domingo, 1 de julio de 2007

Diving in a pool

En este verano madrileño de grandes exposiciones sin repercusión alguna (sin contar claro está la megaexposición Van Gogh, donde te venden las entradas numeradas), el museo Reina Sofía cuenta con dos grandes exposiciones. De una, la de Le Corbusier, ya hablamos, la otra es la que recibe el nombre de Lo(s) Cinético(s).

¿Y de que va la exposición se preguntarán? Pues de aquello que en los '60 y '70, se llamó el Op Arte y el Kinetic Art. Dos corrientes artísticas que, en dos artes aparentemente distintas buscaban resolver el mismo problema, la simulación del movimiento en dos disciplinas que por su propia naturaleza eran estáticas.

Pero este problema que, planteado así puede parecer muy serio y formal, no lo era en las plasmaciones de estos artistas, como lo demuestra el cuadro de Bridget Riley que adjunto...


...siempre y cuando se sepa como mirarlo.

Porque, para entender el como mirar este cuadro, o mejor dicho, para explicar como veo yo este cuadro, y las pinturas y esculturas que componen esta exposición, tengo que volver al pasado, al tiempo, allá por 1980/81, siendo apenas un adolescente en que descubrí el arte.

Simplemente, porque en aquella época estas obras eran la última vuelta de tuerca de la historia del arte, lo más nuevo de lo nuevo, los hitos que parecían marcar el camino de la vanguardia y el formalismo, aunque luego resultara lo contrario, resultaran ser los últimos estertores, gloriosos, pero estertores de aquello que, a falta de otra palabra, hemos convenido en llamar modernismos.

Sin embargo, el hecho de ser lo último de la vanguardia, no explica "el como mirar este cuadro", al fin al cabo, todos los movimientos de 1870 para acá, han sido sucesivamente el último grito, lo que estaba de moda, lo que había que hacer para no parecer un antiguo y un carca... y no pocos de estos ultimísimos se han revelado como experimentos huecos y vacíos, callejones sin salida en la historia de la modernidad, flores de un día, productos de moda y temporadas.

Este podría ser el caso del Op Art, al fin y al cabo, ahora, con los ordenadores y el photoshop, cualquiera puede reproducir los diseños de Riley al detalle, o incluso, podría decirse, basta con instalarse cualquier salvapantallas. Cierto, pero estaríamos olvidando lo más importante, lo que distingue a Riley de los "bots".

Su conexión con lo que podría llamarse el espíritu de los 60.

Porque, algo que distingue a esta rama de la modernidad, es precisamente, su seriedad desenfadada. En todas estas obras, bien en las pinturas que el movimiento se simula apelando a ilusiones y espejismo ópticos, o bien en las esculturas con partes móviles que sorprenden al espectador cuando menos se lo espera, está permitido reírse. De hecho, gran parte del efecto, es precisamente la reacción regocijada y gozosa del espectador, al descubrir el truco, al enfrentarse con las formas que no existen, creadas por la ilusión óptica en algo que el, por su experiencia supone estático,o al sobresaltarse por los movimientos inesperados de una escultura que se suponía firme e inmutable.

Por todo eso, esta exposición es una de las pocas que traen la diversión al museo, mejor dicho, que nos recuerdan algo que tenemos olvidado, que el arte, ante todo es gozo, disfrute, sorpresa, emoción, excitación, todas aquellas que nos hace ir corriendo a contarlas a otras personas y a traerlas agarradas del brazo, para que compartan lo que ya hemos sentido, sea la pared que late como si fuera un corazón, las inmensas construcciones, compuestas por discos y cilindros, que se agitan como posesos, los amasijos de basura que no hacen quedarnos embobados hasta que descubrimos como un pequeño movimiento repercute en toda la estructura, las esculturas increíblemente complejas y no menos abstractas, pero que se mueven con la seguridad de un mecanismo de relojería y con la elegancia de un bailarín.

O el summun de la diversión, el penetrable, compuesto por miles de tubitos de plástico colgados del techo, y donde, puede uno entrar, perderse, aislarse por un momento del resto mundo, sentirse a salvo, pleno y completo, como si estuviera sumergido en el agua, a gran profundidad y fuera capaz de respirar en su seno.