martes, 24 de julio de 2007

Spiderwebs

Cada año, cuando con estas fechas llegan las vacaciones, dedico los primeros tres días a una limpieza en profundidad de la casa... la cual, por cierto, hacía bastante falta, pues, según me he levantado, los primertos rayos de luz me han permitido descubrir unos filos hilos que conectaban el monitor del ordenador con la impresora y uno de los altavoces.

Una señora telaraña, en toda regla.

Así que no ha habido más remedio que agarrar el plumero, ceñirse un pañuelo a la cabeza, encaramarse a la escalera y empezar a mover libros y remover pilas de papeles casi olvidados, algo que, a un arqueólogo frustado como yo, no deja de producirle cierto placer, pues es como ir excavando estrato tras estrato de los que forman el Tell que es mi biografía y mi personalidad, con la certeza de que un golpe de pala puede descubrir inmensos tesoros.

De esta forma, encuentra uno mapas de ciudades donde ha estado y de otras donde nunca paró, títulos de transporte de media Europa, folletos en lenguas ininteligibles, anuncios de espectáculos, exposiciones, restaurantes de lo que se me escapa la razón por las que decidí conservarlas, fotografías de personas que no he visto en años, cartas de los tiempos en que aún no había e-mail, incluyendo una postal remitida desde Tokyo en las navidades del 94, diarios empezados, mantenidos algún tiempo y abandonados definitivamente, cuyas anotaciones son a veces tan crípticas que causaría infinitos dolores de cabeza intentar descifrarlas.

Y recortes de periódico, como el que motiva esta entrada.

Está fechado el 24 de diciembre de 1989, justo el día en que cayó el último régimen comunista de la Europa Oriental, aquél de Ceaucescu, alguien a quien mucho tiempo se le tuvo por exponente de otro modo de comunismo, sólo porque se cabreó con la URSS, pero que tras su caída se revelaría como uno de los peores tiranos que crió el siglo XX, tan fecundo en ellos. Y uno todavía recuerda de ese día, como el dictador, casi como en el guión de una película, se asomó al balcón de su palacio para arengar y recriminar a las masas que suponía fieles, pero sólo encontró odio y abucheos.

Algo que se le debió asemejar increíble, inconcebible, porque, en vez de hacer uso de su poder, huyó hacia su propia muerte y su régimen se desvaneció con él.

Todo ello en un día increíble, cuando, aquellos que como yo habíamos soñado con vivir una revolución la presenciábamos en directo. Veíamos a la gente abrazarse en las calles, presas de una alegría inusitada, celebrando que eran libres, enarbolando banderas en las que se había recortado un círculo justo en el centro, un símbolo que no entendíamos en ese instante, pero que era tan simple como que toda bandera llevaba el escudo del regimen odiado, y que aquello era otro modo más de certificar su caída.

Sin embargo, el artículo que conservé no trataba de esto. Hablaba de cine. Con gran vehemencia y no menor indignación.

¿La razón? un estudioso británico, William Rees-Mog, había escrito un artículo sobre el legado intelectual del siglo XX que ya acababa, y en él no se había referifo al cine, lo cual había provado, la respuesta, indignada y vehemente, como digo, de Angel Fernandez Santos, en la cual reivindicaba la profunda aportación del cine al pensamiento y a la sensibilidad contemporánea, porque sin ella, sin su influencia en el resto de la artes, su evolución y sus resultados serían incomprensibles, o, por utilizar su mismo argumento, nunca habrían llegado a las alturas que habían alcanzado.

Una línea de argumento, por cierto, donde perdía un tanto el control y acababa por caer en el mismo efecto que denunciaba. Al leer esas líneas no podía evitar pensar en la fanfarronada de cierto director español oscarizado, Jose Luis Garci, que afirmaba cada vez que tenía ocasión, que ningún arte del siglo XX había creado tantas obras maestras como el cine, lo cual, si demostraba algo, era la profunda ignorancia de quien hacía esas declaraciones.

Pero no es esto tampoco, el recuerdo de olvidados debates pasados, lo que ha motivado esta entrada, sino lo que podríamos llamar la configuración del Kanon, es decir el conjunto de obras y autores con los que hay que comparar una obra de arte para poder concluir si es buena o mala. Una idea la del Kanon, que cada día me parece más aberrante, porque todo Kanon es en sí exclusivista y reduccionista, supone un estilo dominante y la entronización de este como la única forma posible de creación, desterrando todo lo que no coincide con él al olvido y al descrédito, hasta que llega el día en que el estilo dominante se disuelve y desaparece junto con el Kanon que le servía de norma , y es substituido por otro completamente nuevo y frecuentemente opuesto... y aparentemente tan valido, tan perfecto, tan único como el que le precediera.

Algo que está sucediendo ahora mismo en el cine. Porque si examina la lista de directores que AFS propone como Kanónicos, Bergman, Buñuel, Renoir, Fellini, Ford, y las fechas para la creación de ese estilo, los años 20 y 30, se observará que no coinciden ni con las vacas sagradas de la crítica joven, ni con las fechas que han elegido como fundacionales, hacia los años 60.

Un ejemplo, como digo de que nos hayamos en un periodo de transición entre dos estilos incompatibles. Un tiempo donde los defensores de uno y otro no paran de arrerse mamporros retóricos, y donde vencerán inevitablemente los más jóvenes, puesto que sus oponentes se habrán muerto o retirado antes que ellos.

Y lo más es triste es que supone que debería unirme a uno de los bandos, tomar partido y empuñar los armas por el verdadero y auténtico cine, el realmente bueno y necesario.

Pero me da mucha pereza, pues ambos estilos me parecen igual de prescindibles.

O mejor dicho, buenos ambos para disfrutarlos y gozarlos, pero no lo suficiente para pelearme por ellos.