sábado, 23 de febrero de 2019

En busca de Bergman (XV): Nära livet (En el umbral de la vida, 1958)











































Comparada con las dos obras maestras que la habían precedido, Nära livet (En el umbral de la vida, 1958) puede parecer un Bergman muy menor. Es cierto que no tiene la desesperanza existencial, en consonancia con el Zeitgeist coétaneo, de Det sjunde inseglet (El séptimo sello, 1957), ni tampoco posee esa condición de juicio  sin apelación, por hallarse el protagonista abocado a la muerte, que imbuía Smultronstället (Fresas Silvestres, 1957). Sin embargo, si se la juzga en solitario, se descubre que es un Bergman con todas las de la ley, en la linea de sus mejores obras, sólo que perjudicada por la cercanía a sus hermanas mayores.

En ella brilla un rasgo del cine de Bergman que me había pasado desapercibido en mi primer contacto con este director, pero que esta revisión me está revelando como esencial: su condición de director de mujeres. Y no en un sentido profesional, como es el caso de Cukor, quien conseguía que las actrices dieran lo mejor de sí mismas, haciendo que se sintieran cómodas y seguras. En el caso de Bergman, además, muchas de sus películas se estructuran desde un punto de vista femenino, puesto que ellas son las protagonistas de las cintas, contemplamos la narración a través de sus ojos y escuchamos lo que piensan, anhelan y planean. Sin menosprecio alguno, mucho menos chistes fáciles, sino en completa igualdad y aún mayor seriedad.

Sobre esa base, compartida con muchas otras películas de Bergman, se podría decir que en Nära livet el director sueco lleva esa obsesión suya a su extremo lógico. Lo que nos narra son experiencias que ningún hombre podremos compartir, aquéllas del embarazo y sus muchos peligros, pero de las que consigue hacernos partícipes, aunque sea por un breve instante y de manera indirecta. Ya sean los temores de una mujer que acaba de perder a su hijo, único lazo que podría haber mantenido unido un matrimonio que se resquebraja; ya sea otra mujer en un matrimonio completamente feliz, cuyo embarazo se torcerá sin remedio; ya sea la joven que duda entre abortar al hijo con que la ha dejado tirada su amante o atreverse a afrontar la presión social como madre soltera.

Historias donde al final, se quiera o no, cada uno de los personajes acaba encerrado, a solas, en un callejón sin salida. El del momento del parto, en el cual cada una de ellas se ve enfrentada al dolor, en completa y absoluta soledad, sin que nadie pueda compartirlo, sin que nadie venga a ayudarlas, sin que nadie pueda aliviarlo, sino son drogas y somníferos. Puntos de inflexión a cuya impotencia se une un factor externo que todo enfermo, ingresado en un hospital, conoce de manera directa. La frialdad burocrática del personal médico, casi indiferencia de matarife, cuya sensibilidad ha sido embotada por muchos años de tratar con casos similares, pero que resulta desoladora, aniquiladora para quien sufre. Porque para él - o ella - ese dolor es único y no entiende porque vienen a ayudarle. Porque no le dan cariño y atención

Rasgos temáticos, premisas narrativas, que ya de por sí resultan interesantes, pero que Bergman hace visibles en imágenes con la maestría que se espera un director de raza. Baste un ejemplo. Cuando comienza la película, una de las protagonistas es llevada a la habitación donde están las otras dos,  colocada allí detrás de un biombo. Pues bien, en los planos que aparece la más extrovertida de las dos mujeres, dirigiéndose a la recién llegada, el biombo brilla por su ausencia, mientra que en el caso de la otra, ese mismo biombo la oculta y la arrincona. Se muestra así como ya se ha establecido una estrecha relación en un caso, como en el otro, aún quedan muchos obstáculos y resquemores.

Una ilustración de los sentimientos ocultos, no pronunciados, que se repite al final, pero esta vez de forma invertida. La mujer que al principio era la más abierta, la más lanzada, tras haber perdido al hijo que esperaba queda encerrada en otro biombo, apartada de la otras dos, que no pueden ya comunicarse con ella. 

Ni siquiera despedirse, cuando les llega el alta.

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