lunes, 7 de mayo de 2007

Towards Abstraction



De tiempo en tiempo, cuando la temporada de exposiciones madrileña se aquieta un tanto, me gusta volver a visitar esos museos que siempre han estado ahí. No me importa que algunos me los conozca ya de memoria, porque es algo similar a visitar a un viejo amigo a ver como sigue.

Sin embargo, las opciones son bastante limitadas. La colección del reina Sofía es bastante, ejem, pedestre. El Prado lleva ya decenios de obras continuas y es imposible prever si lo que uno busca estará expuesto y dónde. En cuanto al museo de arqueología, sus problemas presupuestarios pueden llevar a que las salas que se quiere visitar estén cerradas otro día, algo demasiado frecuente en las zonas de prehistoria y protohistoria.

Así que no queda otra que pasarse por el Thyssen.

Debo decir que asocio a este museo recuerdos muy queridos. Es quizás el único que he visto fundar durante mi tiempo vital, por lo que su biografía en cierta manera es mi biografía, y las visitas que a él he dedicado y las exposiciones que en él he disfrutado se enredan con mi biografía, mis peripecias y mis estados de ánimo... las que recuerdo y las que ya he olvidado, de las cuales, en los casi 25 años que dura mi afición al arte y en concreto a la pintura, debe haber un buen puñado.

Hay más que esto.

No recuerdo exactamente las razones, pero hacia 1984, cuando apenas acababa de descubrir el mundo del arte, en la biblioteca nacional se abrió una exposición dedicada a la pintura contemporánea (ss XIX y XX) en la colección Thyssen. En aquellos tiempos, apenas muerto Franco y desaparecida una dictadura con franca aversión hacia todo lo que oliera a modernismo en arte, una muestra de esas características era todo un acontecimiento. Simplemente porque apenas había en España lugares donde un aficionado pudiera hacerse una idea de lo que habían sido las vanguardias históricas y de su importancia. Una revolución en el mundo del arte semejante a lo que el descubrimiento de la perspectiva cónica y el ilusionismo que le acompañaba habían supuesto a principios del siglo XIV. El cierre y el comienzo de una época, llena de posibilidades y también de incertidumbres.

Algo que, para una persona joven y llena de ilusiones, era una oportunidad única, algo que nunca se podría olvidar.

Algo que nunca se podría olvidar... me viene a la memoria la última de las salas, la dedicada al surrealismo y la abstracción. Entrar allí era, al menos para mí, en aquel momento de la historia, era como entrar en un recinto sagrado, donde estaban representados todos los nombres famosos de los que había oído hablar y alguno más desconocido, pero todos ellos con una obra maestra absoluta, por jugar un poco a las hipérboles y demás.
Lo suficiente para hacer saltar por los aires las convicciones y las seguridades de una persona joven. Para insuflarles fuerzas y fe. La fuerza y la fe que le permitirían seguir viviendo año tras año.



Paseo, paseaba el sábado por las salas del Thyssen y volvía a encontrarme con aquellos cuadros. Sentía el amor, mejor dicho, el enamoramiento, la pasión que sintiera antaño, pero todo aquello no pasaba de ser un recuerdo, o mejor dicho el recuerdo de un recuerdo. Algo que es reconocible, que se siente como propio, pero que ya no puede provocar ningún movimiento interno, ninguna reacción, como si se vislumbrase a través de un cristal traslúcido, que nos permite reconocer sus contornos, pero que nos hace difícil, cuando no imposible, sentir su presencia.

Veinte años atrás, la visión de esos cuadros me hubiera quitado el sueño. Me hubiera quedado tiempo y tiempo allí, en esa sala, hasta casi memorizarlo, llevármelos conmigo y hubiera buscado imediatamente alguien con quien compartir mis impresiones, en quien apaciguar mi nerviosismo, en quien derramar mi entusiasmo... hasta conseguir aburrirlo y hastiarlo.

Ahora, por el contrario, soy yo quien se aburre y hastía, quien no puede permanecer mucho tiempo contemplando un cuadro, porque enseguida se cansa. Quien sólo puede ya disfrutarlos haciendo un esfuerzo de voluntad, desenterrando situaciones y sentimientos de antaño, para volverlos a revisar, buscando un elemento que sirva de comparación y confirmación.

Como debe ocurrir al amante que, tras muchos años de vida en común con la mujer que deseaba, se despierta un día desamorado, sin nada más que le una a ella, que los hábitos y costumbres deseadas.

¿Por qué no lo abandono por completo, entonces? ¿Por qué no me declaro vencido y me despido? ¿Por qué sigo acudiendo cada fin de semana a estos templos en cuyo dios ya no creo?

Quizás porque es el único lugar donde puedo encontrar aún algo semejante a la paz, a la serenidad. Algo a lo que aferrarme, algo que sigue siendo lo mismo que fue hace veinte años, algo importante y digno de ser admirado, en medio de la confusión, la banalidad y la perenne contradicción que constituyen nuestras señas de identidad culturales.