martes, 17 de junio de 2008

Art's survival


Esta no es la foto que andaba buscando. La que yo quería es una imagen que me ha fascinado desde niño, allá por 1980, cuando la descubrí en uno de los fascículos de la colección La Segunda Guerra Mundial.

En ella, un soldado americano estaba de píe sobre un inmenso montón de ruinas, del que emergía un arco gótico quebrado. El soldado no miraba nada de lo que le rodeaba, sino que levantaba la mirada, fascinado por la inmensa mole negra de la catedral de Colonia, intacta entre la destrucción que había substituido a la ciudad.

Una imagen cuyo recuerdo no me ha abandonado (ahora mismo tengo el libro abierto junto al ordenador, mientras escribo estas líneas, y me pasado un buen rato observando la fotografía), porque para mí representa un doble símbolo.

Por una parte, el recordatorio de todas aquellas otras pérdidas que causo la segunda guerra mundial y de las que nunca nos acordamos: Las culturales. Del canal de La Mancha a Moscú, Europa quedó convertida en un inmenso campo de ruinas, y muchas ciudades, ciudades hermosas, ciudades históricas, donde se había habitado desde siglos, donde se había ido acumulando en piedra el legado de generación tras generación dejaron prácticamente de existir y tuvieron que ser reconstruidas de la nada, partiendo de las fotografías de antes de la guerra, como Varsovia, o simplemente fueron rehechas al nuevo estilo de los tiempos, como Berlín, donde sólo aquí y allá, en medio de la modernidad absoluta, aparece repentina, como conservado en una vitrina de exposición.

Una sensación, la de haber sido amputados de su propio pasado, que para los habitantes de España es casi desconocida, ya que la destrucción que produjo nuestra guerra fue muy limitada y casi propias de niños, mientras que está dolorosamente presente para cualquier habitante del centro de Europa, y para cualquier viajero que tras haber recorrido las ciudades reconstruidas, más o menos a la antigua o a la moderna, se topa con poblaciones como Heidelberg, Spira o Praga, y descubre entonces lo que era una auténtica ciudad Europea, sintiendo de rebote, como sentí yo, el dolor por todo lo perdido.

Si tal fue la destrucción de las ciudades, no lo fue menos la de las obras de arte allí almacenadas. De todos los libros guardados en las bibliotecas alemanas, un veinticinco por ciento quedo completamente destruido, mientras que un cincuenta por ciento fue dañado en grado irreparable. No creo que nadie se haya atrevido a pensar en qué hayamos podido haber perdido para siempre, no ya porque se perdieran todas las copias de manuscritos grecorromanos, medievales, musulmanes u orientales. De muchos, probablemente, su contenido fuera preservado por los propios estudiosos, pero ya nadie podrá estudiar las obras originales y por lo tanto es imposible descubrir nada nuevo. Lo que se descubrió o lo que se creyó descubrir ha quedado congelado para siempre en el estado que otros lo dejaron.

La lista sería interminable, pero bastan dos ejemplos más. Las pinturas antiguas conservadas en el museo Kaiser Friedrich ardieron en su completa totalidad (los tesoros del Museo Pérgamo, se conservaron al ser almacenados en un inmenso bunker antiaéreo) de manera que de obras importantísimas de Caravaggio sólo se conservan obscuras fotografías en blanco y negro que apenas nos permiten hacernos una vaga idea. Asímismo, las esculturas que fueron desenterradas por Max von Oppenheim en Tell Halaf (Siria) a principios de siglo fueron convertidas en polvo, unas esculturas y unos hallazgos que provocaron en su tiempo una gran expectación, por su originalidad frente a culturas cercanas, y de las que, aparte de dibujos y croquis, sólo nos queda una mínima parte que se quedo en el museo de Alepo y que se salvo así de desaparecer para siempre, tras haber permanecido milenios a salvo bajo la tierra.

Sin embargo, he hablado de dos símbolos y el significado del segundo es completamente opuesto al primero, puesto que nos habla de esperanza en vez de desesperación.

Y es que ver esa catedral, esa hermosísima catedral construida durante siglos, del XII al XIX, erguida, intacta, en medio de la destrucción ocasionada por la locura de los hombres, es casi una promesa (una alianza por seguir el término bíblico, aunque no sé con quién) de que pase lo que pase, sobreviviremos.

De que ocurra lo que ocurra, perdurará la belleza y seguiremos creándola y amándola, a pesar de nuestras locuras y pecados.