domingo, 22 de noviembre de 2009

Lacking and Wanting




















Los escasos lectores de este blog habrán notado que llevo un tiempo sin referirme a nuevas producciones de anime y que dedico el espacio de estas notas a revisar series antiguas. No se debe a a una repentina falta de interés por el tema, sino simplemente a que este año de anime está siendo uno de los peores que recuerdo, para lo cual, por supuesto, había una razón más que clara.

Faltaba Madhouse.

Madhouse, en estos últimos años se ha convertido en uno de los estudios más interesantes del panorama, uno de los pocos que ha intentado huir de la moda moe/kawai que está astragando el anime con el aplauso del aficionado, como demuestra la ascensión a las estrellas de KyoAni. Por el contrario, Madhouse se ha caracterizado por sacar al mercado productos destinados a un producto mucho más maduro, presentándolos, he ahí lo importante, en un estilo que siempre intenta ir un paso más allá de lo que está aconstumbrado el espectador y ofreciendo, por tanto, a grandes talentos del anime, la oportunidad de brillar de una manera que no es posible en el resto de estudio.

No es de extrañar, por tanto, que de unos años a esta parte, Madhouse, no haga más que encadenar obras maestras, como son Kemonozume y Kaiba, en un estilo completamente experimental, o Dennou Coil, en un registro más comercial.

El bombazo de este año, y el retorno de Madhouse a las series de TV, tras un año dedicado a la producción cinematográfica, se llama, Aoi Bungaku, y como podía esperarse no ofrece ninguna concesión al público, por lo que, para desgracia del anime, está pasando sin repercusión alguno, fuera del estrecho círculo de conaisseurs que buscan en el anime, algo más que niñas prepúberes, personajes estereotipados y/o tramas calcadas unas de las otras.

La primera sorpresa, por supuesto, es que el material que se adapta no es un manga, ni siguiera una de las light novels, tan de moda en el país Nipón. En la primera de las historias de Aoi Bungaku, se adapta una de las obras míticas de su literatura, la novela (Indigno de ser humano) Ningen Shikkaku de Osamu Dazai, una obra escrita a finales de los años 30, en el periodo en el que japón se embarcaba en la aventura imperialista y militarista, que le llevaría a la catástrofe nacional en la guerra mundial.

Un marco histórico, el de un país que se embarca voluntariamente en un camino que no se puede calificar de otra manera que el de su propio suicidio, que se refleja en las peripecias del protagonista, trasunto del propio escritor, el cual se ve incapacitado de tener relaciones humanas como el resto de los seres humanos, y va ocasionando la desgracia de todos los que ama y le aman, hasta embarrancar en una especie de cárcel autoimpuesta, pues la concibe como el lugar al que está destinado y en el cual debió encerrarse desde un principio.

Una historia cínica y desesperada, donde ninguna de las acciones de los protagonistas les servirá para evitar su destino, sino que al contrario, le empujaran más aún en ese camino que lleva al suicidio, o mejor dicho a la muerte en vida, y que es adaptado por Madhouse de forma brillante, adaptando la luz, la paleta, las transiciones y el montaje, a ese camino sin retorno, sin posibilidad de escape, de manera que hasta los momentos optimistas, los breves instantes de alivio en la autodestrucción perseguida y deseada, se vuelven ominosos, falsos y frágiles, amenazados permanentemente por la destrucción que no tardará en surgir del escondrijo donde se había retirado a reposar.

Una destrucción que para el protagonista no es infligida por medios externos, sino que él mismo se la causa, por esa cualidad suya que le impide amar al resto de los seres humanos o al menos no dañarles.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Darwin's Dilemma (y I)


The Descent of Man, que he estado leyendo y releyendo estos últimos meses, es uno de los libros más importantes e interesantes de Charles Darwin.... quizás por razones completamente equivocadas.

Me explico, al contrario de The Origin of the Species, esta continuación de la argumentación darwininia, aplicada al hombre, no tiene un tema definido, o mejor dicho, no trata el tema que el lector pensaría encontrar, puesto que en vez de centrarse en los orígenes y genealogía del hombre, la mayor parte del libro se dedica a la demostración del mecanismo de selección sexual, quedando relegado al principio y final del libro el estudio del hombre y las razones que explican sus características propias como especie, contando entre ellas, por supuesto, su cerebro y sus rasgos culturales. Un estudio que, desde la óptica de principios del siglo XXI, puede provocar escándalo por razones completamente inesperadas y a las que ya dedicaré otras entradas de esta serie.

Centrémonos por tanto, en lo que constituye el tema del libro y no el origen del hombre, el mecanismo de selección sexual.

Una de objecciones más importantes a la teoría de la selección natural que Darwin expusiera en el The Origin of the Species, no tenía un origen teológico, sino que utilizaba la propia exposición de Darwin para, aplicando la reductio ad absurdum, demostrarla falsa. La cuestión era que según el mecanismo de selección natural, sólo se conservarían y transmitirían aquellos caracteres que dieran ventaja al individuo sobre sus semejantes, de forma que tuviera una mayor probabilidad de sobrevivir y conseguir reproducirse, transmitiendo así esos mismos caracteres (esa dotación genética) a la siguiente generación, en la cual volvería a producirse ese mismo mecanismo.

Sin embargo, desde el principio, quedó claro que había caracteres que no obedecían a ese mecanismo y no se trataba de caracteres indiferentes, es decir, que no comprometiesen las posibilidades de supervivencia y reproducción, sino que que se trataba de caracteres que podríamos llamar nocivos o peligrosos para el individuo, pero que de forma recurrente aparecían en la especie en estudio, hasta el punto de convertirse en uno de sus rasgos clasificatorios. Un ejemplo claro era el del pavo real macho, sus largas plumas constituían un impedimento para el vuelo y su llamativo colorido le hacía especialmente visible en el entorno en el que habitaba, con lo que ambos rasgos deberían hacerle caer con más frecuencia en las garras de sus depredadores, favoreciendo así a los machos de plumas más cortas y más discretas, que deberían dominar, en unas generaciones, la población de la especie, mientras que en la realidad ocurre lo contrario.

La respuesta de Darwin fue magistral. En primer lugar, se dio cuenta que los rasgos no eran comunes a los dos sexos, sino que sólo aparecían en uno de ellos, y que normalmente, el sexo desprovisto de esos rasgos distintivos, solía ajustarse al aspecto que esperaríamos si la selección natural actuase en solitario. Es más, esos rasgos extraordinarios, como pueden ser las plumas de ciertas aves, los cuernos de ciertos mamíferos, los órganos sonoros de algunos insectos, tenían una función muy clara y precisa, se utilizaban en los rituales de apareamientos de esas especies y determinaban el éxito reproductivo de los animales involucrados. Es decir, que parecía que las hembras preferían a unos machos antes que otros, y que poco a poco esos caracteres habían ido exagerándose para aplacar esas preferencias, hasta el punto que su desarrollo entraba en conflicto con la selección natural, por ejemplo, el ciervo con los mayores cuernos encontrará que estos tienen mayor propensión a enredarse con la vegetación y por tanto será más susceptible a perecer que un competidor con menor ramaje.

La grandeza de Darwin no se limita a la concepción de estas teorías. No hubiera pasado de ser un especulador más si no fuera por su rigor y dedicación, que le llevan a buscar y acumular pruebas que sean incontestables. Una tarea en la que la sección de The Descent of Man dedicada a la selección sexual llega a su cénit, puesto que Darwin, a lo largo de cientos y cientos de páginas nos acompaña en un viaje por todo el reino animal, de los invertebrados a los mamíferos, mostrándonos ejemplo tras ejemplo de estos dimorfismos sexuales, de como se utilizan para la reproducción y sólo pueden ser explicados por las necesidades de apareamiento, hasta que no queda otra vía que rendirse y aceptar las pruebas.

Una demostración que lleva a una inesperada conclusión, una prueba más en la certeza de que el hombre y los animales son la misma cosa. Muchos de esos atributos sexuales llamativos, como el plumaje de los pájaros, nos parecen bellos y hermosos, casi producto de las manos de un artista, de forma que debemos admitir que los animales comparten con nosotros, aunque sea de forma inconsciente, el sentido de la belleza y que éste, como todas nuestras características, incluso las que nos parecen puramente humanas, no es otra cosa que un producto de las leyes de la evolución.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Bliss




La obra entera de Len Lye, que apenas dura una hora escasa, es una inmensa contradicción.

Por una parte tenemos al artista experimental, que trabaja fuera de los circuitos comerciales, y que trata siempre de dar una paso más allá, en lo que podríamos llamar vacío, siguiendo únicamente los dictados de sus convicciones y su creatividad. Alguien cuya obra es de las pocas que merece el calificativo de inclasificable, de revolucionario y rompedor, puesto que fue de los primeros, no ya en crear el cine abstracto, ese concepto que aún da miedo tras tantas revoluciones y cines nuevos, novos y nouvelles, sino que cometió el pecado, el sacrilegio de despreciar la propia cámara y de dibujar directamente sobre el celuloide, llegando a convertirse, como Fischinger o como McLaren, en un artista híbrido, un cineasta/pintor en el auténtico sentido del termino, que aplicaba sus colores directamente sobre el celuloide y no los que tratan de convertir el cine en tableaux vivantes.

Y sin embargo, al mismo tiempo, este artista fue en su vida un completo desconocido, al menos para el gran público y la gran crítica. Como bien dice la expresión inglesa era un artist's artist, el artista al que admiraban el resto de los artistas profesionales, cuya producción era esperada con antelación discutida, copiada y, terrible palabra, popularizada, hasta el extremo de que muchos de sus logros creados en los años 30, en sincronía con los otros dos nombres citados, se convirtieron en moneda común del videoclip, de los 80y 90 del siglo XX.

Pero he aquí que he nombrado una palabra maldita, videoclip, el paradigma del falso cine, para aquellos que creen en esencias y que reducen ese arte a capturar momentos pasajeros. Una palabra maldita, es cierto, pero es que los cortos de Lye, son videoclips en más de un sentido, tanto por sus comitentes, organizaciones gubernamentales como la GPO o empresas privadas, como Imperial Flights o Shell Oil, que los utilizaban como anuncios (¡Oh, el artista vendiéndose! ¡Horror, Horror!), como porque la música es parte integrante de ellos, de manera que las formas y los colores, danzan a su ritmo, cual pareja de bailarines, inmersos y absortos en la música que les envuelve.

Música, colores, ritmo, danza. Nueva contradicción. Porque Len Lye es un artista experimental y comprometido, pero no hay nada de pesimista, sombrío o desesperado en su cine, la alegría, el placer de vivir, el goce sensorial más básico y más embriagador son las bases de su cine, y así la música es música de baile de su tiempo, y sus colores no pueden ser más vivos, y sus formas, las formas que invaden la pantalla, más jugetonas, revoltosas o descaradas, provocando que el espectador no tenga más remedio que unirse a la fiesta.

Una fiesta, que no necesitaba de la abstracción para poder ser expresada, sino que podía construirse con los materiales más bastos, cotidianos e inesperados, como es el caso del corto Rythm de 1957, ilustrado arriba donde la construcción de un coche en una cadena de montaje se convierte en una exaltación del movimiento y del ritmo, con las máquinas y los operarios prácticamente danzando al compás de la música.

Un minuto magistral, valido por miles de horas de cine muerto, pero lleno de pretensiones, que no puedo por menos de incluir a continuación.

martes, 10 de noviembre de 2009

Imperfect Future




Resulta triste constatar que lo mejor de las películas de Futurama (las que serían la quinta temporada de la serie) sean los intros de la segunda y la tercera, cuando la nave, en vez de estrellarse contra la inmensa pantalla donde se proyectan cortos de animación antiguos, se ve absorbida por ella y adopta el estilo del corto en el que ha caído, respectivamente el de las producciones Fleischer/Disney y la archifamosa e inencontrable Yellow Submarine.

Y digo triste, porque precisamente lo que caracterizaba a Futurama era la apropiación y la reescritura de las producciones del pasado, en su caso de la Ci-Fi de serie B de los años cincuenta, una apropiación irónica donde se señalaban los diferentes estereotipos de esas producciones (tecnología ultramoderna inexplicable, monstruos repulsivos, mundos reflejo de la tierra, personajes-tipo de una sola dimensión, conflictos reducidos a blanco y negro) y se pasaban por una turmix alocada, para, maravilla de la maravilla, dar lugar a unos personajes nuevos y atractivos, en unas aventuras perfectamente engrasadas y sin apenas respiro en la acumulación de gags, normalmente relevantes y bien colocados, al contrario de producciones como Family Guy.

Con esos elementos, Futurama podría haberse convertido en una de las series imprescindibles, pero, pasada la tercera temporada, empezó a mostrar claros signos de cansancio. En primer lugar los personajes empezaron a comportarse off character, como dicen los ingleses, actuando de forma distinta a como habían sido presentados y a como funcionaban, como fue el caso de la humanización de Bender o el claro ablandamiento de Leela, e incluso llegaron a convertirse en personajes decorativos, dentro de su propia serie como ocurría con el docto Zoyberg, una deriva que hizo que los guiones de la serie se resintieran, comenzándose a hacerse genéricos, y que culminó en la ristra de episodios que trataban de la relación sentimental entre Fry y Leela, impensables en una producción que hasta ese instante se reía de forma bastante saludable de ese sentimiento.

El relanzamiento de la serie, en forma de película, tras la suspensión de la misma, hacía concebir ciertas esperanzas de que la situación se enderezase, bastaba con eliminar ese sentimentalismo innecesario y reactivar la parodia inteligente de los primeros episodios. Sin embargo, no ha sido así, ya en la primera, los personajes, incluso algunos tan memorables como Zap Brannigan o la cabeza de Nixon , se introducen sin necesidad alguna, simplemente porque si esto es Futurama, deben aparecer por necesidad, a lo que se une que la película no pasa de ser un conjunto de episodios mal recosidos. Más unitarias y centradas son la segunda y la tercera, pero lo narrado es bastante insulso, y la forma en que se hace parece traicionar cierta desgana, comprensible, por otra parte.

Curiosamente, la única que brilla a la altura de las dos primeras temporadas es la cuarta, quizás por contar una historia de principio a fin, y porque los personajes aparecen cuando realmente son necesarios, pero ya es demasiado tarde para arreglar la situación, con lo que lo que habría sido un cierre perfecto para la quinta temporada, sólo sirve para dejar un regusto amargo.

Un

lunes, 9 de noviembre de 2009

The Bible and the Shovel (y IV)

En las entradas anteriores, había indicado como, a la luz de la arqueología, es imposible encontrar un instante temporal donde ubicar el éxodo, pero cabe la pregunta de que ocurre con lo que vino después, y si al aproximarse a tiempos más recientes se pisa un terreno más firme.

El principal problema es, que hasta la irrupción de los asirios en levante, a mediados del siglo IX, transitamos una edad obscura. Egipto, tras el ataque de los pueblos del mar, se ha replegado sobre sí misma, y tras la dinastia XX, terminada con Ramsés XI, caerá en manos primero de los Libios y luego de los Nubios, de manera que sus registros, excepto en el caso de Seshonq/Sisaq, no se ocupan de los asuntos de Palestina, mientras que de la multitud de reinos del Levante apenas han dejado testimonios, debido a que el papiro no se conserva en ese clima y que las tablillas cocidas de arcilla o los monumentos en piedra eran poco utilizados (de ahí que los pocos ejemplos que nos han llegado, como la Piedra de Mesa o la Estela de Gad, sean de una importancia extrema).

Vale la pena, por tanto, examinar lo que nos dice la biblia, intentando descubrir cómo es el mundo que se describe en ella y si se parece a lo que la pala, los mudos testimonios arqueológicos, nos aporta.

Lo primero que cualquier lector atento de la Biblia descubre, al comparar los libros de Josué, donde se narra la conquista de Palestina, y Jueces, donde se describen los hechos hasta la aparición de la monarquía, es que ambos libros parecen habitar mundos distintos. En el primero, se nos describe una conquista relámpago y cataclísmica de Palestina, donde los Israelitas se hacen con el control absoluto de la región (que abarcaría zonas de la actual Siria, Jordania y El Libano) y eliminan por completo a la población autóctona. Sin embargo, en Jueces, la situación es opuesta, los Israelitas habitan parches de territorio, separados por zonas habitadas por población autóctona, y están siempre amenazados por sus vecinos, principalmente los Filisteos y los poderosos reinos de las cercanías, de manera que sus relación oscila entre la tolerancia, el conflicto, un difícil equilibrio donde nunca hay un claro vencedor, y en el que el enemigo de ayer puede ser el amigo de hoy, muy típico de las zonas de frontera cuyo dominio no está muy claro.

Si sólo contásemos con con el testimonio de la Biblia y nuestra razón, la situación descrita en los jueces nos parecería más lógica, más humana y posible, la de un pueblo con continuos conflictos fronterizos con sus vecinos y que no es capaz de imponerse a ellos, en continua guerra de guerrillas sin un triunfo claro, y no una conquista relámpago y catastrófica para lo cual faltan los recursos posibles, por mucha ayuda divina con la que se contase. No obstante, contamos con el testimonio de la arqueología y esta, en primer lugar, señala que muchos de los lugares que la Biblia indica como destruidos por Josué, lo fueron en épocas anteriores y que otros que si lo fueron en el momento preciso, tienen un culpable mucho más claro, la confusión debida a la invasión de los pueblos del mar más la rebelión de las poblaciones autóctonas o fuera del sistema (los Apirus ya citados).

Es más, si hay una llegada de nuevas gentes a la zona que destaque en el registro bíblico, no es la de los hebreos, sino la de los Filisteos, que se hacen enseguida con la zona más rica de palestina, la planicie costera y fundan allí un conjunto de poderosas ciudades que prosperarán hasta la llegada de los asirios. Por el contrario, los hebreos sólo pueden ser detectados en las zonas marginales del área, las montañas (en donde recordemos se refugiaban los Apirus y que los egipcios de las dinastías XVIII y XIX consideran como tierra de nadie) en donde parecen haber surgido como evolución de las poblaciones rurales ya existentes, no producto de una invasión y conquista en la que no tuvieron lugar, o si lo fue, fue como comparsas.

¿Pero que pasa después de los jueces? ¿Qué ocurre con David y Salomón y su imperio que llegaba del Eúfrates al Nilo? Nuevamente aquí tenemos una contradicción en el paisaje que la propia biblia nos describe. Si tomamos el libro de Samuel, la situación que se nos describe es muy similar a la de los Jueces, un Israel en lucha continúa y llena de altibajos contra multitud de vecinos, en primer lugar la potencia filistea, sólo que esta vez está dirigida por un cabecilla tribal que responde al nombre de Saúl. Es más, los principios de propio rey David son similares a los de un bandido errante, siempre en movimiento, siempre evitando combatir enemigos más potentes que él, dándose el extraño caso, que incluso que la que será su capital y desde entonces ciudad santa de los judíos, Jerusalén, supuestamente en el centro de Israel, está bajo posesión extranjera, y la propia biblia no titubea en llamarla fortaleza de los Jebuseos, como si les hubiera pertenecido por siempre.

Dada esta descripción, nada impediría considerar a David como un jefe mítico, que por primera vez hiciera famoso el nombre de los Israelitas y sobre cuya figura se tejiera mito sobre mito, hasta que, un siglo después de su vida, en el siglo IX, los reyes de Judá proclamasen orgullosos ser de la casa de David, tal y como sus enemigos recogieran en la famosa estela de Gad, donde se narra la muerte de un rey de Israel y otro de Juda a manos del rey de Damasco, en sincronía con lo recogido en el libro de los reyes, aunque en una versión más distorsionada.

Sin embargo y volviendo a los dos libros de Samuel, cuando Saúl muere al final del primer libro y David se convierte en rey indiscutible a principios del segundo libro , se produce una transformación milagrosa, similar a la que ocurría en la transición entre Josué y Jueces, de repente, todos los enemigos de Israel, incluidos los peligrosísímos Filisteos, desaparecen del cuadro y el reíno de David y Salomon se convierte en una superpotencia regional, extendiéndose del Eúfrates al Nilo.

El principal problema que tiene la arqueología es que el tiempo en que habría ocurrido esto, el siglo X a.C coincide el cénit de la edad obscura de Levante, cuya historia es casi imposible de recomponer. Aún así, el reino de David y Salomón es tan grande que no cabe en la propia región (sin contar con que el tiempo de construcción es mínimo), sino que más bien aparece lleno de agujeros puesto que hay zonas que positivamente no pueden pertenecer a ese reino, como son las ciudades de los Filisteos y los Fenicios, Damasco o los estados Neohititas del norte de Siria.

O lo que es más, en cuanto la Biblia empieza a narrar lo ocurrido tras la muerte de Salomón, y empezamos a tener testimonios externos a la Biblia en el siglo IX a.C, los estados sucesores de Israel y Judá aparecen, no como los sucesores poderosos de un imperio de esas características, sino como dos actores más en una constelación de poderes regionales, nuevamente en lucha continua sin resultado claro.

Hasta la irrupción de los asirios en el siglo VIII y la brutal reorganización a la que someterían a la región, contra la cual ninguno de esos estados podría oponerse, sino que más bien, como ocurrió con Israel, fueron tronchados en el proceso y arrojados al olvido.

domingo, 8 de noviembre de 2009

No Wall (y V)/ Lyricism




























En esta serie de entradas que ido dedicando a Mushi-Shi, he señalado ya en varias ocasiones como el hecho de tener que tratar cotidianamente con los mushi constituye una especie de estigma para ellos, que les coloca aparte del resto de los seres humanos y que tiende a desembocar en tragedia.

Una tragedia, por supuesto que no se expresa en los términos que nuestra sociedad de ahora mismo espera, tan ansiosa de emociones fuertes que le demuestren que no está ahíta de esa misma dieta. La tragedia, la muerte, la separación y la pérdida, se muestran en Mushi-shi en modo menor, por utilizar un símil musical no muy afortunado. Lo que ocurre ante nuestros ojos parece obedecer a causas naturales, ocurrir porque debía ser así, por ser de esa manera el orden natural de las cosas, una corriente inextinguible en la que podemos nadar, pero de la que no podemos evitar el ser arrastrados.

O por decirlo de otra manera, los distintos personajes acaban por aceptar su propio destino, vivir con la carga que les ha tocado, obtener lo mejor de aquello que la existencia les ha traído, aunque no coincida con lo que desearan pero nunca obtuvieran, lo que amaran y les fuera arrebatado, dejando un sabor agridulce en el espectador, como si la auténtica felicidad consistiera precisamente en sacar lo máximo de la imperfeción y la incompletitud que somos y en que vivimos.

De ahí que pocos momentos más líricos haya que el final del episodio 16, cuando Ginko, el Mushi-shi eternamente errante, ya que atrae a los Mushi hayá donde vive, y la joven que custodia los registros de los Mushi-Shi, incapaz de moverse por sí misma, ya que aloja en su pierna a uno de esos parásitos, charlan sobre lo que harán en el futuro.

Unos proyectos que, lo saben ellos, lo sabemos nosotros, nunca llegarán a hacerse realidad, a pesar del amor que se profesen.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Giving Evidence (y IV)

Ernst Von Gottsheim: The only really good thing about the whole affair is that a few million Jews no longer exist.

Conversación grabada entre los prisioneros nazis Ernst von Gottsheim y Eugen Horak, segun se recoge en Interrogations de James Overy.

Una de las constantes en las reacciones de los altos jerarcas nazis prisioneros de los aliados fue la de negar cualquier relación con los crímenes de guerra o contra la humanidad que se les achacaban, incluso cuando existían pruebas abrumadoras relativas a su implicación. O bien no tenían noticia, o bien los hechos habían sido perpretados/ordenados por otros jerarcas, preferiblemente muertos o desaparecidos, como Hitler, Himmler o Bormann, llegándose de esta manera a situaciones absurdas, como que Kaltenbrunner, el jefe de la RSHA (oficina de la que dependia la Gestapo y quien se encargo de la solución final) tras el asesinato de Heydrich en 1942, negase haber firmado los documentos que se le presentaban con su firma, o que Walther Funk, director del Reichsbank, afirmase desconocer la existencia de los campos de exterminio, cuando en las cámaras acorazadas de ese banco se guardaban sacas con los dientes de oro arrancados a las personas asesinadas en los campos.

Muy distinta era la actitud de los mandos intermedios, de aquellos que no habían estado tras la una mesa de oficina, encargados de extender las órdenes u firmarlas, sino que habían participado directamente en el extermino, como Otto Ohlendorf, al mando de uno de los Einsatzkommandos que exterminaron en 1941 a gran parte de los judíos soviéticos, el mismísmo Rudolf Höss, comandante del campo de Auschwitz, o Dieter Wisliceny, subordinado de Eichmann y a cargo de organizar la deportación de los judiós de Europa Occidental y los Balcanes hacia el campo antes citado. Todos ellos, sin excepción, aceptaron colaborar con los aliados, relatando con todo lujo de detalles lo que había ocurrido.

Eugen Horak: I have not anything against the gas chambers. A time can come when it is useful to the race to eliminate certain elements. Extermination is one thing, but there is no need to torture your victims beforehand.

De la misma conversación antes citada.

Este fragmento resume la actitud con que los estos mandos intermedios presentaron su testimonio. Frialdad y profesionalidad. Muchos de ellos no podían concebir que hubiesen cometido un delito. Había recibido órdenes, cuyo sentido era evidente, y las habían cumplido con la mayor eficacia, para rendir cuentas luego con la mayor precisión antes sus jefes, de la misma manera que ahora hacían frente a sus interrogadores.

Lo único que parecía molestarle era los actos de tortura y crueldad realizados en el curso de esas acciones, no por el sufrimiento de las víctimas, que para los nazis eran subhumanos que debían ser eliminados antes de que infectasen al resto de los seres humanos, sino por el daño psicológico que esas acciones podían causar en los soldados alemanes, así a los fusilamientos masivos de los Einsatzkommandos en Rusia, donde los verdugos estaban en contacto directo y casi físico con sus víctimas, sucedió la asepsia casi científica de los camiones/camara de gas y de los campos de exterminio, donde las tareas más repugnantes eran realizadas por voluntarios de la zona o por los mismos prisioneros, para así evitar que la realización de esos actos de crueldas, de las torturas de las que se escandalizaba el prisionero interrogado, pudieran afectar permanentemente a los miembros de la raza superior.

Question: What was the total number that you understood had been affected in Poland?
Answer: In case the figure mentioned in this table, 3.300.000 is correct. I am absolutely convinced that by October 1944, every single one had been exterminated.

del interrogatorio a Dietrich Wisliceny, lugarteniente de Adolf Eichmann, según se recoge en Interrogations.

De este clima de total colaboración, donde los mandos intermedios responden a los interrogadores aliados con la misma franqueza y detalle que harían con sus jefes, surge una de las mayores sorpresas del libro. La famosa cifra de los seis millones de judios no fue producto de la investigación aliada, sino que la proporciono Dieter Wisliceny que incluso desgloso país, por país cuantos judiós habían sido exterminados en cada uno, cuando, y en cuantas etapas se completaron las deportaciones/ejecuciones.

Por supuesto, Wisliceny no era un cualquiera, como lugarteniente de Eichmann, el cual lo era de Heydrich, impulsor en la conferencia de Wansee en 1942 de la solución final, había estado a cargo de la contabilidad del exterminio, de la organización de los transportes que llevaban a los judíos a los campos de exterminio, e incluso, en el caso de Grecia, Hungria o Eslovaquia, participo personalmente en las deportaciones. Desde ese puesto, pudo dar una visión completa, como digo, de como se había desarrollado la solución final y de cuales habían sido sus resultados, incluso señalando los posibles errores de contabilidad o las cifras que no eran segura, de forma que la investigación reciente a lo más que ha llegado es a corregir algunas de las cifras suministradas por él, pero no el cómputo total.

Question: How did the gassing took place.
Answer: It was all below ground. In the ceiling of those chambers, there was three or four openings that were fenced around with a grating that reached to floor of the gas chamber, and through these openings the gas was poured into the gas chambres.
Q: And then what happened?
A: The same thing happened as I already told you happened in the farm houses. It depended on the weather conditions. If it were dry and a lot of people were in the gas chambers, it was comparatively fast.
Q: How long a time did the gassin take?
A: As I already stated, from three or five minutes to fifteen minutes.

Interrogatorio de Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, según se recoge en Interrogations

Una frialdad, una sinceridad, la del que ve el exterminio de millones de personas como un mero trabajo más que alcanza su culmen en el testimonio de Rudolf Höss, capaz de describir con toda naturalidad y precisión el funcionamiento de un campo de exterminio, de forma que la imagen que tenemos de ellos sigue siendo la creada por sus propias palabras y transmitida desde entonces.

La de una auténtica factoria de la muerte que funcionaba a plena potencia.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Death



Desde que soy niño, casi todos los primero de noviembre, mi familia y yo visitamos un cementerio de pueblo, en medio de la Mancha, el lugar de proviene la familia de mi madre. Al principio era porque mis abuelos, que aún vivían allí, querían visitar la tumba de uno de sus hijos muerto muy joven. Ahora es porque mis abuelos ya han fallecido y mi madre quiere seguir aún recordándolos.

En aquel entonces, cuando yo era niño, sentía auténtico pánico ante los cementerios, que me parecían el lugar donde se ocultaban los mayores horrores, siempre dispuestos a arrebatarme y hacerme desaparecer para siempre. Mi abuelo, al apreciar mi terror, siempre decía lo mismo, que los que estaban allí bajo las lápidas y la tierra, ya no tenían poder para hacerme daño, y que mejor haría cuidándome de los vivos, una opinión que he acabado por compartir, ahora que ya en mi madurez, los cementerios ya no me dan miedo y he acabado por acostumbrarme a la idea de que yo también residiré en uno de ellos, dentro de unas decenas de años.

La cuestión es que ahora cuando visito ese cementerio perdido en medio de la estepa castellana, siempre me fijo en dos tumbas, de las cuales he tomado ahora sendas fotografías. Una no tiene lápida, ni nombre ni fecha, apenas es un simple montón de tierra roja, pero siempre encontramos una flor sobre ella. Alguien viene todos los años a recordar el cuerpo o los cuerpos que se pudren allí abajo.

La otra es un mausoleo familiar, construido a finales del siglo XIX, en el estilo, al mismo antiguo, imitando las catedrales del pasado, y moderno, utilizando el metal de la revolución industrial. Una tumba construida para perpetuar el recuerdo de los allí enterrados, pero en la que las fechas de los allí enterrados se interrumpen bruscamente a principios del XX, y nunca hay flores ni signos de que aún queden descendientes vivos o de que alguien recuerde a esa familia. Poco a poco, la suciedad y la basura se han hecho dueños del recinto, las lápidas se han obscurecido y caido, los adornos del tejado han sido derribados por el viento, y toda la estructura ha tomado el color rojo del óxido.

Y no puedo dejar de pensar, ahora cuando ya no soy joven y empiezo a ser viejo, que en eso consiste envejecer, en volverse inútil, prescindible y olvidable, en una inmensa estructura vacía, recordatorio de recuerdos desvanecidos, que poco a poco va derrumbándose sobre si misma, hasta no dejar nada tras de sí.