domingo, 15 de junio de 2008

Thoughts not to be stored in heads







En una entrada anterior, hablando de la inmensa producción de los estudios de animación Zagreb Films (más de 400 cortos en 40 años de historia) señalaba yo mis reticencias sobre la reciente pasión actual por la animación, en concreto por la 3D.

Entiéndase bien lo que digo, no se trata de un rechazo de esa técnica, sino del modo en que se está enfocando. El ordenador, por ejemplo, ha supuesto una auténtica revolución en la animación 2D, permitiendo alcanzar gran calidad con menores presupuestos, al eliminar muchas labores tediosas y errores que eran casi inevitables, como podían los temblores entre fotograma y fotograma, provocados por mínimos desplazamientos de los acetatos, o las diferencias de color entre las mismas, al ser coloreadas por distintas manos. Asímismo, el desarrollo la robótica ha permitido conseguir auténticas maravillas en la stop-motion, consiguiendo efectos que antes sólo se obtenían con horas y horas de dedicación.

Lo mismo puede aplicarse a la 3D que permite alcanzar efectos imposibles de soñar hace unos años, tanto en aspecto como en movimiento, y que día a día la hacen más cercana a las producciones de imagen real. Un logro que para mí es su mayor victoria y al mismo tiempo su mayor derrota.

¿Por qué digo esto? Simplemente porque el aparente auge de la animación occidental reciente se debe ni más ni menos a que cada día es más y más indistinguible de las películas de acción real, con lo que el público no tiene la sensación, la vergüenza de estar viendo una de dibujitos. Una situación en que la bondad y la calidad de la animación, se reducen a eso simplemente, a su cercanía a la imagen real, a la experiencia que el espectador asocia con el cine de verdad, el serio y válido, del cual se puede hablar al día siguiente en la oficina o tomando unas copas con los amigos.

Sin embargo, ese objetivo es una reducción, un empobrecimiento de la animación, ya que está, simplemente por no ser una captura fiel del mundo real, sino algo pintado o algo construido, que sólo cobraba vida mediante la magia de la proyección, siempre se ha caracterizado por romper todas las reglas que aprisionaban al cine que intentaba reproducir la realidad. Una liberación que era precisamente por trabajar con algo pintado o con algo construido, donde una pequeña variación de los elementos, extremadamente sencilla en la hoja de papel o en diorama de la stop-motion, podía desencadenar resultados sorprendentes en la pantalla, al actuar contra nuestra experiencia visual cotidiana, como ya señalara también en la entrada anterior.

Una vía que se está perdiendo, mejor dicho que no se cultiva en la 3D comercial que se ha puesto tan de moda, ya que como digo éste quiere convencerse de que no está viendo una de dibujitos para niños (véase el caso de Shrek y como pretende hacerse pasar por una creación seria y postmoderna), cuando esta vía es la que más recompensas ofrece al artista, al obligarle a utilizar su imaginación, para dar un paso más y, sobre todo, a divertirse haciéndolo, algo que a nuestra época, tan seria y concienciada ella, le parece lo que antaño se llamaba un pecado mortal (trabajo y diversión ¿Cómo se podrán mezclar cosas tan distintas? o en otra variante El auténtico arte no puede ser entretenido)

Una vía en la que Zagreb Films y los artistas que ella trabajaban, asombraron al mundo durante cuarenta años, simplemente porque a cada artista que creo un corto se le dio absoluta libertad para hacer lo que quisiera, se les motivó a dar ese paso adelante que hiciera a cada corto distinto a los otros y, lo que parece casi imposible, sin olvidar que sus producciones estaban dedicadas a un público mayoritario, a gentes de todas las edades y educación, no exclusivamente a los críticos que entienden.

De esa manera, como digo y dije, lograron un milagro artístico, la de crear obras de altísima categoría (cada una de ellas merece el apelativo de High Art) pero que podían ser disfrutadas por cualquiera, como es el caso del corto Boomerang, con el que he abierto esta entrada, donde se realiza una durísima crítica del militarismo y la guerra, de la despersonalización del ser humano encuadrado en un ejército, sin utilizar la palabra en ningún instante, sino ilustrando los conceptos, haciéndolos evidentes al primer golpe de vista.

O como ocurría en el corto La peau de Chagrin, transformado en una sucesión de estampas minimalistas casi abstractas, pero sin perder ni un ápice del impacto de la historia original y sin volverlo críptico o incomprensible.





O como el corto En el fotógrafo, donde los esfuerzos repetidos de un fotógrafo para que su cliente sonría, se traducen en una jocoso carnaval en el que aparecen retratados una gran variedad de estereotipos humanos.








Un tiempo, y una forma de crear y de atreverse, que parecen haber pasado para siempre.