miércoles, 18 de julio de 2007

Craving for forgiveness

Uno de los mayores tópicos de lo que podría llamarse el cine comercial juveniles es el de la competición a muerte entre clubes, asociaciones, o simplemente bandas. Una competición en la que un grupo son los outsiders contrarios al sistema, algo que todos los jóvenes piensan ser by default, incluso yo cuando lo era, y el otro, los perfectamente integrados en ese mismo sistema y que cuentan con todos los recursos del mismo para mantener su poder y su posición.

Una competición cuyo resultado invariable en la ficción es la improbable e imprevista victoria de los losers, y la humillación pública de los hasta ese instante poderosos que obraban a su capricho sin limitación alguna.

En Hitohira también hay una competición, pero como ya he comentado otras veces, el tópico esperado se deshilacha y desvanece a medida que la serie progresa, hasta llegar a un terreno que, en cierta medida, podríamos calificar de original, o al menos de sentido y auténtico.

(Antes de continuar, avisar al lector que ésta es una serie que ha pasado casi sin pena ni gloria que seguramente continuará olvidada. Tiene graves fallos estructurales, un sentimentalismo demasiado claro y unos paralelismos también demasiado obvios, pero, aquí y allá, es capaz de unos arranques como el que... bueno, mejor no adelantarse)

Como decía, la excusa de la serie es la competición entre dos grupos de teatro, el oficial y su excisión que deciden que aquel grupo que obtenga menos votos del público en el próximo festival escolar se disolverá y dejará lugar al otro. Una apuesta cuyo origen está en la rivalidad entre los lideres de ambos clubs.

Hasta aquí todo como siempre. La premisa obvia que daría lugar a un desarrollo no menos obvio, si no fuera porque esa rivalidad entre los presidentes de ambos clubs no es debida a la envidia, al poder, al prestigio o a cualquiera de esas justificaciones que nos llevan al conflicto con nuestras semejantes. Muy al contrario, esa división, se debe precisamente a la profunda amistad que ambas mujeres (porque sí, esta es una serie donde el reparto es mayoritariamente femenino y es el que lleva la voz cantante, otra de las grandes diferencias entre nuestro occidente y ese oriente tan próximo y tan lejano al mismo tiempo). Un cariño casi de hermanas que lleva a que una de ellas no acepte la cabezonería de la otra, temerosa de que haya de recibir más daño que recompensas por ella.

Así como digo, el conflicto se desvanece. Casi desde el principio sabemos que el club "rebelde" no puede triunfar a menos que se produzca un milagro, el cual no ocurrirá, por supuesto, y que toda a esa apuesta se reduce a ese sentimiento, tan cercano y tan extraño, al mismo tiempo, de demostrar que se ha vivido, que se ha hecho algo, lo mejor que se pueda, aunque no se logre la victoria.

Es aquí donde entra el auténtico tema de Hitohira, el del paso a la madurez. Una madurez entendida no en el modo trivial, como descubrimiento del amor y el sexo, sino un paso más allá, casi diría como desengaño vital, si esto no fuera una exageración y una cierta traición. Por decirlo de otra manera, el darse cuenta de que la vida es efímera, que todo tiene un final y que las personas que están a tu lado, desaparecerán más tarde o más temprano, arrastradas por la vida, sin que apenas te des cuenta, sin que puedas hacer nada por retenerla.

Por ello la auténtica victoria que se da en la serie no tiene lugar en el festival escolar, sino que se da un poco antes, con la reconciliación de ambas mujeres enemistadas, sabedoras ambas de que nunca podrían perdonarse el no haber restaurado esa amistad de antaño, y que en el fondo, a pesar de todas las apariencias, continuaba viva.

Un instante mágico, en el que, por decirlo en ingles, one does all the talking, and the other does all the loving.

Y donde, a pesar de que las palabras buscan herir, es el entrecortamiento de las frases, los sollozos, las miradas y las caricias, lo que realmente tiene valor y lo que realmente decide el resultado.