miércoles, 23 de mayo de 2007

Free as a bird

El angel del hogar o el triunfo del surrealismo, Max Ernst

Hace casi 25 años, la BBC produjo una de la series documentales de televisión más importantes, al menos para mí, de la historia. Se trataba de "The Shock of the new" escrita por Robert Hugues y que, en sus propias palabras, pretendía ser un viaje personal a lo largo y ancho del arte del siglo XX, o más concretamente del modernismo estético que constituyó el núcleo de la cultura occidental de 1880 a 1980. Un viaje que, precisamente por ser personal, no se proponía ni exhaustivo, ni canónico, ni completo, si no un intento de aproximación al mundo fascinante y turbulento de las vanguardias histórica. Un viaje, por tanto, en el que se olvidarían a ciertos autores importantes y se citarían otros que no lo son tanto, pero en el cual se intentaría recrear el ambiente que dio lugar a esa explosión de creatividad, picando así la curiosidad del espectador e incitándole a continuar las búsqueda propuesta, a completar los conocimientos adquiridos y a rellenar las lagunas visibles.

Para mí, esa serie supuso un cambio en mi vida. (Sí, mi vida fue cambiada por una serie de televisión, no me importa confesarlo).

Era 1984 y, como ya he señalado muchas veces, España acaba de salir de una larga dictadura de casi cuarenta años. Un régimen que constituía, la gran mayoría, el epítome, el paradigma y la conlusión de todo lo malo y nefasto que podía haber habido en nuestra historia. El enclaustramiento en el propio terruño, la cerrazón a cualquier idea externa, la negación del progreso y el cambio, la reacción violenta y salvaje contra todo esto.

A pesar de todo, sin embargo, aquella dictadura había dejado profundas huellas. Nos había condicionado a todos. Los que sufrieron la guerra y la habían perdido. Los que nacieron bajo ese régimen y vieron transcurrir su infancia y juventud bajo él. Los que siendo niños lo vimos desaparecer, pero habríamos de vivir siempre con su espectro, aquél que padres y abuelos nos habían enseñado a temer y a odiar.

Una de estas improntas fue, precisamente, la artística. A esas alturas del siglo XX, el modernismo artístico daba sus últimas boqueadas, para acabar ser substutido en esta primer decada del XXI por lo que podríamos llamar, a falta de un término mejor postmodernismo. Sin embargo, nosotros, los españoles de aquel tiempo aún no nos habíamos enterado. Hasta el extremo de seguir negando el modernismo artísticos (las moderneces vanguardistas) como una degeneración y una perversión del arte, algo que nunca debía haber ocurrido, algo que sería pronto consignado al olvido...y el único punto en que izquierdas y derechas coincidían.

Por eso, para mí, esa serie fue como si hubiera estado ciego y de repente pudiera ver. Como si de repente entendiera en qué consistía el arte y lo importante que era. Más que eso, que no podía ser de otra manera que como allí me contaban (otro error, puesto que ahora ese arte se mira como viejo y rancio, perteneciente a un ámbito cultural que ya no podemos ni queremos entender)

Recuerdo, casi como si guera ayer, el capítulo dedicado al surrealismo. Se iniciaba con el cuadro de Max Ernst que he puesto arriba y enlazaba casi inmediatamente con los disturbios estudiantiles del 68. No era una mala relación, de hecho era casi banal y trivial, puesto que cualquiera podía darse cuenta de que el espíritu anárquico, rebelde y subversivo, opuesto a cualquier autoridad y a cualquier racionalismo, era exactamente el mismo que había animado las protestas del 68.

En la argumentación de Hugues, 68 y Surrealismo no eran sino emergencias de una de las constantes de la política y la cultura europea. Un espíritu constestatario y revolucionario que se remontaba a los tiempos frenéticos de la revolución francesa y que se había plasmado en las diferentes revoluciones y movimientos revolucionarios que habían sacudido Europa en los siglos XIX y XX, y en las revoluciones e ismos que habían hecho retemblar el edificio del arte Europeo en ese mismo periodo. La cultura del escándalo artístico en la que aún vivimos. La idea del artista como personaje apartado de la sociedad, incompredido por ésta y enfrentado a sus conveciones, hasta conseguir su reconocimiento y aceptación sin haberse rendido jamás... unido a la condena de todos aquellos que vende o prostituyen su arte.

Esa idea me parecía condensada en ese cuadro de Max Ernst. La idea del artista y en concreto del artista surrealista, como viento que se llevaba por delante todo lo viejo, la idea del arte y en concreto de la praxis surrealista, como experiencia liberadora, que quebraba cualquier traba, convención o limitación, guiada simplemente por su propio entusiasmo, brío y fuerza. La justificación teórica a sus intentos de hacerse con un lugar en el mundo y expulsar a los que ya estaban

Ideales cortados a la medida de un joven. No es extraño que me enamorase de ese cuadro. Ni que el verlo en la fundación Juan March, en 1985, en el curso de una retrospectiva de Max Ernst, me dejase anonado.

No es extraño tampoco que siga enamorado de él, aunque ya no soy joven, aunque no tenga ideales en los que creer.

Porque yo tuve que vivir los 80 y aquello bastó para asesinarlos.

El episodio de la serie de Hugues terminaba con una conclusión esperanzadora. El surrealismo se había disuelto y desaparecido, el 68 no había conducido a nada, pero esto no suponía ninguna derrota. Como se había señalado, la rebeldía y la contestación eran constantes en la cultura europea, algo que podía estar adormecido, aletargado, olvidado, creído domesticado, pero cuando menos se esperase volvería a estallar y haría estremecerse al mundo.

Esa era nuestra esperanza. En eso confiaba. Durante largos años.

Pero eran los años 80. Los años del Tacherismo y del Reaganismo. Hubo revolución, pero fue la de otros. Uno tras otros, todos aquellos conceptos nuevos, que apenas acaba de conocer y entender, fueron puestos entredicho, rebatidos, desmontados y destruidos.

Hasta quedarme huérfano ideológicamente. Hasta que he acabado por no reconocer el mundo y encontrarme convertido en enemigo de unos y de otros. De unos, porque siempre lo estuve, de los otros, porque no he marchado con ellos.

Aunque no he perdido todo. Aunque no me he quedado sólo del todo.

Aún sigo enamorado de ese cuadro.