jueves, 26 de julio de 2007

Only in my memories


Hace 30 años este prado no existía. Hace 10 tampoco. Su lugar estaba ocupado por pinos rectos y altos, tan cerca los unos de los otros que caminar entre ellos era como caminar por una sala abovedada y al poco, si se internaba uno demasiado, acababa por perder las referencias.

No es lo único que ha cambiado. En realidad lo ha hecho (casi) todo.

Cuando era muy niño, allá por los años '70, a mi padre le gustaba mucho ir a la sierra, esa que está tan cerca de Madrid. No le gustaban las multitudes, así que sólía dejar el coche lejos de los lugares donde se concentraban los domingueros y procuraba internarse en el bosque.

Así encontró un sitio magnífico, apenas pasado el puerto de Canencia, o al menos así me lo parecía, ya se sabe que, cuando uno es pequeño, todo le parece más importante, más crucial de lo que es en realidad... y está experiencia mía no tiene porque ser una excepción a esa regla.

El caso, es que el sitio al que nos llevaba era una especie de cajas chinas dentro las unas de la otras. Desde la carretera, o mejor dicho, desde el lugar donde dejábamos el coche, no podía verse. Había que subir una pequeña colina, sin árboles cubierta por rocas lisas de granito, para llegar así a un largo claro rectángular rodeado por árboles en tres de sus lados, y con un estrechamiento que casi lo cerraba a mitad de camino.

En ese prado, aparte de la lengua de árboles, que lo cruzaba, poblada por especies que no eran los pinos habituales, había aquí y allá, grandes bloques de piedra, más altos que yo, el lugar perfecto para jugar a encaramarse, para creerse el dueño de fortalezas y castillos imaginadas. Además cruzándolo, de un lado como una costura, había una larga hilera de losas planas, que dejaban al descubierto sólo el escalón izquierdo, como si fuera una cornisa natural, o el borde una acera. Una estructura que me gustaba imaginar calzada, y sobre la cual volvía una y otra vez, hasta llegar al linde de los árboles, donde desaparecía, o volver a la colina de rocas lisas, de la cual parecía originarse.

No era el único absurdo de aquel claro. Justo en la dirección donde apuntaba la lengua de árboles, había una especie de sendero que bordeaba el límite donde comenzaban las pendientes que llevaban al valle, y siguiéndolo, justo antes de entrar de nuevo en el bosque, dos columnas de piedra, que parecían esperar una puerta, lo bordeaban. Ese era el lugar preferido por mi padre, porque cruzándolo se llegaba a un minúsculo calvero entre los árboles, donde se podía estar tranquilo, a la sombra, sobre la hierba, oculto a la vista de todos.

Allí pasaban ellos el día, mientras nosotros, mi hermana y yo, correteábamos por el prado, recorríamos la calzada, seguíamos la curva sinuosa del bosque y de las pendientes.

Hoy, por alguna razón me han entrado ganas de volver allí. Ya lo había hecho hace diez años y, para mi alegría, lo había encontrado todo casi igual, la hierba un poco más crecida, los lugares un poco menos accesibles, menos reconocibles.

Quizás no debería haberlo hecho.

En diez años, Madrid ha cambiado completamente. Los lugares donde antes terminaba la ciudad, ahora son casi céntricos, la carreteras son recorridas a todas horas por un tráfico denso, en cualquier parte se vislumbra la mano del hombre.

Así lo he descubierto en el camino que lleva a Miraflores, donde se coge la carretera del puerto de Canencia. Para mejorar el tráfico se han abierto nuevos trazados de las carreteras, que, al contrario que las carreteras del pasado que se enroscaban al relieve y pasaban a formar parte del paisaje, ahora son como cuchillos que tajan montes y colinas, tensan puentes, someten el mundo entero al capricho y a los deseos del hombre.

Como el inmenso puente del AVE, justo antes de Miraflores, que ocupaba casi todo el horizonte, negando las colinas, los arroyos, los campos que cruzaban, como el propio Miraflores, que, como un hongo, escala la montaña, la tiñe de rojo y gris, arrebatándola el verde que le era propio, le verde que arropaba el pueblo antiguo y lo resaltaba.

Creí que tras Miraflores, todo iría mejor, al fin y al cabo eso era ya la montaña, la carretera estrecha y los bosques, los mismos que desde hacía decenios, pero no contaba con lo distinto que es ir en el asiento trasero del coche, con ojos sólo para el paisaje, a hacerlo tras el volante, donde no se puede apartar casi los ojos del asfalto, excepto alguna que otra mirada furtiva.

Así que no pude disfrutar de la progresión de paisajes que recordaba, el bosque cerrado, la ascensión por la ladera, viendo como el valle se cierra, los diferentes arroyos que descienden, el final de los bosques, las rocas... pero, no importaba, me decía, porque el auténtico regalo estaba en la cima.

No. Ya no estaba. En donde dejábamos el coche, parte de los árboles habían sido cortados. Y antes de poder coronar la colina de las rocas lisas, me encontré con una alambrada que me cortaba el paso.

Alguien había decidido impedir el paso de los extraños a su prado.

A ese prado que también era mío.

Y el problema no es esa verja, o que no pudiera pasar. El problema es que giro la silla donde estoy sentado, contemplo los libros de mi biblioteca, y me doy cuenta de que hay libros que no volveré a leer, que no tendré tiempo de volver a leerlos antes de mi muerte, al igual que hay películas que no volveré a ver, cuadros que no volveré a contemplar, ciudades que no volveré a visitar.

Cosas de las que sólo queda el recuerdo, o a veces ni eso, el recuerdo del recuerdo. Como los libros que leías y releías cuando era niño, y de los que ahora no saben ni donde están.

Como ese prado al que me ha sido vedada la entrada.