectante. No es la primera vez que se anuncia algo similar y luego sucede lo contrario. Nadie puede permitirse perder una oportunidad, quizás la oportunidad, cuando se llevan días o semanas de espera.
Me aproximo al cordón de soldados que cierra el acceso a palacio y me identifico. Un guardia me conduce a una cámara donde esperan otros convocados. En ella reconozco a un conocido mío que me saluda alegremente y viene a sentarse a mi lado. Con gestos de estar ocultando un gran secreto, señala a uno de los presentes. Es un tránsfuga del ejército de Antíoco, cuchichea a mi oído. Mi amigo es una persona a las que todo le parece de color de rosa. Ahora que el enemigo se pasa a nuestras filas, dice, será un juego de niños reconquistar Palestina. Con un poco de suerte hasta Antioquía, la capital enemiga, caerá en nuestras manos. No puedo reprimir una sonrisa irónica.
Mi interlocutor se para en seco, ofendido. Me disculpo torpemente, he pasado una mala noche, le digo, y la resaca todavía me dura. Mi interlocutor observa mi aspecto con atención y parece convencido. Para reconciliarse conmigo, me guiña el ojo y me sonríe con complicidad, mientras hunde su codo en mis costillas. Ya se sabe. Alejandría es famosa por sus noches y él también corrió lo suyo de joven. Sin consideración alguna comienza a hacerme el relato de sus muchas aventuras.
No presto atención a su verborrea. Soy incapaz de mantener los ojos abiertos. Sólo deseo dormir, dormir, dormir. Sin sueños. Sin término. Como dicen que ocurre en la muerte.
Mi nombre ha sido pronunciado. Tambaleándome, me adentro en la inmensa sala de audiencias. Oro, marfil y mármol cubren las paredes, los muebles, incluso los cuerpos de los guardias. A unos metros del trono me prosterno ante los dioses Ptolomeos. Nadie tiene permiso para mirarles al rostro o permanecer en pie en su presencia. La muerte espera al imprudente que así lo haga. Aguardo en silencio, la mirada fija en el pavimento, a que los reyes se acuerden de mí y me dirijan la palabra, como hacen todos los que me rodean. Sólo el enviado de Roma permanece en pie, al lado del trono, con una mirada de sorna indisimulada.
Nota: Tras la derrota de Perseo, los romanos ordenaron a los reyes de Egipto que entregaran a todos los refugiados. La anécdota que se relata es cierta, uno de ellos fue trasladado en barco de Alejandría a Rodas y se refugió en un templo al hacer escala en un puerto de la actual Turquía. Los que le escoltaban le arrancaron de ahí y él volvió a fugarse a nado, para ser capturado poco después y entregado a los romanos. También es cierto que hubiera tres Ptolomeos diputando por el trono, como lo es que los seleúcidas estuvieran a punto de tomar Alejandría (por dos veces) y que la plebe de Alejandría se rebelase y estuviese a punto de quemar la ciudad.
Año 168 a.C. Alejandría
El griterío me obliga a abandonar la cabina. Aún no hemos salido del puerto. La tripulación se agolpa contra la borda de estribor. Desde lo alto del mástil, el vigía señala algo en el agua. Me abro paso. Entre las olas, no lejos del barco, veo la cabeza de un nadador. De vez en cuando desaparece bajo el agua, pero enseguida vuelve a salir. Uno de mis arqueros tensa su arma. Le hago seña de que no dispare. Ya hemos perdido bastante tiempo en este penoso encargo. Si con lo que acaba de ocurrir conseguimos librarnos definitivamente de él, bien está. Doy orden de izar la vela y poner rumbo a Alejandría.
Mientras nos alejamos, observo la progresión del evadido. No tendrá problemas en alcanzar la orilla. Muy distinto será lo que le ocurra a partir de ese instante. No creo que tarden mucho en capturarlo o matarlo.
La luz de la torre de Faros nos ha guiado durante toda la noche. Ahora, al despuntar el día, la ciudad entera se ofrece ante nuestra vista, medio cubierta en sombras, sus mármoles teñidos de rosa. Sobre la bocana del puerto se alza el palacio de los reyes, recortándose oscuro sobre el cielo anaranjado del alba, vigilante y protector, mostrando al mundo quién domina el océano. Tras el espigón que cierra la rada se alzan una multitud incontable de mástiles, casi se podría decir que todos los navíos del mundo han venido a fondear aquí. Viramos para embocar el puerto y, tras la torre de faros, aparece la gran biblioteca, semejante a un buque presto a zarpar, destacando entre las casas que se agolpan a su lado en el muelle. Más lejos, entre los tejados y azoteas que se extienden hasta el horizonte, relumbran cegadores los pináculos del Soma y el Museón. El silencio más absoluto nos rodea, roto sólo por el rumor de los remos al entrar y salir del agua. La ciudad aún duerme. Sería más preciso decir que acaba de acostarse. Aún humean antorchas en las gradas del teatro.
No hay viajero que no se estremezca al llegar a Alejandría. No importa cuantas veces se haya arribado a ella. Su gloria y magnificencia siempre abruman. Sin embargo, toda esa gloria que nos recibe no es más que un pálido reflejo del pasado. Una preciosa cáscara vacía. El cuerpo de Alejandro se pudre desde hace siglos en la cripta del Soma. Ni él ni su sombra van a salir de allí, por mucho que sus sucesores invoquen su nombre. Están más preocupados en asesinarse entre sí que en restaurar su gloria, si eso fuera aún posible. Cuando abandoné Alejandría para cumplir esta penosa misión, tres reyes se sentaban en el trono de los Ptolomeos. ¿Quién sabe quiénes de ellos continuarán aún vivos? ¿Quién sabe sí mi cabeza no estará puesta a precio?
Anclamos en el muelle real, justo bajo el palacio. Mientras aproximan la pasarela, contemplo el interior de la rada. Las huellas de la última revuelta aún son visibles. Muchas casas todavía no han sido reconstruidas y sus escombros son un recordatorio de lo frágil que es nuestra posición. Los incendios han ennegrecido el mármol de la gran biblioteca. Algún dios decidió salvarla por esta vez de la destrucción. Tampoco se hubiera perdido mucho. Es cierto que contiene todas las ideas que ha producido el hombre, pero también todos sus monstruos. Desde hace años sus custodios sólo se ocupan en escribir comentario sobre comentario sobre comentario sobre comentario, para abarrotar así los estantes y ocultar su ignorancia.
El pelotón de soldados que me recibe en el muelle no viene a arrestarme, sino a comunicarme que los reyes me concederán mañana una audiencia. Tanto da que sea hoy o mañana o nunca. ¿Qué puedo comunicarles que no sepan ya? ¿Qué se han cumplido las instrucciones que les dicto el enviado romano? ¿Qué hemos entregado un asilado a los bárbaros para que lo ejecuten? ¿Qué la gloria de los Ptolomeos, hermanos de los dioses y dioses ellos mismos, se reduce ahora a ejercer de lacayos de los romanos? Para eso no hace falta mi presencia, el semblante del siguiente enviado romano bastaría para mostrarles si los amos están satisfechos o descontentos.
Abandono el puerto. En vez de retirarme a descansar a mis aposentos de palacio, me sumerjo entre el dédalo de callejuelas que forma la ciudad. No debería hacerlo. Las calles no son seguras. Me arriesgo a verme envuelto en cualquier tumulto, a ser apuñalado en cualquier calleja. Demasiadas veces hemos aplastado sin piedad a la plebe de Alejandría, como para que ésta pierda cualquier oportunidad que se le presente para ajustar cuentas con sus amos macedonios. La prudencia me dicta volver a palacio y encerrarme en el recinto de sus murallas, pero me niego a abandonar mi ciudad. No me importa que sus calles hayan sido tomadas por la escoria procedente de las cuatro esquinas del mundo, hablando en lenguas ininteligibles, hambrienta de riquezas, dispuesta a todo por conseguirlas. Está decidido que ellos nos sucederán. No tardarán mucho. Cada vez quedan menos de mi estirpe. Guerras, conjuras y represalias nos han diezmado. Pronto, muy pronto, el único macedonio que quedará en la ciudad será el cadáver de Alejandro.
Entro en un burdel. Entre el humo y los vapores distingo a algunos de mis amigos. Están inconscientes. No es extraño. Es la única vida que nos queda. Perdernos, olvidarnos, embrutecernos. Quizás mañana estemos muertos. Elijo al azar a una de las hetairas y me retiro con ella a un aposento. Bebemos deprisa para emborracharnos cuanto antes y le hago el amor frenéticamente. Mientras estoy sobre ella, tengo que cerrar los ojos para no verla y poder continuar. Su cuerpo y su rostro son repulsivos. ¿De qué obscura frontera la habrán traído nuestros mercaderes de esclavos? ¿Qué ciudad, qué aldea, qué familias habremos destruido esta vez para conseguir tan magro botín? Somos el cáncer que corroe y destruye al mundo. Toda la inmundicia y el horror que hemos creado refluyen ahora incontenibles sobre nosotros, para arrastrarnos y ahogarnos.
Ojalá llegue pronto el final.
El mar está en calma. Tenemos viento de popa y no hace falta utilizar los remos. La nave se desliza suavemente sobre el obscuro mar. La tripulación dormita sobre la cubierta. Contemplo las estrellas. En el silencio de la noche, casi podría oírse la música de las esferas.
Desciendo a la cabina donde guardamos al prisionero. En cuanto oye abrirse la puerta, se pone en pie y me mira atemorizado. No ha pegado ojo desde que embarcamos.
- Mañana llegaremos a Fasélide. No sé si te entregaremos allí o continuaremos hasta Rodas.
- Déjame en libertad, te lo suplico. Los romanos van a ejecutarme.
- No me lo pongas más difícil, Mi cabeza también está en juego.
- Puedes alegar que me escapé.
- Cierto. Pero, ¿de qué te serviría? ¿Crees acaso que vas a encontrar refugio en alguna parte?
- Entre mis conciudadanos. Junto a mis parientes y amigos. Ellos no me entregaran. Ellos no me traicionarán.
- Necio. Al escucharte no me extraña que Rodas se haya perdido. ¿Estás ciego o qué? ¿No ves lo que ha sucedido a tu alrededor? El rey Antíoco estaba a punto de conquistar Alejandría. Ha bastado con que ese cerdo Romano frunciera el ceño para que un soberano tan poderoso tuviera que retirarse a Antioquía con el rabo entre las piernas. Mi propio rey ha tenido que asociar al trono a su hermano, al mismo hermano al que pensaba asesinar, todo porque los romanos así se lo han aconsejado. En cuanto a ti, no eres más que un regalo. La prenda que mi rey envía a Roma para mostrar su agradecimiento y fidelidad.
- Pero yo era vuestro huésped. ¡teníais la obligación sagrada de protegerme!
- ¿Y qué? ¿Nos íbamos a dejar matar para que tú salvases la vida? Deja de creerte que vives en un poema homérico. Presta atención y aprende. Si así han obrado dos reyes poderosos, cuyos reinos están separados de Roma por mares y montañas, piensa en lo que serán capaces de hacer tus amigos y parientes, que los tienen como vecinos.
- Escúchame tú también. Hoy soy yo la víctima del sacrificio, pero mañana lo seréis vosotros. Todos vosotros que tan listos os creéis. Cuando os llegue el turno, ni siquiera podréis alardear de haber tenido el coraje de rebelaros como nosotros. Os habréis exterminado entre vosotros mismos. Los romanos no tendrán otra molestia que la de agacharse a recoger vuestros despojos.
- Puede, pero por ahora somos nosotros los que continuamos vivos.
Subo de nuevo a cubierta. El viento ha cesado. La vela pende muerta. He tomado mi decisión. Le desembarcaremos en Fasélide, estén o no aguardándole. Tengo que librarme de esta pesada comisión cuanto antes.
¿Y eso hará que tenga menos razón?
¿Estoy despierto o dormido? La habitación gira lentamente en torno de mí. Se detiene, retrocede y vuelve a empezar su rotación. Me sumerjo lentamente en la inconsciencia, pero no logró conciliar el sueño. Algo me empuja hacia la superficie, una y otra vez, una y otra vez. Estoy tumbado sobre un lecho, pero ¿dónde? Comienzan a dolerme las articulaciones. Es un dolor sordo que se extiende con lentitud al resto de mi cuerpo. Mi cabeza late. Mis ojos están secos e hinchados. Una nausea me sorprende. Me incorporo, tapándome la boca con las manos y espero a que pase.
No veo nada, aparte de la rendija de luz que se filtra por debajo de dónde debe encontrarse la puerta y se extiende un trecho por el suelo. Mi cuello se dobla. No puedo mantener la cabeza erguida. Debo sostenerla con las manos. Permanezco así largo rato, tratando que mi respiración vuelva a su ritmo normal. Me ahogo. La habitación está llena de un hedor acre que me sofoca. Vuelvo a sentir deseos de vomitar
Algo me sobresalta. Sudo profusamente. ¿Me habré quedado dormido en esta postura? Escucho a mi lado la respiración pausada de alguien que duerme. Adentro, Afuera. Adentro, Afuera. Es una mujer. He pasado la noche con ella. Un olor penetrante y repulsivo se desprende de ella. La nausea me vuelve a tomar por sorpresa. Entonces me doy cuenta. El hedor proviene de mí, está dentro mí, en mi boca, en mi sudor, en mis manos, en mi cabello. Tengo que salir de aquí. Necesito luz, aire fresco, agua, agua, un baño.
No me muevo. Mi cuerpo permanece inmóvil. El terror me invade. Imágenes confusas acuden a mi cabeza. Deliro.
Avanzo por la sala del trono. Nadie. El mármol se ha desprendido de las paredes, dejando ver los ganchos de metal que lo sostenían a los ladrillos de las paredes. El pavimento está cubierto de tierra y hojas secas. En las gradas que suben al trono reposa la diadema real. La tomo entre mis manos y la examino atentamente, buscando algo, pero en su superficie, lisa y bruñida, no hay nada. Nada.
En realidad estoy sentado al borde de la cama. La luz se precipita a raudales en la habitación. Una mujer duerme en el lecho, cubierta por las sabanas, al lado de la huella que mi cuerpo ha dejado en el jergón. Su piel es de color negro, como el de la prostituta a la que he alquilado, pero no la reconozco en ese cuerpo que se extiende ante mí. La belleza de esa mujer desconocida es como la de las estatuas de las diosas que se alzan en los templos. Abre sus ojos y se vuelve hacia mí. Son tan profundos que me estremezco. La dirijo la palabra, pero permanece en silencio. Vuelvo a hablarle, pero se niega a responderme. Se limita a contemplarme desde detrás de su silencio, mientras las lágrimas se deslizan por sus mejillas.
Camino por los pasillos de la biblioteca. A ambos lados se elevan altísimos anaqueles en los que se apilan incontables rollos. Tomo uno y lo despliego. Está en blanco. Tomo el siguiente y ocurre lo mismo. No importa el que elija, en ninguno hay nada escrito. No quedan ya respuestas.
Paseo de un lado a otro del puente del barco, nervioso e irritado. La situación empeora. El prisionero se ha refugiado en un santuario y ha pedido asilo. Los Rodios se niegan a hacerse cargo de él. Prefieren que nosotros resolvamos el embrollo y así evitarse el estigma de sacrílegos. Los ciudadanos de Fasélide me exigen que abandonemos cuanto antes la ciudad con el prisionero. Tiemblan con la sola idea de tener que arrostrar la cólera de los Romanos. Sólo falta que se presente en el puerto algún enviado de Alejandría o, mucho peor, ese maldito embajador de los romanos, Popilio Lena.
Hay que acabar de una vez. Reúno un grupo de marineros y desembarcamos en la ciudad. Las calles están vacías. Puertas y ventanas permanecen cerradas y atrancadas. Sé que tras cada una de ellas nos observan ojos curiosos. No intervendrán, pero tampoco quieren perderse nada de lo que acontezca. Cuando llegamos al templo nos sigue una multitud, ansiosa por presenciar el desenlace. Si me dejara ir, ellos pagarían por todo.
Él está abrazado al altar. El ramo de suplicante pende fláccido y ridículo a su lado. Nos contempla lleno de terror. Le conmino a levantarse y seguirnos al barco. Por toda respuesta se limita a aferrarse con mayor fuerza al altar. Su mirada se clava alternativamente en cada uno de nosotros, como si intentará mantenernos a raya. No lo soporto. Ordeno que lo arranquen de ahí y se lo lleven.
En cuanto siente que las manos tocan su cuerpo, comienza a gritar como si fuera un cerdo al que están matando. Los marineros forcejean con él, sin ningún resultado. Patalea, se revuelve, logra hallar siempre algún asidero al cual aferrarse. Esto dura ya demasiado. Desenvaino la espada y me acerco al grupo. Con el pomo le machaco los dedos sin misericordia, hasta que suelta su presa. Le arrastramos calle abajo hasta el muelle. Él no deja de berrear y proferir alaridos. Clama por la ayuda de sus conciudadanos, pidiendo venganza por el sacrilegio que acabamos de cometer. Nadie le responde. Saben que si no fuéramos nosotros quienes se lo llevasen, serían los romanos. Ellos no se conformarían con una sola víctima.
El cuerpo que está a mi lado se agita levemente. Sin mirarme ni dirigirme la palabra, se levanta y sale de la habitación. La luz inunda la estancia cuando abre la puerta. Su silueta se recorta un instante en el umbral y luego desaparece. Estoy de nuevo sólo.
¿Qué hora es? ¿Qué día es? Una audiencia. El prisionero. Tenía una audiencia con los reyes. Me incorporo sobresaltado. Todo mi cuerpo se estremece de dolor. Debo marcharme a palacio inmediatamente, pero cada movimiento me cuesta un esfuerzo enorme. Con lentitud, recojo mis ropas, me visto y me aventuro en la sala. Nadie. Dejo unas monedas sobre una mesa y emerjo a la luz del día.
Las calles rebosan de gente que se dirige a sus ocupaciones. Apenas se puede dar un solo paso, hay que dejarse llevar por la corriente. Todos parecen felices. Los soldados que patrullan relajados, los campesinos que vienen a comprar a la ciudad, los tenderos y artesanos que vocean su mercancía. El sol lo ilumina todo con un fulgor cegador. Un viajero recién llegado se dejaría engañar por este idilio. Yo sé que basta el menor incidente para que los mismos ciudadanos que te ceden ahora el paso, vuelquen los bancos de los vendedores y con ellos hagan teas y lanzas, para atravesarte, para abrasarte mientras aún estás vivo. Sé también que no ocurrirá hoy, así que me uno a la comedia y sonrió a los que quizás tenga que ejecutar mañana, a los que quizás me asesinen pasado mañana.
Como siempre, en el patio de palacio se apretuja una multitud de peticionarios. Luchan entre sí, se empujan y golpean, insultándose en todas las lenguas del orbe, para conseguir el mejor puesto, aquél dónde los reyes puedan fijarse en su presencia. Los pocos cortesanos que se atreven a deambular por el patio son inmediatamente asediados por hordas de solicitantes, que blanden rollos de papiros frente a sus caras, intentando llamar su atención. Ningún enemigo se atreverá a desafiar a Egipto, aseguran, las crecidas del Nilo siempre serán puntuales y abundantes, los ganados no enfermarán, la gloria y la fama de los Ptolomeos se extenderán hasta los últimos confines del mundo, el amor y el respeto de los súbditos estará garantizado. Todo lo anterior y mucho más será concedido, con solo que los reyes se dignaran a echar un breve vistazo a su petición.
Los soldados que escoltan los cortesanos se las ven y se las desean para mantener a raya a los pedigüeños, pero, afortunadamente, siempre hay un secretario que sigue al grupo, el cual recoge cada uno de los rollos que se le presentan y promete que serán estudiados con el mayor interés. En cuanto hayan salido del patio los tirará a un montón de basura.
Un oficial ha aparecido en lo alto de las escalinatas de palacio. Un clamor de expectación se eleva del patio. El oficial hace señas pidiendo silencio. Los dioses Ptolomeos no se mostrarán hoy a sus fieles. La multitud no se disuelve. Permanece allí, compacta, expectante. No es la primera vez que se anuncia algo similar y luego sucede lo contrario. Nadie puede permitirse perder una oportunidad, quizás la oportunidad, cuando se llevan días o semanas de espera.
Me aproximo al cordón de soldados que cierra el acceso a palacio y me identifico. Un guardia me conduce a una cámara donde esperan otros convocados. En ella reconozco a un conocido mío que me saluda alegremente y viene a sentarse a mi lado. Con gestos de estar ocultando un gran secreto, señala a uno de los presentes. Es un tránsfuga del ejército de Antíoco, cuchichea a mi oído. Mi amigo es una persona a las que todo le parece de color de rosa. Ahora que el enemigo se pasa a nuestras filas, dice, será un juego de niños reconquistar Palestina. Con un poco de suerte hasta Antioquía, la capital enemiga, caerá en nuestras manos. No puedo reprimir una sonrisa irónica.
Mi interlocutor se para en seco, ofendido. Me disculpo torpemente, he pasado una mala noche, le digo, y la resaca todavía me dura. Mi interlocutor observa mi aspecto con atención y parece convencido. Para reconciliarse conmigo, me guiña el ojo y me sonríe con complicidad, mientras hunde su codo en mis costillas. Ya se sabe. Alejandría es famosa por sus noches y él también corrió lo suyo de joven. Sin consideración alguna comienza a hacerme el relato de sus muchas aventuras.
No presto atención a su verborrea. Soy incapaz de mantener los ojos abiertos. Sólo deseo dormir, dormir, dormir. Sin sueños. Sin término. Como dicen que ocurre en la muerte.
Mi nombre ha sido pronunciado. Tambaleándome, me adentro en la inmensa sala de audiencias. Oro, marfil y mármol cubren las paredes, los muebles, incluso los cuerpos de los guardias. A unos metros del trono me prosterno ante los dioses Ptolomeos. Nadie tiene permiso para mirarles al rostro o permanecer en pie en su presencia. La muerte espera al imprudente que así lo haga. Aguardo en silencio, la mirada fija en el pavimento, a que los reyes se acuerden de mí y me dirijan la palabra, como hacen todos los que me rodean. Sólo el enviado de Roma permanece en pie, al lado del trono, con una mirada de sorna indisimulada.
Nota: Tras la derrota de Perseo, los romanos ordenaron a los reyes de Egipto que entregaran a todos los refugiados. La anécdota que se relata es cierta, uno de ellos fue trasladado en barco de Alejandría a Rodas y se refugió en un templo al hacer escala en un puerto de la actual Turquía. Los que le escoltaban le arrancaron de ahí y él volvió a fugarse a nado, para ser capturado poco después y entregado a los romanos. También es cierto que hubiera tres Ptolomeos diputando por el trono, como lo es que los seleúcidas estuvieran a punto de tomar Alejandría (por dos veces) y que la plebe de Alejandría se rebelase y estuviese a punto de quemar la ciudad.
domingo, 1 de agosto de 2010
100 AS (XXIV): Red Hot Riding Hood (1943), Tex Avery
Continuando con nuestra revisión de la lista de cortos animados de Annecy, esta semana le ha llegado el turno a Red Hot Riding Hood de Tex Avery, realizado en 1943 a poco de haber sido despedido de la Warner y comenzado a trabajar a la Metro.
Poco puedo aportar a la semblanza de una figura mítica como Tex Avery, uno de los pocos nombres que ha traspasado los limites del fandom animado, siendo conocido y respetado por el conjunto de la cinefilía. Los méritos para esa fama y admiración, son muchos y variados. Digamos que fue la personalidad que transformó la Warner de un estudio que se dedicaba a copiar a Disney y a los Fleischer, en la fábrica de locuras animadas que todos recordamos y que su influencia y magisterio se deja notar en todos los grandes nombres que allí figuraron,la famosa Termite Terrace, como Friz Freleng, Bob Camplett o Chuck Jones, hayan querido o no reconocerlo. Un estilo que se fundamento en una reacción contra la Disney, en concreto contra su sensiblería e infantilismo, para crear auténticas producciones para adultos que aún hoy continúan haciendo reír, cuando las de la compañía rival hace muchos años que están completamente pasados de moda y sólo se sustentan por la calidad de su animación.
No fue solamente este giro hacia unos temas más adultos y un tipo de humor más inteligente y agrio. Avery redescubrió algo que los pioneros, como los Fleischer, Otto Messner o el mismo Disney cuando aún trabajaba con Ub Iwerks, utilizaban a cada instante. El conocimiento de que la animación permite una libertad absoluta, impensable para el cine de personajes reales, y que en cualquier instante, antes de que los postmodernos lo descubrieran, la ilusión podía romperse y la tramoya del invento aparecer en toda su desnudez. De esa manera, los cortos de Avery se esfuerzan por romper en todo instante las expectativas del público, distorsionando los cuerpos, cambiando la función esperada, haciendo surgir relaciones insospechadas, y en resumen, haciendo lo imposible, posible; para culminar mostrando digo las tripas de la técnica de la animación, el celuloide, la suciedad, los defectos del proceso de filmado y reproducción, sin miedo a romper la ilusión, buscando por el contrario el efecto cómico que esa recordatorio de la falsedad de lo visto produce en el espectador.
Mucho perdió la Warner cuando en el 43 despidió a Avery. Tanto, que en la década siguiente, trabajando para la Metro, el animador americano no haría otra cosa que producir una obra maestra tras otra, como ocurre con este Red Hot Riding Hot, que empieza como un corto Disney que propone una enésima lectura a su estilo de la fábula de Caperucita, para derivar inmediatamente en una rebelión de los personajes del cuento contra ese estilo y continuar con una versión completamente subida de tono de la fábula tradicional.
Y como siempre les dejo con el corto para que lo disfruten. Ojo a cuando el lobo llega a la casa de la abuelita. "At last, a Wolf!" es lo que dice, por si no lo pillan
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