viernes 27 de noviembre de 2009

Darwin's Dillemma (y 2)

The family of Seals offers a good illustration of the small importance of adaptive characters for classification. This animals differ from all other Carnivora in the form of their bodies and the structure of their limbs, far more than does the man from the higher apes; yet in most systems, from that of Cuvier to the most recent one by Mr Flower, seals are ranked as a mere family in the order of Carnivora. If man had not been his own classifier, he would never have thought of founding a separate order for its own reception.

Darwin, The Descent of man, Chapter VI, On the Affinities and Genealogy of Man

But the most weighty of all the arguments against treating the races of man as distinct species, is that they graduate into each other, independently in many cases, as far as we can judge, of their having intercrossed. Man has been studied more carefully than any other animal, an yet there is the greatest possible diversity amongst capable judges wheter he should be classed as a single species or race, or as two (Virey), as three (Jacquinot), as four (Kant), five (Blumenbach), six (Buffon), seven (Hunter), eight (Agassiz), eleven (Pickering), fifteen (Bory St Vincent), sixteen (Desmoulins), twenty two (Morton), sixty (Crawford), or as sixty-three, according to Burke. This diversity of judgement does not prove that the races ought not to be ranked as species, but that they graduate into each other, and that it is hardly possible to discover clear distinctive characters between them.

Darwin, The Descent of man, Chapter VII, On the Races of Man

Hablaba en una entrada anterior, de como The Descent of Man es un libro que puede producir cierta desazón en el lector, ya que la mayor parte de su contenido trata sobre el mecanismo de selección sexual y no sobre el origen del hombre, aunque al final Darwin nos revelé el porqué de esa larguísima disgresión, en concreto, explicar el origen de las razas humanas, portadores de caracteres que, en principio, no les aportan ventaja evolutiva alguna y que por tanto no pueden ser producto de la selección natural... y de paso, desmontando el argumento de que los caracteres que determinan la raza sea decisivos a la hora de establecer una gradación, de mejor a peor, entre ellas.

Sin embargo, el principio y el final de la obra sí entran de lleno en lo que promete el título e incluso abarcan problemas que en principio no parecían destinados a un libro de biología, ya que explicar el origen del hombre, no es simplemente explicar el origen de su estructura física a la luz de la selección natural, sino explicar también como pudieron surgir y de qué manera, elementos que consideramos indisociables de la especie humana, como el lenguaje, las estructuras sociales o los elementos culturales... una tarea demasiado prematura para la época, y en la que Darwin, como ya contaré más adelante, a pesar de ser una de las mentes más avanzadas de su tiempo, no puede evitar ser un hijo de su época, y pensar como un británico, subdito de la reina Victoria y orgulloso de su imperio.

Pero antes de llegar a ese punto, hay dos temas, o problemas importantes sobre los que conviene fijarse en la actitud de Darwin y en las respuestas que da, como siempre un modelo de elegancia y de simplicidad científica.

El primero por supuesto es el lugar del hombre en la naturaleza. Dejando aparte a los que seguían creyendo en la creación divina, muchos de los proponentes de las teorías de Darwin, como el mismísimo codescubridor Wallace, se resistían a creer que el hombre fuera un animal más, y pugnaban por destacar sus diferencias, llegando al punto de colocarlo fuera de los primates en un orden completamente distinto, reservado para él solo. La respuesta de Darwin en el capítulo VI de the Descent... es magistral y contudente, constituyendo uno de los mejores ejemplos de su genio.

Si ya en capítulos anteriores Darwin había mostrado como muchas de las cualidades, sentimientos y comportamientos humanos se encuentran en germen en los animales, en esta ocasión abordar el tema directamente e investiga si realmente el hombre es tan distinto de sus parientes animales más cercanos, los monos antropoides. Para ello, busca otros ejemplos en el mundo animal, para comprobar si animales de aspecto radicalmente distinto han sido incluidos en el mismo grupo, a pesar de esas diferencias.

No tiene que ir muy lejos, como puede comprobarse en el primero de los párrafos que he incluido. Le basta con observar a las focas que, a pesar de ser un mamífero marino y haber modificado sus extremidades para adaptarlas a la natación han sido incluidas, sin ningún genero de dudas, en los carnivoros, precisamente porque esas diferencias se deben a la adaptación a medios dispares, siendo el plan general de su organismo básicamente igual. Un caso que se repite entre el hombre y los monos antropoides, cuyas diferencias morfológicas se deben al bipedismo humano que ha requerido fuertes cambios en el organismo. Unas diferencias, que como en el caso de las focas, se deben a la adaptación de un mismo plan base a situaciones diferentes.

Darwin irá aún más lejos, puesto que aún podría alegarse que el abismo psíquico que separa a un hombre de un chimpance es infranqueable y sólo el justificaría situar al hombre en un orden aparte. En un larguísimo párrafo que desgraciadamente no he podido incluir, realiza una atrevida comparación entre dos insectos, los pulgones, que se limitan a engordar y reproducirse, y las hormigas, con una estructurada vida social, ganaderas, agricultoras, e incluso esclavistas, y capaces de crear enormes estructuras. Dos insectos que difieren tanto en su, podríamos decir, productos culturales, como lo hacen el chimpance y el hombre, por lo que, para ser justos, deberíamos colocarlos también aparte.

Hay otro peligro, aún más insidioso, que el de aceptar que el hombre es un animal como otros, perteneciente a la misma familia que chimpances, bonobos y gorilas, pero que no constituye una única especie, sino varias, que coincidirían con las razas humanas. Por su puesto esto era una excusa magnífica para justificar el esclavismo, la expansión imperial europea e incluso las desigualdades sociales. Darwin, como antiesclavista declarado (aunque sí defensor de que había una gradación entre los hombres, incluso en las sociedades civilizadas) se opone por principio a esa conclusión e intenta demostrar que existe una única raza humana (aunque separada en diferentes variedades).

La forma en que lo hace es nuevamente magistral. Si las razas humanas fueran especies, sería posible separarlas con toda claridad, como se ha conseguido con el resto de los animales, basándose en unos caracteres fijos y definidos. Sin embargo en tiempo de Darwin, como puede comprobarse en el segundo párrafo, no se había conseguido ese acuerdo, ni en el número de razas (de dos a sesenta y tres) ni en los caracteres utilizados para su definición, debido a la inmensa variabilidad de los individuos incluso dentro de una misma razá (pensemos sólamente en la diferencia de aspecto entre un Sueco y un Griego, ambos pertenecientes a la misma raza, o entre un negro de Nigeria o un !Kung de Namibia) llegando incluso a solaparse entre sí las características extremas de cada raza.

Es decir, las razas no dejaban de ser un espejismom un constructo mental creado para intentar explicar las espectaculares diferencias entre los seres humanos de distintas partes del mundo, diferencias que en ninguno caso podían utilizarse para clasificar a los seres humanos en especies distintas, ya que era imposible establecer, como digo, un criterio firme y definido.

martes 24 de noviembre de 2009

Comparisons (y I)


Por razones de trabajo me vi obligado a visitar Viena la semana pasada. Afortunadamente, pude reservar un par de días para ejercer de turista y, como cada vez que piso esa ciudad, la encontré como una de las ciudades Europeas más agradables para el turista (ignoro lo que será vivir allí un día sí y otro también), principalmente porque te permite pasear y relajarte en durante el paseo, asemejándose su núcleo central a un inmenso parque, trufado de monumentos, por el que no cansa deambular.

Una de las visitas obligadas es por supuesto el Kunsthistorisches Museum, con sus espléndidas colecciones grecorromanas y egipcias, junto a la no menos espectacular de pintura clásica, del XIV al XIX. Un recorrido en el que no podía dejar de pensar, para mal, en museo madrileño de El Prado.

Una comparación completamente odiosa, ya que el museo español, en mi opinión, a pesar de su importancia arquitectónica, no ha podido librarse nunca de un cierto aire de almacén de cuadros, que las múltiples reformas del edificio, los continuos movimientos y reorganizaciones de la colección, más que aliviarlo, lo acentúan, como si cada uno de sus directores inconscientemente sintiera que la propia sede es provisional y que pronto habrán de mudarse a otra, con lo que no tiene sentido asentarse.

Es cierto que hay espacios expositivos mucho peores. El propio MNCARS es un ejemplo de lo que no debe ser el museo, ya que el espacio del antiguo hospital, con sus inmensas salas blancas y su pobre iluminación, aplasta y difumina las obras allí expuestas, como si ellas mismas fueran pacientes en esa institución, un perfecto ejemplo de como espacio no equivale a museo (otro ejemplo horrible es la Fundación Gugenheim de Bilbao, la pesadilla perfecta para cualquier comisario de una exposición). El problema con El Prado es que si lo comparamos con el Kunsthistorisches, salen a relucir sus defectos, especialmente, esa tendencia nuestra a ponerlo cada dos por tres patas arriba, sin conseguir que tome un sabor propio y definido, otro del de conseguir que los visitantes se hallen perdidos a cada visita.

En el caso del Kunsthistorisches, el propio museo es una de las piezas de la colección, es decir, la decoración interior de las salas, especialmente en las secciones egipcias y grecorromanas, como se ve en la fotografía de arriba, fue creada especialmente para acompañar las piezas, de forma que cada sala es un auténtico testimonio de la época en que fue concebida, tanto como los objetos allí expuestos.

Esto por supuesto, no implica que el museo de halla conservado tal y como era en 1900, cogiendo polvo. No, lo que implica es que las intervenciones para modernizarlo, para hacerlo más accesible, cómodo y compresible al espectador moderno, al que no se le supone cargado con un bagaje cultural previo, se han hecho con exquisito cuidado, intentando no privar al museo de su sabor, de ese sentimiento de ser él también una pieza de arte y de mostrarse presente ante al visitante, pero al mismo tiempo ofreciendo el comentario, las descripciones e incluso las facilidades que se esperan de un museo de ahora mismo. (Hmm esta frase parece de guía turística).

Es un poco el caso del museo Pergamon de Berlín, cuyas colecciones, y cuya decoración, se compusieron también hacia 1900, y del que nadie ha pensado eliminar las pinturas y diagramas de las paredes, que intentan reflejar el estado de las excavaciones arqueológicas en las fechas de su descubrimiento, ya que esos diagramas, a pesar de sus errores y su incompletitud, se han convertido también en un objeto arqueológico, una pieza con la que reconstruir un pasado, el de como eran aquellos lugares cuando se descubrieron, que nos sería imposible encontrar ahora aunque viajáramos a esos mismos yacimientos.

Un sentido de la historia dentro de la historia, de hacer patente al visitante que lo que ve tiene un sentido doble, el de la pieza que contempla y el de las personas que decidieron colocarlo ahí, que a nosotros, siempre más papistas que el Papa, se nos escapa, atrapados en el maelstron del cambio y de la renovación constante, o de los descubrimientos absolutos que sólo lo son para los ignorantes.

domingo 22 de noviembre de 2009

Lacking and Wanting




















Los escasos lectores de este blog habrán notado que llevo un tiempo sin referirme a nuevas producciones de anime y que dedico el espacio de estas notas a revisar series antiguas. No se debe a a una repentina falta de interés por el tema, sino simplemente a que este año de anime está siendo uno de los peores que recuerdo, para lo cual, por supuesto, había una razón más que clara.

Faltaba Madhouse.

Madhouse, en estos últimos años se ha convertido en uno de los estudios más interesantes del panorama, uno de los pocos que ha intentado huir de la moda moe/kawai que está astragando el anime con el aplauso del aficionado, como demuestra la ascensión a las estrellas de KyoAni. Por el contrario, Madhouse se ha caracterizado por sacar al mercado productos destinados a un producto mucho más maduro, presentándolos, he ahí lo importante, en un estilo que siempre intenta ir un paso más allá de lo que está aconstumbrado el espectador y ofreciendo, por tanto, a grandes talentos del anime, la oportunidad de brillar de una manera que no es posible en el resto de estudio.

No es de extrañar, por tanto, que de unos años a esta parte, Madhouse, no haga más que encadenar obras maestras, como son Kemonozume y Kaiba, en un estilo completamente experimental, o Dennou Coil, en un registro más comercial.

El bombazo de este año, y el retorno de Madhouse a las series de TV, tras un año dedicado a la producción cinematográfica, se llama, Aoi Bungaku, y como podía esperarse no ofrece ninguna concesión al público, por lo que, para desgracia del anime, está pasando sin repercusión alguno, fuera del estrecho círculo de conaisseurs que buscan en el anime, algo más que niñas prepúberes, personajes estereotipados y/o tramas calcadas unas de las otras.

La primera sorpresa, por supuesto, es que el material que se adapta no es un manga, ni siguiera una de las light novels, tan de moda en el país Nipón. En la primera de las historias de Aoi Bungaku, se adapta una de las obras míticas de su literatura, la novela (Indigno de ser humano) Ningen Shikkaku de Osamu Dazai, una obra escrita a finales de los años 30, en el periodo en el que japón se embarcaba en la aventura imperialista y militarista, que le llevaría a la catástrofe nacional en la guerra mundial.

Un marco histórico, el de un país que se embarca voluntariamente en un camino que no se puede calificar de otra manera que el de su propio suicidio, que se refleja en las peripecias del protagonista, trasunto del propio escritor, el cual se ve incapacitado de tener relaciones humanas como el resto de los seres humanos, y va ocasionando la desgracia de todos los que ama y le aman, hasta embarrancar en una especie de cárcel autoimpuesta, pues la concibe como el lugar al que está destinado y en el cual debió encerrarse desde un principio.

Una historia cínica y desesperada, donde ninguna de las acciones de los protagonistas les servirá para evitar su destino, sino que al contrario, le empujaran más aún en ese camino que lleva al suicidio, o mejor dicho a la muerte en vida, y que es adaptado por Madhouse de forma brillante, adaptando la luz, la paleta, las transiciones y el montaje, a ese camino sin retorno, sin posibilidad de escape, de manera que hasta los momentos optimistas, los breves instantes de alivio en la autodestrucción perseguida y deseada, se vuelven ominosos, falsos y frágiles, amenazados permanentemente por la destrucción que no tardará en surgir del escondrijo donde se había retirado a reposar.

Una destrucción que para el protagonista no es infligida por medios externos, sino que él mismo se la causa, por esa cualidad suya que le impide amar al resto de los seres humanos o al menos no dañarles.

sábado 21 de noviembre de 2009

Darwin's Dilemma (y I)


The Descent of Man, que he estado leyendo y releyendo estos últimos meses, es uno de los libros más importantes e interesantes de Charles Darwin.... quizás por razones completamente equivocadas.

Me explico, al contrario de The Origin of the Species, esta continuación de la argumentación darwininia, aplicada al hombre, no tiene un tema definido, o mejor dicho, no trata el tema que el lector pensaría encontrar, puesto que en vez de centrarse en los orígenes y genealogía del hombre, la mayor parte del libro se dedica a la demostración del mecanismo de selección sexual, quedando relegado al principio y final del libro el estudio del hombre y las razones que explican sus características propias como especie, contando entre ellas, por supuesto, su cerebro y sus rasgos culturales. Un estudio que, desde la óptica de principios del siglo XXI, puede provocar escándalo por razones completamente inesperadas y a las que ya dedicaré otras entradas de esta serie.

Centrémonos por tanto, en lo que constituye el tema del libro y no el origen del hombre, el mecanismo de selección sexual.

Una de objecciones más importantes a la teoría de la selección natural que Darwin expusiera en el The Origin of the Species, no tenía un origen teológico, sino que utilizaba la propia exposición de Darwin para, aplicando la reductio ad absurdum, demostrarla falsa. La cuestión era que según el mecanismo de selección natural, sólo se conservarían y transmitirían aquellos caracteres que dieran ventaja al individuo sobre sus semejantes, de forma que tuviera una mayor probabilidad de sobrevivir y conseguir reproducirse, transmitiendo así esos mismos caracteres (esa dotación genética) a la siguiente generación, en la cual volvería a producirse ese mismo mecanismo.

Sin embargo, desde el principio, quedó claro que había caracteres que no obedecían a ese mecanismo y no se trataba de caracteres indiferentes, es decir, que no comprometiesen las posibilidades de supervivencia y reproducción, sino que que se trataba de caracteres que podríamos llamar nocivos o peligrosos para el individuo, pero que de forma recurrente aparecían en la especie en estudio, hasta el punto de convertirse en uno de sus rasgos clasificatorios. Un ejemplo claro era el del pavo real macho, sus largas plumas constituían un impedimento para el vuelo y su llamativo colorido le hacía especialmente visible en el entorno en el que habitaba, con lo que ambos rasgos deberían hacerle caer con más frecuencia en las garras de sus depredadores, favoreciendo así a los machos de plumas más cortas y más discretas, que deberían dominar, en unas generaciones, la población de la especie, mientras que en la realidad ocurre lo contrario.

La respuesta de Darwin fue magistral. En primer lugar, se dio cuenta que los rasgos no eran comunes a los dos sexos, sino que sólo aparecían en uno de ellos, y que normalmente, el sexo desprovisto de esos rasgos distintivos, solía ajustarse al aspecto que esperaríamos si la selección natural actuase en solitario. Es más, esos rasgos extraordinarios, como pueden ser las plumas de ciertas aves, los cuernos de ciertos mamíferos, los órganos sonoros de algunos insectos, tenían una función muy clara y precisa, se utilizaban en los rituales de apareamientos de esas especies y determinaban el éxito reproductivo de los animales involucrados. Es decir, que parecía que las hembras preferían a unos machos antes que otros, y que poco a poco esos caracteres habían ido exagerándose para aplacar esas preferencias, hasta el punto que su desarrollo entraba en conflicto con la selección natural, por ejemplo, el ciervo con los mayores cuernos encontrará que estos tienen mayor propensión a enredarse con la vegetación y por tanto será más susceptible a perecer que un competidor con menor ramaje.

La grandeza de Darwin no se limita a la concepción de estas teorías. No hubiera pasado de ser un especulador más si no fuera por su rigor y dedicación, que le llevan a buscar y acumular pruebas que sean incontestables. Una tarea en la que la sección de The Descent of Man dedicada a la selección sexual llega a su cénit, puesto que Darwin, a lo largo de cientos y cientos de páginas nos acompaña en un viaje por todo el reino animal, de los invertebrados a los mamíferos, mostrándonos ejemplo tras ejemplo de estos dimorfismos sexuales, de como se utilizan para la reproducción y sólo pueden ser explicados por las necesidades de apareamiento, hasta que no queda otra vía que rendirse y aceptar las pruebas.

Una demostración que lleva a una inesperada conclusión, una prueba más en la certeza de que el hombre y los animales son la misma cosa. Muchos de esos atributos sexuales llamativos, como el plumaje de los pájaros, nos parecen bellos y hermosos, casi producto de las manos de un artista, de forma que debemos admitir que los animales comparten con nosotros, aunque sea de forma inconsciente, el sentido de la belleza y que éste, como todas nuestras características, incluso las que nos parecen puramente humanas, no es otra cosa que un producto de las leyes de la evolución.

jueves 12 de noviembre de 2009

Bliss




La obra entera de Len Lye, que apenas dura una hora escasa, es una inmensa contradicción.

Por una parte tenemos al artista experimental, que trabaja fuera de los circuitos comerciales, y que trata siempre de dar una paso más allá, en lo que podríamos llamar vacío, siguiendo únicamente los dictados de sus convicciones y su creatividad. Alguien cuya obra es de las pocas que merece el calificativo de inclasificable, de revolucionario y rompedor, puesto que fue de los primeros, no ya en crear el cine abstracto, ese concepto que aún da miedo tras tantas revoluciones y cines nuevos, novos y nouvelles, sino que cometió el pecado, el sacrilegio de despreciar la propia cámara y de dibujar directamente sobre el celuloide, llegando a convertirse, como Fischinger o como McLaren, en un artista híbrido, un cineasta/pintor en el auténtico sentido del termino, que aplicaba sus colores directamente sobre el celuloide y no los que tratan de convertir el cine en tableaux vivantes.

Y sin embargo, al mismo tiempo, este artista fue en su vida un completo desconocido, al menos para el gran público y la gran crítica. Como bien dice la expresión inglesa era un artist's artist, el artista al que admiraban el resto de los artistas profesionales, cuya producción era esperada con antelación discutida, copiada y, terrible palabra, popularizada, hasta el extremo de que muchos de sus logros creados en los años 30, en sincronía con los otros dos nombres citados, se convirtieron en moneda común del videoclip, de los 80y 90 del siglo XX.

Pero he aquí que he nombrado una palabra maldita, videoclip, el paradigma del falso cine, para aquellos que creen en esencias y que reducen ese arte a capturar momentos pasajeros. Una palabra maldita, es cierto, pero es que los cortos de Lye, son videoclips en más de un sentido, tanto por sus comitentes, organizaciones gubernamentales como la GPO o empresas privadas, como Imperial Flights o Shell Oil, que los utilizaban como anuncios (¡Oh, el artista vendiéndose! ¡Horror, Horror!), como porque la música es parte integrante de ellos, de manera que las formas y los colores, danzan a su ritmo, cual pareja de bailarines, inmersos y absortos en la música que les envuelve.

Música, colores, ritmo, danza. Nueva contradicción. Porque Len Lye es un artista experimental y comprometido, pero no hay nada de pesimista, sombrío o desesperado en su cine, la alegría, el placer de vivir, el goce sensorial más básico y más embriagador son las bases de su cine, y así la música es música de baile de su tiempo, y sus colores no pueden ser más vivos, y sus formas, las formas que invaden la pantalla, más jugetonas, revoltosas o descaradas, provocando que el espectador no tenga más remedio que unirse a la fiesta.

Una fiesta, que no necesitaba de la abstracción para poder ser expresada, sino que podía construirse con los materiales más bastos, cotidianos e inesperados, como es el caso del corto Rythm de 1957, ilustrado arriba donde la construcción de un coche en una cadena de montaje se convierte en una exaltación del movimiento y del ritmo, con las máquinas y los operarios prácticamente danzando al compás de la música.

Un minuto magistral, valido por miles de horas de cine muerto, pero lleno de pretensiones, que no puedo por menos de incluir a continuación.

martes 10 de noviembre de 2009

Imperfect Future




Resulta triste constatar que lo mejor de las películas de Futurama (las que serían la quinta temporada de la serie) sean los intros de la segunda y la tercera, cuando la nave, en vez de estrellarse contra la inmensa pantalla donde se proyectan cortos de animación antiguos, se ve absorbida por ella y adopta el estilo del corto en el que ha caído, respectivamente el de las producciones Fleischer/Disney y la archifamosa e inencontrable Yellow Submarine.

Y digo triste, porque precisamente lo que caracterizaba a Futurama era la apropiación y la reescritura de las producciones del pasado, en su caso de la Ci-Fi de serie B de los años cincuenta, una apropiación irónica donde se señalaban los diferentes estereotipos de esas producciones (tecnología ultramoderna inexplicable, monstruos repulsivos, mundos reflejo de la tierra, personajes-tipo de una sola dimensión, conflictos reducidos a blanco y negro) y se pasaban por una turmix alocada, para, maravilla de la maravilla, dar lugar a unos personajes nuevos y atractivos, en unas aventuras perfectamente engrasadas y sin apenas respiro en la acumulación de gags, normalmente relevantes y bien colocados, al contrario de producciones como Family Guy.

Con esos elementos, Futurama podría haberse convertido en una de las series imprescindibles, pero, pasada la tercera temporada, empezó a mostrar claros signos de cansancio. En primer lugar los personajes empezaron a comportarse off character, como dicen los ingleses, actuando de forma distinta a como habían sido presentados y a como funcionaban, como fue el caso de la humanización de Bender o el claro ablandamiento de Leela, e incluso llegaron a convertirse en personajes decorativos, dentro de su propia serie como ocurría con el docto Zoyberg, una deriva que hizo que los guiones de la serie se resintieran, comenzándose a hacerse genéricos, y que culminó en la ristra de episodios que trataban de la relación sentimental entre Fry y Leela, impensables en una producción que hasta ese instante se reía de forma bastante saludable de ese sentimiento.

El relanzamiento de la serie, en forma de película, tras la suspensión de la misma, hacía concebir ciertas esperanzas de que la situación se enderezase, bastaba con eliminar ese sentimentalismo innecesario y reactivar la parodia inteligente de los primeros episodios. Sin embargo, no ha sido así, ya en la primera, los personajes, incluso algunos tan memorables como Zap Brannigan o la cabeza de Nixon , se introducen sin necesidad alguna, simplemente porque si esto es Futurama, deben aparecer por necesidad, a lo que se une que la película no pasa de ser un conjunto de episodios mal recosidos. Más unitarias y centradas son la segunda y la tercera, pero lo narrado es bastante insulso, y la forma en que se hace parece traicionar cierta desgana, comprensible, por otra parte.

Curiosamente, la única que brilla a la altura de las dos primeras temporadas es la cuarta, quizás por contar una historia de principio a fin, y porque los personajes aparecen cuando realmente son necesarios, pero ya es demasiado tarde para arreglar la situación, con lo que lo que habría sido un cierre perfecto para la quinta temporada, sólo sirve para dejar un regusto amargo.

Un

lunes 9 de noviembre de 2009

The Bible and the Shovel (y IV)

En las entradas anteriores, había indicado como, a la luz de la arqueología, es imposible encontrar un instante temporal donde ubicar el éxodo, pero cabe la pregunta de que ocurre con lo que vino después, y si al aproximarse a tiempos más recientes se pisa un terreno más firme.

El principal problema es, que hasta la irrupción de los asirios en levante, a mediados del siglo IX, transitamos una edad obscura. Egipto, tras el ataque de los pueblos del mar, se ha replegado sobre sí misma, y tras la dinastia XX, terminada con Ramsés XI, caerá en manos primero de los Libios y luego de los Nubios, de manera que sus registros, excepto en el caso de Seshonq/Sisaq, no se ocupan de los asuntos de Palestina, mientras que de la multitud de reinos del Levante apenas han dejado testimonios, debido a que el papiro no se conserva en ese clima y que las tablillas cocidas de arcilla o los monumentos en piedra eran poco utilizados (de ahí que los pocos ejemplos que nos han llegado, como la Piedra de Mesa o la Estela de Gad, sean de una importancia extrema).

Vale la pena, por tanto, examinar lo que nos dice la biblia, intentando descubrir cómo es el mundo que se describe en ella y si se parece a lo que la pala, los mudos testimonios arqueológicos, nos aporta.

Lo primero que cualquier lector atento de la Biblia descubre, al comparar los libros de Josué, donde se narra la conquista de Palestina, y Jueces, donde se describen los hechos hasta la aparición de la monarquía, es que ambos libros parecen habitar mundos distintos. En el primero, se nos describe una conquista relámpago y cataclísmica de Palestina, donde los Israelitas se hacen con el control absoluto de la región (que abarcaría zonas de la actual Siria, Jordania y El Libano) y eliminan por completo a la población autóctona. Sin embargo, en Jueces, la situación es opuesta, los Israelitas habitan parches de territorio, separados por zonas habitadas por población autóctona, y están siempre amenazados por sus vecinos, principalmente los Filisteos y los poderosos reinos de las cercanías, de manera que sus relación oscila entre la tolerancia, el conflicto, un difícil equilibrio donde nunca hay un claro vencedor, y en el que el enemigo de ayer puede ser el amigo de hoy, muy típico de las zonas de frontera cuyo dominio no está muy claro.

Si sólo contásemos con con el testimonio de la Biblia y nuestra razón, la situación descrita en los jueces nos parecería más lógica, más humana y posible, la de un pueblo con continuos conflictos fronterizos con sus vecinos y que no es capaz de imponerse a ellos, en continua guerra de guerrillas sin un triunfo claro, y no una conquista relámpago y catastrófica para lo cual faltan los recursos posibles, por mucha ayuda divina con la que se contase. No obstante, contamos con el testimonio de la arqueología y esta, en primer lugar, señala que muchos de los lugares que la Biblia indica como destruidos por Josué, lo fueron en épocas anteriores y que otros que si lo fueron en el momento preciso, tienen un culpable mucho más claro, la confusión debida a la invasión de los pueblos del mar más la rebelión de las poblaciones autóctonas o fuera del sistema (los Apirus ya citados).

Es más, si hay una llegada de nuevas gentes a la zona que destaque en el registro bíblico, no es la de los hebreos, sino la de los Filisteos, que se hacen enseguida con la zona más rica de palestina, la planicie costera y fundan allí un conjunto de poderosas ciudades que prosperarán hasta la llegada de los asirios. Por el contrario, los hebreos sólo pueden ser detectados en las zonas marginales del área, las montañas (en donde recordemos se refugiaban los Apirus y que los egipcios de las dinastías XVIII y XIX consideran como tierra de nadie) en donde parecen haber surgido como evolución de las poblaciones rurales ya existentes, no producto de una invasión y conquista en la que no tuvieron lugar, o si lo fue, fue como comparsas.

¿Pero que pasa después de los jueces? ¿Qué ocurre con David y Salomón y su imperio que llegaba del Eúfrates al Nilo? Nuevamente aquí tenemos una contradicción en el paisaje que la propia biblia nos describe. Si tomamos el libro de Samuel, la situación que se nos describe es muy similar a la de los Jueces, un Israel en lucha continúa y llena de altibajos contra multitud de vecinos, en primer lugar la potencia filistea, sólo que esta vez está dirigida por un cabecilla tribal que responde al nombre de Saúl. Es más, los principios de propio rey David son similares a los de un bandido errante, siempre en movimiento, siempre evitando combatir enemigos más potentes que él, dándose el extraño caso, que incluso que la que será su capital y desde entonces ciudad santa de los judíos, Jerusalén, supuestamente en el centro de Israel, está bajo posesión extranjera, y la propia biblia no titubea en llamarla fortaleza de los Jebuseos, como si les hubiera pertenecido por siempre.

Dada esta descripción, nada impediría considerar a David como un jefe mítico, que por primera vez hiciera famoso el nombre de los Israelitas y sobre cuya figura se tejiera mito sobre mito, hasta que, un siglo después de su vida, en el siglo IX, los reyes de Judá proclamasen orgullosos ser de la casa de David, tal y como sus enemigos recogieran en la famosa estela de Gad, donde se narra la muerte de un rey de Israel y otro de Juda a manos del rey de Damasco, en sincronía con lo recogido en el libro de los reyes, aunque en una versión más distorsionada.

Sin embargo y volviendo a los dos libros de Samuel, cuando Saúl muere al final del primer libro y David se convierte en rey indiscutible a principios del segundo libro , se produce una transformación milagrosa, similar a la que ocurría en la transición entre Josué y Jueces, de repente, todos los enemigos de Israel, incluidos los peligrosísímos Filisteos, desaparecen del cuadro y el reíno de David y Salomon se convierte en una superpotencia regional, extendiéndose del Eúfrates al Nilo.

El principal problema que tiene la arqueología es que el tiempo en que habría ocurrido esto, el siglo X a.C coincide el cénit de la edad obscura de Levante, cuya historia es casi imposible de recomponer. Aún así, el reino de David y Salomón es tan grande que no cabe en la propia región (sin contar con que el tiempo de construcción es mínimo), sino que más bien aparece lleno de agujeros puesto que hay zonas que positivamente no pueden pertenecer a ese reino, como son las ciudades de los Filisteos y los Fenicios, Damasco o los estados Neohititas del norte de Siria.

O lo que es más, en cuanto la Biblia empieza a narrar lo ocurrido tras la muerte de Salomón, y empezamos a tener testimonios externos a la Biblia en el siglo IX a.C, los estados sucesores de Israel y Judá aparecen, no como los sucesores poderosos de un imperio de esas características, sino como dos actores más en una constelación de poderes regionales, nuevamente en lucha continua sin resultado claro.

Hasta la irrupción de los asirios en el siglo VIII y la brutal reorganización a la que someterían a la región, contra la cual ninguno de esos estados podría oponerse, sino que más bien, como ocurrió con Israel, fueron tronchados en el proceso y arrojados al olvido.

domingo 8 de noviembre de 2009

No Wall (y V)/ Lyricism




























En esta serie de entradas que ido dedicando a Mushi-Shi, he señalado ya en varias ocasiones como el hecho de tener que tratar cotidianamente con los mushi constituye una especie de estigma para ellos, que les coloca aparte del resto de los seres humanos y que tiende a desembocar en tragedia.

Una tragedia, por supuesto que no se expresa en los términos que nuestra sociedad de ahora mismo espera, tan ansiosa de emociones fuertes que le demuestren que no está ahíta de esa misma dieta. La tragedia, la muerte, la separación y la pérdida, se muestran en Mushi-shi en modo menor, por utilizar un símil musical no muy afortunado. Lo que ocurre ante nuestros ojos parece obedecer a causas naturales, ocurrir porque debía ser así, por ser de esa manera el orden natural de las cosas, una corriente inextinguible en la que podemos nadar, pero de la que no podemos evitar el ser arrastrados.

O por decirlo de otra manera, los distintos personajes acaban por aceptar su propio destino, vivir con la carga que les ha tocado, obtener lo mejor de aquello que la existencia les ha traído, aunque no coincida con lo que desearan pero nunca obtuvieran, lo que amaran y les fuera arrebatado, dejando un sabor agridulce en el espectador, como si la auténtica felicidad consistiera precisamente en sacar lo máximo de la imperfeción y la incompletitud que somos y en que vivimos.

De ahí que pocos momentos más líricos haya que el final del episodio 16, cuando Ginko, el Mushi-shi eternamente errante, ya que atrae a los Mushi hayá donde vive, y la joven que custodia los registros de los Mushi-Shi, incapaz de moverse por sí misma, ya que aloja en su pierna a uno de esos parásitos, charlan sobre lo que harán en el futuro.

Unos proyectos que, lo saben ellos, lo sabemos nosotros, nunca llegarán a hacerse realidad, a pesar del amor que se profesen.

viernes 6 de noviembre de 2009

Giving Evidence (y IV)

Ernst Von Gottsheim: The only really good thing about the whole affair is that a few million Jews no longer exist.

Conversación grabada entre los prisioneros nazis Ernst von Gottsheim y Eugen Horak, segun se recoge en Interrogations de James Overy.

Una de las constantes en las reacciones de los altos jerarcas nazis prisioneros de los aliados fue la de negar cualquier relación con los crímenes de guerra o contra la humanidad que se les achacaban, incluso cuando existían pruebas abrumadoras relativas a su implicación. O bien no tenían noticia, o bien los hechos habían sido perpretados/ordenados por otros jerarcas, preferiblemente muertos o desaparecidos, como Hitler, Himmler o Bormann, llegándose de esta manera a situaciones absurdas, como que Kaltenbrunner, el jefe de la RSHA (oficina de la que dependia la Gestapo y quien se encargo de la solución final) tras el asesinato de Heydrich en 1942, negase haber firmado los documentos que se le presentaban con su firma, o que Walther Funk, director del Reichsbank, afirmase desconocer la existencia de los campos de exterminio, cuando en las cámaras acorazadas de ese banco se guardaban sacas con los dientes de oro arrancados a las personas asesinadas en los campos.

Muy distinta era la actitud de los mandos intermedios, de aquellos que no habían estado tras la una mesa de oficina, encargados de extender las órdenes u firmarlas, sino que habían participado directamente en el extermino, como Otto Ohlendorf, al mando de uno de los Einsatzkommandos que exterminaron en 1941 a gran parte de los judíos soviéticos, el mismísmo Rudolf Höss, comandante del campo de Auschwitz, o Dieter Wisliceny, subordinado de Eichmann y a cargo de organizar la deportación de los judiós de Europa Occidental y los Balcanes hacia el campo antes citado. Todos ellos, sin excepción, aceptaron colaborar con los aliados, relatando con todo lujo de detalles lo que había ocurrido.

Eugen Horak: I have not anything against the gas chambers. A time can come when it is useful to the race to eliminate certain elements. Extermination is one thing, but there is no need to torture your victims beforehand.

De la misma conversación antes citada.

Este fragmento resume la actitud con que los estos mandos intermedios presentaron su testimonio. Frialdad y profesionalidad. Muchos de ellos no podían concebir que hubiesen cometido un delito. Había recibido órdenes, cuyo sentido era evidente, y las habían cumplido con la mayor eficacia, para rendir cuentas luego con la mayor precisión antes sus jefes, de la misma manera que ahora hacían frente a sus interrogadores.

Lo único que parecía molestarle era los actos de tortura y crueldad realizados en el curso de esas acciones, no por el sufrimiento de las víctimas, que para los nazis eran subhumanos que debían ser eliminados antes de que infectasen al resto de los seres humanos, sino por el daño psicológico que esas acciones podían causar en los soldados alemanes, así a los fusilamientos masivos de los Einsatzkommandos en Rusia, donde los verdugos estaban en contacto directo y casi físico con sus víctimas, sucedió la asepsia casi científica de los camiones/camara de gas y de los campos de exterminio, donde las tareas más repugnantes eran realizadas por voluntarios de la zona o por los mismos prisioneros, para así evitar que la realización de esos actos de crueldas, de las torturas de las que se escandalizaba el prisionero interrogado, pudieran afectar permanentemente a los miembros de la raza superior.

Question: What was the total number that you understood had been affected in Poland?
Answer: In case the figure mentioned in this table, 3.300.000 is correct. I am absolutely convinced that by October 1944, every single one had been exterminated.

del interrogatorio a Dietrich Wisliceny, lugarteniente de Adolf Eichmann, según se recoge en Interrogations.

De este clima de total colaboración, donde los mandos intermedios responden a los interrogadores aliados con la misma franqueza y detalle que harían con sus jefes, surge una de las mayores sorpresas del libro. La famosa cifra de los seis millones de judios no fue producto de la investigación aliada, sino que la proporciono Dieter Wisliceny que incluso desgloso país, por país cuantos judiós habían sido exterminados en cada uno, cuando, y en cuantas etapas se completaron las deportaciones/ejecuciones.

Por supuesto, Wisliceny no era un cualquiera, como lugarteniente de Eichmann, el cual lo era de Heydrich, impulsor en la conferencia de Wansee en 1942 de la solución final, había estado a cargo de la contabilidad del exterminio, de la organización de los transportes que llevaban a los judíos a los campos de exterminio, e incluso, en el caso de Grecia, Hungria o Eslovaquia, participo personalmente en las deportaciones. Desde ese puesto, pudo dar una visión completa, como digo, de como se había desarrollado la solución final y de cuales habían sido sus resultados, incluso señalando los posibles errores de contabilidad o las cifras que no eran segura, de forma que la investigación reciente a lo más que ha llegado es a corregir algunas de las cifras suministradas por él, pero no el cómputo total.

Question: How did the gassing took place.
Answer: It was all below ground. In the ceiling of those chambers, there was three or four openings that were fenced around with a grating that reached to floor of the gas chamber, and through these openings the gas was poured into the gas chambres.
Q: And then what happened?
A: The same thing happened as I already told you happened in the farm houses. It depended on the weather conditions. If it were dry and a lot of people were in the gas chambers, it was comparatively fast.
Q: How long a time did the gassin take?
A: As I already stated, from three or five minutes to fifteen minutes.

Interrogatorio de Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, según se recoge en Interrogations

Una frialdad, una sinceridad, la del que ve el exterminio de millones de personas como un mero trabajo más que alcanza su culmen en el testimonio de Rudolf Höss, capaz de describir con toda naturalidad y precisión el funcionamiento de un campo de exterminio, de forma que la imagen que tenemos de ellos sigue siendo la creada por sus propias palabras y transmitida desde entonces.

La de una auténtica factoria de la muerte que funcionaba a plena potencia.

domingo 1 de noviembre de 2009

Death



Desde que soy niño, casi todos los primero de noviembre, mi familia y yo visitamos un cementerio de pueblo, en medio de la Mancha, el lugar de proviene la familia de mi madre. Al principio era porque mis abuelos, que aún vivían allí, querían visitar la tumba de uno de sus hijos muerto muy joven. Ahora es porque mis abuelos ya han fallecido y mi madre quiere seguir aún recordándolos.

En aquel entonces, cuando yo era niño, sentía auténtico pánico ante los cementerios, que me parecían el lugar donde se ocultaban los mayores horrores, siempre dispuestos a arrebatarme y hacerme desaparecer para siempre. Mi abuelo, al apreciar mi terror, siempre decía lo mismo, que los que estaban allí bajo las lápidas y la tierra, ya no tenían poder para hacerme daño, y que mejor haría cuidándome de los vivos, una opinión que he acabado por compartir, ahora que ya en mi madurez, los cementerios ya no me dan miedo y he acabado por acostumbrarme a la idea de que yo también residiré en uno de ellos, dentro de unas decenas de años.

La cuestión es que ahora cuando visito ese cementerio perdido en medio de la estepa castellana, siempre me fijo en dos tumbas, de las cuales he tomado ahora sendas fotografías. Una no tiene lápida, ni nombre ni fecha, apenas es un simple montón de tierra roja, pero siempre encontramos una flor sobre ella. Alguien viene todos los años a recordar el cuerpo o los cuerpos que se pudren allí abajo.

La otra es un mausoleo familiar, construido a finales del siglo XIX, en el estilo, al mismo antiguo, imitando las catedrales del pasado, y moderno, utilizando el metal de la revolución industrial. Una tumba construida para perpetuar el recuerdo de los allí enterrados, pero en la que las fechas de los allí enterrados se interrumpen bruscamente a principios del XX, y nunca hay flores ni signos de que aún queden descendientes vivos o de que alguien recuerde a esa familia. Poco a poco, la suciedad y la basura se han hecho dueños del recinto, las lápidas se han obscurecido y caido, los adornos del tejado han sido derribados por el viento, y toda la estructura ha tomado el color rojo del óxido.

Y no puedo dejar de pensar, ahora cuando ya no soy joven y empiezo a ser viejo, que en eso consiste envejecer, en volverse inútil, prescindible y olvidable, en una inmensa estructura vacía, recordatorio de recuerdos desvanecidos, que poco a poco va derrumbándose sobre si misma, hasta no dejar nada tras de sí.

sábado 31 de octubre de 2009

The Bible and the Shovel (y III)

Como comentaba en la entrada anterior de esta serie, resulta curioso que la versión más popular del éxodo (la ilustrada por Cecil B. de Mille) ambiente ese hecho en pleno reinado de Ramses II, cuando es físicamente imposible que eso ocurriera. En ese tiempo, el Levante, lo que es ahora Israel/Palestina, Libano y el Sur de Siria, eran una colonia egipcia, por lo que una fuga de Egipto a Palestina sería prácticamente como intentar escaparse de los EEUU huyendo de Nueva York a Atlanta.

Sería más lógico situarlo unos decenios más tarde, en el paso de la dinastía XIX (la ramesida) a la XX, cuando debido a la llegada de los Pueblos del Mar, el sistema político entero del Mediterráneo Oriental se viene abajo, y Egipto se repliega sobre sí mismo, librándose de ser otra vícitima más gracias a la actuación de Ramsés III, tal y como se recuerda en su templo funerario de Medinet Habu. Es en esa situación de caos, cuando podríamos especular con movimientos de población y el asentamiento de unos extranjeros (o de naturales que se libran del yugo de las ciudades estado) en Palestina, como de hecho ocurriera con los Filisteos, un elemento completamente nuevo en el mosaico del proximo Oriente tras el 1200 a.C.

Sin embargo, las cuentas no cuadran.

Como ya indicara en la entrada anterior, la estela de Mernephtah, el sucesor de Ramses II, nos habla de la existencia de un "algo" llamado Israel en Palestina. De ese "algo" no tenemos únicamente su nombre, sino una pequeña pista sobre su estructura política, gracias a los símbolos jeroglíficos que lo acompañan y que lo identifican, no como un estado, ni como una ciudad, sino como un pueblo, es decir una tribu sin cabeza visible, muy en consonancia con el mundo de los Apiru, huidos de la sociedad y habitantes de las montañas, que describen las tablillas de Amarna (en tiempos de Ejnaton), un siglo antes.

En resumidas cuentas, no puede haberse producido un éxodo en el periodo de crisis, si Mernephtah, que corresponde al inicio de ese periodo, ya señala la existencia de Israel, lo que nuevamente nos lleva al periodo de Ramses II, donde está claro que es imposible que se haya producido.

Sin embargo, y antes de abandonar el periodo entre Ramses II y Ramses III, con la llegada de los pueblos del mar, la caída del sistema político mediterráneo (Micenas, Hititas, Palacios de Levante) y el inicio de una auténtica Edad Media (Dark Age en la correctísima expresión inglesa) en la transición entre el Bronce y el Hierro Mediterráneo, queda aún una pequeña sorpresa por revelar.

Se trata de la historia de Irsu, según se conserva en el papiro Harris, que narra sucesos ocurridos al final de la dinastía XIX, justo antes de la subida al poder de Ramsés III, y a quién los arqueólogos han identificado como el canciller Bay, cuya tumba se conserva en el valle de los reyes, caso único de una persona que, no siendo faraón, consiguió construirse una tumba en la necrópolis real.

¿Y quién era ese Irsu? Pues ni más ni menos un extranjero de origen sirio, que en ese tiempo de diificultades, consiguió ascender a lo más alto del poder egipcio, ganándose el favor tanto del faráon, Siptah como su esposa, Twosret, (de quien se hay llegado a especular que fuera su amante) y que se convirtió en el auténtico amo de Egipto, de quien se señala que trajo la paz y la prosperidad a la nación, aunque puso en puestos de responsabilidad a extranjeros como él y descuidó el culto de los dioses de Egipto. Un poder terrenal demostrado, como digo, por el hecho de haberse construido una tumba en el Valle de los Reyes.

Una historia que a cualquier lector de la Biblia le debería llamar la atención ya que recuerda, a grandes rasgos, la de José, el extranjero que consiguió ascender a lo más alto y gobernó Egipto de manera sabia, trajo a su familia de Oriente y rendía culto a dioses distintos de los de Egipto. Mucho se ha especulado sobre sí José y Irsu no serían la misma persona, y sobre sí los escritores de la Biblia recogieron leyendas sobre ese personaje, muchos siglos después de los hechos, y las embellecieron para sus propios propósitos.

Y digo embellecieron con toda intención, puesto que el final de Irsu y el de José no pudieron ser más distintos, ya que Irsu calló víctima de una conjura palaciega y fue ejecutado por orden de Siptah, aquien sucedería al poco su mujer Twosret, mientras que los extranjeros que había traído consigo eran expulsados violentamente de Egipto, como varios documentos, el papiro Harris entre ellos, celebran como una victoria y resurgimiento de Egipto, y que mucho tiempo después sería reelaborado por Maneto (y refutado con indiginación por Josefo en su Antiquitates) al decir que el éxodo se había producido porque los israelitas en Egipto estaban aquejados de lepra y los Egipcios les habían expulsados para no enfermar a su vez.

En resumidas cuentas, que los hechos históricos nos hablan de la imposibilidad de un éxodo a finales del siglo XII en las condiciones en que señala la Biblia, y que si existió algo así se trató más bien de una expulsión, con lo que la posiblidad más probable, y la que parece indicar la arqueología, es la de que los Israelitas fueran una más de las tribus montañesas fuera del sistema político, que alcanzaron relevancia tras el hundimiento de este, como bien parece indicar la estela de Mernephtah, que narra eventos de justo el comienzo de ese periodo.

Pero ¿Y la cronología alta? ¿Que pasa con aquella que de acuerdo con las cuentas de la Biblia situaría el éxodo aproximadamente coincidiendo con la invasión de los Hyksos? Esta es aún más problemática, puesto que si bien la invasión de Egipto por los Hyksos y su posterior expulsión, podrían haberse transformado, con el correr de los siglos en la historia de José y Moisés (al igual que los conflictos en el mundo micénico se traducirían en la Iliada) eso llevaría a que los Jueces, Saul,David y Salomón tuviesen lugar en una Palestina conquistada por los Egipcios, cuando la situación que describen es claramente post 1200a.C

Es más, dado que los patriarcas tienen contacto con los Hititas, eso nos lleva nuevamente a colocar a éstos en el mundo post Hyksos, que es cuando esa potencia se asoma al Levante, saliendo de su Anatolia Natal, pero aquí surge otro problema, ya que la Palestina en la que se mueven Abraham, Isaac y Jacob, es una tierra sin ningún dominador exterior, vacía de ciudades, donde los patriarcas, sus familias y sus rebaños se mueven en total libertad, lo que tampoco se correspoden con un mundo post Hyksos pero pre Pueblos del Mar.

No sólo eso, dado que los Hititas, a pesar de que su imperio cayese en Anatolia hacia el 1200 a.C, se las arreglaron para mantener una serie de estados en el norte de Siria, como es el caso de Karkemish, o lo que es lo mismo, sea cuales fueren las fechas de los Patriarcas o del Éxodo, el mundo que los redactores de la Biblia toman como ejemplo es el post-1200, al igual que ocurre con la Iliada, que narra acontecimientos supuestamente sucedidos en la edad del Bronce tardía como si ocurrieran en la edad del Hierro Temprana.

En la edad obscura que sucedió a la llegada de los Pueblos del Mar.

miércoles 28 de octubre de 2009

No wall (y IV)

















He hablado ya en varias entradas del mundo mágico y sobrenatural en el que se mueven los personajes de Mushi-shi. Un mundo donde los seres humanos viven en estrecho contacto con seres misteriosos, los Mushi, a medio camino entre los seres vivos y la materia inerte, normalmente invisibles para los hombres, que generalmente les son indiferentes, pero que en ocasiones pueden ocasionar a los humanos graves perjuicios y calamidades, aunque también grandes beneficios.

Por supuesto, hay ciertas personas que tienen un contacto más estrecho y continuo con los Mushi, se trata de los Mushi-shi, categoría a la que pertenece el protagonista de la serie Ginko. Esas personas, con el don de ver los Mushi, dedican su vida a estudiar el fenómeno e intentan resolver los problemas que plantean la irrupción de estos seres extraños en la vida cotidiana de los seres humanos, lo cual les concede un prestigio y un respeto vedado a la mayoría de sus congéneres.

Como puede suponerse, esos privilegios no salen gratis y en su caso la frase de Nietzsche, aquellos que persiguen a los monstruos corren el peligro de convertirse en uno de ellos, no puede ser más cierta. La mayoría de los Mushi-shi son seres fronterizos, tan admirados como temidos, personas que no acaban de formar parte de la sociedad y que viven una vida aislada, sin gozar de los pequeños placeres y recompensas de sus semejantes.

Porque la cuestión es que pocos de los Mushi-shi se las arreglan para sustraerse a la acción de los seres que combaten. Ginko, por ejemplo, no puede vivir una vida sedentaria, puesto que atrae a los Mushi y estos acabarían por congregarse en un numero demasiado elevado, poniendo en peligro a todo el que se encontrase allí con él. Otros Mushi-shi son víctimas de los Mushi que persiguen o de los remedios que intentan aplicar para destruirlos, o perecen al sacrificarse para proteger a otros seres humanos.

Otro, en fin, acaban por convertirse en portadores de uno de esos Mushi, transformándose en auténticos seres mixtos, que llevan consigo permanentemente la maldición que acabará por destruirles...



martes 27 de octubre de 2009

Dare to watch












Existe una más que evidente paradoja en el arte del siglo XX, o por ser más exactos en el arte creado entre loa años 1880-1980 y que se puede agrupar en la etiqueta formalista/modernista. Se trata por supuesto, de que los artistas de esa época enfocan la creación desde el punto de vista de la forma, dejando a un lado cualquier posible mensaje o ocultándolo hasta negarlo o desfigurarlo.

No obstante, muchos de esos artistas tenían profundas convicciones políticas, las cuales querían mostrar al mundo e incluso transformarlo, unas tareas, las de la revolución y la propaganda, para las cuales su arte estaba bastante mal dotado, aunque haya sido precisamente esa forma única y revolucionaria, la que permite que sigamos aún gustando y admirando esas obras, cuando su mensaje y sus motivaciones se han desvanecido por completo... situación por cierto, no muy distinta de la de los grandes artistas religiosos del pasado, cuyas creaciones pueden seguir siendo admiradas incluso por los ateos.

Uno de esos artistas paradójicos es precisamente Stan Vanderbeek, uno de los animadores experimentales más importantes de la segunda mitad del siglo XX, siempre preocupado por buscar nuevas formas de expresión, e interesado por cualquier avance técnico que le permitiera andar caminos nuevos, de tal forma que fue uno de los primeros en utilizar computadores para sus cortos, ya en los años 60. Sin embargo, al mismo tiempo, era un artista profundamente político, que buscaba realizar una crítica demoledora de la sociedad y los vicios de su tiempo, demostrando su falsedad e hipocresía.

Unos objetivos que, en un corto como el arriba ilustrado Breathdeath de 1963, parecen estar completamente ausentes, puesto que el espectador se enfrenta a una catarata de imágenes inconexas, sin relación alguna entre ellas o con el tema, y que se enroscan sobre sí mismas, negando toda interpretación o intencionalidad.

Una impresión falsa, puesto que ese hermetismo, en muchos de los formalistas, no es más que un viejo truco para que el espectador fuerce la atención, vuelva verlo, y le dedique el esfuerzo que su importancia merece, al contrario que tanto producto de circunstancias para usar y tirar. Es entonces, tras una visión tras otra, cuando el espectador empieza a encontrar relaciones, paralelismos, metáforas, y las capas de significado van apareciendo unas tras otras.

Porque de esta yuxtaposición de ojos que miran al propio espectador con insistencia, de muerte omnipresente , de danzarines que bailan ausentes a todo que no sea su placer, y de guerras sin fin mostradas en negativos, no cabe otra conclusión que el absurdo de nuestra sociedad, cuya alegría y placer, su hedonismo constante, no se fundamenta en otro pilar que las guerras externas libradas en el resto del mundo y a las cuales, como los danzarines absortos, no prestamos ya ninguna atención, como si ocurrieran en otro planeta.

Una situación de la que sólo cabe una salida. Abrir los ojos y atreverse a mirar.

domingo 25 de octubre de 2009

Giving Evidence (y II)

My wife, how I am thinking of you. I know you are dead, lying under the grass, already for 2 and 3/4 years, under the knotty oaks, birch trees and pines in the ancestors' forest at Rettland and yet you are bodily near me. You are embracing me with your love, your charm and your beauty. Illegirl how beautiful you were! Beautiful in body, soul and spirit. One did not know, what more one should admire about you, your tall figure, your noble face or your long blonde hair. This external beauty was paired with a clean soul, a true character, high intelligence and a wonderful voice. Your clear soprano enchanted everybody. You were a rare creation of our Lord.

De las cartas que el jerarca Nazi Robert Ley dirigía en prisión a su mujer muerta, según se recoje en Interrogations de Richard Overy.

Uno de los debates más recientes sobre el Nazismo, atizado por películas como la reciente Der Untergang, trata sobre la humanidad de sus dirigentes, o dicho de otra manera, hasta que punto seguían perteneciendo a la humanidad personas que fueron capaces de mandar asesinar sin titubear a millones de Europeos (no sólo judíos sino de muchas otras nacionalidades) .

Por supuesto, muchos, entre ellos yo, siempre hemos tenido una respuesta a esa pregunta. Eran tan humanos como cualquiera de nosotros, sin que externamente fuera posible distinguirles de los demas (en palabras de un diplomático ingles: No entiendo como alguien que podía organizar esas fiestas puedo cometer tales crímenes). Una constatación aterradora, puesto que al no haber diferencias, el camino que ellos recorrieron puede ser recorrido por cualquiera de nosotros, y desgraciadamente, si el principio y el final están claros, su transición se produce en tan pequeños grados que resulta casi imperceptible, como demuestra el caso de tantos alemanes que despertaron a la maldad del nazismo demasiado tarde, para ellos y sus víctimas.

Sin embargo, existe otra corriente que utiliza esta misma corriente para llegar a una conclusión completamente contraria. Si los nazis eran humanos, capaces de amar, emocionarse, sentir piedad y solidaridad por otros seres humanos, es que su ideología no es tan mala como los hechos históricos la pintan, y por tanto, si quitáramos los excesos, podría ser perfectamente respetable, asumida por una Europa abierta, ilustrada y tolerantes con todas las ideas.

En este sentido, son ejemplares las cartas que escribiera en prisión Robert Ley, ministro de trabajo del Tercer Reich, y responsable en parte de la deportación a Alemania de trabajadores extranjeros que allí fueron tratados como mano de obra esclava, y en muchos casos murieron de hambre, extenuación o malos tratos. Unas cartas en que Robert Ley intenta huir de los cargos que se le imputan y dialoga apasionadamente (El título de las cartas es Zweigresprachk literalmente charla a dos) con su mujer muerta, en términos de auténtico enamorado, más propios de un adolescente que de un hombre maduro.

La cuestión que muchos se plantearían sería la de como un hombre capaz de hablar tan bien, con tanto amor y tanto cariño, puede ser el responsable de los crímenes que la historia se imputa. Algunas almas cándidas dirán que es imposible, que no entra en caracter, pero si algo me ha enseñado mi pesimismo es que los seres humanos somos capaces de disociar completamente nuestras acciones de sus consecuencias y mentirnos a nosotros mismos.

Por ejemplo, en el caso de Ley, esa historia de amor apasionada, de viudo que guarda la ausencia de su mujer muerta, no es tan romántica como pudiera parecer. Overy nos relata como Ley era un auténtico womaniser y como Inge se pegó un tiro en el 43 tras emborracharse hasta casi la inconsciencia, y sufriendo de una fuerte depresión surgido tras un parto complicado y que la condujo al alcoholismo. Como siempre la vida privada de los seres humanos es todo menos ideal, o lo que es lo mismo sólo se convierte en ideal cuando el tiempo empieza a borrar nuestros recuerdos, o como en el caso de Ley cuando ese estado anterior, cualquier cosa menos ideal, solo se torna deseable como vía de escape ante una realidad mucho peor, en este caso, la prisión y la certeza de ser enjuiciado y condenado, probablemente a muerte, debido a la gravedad de los crímenes en que había participado.

Pero no he respondido a nada. La cuestión sigue abierta ¿Cómo pudo alguien que se revela tan sensible, aunque fuera a posteriori, participar en los crímenes del nazismo? Mejor dicho ¿Cuál era su reacción en el instante que se le exigían cuentas? Además de dialogar constantemente con su esposa muerta, Ley se dedico a escribir largos memorandums sobre como debía organizarse la Alemanía del futuro, en la cual aún creía que sería llamado a participar como dirigente, una cegera compartida por muchos de los jerarcas prisioneros con él. Vale la pena leer ese documento, simplemente porque muestra la ambigüedad moral en la que se movían, o mejor dicho, la manera en que habían llegado a convencerse de sus propias eslóganes y a utilizarlos como justificación y excusa de sus crímenes.

En palabras del propio Ley, en su testamento político.

My Plan
1 Formation of a committe, where Jews and anti-semites, who are honestly determined to follow this road, meet in order to exchange their thoughts an to determine the conditions under which Jews and Germans want to live together.
2 An executive comittee, again consisting of Jews and Germans, who will carry out these agreements.
3 An organisation for education and propaganda to carry out these thoughts into de tiniest village

Hay que comprender la mentalidad nazi para poder decodificar lo que Ley cuenta. Simplemente los nazis suponían que la judería internacional estaba embarcada en una campaña para destruir Alemania, lo cual justificaba cualquier medida que los Alemanes tomasen para defenderse de ese enemigo, de ahí esa necesidad de un comité/conferencia de paz para llegar a un tratado de paz entre ambas comunidades, a lo cual se añadía que el antisemitismo era considerado como un rasgo distintivo y originario de la mentalidad alemana, a la cual los judios eran extraños, de ahí la necesidad de una gran campaña para informar a la población del cambio de política del nuevo partido nazi.

Por supuesto esa conspiración no existía en otro lugar que no fueran las fantasías nazis, y la única conspiración fue la nazi para exterminar a millones de personas inocentes, con el agravante, de que Alemanía, antes del nazismo, ya no había alemanes y judíos propiamente dichos, sino que paradójiamente, eran uno de los países donde más se habían integrado, hasta el extremo de que muchos de ellos combatieron y murieron en la segunda guerra mundial. Es más, en un sistema donde el exterminio de los judíos era conocido por todo el mundo y sus responsables no dudaban en presumir de sus logros, resulta difícil concebir donde podrían encontrar Ley, quien seguramente no estaba en la ignorancia, los judios que participasen en esa conferencia de paz racial, cuando los nazis habían exterminado ya a casi todos.

Como conclusión a esta entrada, hay que señalar que Ley no llegó a sentarse en el banquillo de los acusados de Nüremberg, semanas antes logró suicidarse en su celda. Nunca había sido un hombre brillante y sus propios compañeros de partido tenían muy mal concepto de él. Quizás en esta ocasión, la soledad, el peso de las propias mentiras y contradicciones, la imposibilidad de sustraerse a su destino y sobre todo a la responsabilidad por los actos cometidos, se convirtieron en un peso que no pudo soportar.

jueves 22 de octubre de 2009

The Bible and the Shovel (y II)

Destruida Israel, ya no le queda simiente.

Estela de Mernephtah, hacia 1208/1209 a.C

Esta estela, descubierta por Flinders Petrie, uno de los arqueólogos míticos de la disciplina, a finales del siglo XIX, constituye la primera referencia escrita de la existencia de Israel. En una fecha, además, extrañamente cercana a la más popular de las fechas propuestas para el Éxodo, la del reinado de Ramsés II, tal y como recogiera Cecil B. de Mille en la superproducción de los diez Mandamientos. Hay otras fechas, no obstante, y diremos algo de ellas antes de cerrar esta entrada.

La cuestión estaría resuelta, por tanto. ¿No es cierto?

No.

La cuestión es que, como bien saben los egiptólogos y los expertos en el Levante del II milenio a.C. En el contexto de las dinastías XVIII y XIX (La Ramesida), no hay espacio físico, para un migración de cientos de miles de personas de Egipto a Palestina.

Desde que los egipcios expulsaran hacía el 1450 a.C a la dinastía extranjera de los Hyksos, que había ocupado el delta del Nilo durante el segundo periodo intermedio, lo que es ahora Palestina, el Líbano y Siria hasta el Eúfratres se convirtió en una colonia Egipcia, con presencia militar continua y dominio completo. De hecho, el peor enemigo de los Egipcios en este periodo, no provendría del Levante, ni siquiera de Mesopotamia, sino de Anatolia encarnado en el Imperio Hitita, que les disputaría Siria y llegaría a adueñarse del Norte de ese país, sellado por un auténtico first histórico, el tratado de Kadesh, en el cual las dos potencias se repartirían en áreas de influencia el mundo conocido.

¿Esta todo claro ahora? Tampoco.

El caso es que el dominio Egipcio directo se redujo a las llanuras costeras y a las líneas de comunicación, quedando las montañas en un estado semiindependiente, y siendo objeto sólo de la atención del imperio, en forma de expediciones de castigo, cuando los montañeses intentaban interferir con la vida de las llanuras. Es más, las fuentes de la última mitad del segundo milenio a.C, nos hablan del fenómeno de los Apiru, traducido por algunos como hebreos, gentes que se sitúan fuera del sistema social de, que viven en las montañas o en el desierto, y que bien se dedican al bandidaje o se alquilan como mercenarios en los ejércitos de las grandes potencias.

Es decir, hay un espacio físico para los Israelitas en el el siglo XIII a.C, pero no como pueblo inmenso que escapa al poder del Faraón, cruza el desierto del Sinaí y conquista Palestina arrasando sus ciudades, sino como tribus parcialmente nómadas, parcialmente sedentarias, que habitan en las zonas marginales de los imperios, en este caso las colinas de Judea y Samaria.

¿Ya está todo claro? Falta un poco.

Como había dicho hacia el 1270 a.C las dos superpotencias de Oriente Próximo se dividen el mundo conocido. Nadie en ese instante podría haber predicho los cambios dramáticos que se producirían hacia el 1200 a.C. Hacia ese año, el imperio Hitita había dejado de existir, arrasado por invasiones externas, las mismas que provocarían el abandono de las colonias levantinas de Egipto, y que casi estuvieron a punto de derribar ese mismo estado, como bien ha quedado conservado en el templo Funerario de Ramsés III en Medinet Habu, donde se representa con todo lujo de detalles como el faraón consigue detener a los ejércitos invasores, los famosos y misteriosos Pueblos del Mar.

Una victoria que si bien salvó a Egipto, constituyó también la constatación de su decadencia, puesto que nunca volvería a recuperar su imperio en Oriente, y en apenas un siglo, las dinastías autóctonas serían reemplazadas por faraones extranjeros.

Habría por tanto aquí, en ese contexto de destrucción, una ventana para la conquista de Palestina por los Israelitas, tal y como se narra en el libro de Josué, sobre todo si se tiene en cuenta que gran parte de las ciudades de Palestina fueron arrasadas por esas fechas.

¿Hemos alcanzado la conclusión? Tampoco.

El caso es que en la lista de los Pueblos del Mar no hay un sólo nombre que se pueda relacionar con Israel y los Israelitas. Más bien al contrario, porque varios de los nombres que allí aparecen son parecidos a los de los filisteos bíblicos, dando la impresión que ellos fueron los responsables de la destrucción de Palestina... y de hecho es por esta época cuando la arqueología constata que aparecen las primeras ciudades filisteas.

Más aún lo que ocurre en el año 1200 no es un fenómeno local, es un fenómeno global, la lista de víctimas de los pueblos del mar no se limita solo a Hititas y Egipcios, abarca tambien las ciudades estado micénicas y sirias, como ilustran las dramáticas cartas del archivo de Ugarit. Lo que sucede en ese periodo es el derrumbamiento de todo un sistema político, el del Templo/Palacio que administra una región rural, y que es producido, en diferentes proporciones, según el estudioso, por su propia decadencia, la emergencia de invasores extranjeros y la rebelión de los pueblos autóctonos sometidos.

Una rebelión, la de los autóctonos, que constituye el único hueco donde podemos meter a los Apiru y al Israel de Mernephtah, en el papel de estos aldeanos seminómadas de las colinas de Palestina que asisten, y en cierta manera colaboran, al derrumbamiento del sistema político del Mediterráneo, y que luego lo conservan en forma de leyendas más o menos deformadas, al estilo de lo que ocurriría en Grecia, con la Iliada y la cultura micénica.

Ahora sí que parece estar clara la cosa ¿Pero que pasa con la otra fecha del éxodo?

Pues que en sí constituye una sorpresa, ya que la fecha popular del éxodo en realidad es bastante moderna, la tradicional, calculando fechas de acuerdo con la Bibllia, queda en el siglo XV a.C justo cuando los Hyksos fueron expulsados de Egipto. La coincidencia es, cuando menos, turbadora, ya que los Hykos provenían de Palestina y todo lector de la Biblia sabe la tendencia de los patriarcas a bajar a Egipto, como ocurrió con Abraham y finalmente con José. Sin embargo, aquí acaban las similitudes, puesto que el éxodo cuenta una historia de liberación del yugo extranjero, mientras que los Hyksos son gobernantes extranjeros expulsados de Egipto.

miércoles 21 de octubre de 2009

Fascination








He comentado muchas veces mi fascinación por el estudio Shaft, uno de los mejores de la escena de anime actual, la cual se debe en buena medida a lo contradictorio de su productos.

Si lo comparásemos con el resto de estudios a nivel temático, tendríamos que concluir que no es otra cosa que uno más de tantos, empeñados en cebar a los otakus con el complejo kawai/moe que tanto les gusta, repitiendo una y otra vez las mismas fórmulas y soluciones. Sin embargo es aquí donde Shaft se separa radicalmente de sus competidores, incluso de algunos tan egregios como KyoAni, puesto que en primer lugar su mirada es siempre irónica, la del que sabe el material con el que trabaja y no puede evitar señalar sus diferentes estereotipos, trampas y debilidades, buscando que el espectador se ría tanto con ellas como de ellas.

No obstante, y he aquí el segundo punto que caracteriza a Shaft y que le distingue radicalmente de otros estudios, es que el camino que elije para representar este material de segunda categoría, observado y comentado, desde cierta ironía postmoderna es fuertemente experimental. Cada serie de este estudio está llena de sorpresas, sin que se sepa como puede acabar o como van a enfocarlo, puesto que no tienen miedo de mezclar todo tipo de técnicas de animación, de incluir imagen real, de romper la secuencia de los planos, insertar texto, incluir símbolos que refuercen el mensaje o de jugar con las limitaciones del medio, señalándolas y utilizándolas en su propio beneficio.... o incluso demostrando a veces que si tuvieran el presupuesto adecuado podrían realizar full animation que rivalizase con lo mejor que puede verse ahora.

Si esto lleva a que series completamente intrascendentes como Natsu no Arashi, se conviertan en un auténtico placer visual, una vez pasadas por el flitro de Shaft, cuando el material de partida es realmente valioso llegan a tocar el cielo, como es el caso de la serie Bakemonogatari, ilustrada en esta entrada, la mejor serie de este verano y de la producción de Shaft, basada en una serie de novelas cuyo mayor valor es la química entre la pareja protagonista, en una continua esgrima verbal y mental como pocas veces se ha visto en la pantalla y que en la adaptación visual de Shaft es realmente memorable.







Una relación madura, compleja y excitante, que a pesar de establecerse entre dos adolescentes, se aleja completamente de la ñoñería y la supuesta inocencia (e impotencia) de la que el resto de las series se alimenta, rumía y deglute.

martes 20 de octubre de 2009

Brought back to Life


Leía hace unos días en El Paós, como la estatua de Nefertiti ocupaba ya el lugar de honor del Neues Museum en la mítica isla de los Museos Berlineses. Ese dato me llevó a consultar como iba a quedar finalmente organizado ese espacio, cuyos museos, el Bode, el Neues, el Altes , el Pergamon y la Alte NationalGalerie, prácticamente resumen la historia del genero humano, para llevarme la agradabilísima sorpresa de encontrar que la entrada a la colección arqueológica dedicada al Oriente Pr´pximo en el Pergamon iba a a estar presidida por la reconstrucción de la entrada al templo de Tell Halaf.

¿Y qué es Tell Halaf? se preguntarán los escasos lectores de este blog.

Para cualquier aficionado a la arqueología, Tell Halaf es un lugar mítico. No es ya que la cerámica de uno de sus estratos sirva de fósil director para todo un periodo prehistórico de la región, es simplemente que cuando Max von Oppenheim excavó el lugar a principios del siglo XX descubrió un impresionante palacio de comienzos del primer milenio a.C, decorado con esculturas gigantescas que no tenían igual conocido en la región, como la mostrada en la fotografía que encabeza esta entrada, tomada in situ cuando se descubrió la pieza.

Además, Max von Oppenheim no es un cualquiera en la historia de la arqueología, se podría decir que es uno de las personalidades reales más cercanas al personaje ficticio de Indiana Jones. Antes de ser arqueólogo, Oppenheim había sido aventurero, y había recorrido Oriente Próximo por entero, mezclándose con los habitantes, vistiendo sus ropas y aprendiendo la lengua y las costumbres. Su transición de aventurero a arqueólogo fue casi casual y se debió a haber escuchado un rumor, en uno de sus viajes, de unos campesinos que habían desenterrado unas estatuas colosales al cavar una fosa para un muerto. Tan extrañas y enormes eran las figuras, que los campesinos aterrorizados, las habían vuelto a cubrir, temiendo que fueran demonios.

La leyenda continua con Oppenheim indagando el lugar donde se había producido los hechos, haciéndose amigo de los lugareños y, ya integrado, preguntándoles directamente donde se había producido el hallazgo, cosa que éstos se apresuraron a negar, y ante la insistencia de Oppenheim, llegaron incluso a jurar sobre el Corán que aquello nunca había tenido lugar. Aquí es precisamente cuando se produce el elemento más novelesco de la historia, pues nuestro arqueólogo no dudo en acusarles de perjurio y, cuando los lugareños ofendidos desenvainaron sus cuchillos, añadir que encima iban a quebrar las leyes de la hospitalidad, ante lo cual, vencidos por el tenaz alemán, confesar donde estaban las estatuas buscada.

Es en este momento, cuando Oppenheim, tan parecido a Indiana, nos demuestra lo distinto que es un auténtico arqueólogo de la ficción cinematográfica, pues cuando los aldeanos desenterraron las primeras estatuas se dio perfectamente cuenta de la importancia del hallazgo, con lo que en vez de excavar para llevarse unos cuantos objetos, prefirió volver a enterrarlos, dirigirse a Berlín y allí organizar una expedición en toda regla, con la que pudiese reconstruirse, catalogarse y conservarse lo allí encontrado.

No era para menos, puesto que lo allí hallado bastó para que en Berlín se crease un museo especial para Tell Halaf, donde se podía admirar la grandeza de aquel palacio del primer milenio, rescatado del olvido 3000 años más tarde.

Pero aquí es donde entra la locura del ser humano, porque llegó la segunda guerra mundial, y en su curso Berlín fue bombardeada con tal rigor por los aliados que apenas quedó de ella piedra sobre piedra, y aún lo que quedó en pie sería destruido en la lucha sin cuartel contra los rusos en la última quincena de la guerra . Muchos de los tesoros artísticos de Berlín fueron puestos en lugar seguro, especialmente los de la isla de los muesos, y gracias a ello, podemos ahora admirarlo, pero el museo de Tell Halaf fue alcanzado y arrasado por las bombas aliadas antes que fuera evacuado, reduciendo sus estatuas milenarias, lo que tiempo había respetado y las arenas conservado, a escombros.

Podía haber sido el fin de la historia de Tell Halaf, pero no lo fue. En una labor detectivesca, llegada la paz, se cribaron los escombros del museo y separaron los fragmentos identificables de las antiguas estatuas, para volver a recomponerlas.

Para volver a traerlas a la vida por segunda vez.

domingo 18 de octubre de 2009

Giving Evidence (y I)

The whole thing took place in a rather large hall. There was an entrance, an when you came in there there was a round table at which sat several officials, and they registered you. They would hand you and envelope which had a sheet of paper on it; and there were two circles in it, a large circle and a small circle, and you were supposed to make a cross in one of the circles, the larger meaning yes, and the smaller meaning no. Then at the end of this hall was a telephone booth, and you were supposed to go in there, make your cross, put the ballot in the envelope and drop it in a box which was provided at the end of the table. It was handled in this manner. However, when somebody came in, the official would greet him with 'Heil Hitler', and then give him the ballot and they said 'You are voting yes and there is no reason to go into the booth at the end of the hall'; and everybody would make a cross in the larger circle. Then they would give the ballot to the official and he would put it in the envelope, and put it in the box. Nobody dared to go to the booth in order to vote secretly.

Albert Göring, hermano del jerarca Nazi Herman Göring explicando a los interrogadores aliados como se llevó a cabo el pleibiscito de anexión de Austria al Tercer Reich , según se recoge en Interrogations de Richard Overy.

En el verano y otoño de 1945, un grupo de oficiales, juristas e investigadores aliados se dedicaron a interrogar a los jerarcas nazis que habían caído en su poder, para intentar descubrir los cargos de los que podían ser acusados y desentrañar tanto la estructura de poder del Reich como los crimenes que pudiera haber cometido, llevando un registro taquigráfico de las conversaciones, de forma que pudieran ser utilizadas como prueba en un posible juicio posterior. Como bien señala Richard Overy en su libro Interrogation, esto constituyó una afortunada casualidad histórica. Nunca antes o después se ha tenido la oportunidad de entrevista a la casi completa alta jerarquía de un régimen cuando los acontecimientos en los que habían tenido parte estaban aub frescos, lo cual, unido a que los archivos oficiales del Tercer Reich cayeron prácticamente intactos en manos aliadas, ha permitido un conocimiento íntimo y profundo del funcionamiento de ese régimen.

Por supuesto, y dado que los entrevistados sabían que se enfrentaban a un juicio y a una más que posible condena a muerte, sus reacciones fueron muy diversas, y muy pocos se mantuvieron a la altura de la imagen de dureza y valentía que el militante nazi había proyectado al mundo como símbolo de su régimen. Unos, como el ministro de exteriores Joachim von Ribentrop, responsable del pacto de no agresión entre la URSS y el tercer Reich, o el ministro del interior, Wilhem Frick, negaron todo conocimiento y participación en los posibles crímenes de los que se les acusaban, incluso en aquellas acusaciones que pertenecían a su jurisdicción, lo cual más de una vez hizo estallar a alguno de sus interrogadores, incapaz de creer que unos altos funcionarios del sistema desconociesen lo que realizaban sus mismos subordinados. Otros como el general Heinz Guderian o el mismo Alfred Jodl, se las apañaron para crear el mito de que el ejército alemán se había comportado siempre de forma honorable y que todas las atrocidades habían sido cometidas por las SS y el partido, aun cuando cada uno de ellos había recibido sustanciosas recompensas del Führer y no se habían negado a firmar las ordenes que decretaban el asesinato de judios, prisioneros o represalias contra la población civil en la que se estipulaba la ejecución de 100 civiles por cada alemán muerto.

Los hubo también que se refugiaron en una amnesia real o fingida, como Rudolf Hess, o que fueron cayendo en un estado progresivo de locura culminada en el suicidio, como en el caso del ministro de trabajo Robert Ley, pero que antes se había dedicado a escribir largas cartas a su mujer muerta como si estuviera aún viva, o a trazar complejos planes de reconstrucción y reconciliciacón para la Alemania de postguerra, en los cuales esgrimía como argumentos la misma falsa propaganda que ellos mismo habían creado.

Pero el caso más interesante fueron aquellos que decidieron colaborar con los aliados y respondieron con todo lujo de detalles a las preguntas de sus aliados, descubriendo así la estructura completa del régimen nazi. Unos como Albert Speer, encargado de la producción bélica de los últimos años del conflicto, lo hicieron de forma interesada, intentando transmitir la idea de que eran unos simples tecnócratas que nunca se habían metido en política, y fueron testigo involuntarios de las crueldades del régimen, mientras que otros, como Dietrich Wislicieny, ayudante de Adolf Eichmann, y por tanto uno de los responsables del exterminio de los judios europeos, Otto Olhendorf, comandante de uno de los Einsatzgruppen que en el verano otoño 1941 eliminaron a los judíos sovieticos, o Rudolf Höss, comandante del campo de Auschwitz, lo hacían con el orgullo del profesional que quiere presumir de un trabajo bien hecho y que es incapaz de ver en que puede haberse equivocado.

Pero por supuesto, todo esto ya es muy lejano, mucho más aún para nosotros, habitantes de democracias donde la libertad parece tan normal que hemos acabado por no darle importancia, de manera que ahora se pueden escuchar demasiadas voces que intentan, o bien exculpar a los criminales de antaño o demostrar que el régimen nazi, sus objetivos políticos, eran en cierta manera normales y aceptables, excepto por la radicalización producido por la guerra.

Por eso es importante el testimono que he reproducido arriba, realizado por el hermano de Hermann Göring, opuesto al nazismo y que sólo se salvo por la intervención personal de su propio hermano, comandante de la Luftwaffe y segundo en el orden de sucesión del Fúhrer, en el cual explica como se llevaban a cabo esos pleibiscitos nazis donde el Sí ganaba por porcentajes del 90%, y que muchos ofrecen como prueba de que el nazismo era mayoritariamente apoyado por los alemanes, reproduciéndo, voluntaria o involuntariamente, el argumento nazi de que Alemania era Nazismo y Nazismo era Alemania

O como la coacción, la amenaza y el miedo, llevaron a muchos a callar, temerosos de que la violencia del régimen, tan patente para ciertos sectores como judíos, gitanos, asociales o enemigos políticos, acabase dirigiéndose también contra ellos.

sábado 17 de octubre de 2009

Sex and Life


Resulta curioso y en cierta manera terrorífico comprobar como ciertos hábitos y usos mentales aprendidos en la niñez y juventud siguen actuando de manera subsconciente en la madurez, incluso después de muchos años de haber sido abandonados voluntariamente.

Así ocurre que hace ya tiempo que dejé de ser cristiano y creyente, aunque, para que conste en acta, sin guardar ninguna animosidad frente a esa religión, pero nunca he sido capacidad de desprenderme de ese temor, mezclado con repugnancia, que esa religión guarda frente al cuerpo humano y la sexualidad, de manera que, en forma involuntaria, la representación explícita de las actividades reproductivas me hace sentir violento, a menos que se disfrace, desplace o distorsione, aun cuando como en todos los asuntos humanos, la exposición cotidiana al mismo estímulo produce que su efecto se atenúe.

Además, no ya en el cristianismo sino en la sociedad en la que crecí, aún profundamente tradicional a pesar de tanta revoluciones sociales y culturales, la representación explícita de las actividades sexuales parecía ser un monopolio masculino, de manera que estos productos eran siempre creados por y para los hombres, haciendo parecer que a la esencia de esas visiones pertenecía la violencia y la humillación, como elementos indisociables de ellas y tornando asimismo aparentemente imposible que esa narración directa y sin tapujos de las actividades amatorias pudiera provenir de una mujer.

Por todo lo anterior, parte de los cortos animados de la directora lituana Signe Baumane han supuesto un autentico shock para mí, en el mejor de los sentidos, ya que han servido para derribar ciertos prejuicios míos que suponía ya fenecidos desde hace tiempo. El caso es que como la misma Signe confiesa en el documental que acompaña a los cortos, ella, como dicen que nos ocurre a los hombres, no piensa más que en el sexo, lo cual imbuye sus cortos que lo presentan con la misma energía, la misma franqueza y la misma potencia, por así decirlo, que lo haría un hombre, como una fuerza inextinguible que es imposible dominar y la cual se entregan todas las criaturas, sin excepción, aun cuando haya que arriesgar la propia existencia.

Una claridad y una sinceridad, que no evitan, al mismo tiempo, el humor más descarado, ése que elimina la seriedad de cualquier asunto que se supone trascendente, convirtiéndolo en normal, cotidiano e incluso rutinario, o el giro hacia la poesía, eliminando, como digo, de esas representaciones explícitas toda carga de violencia o humillación.

Proclamando la alegría del sexo, en definitiva.

jueves 15 de octubre de 2009

No Wall (y III)













Hay otra virtud, para mí, importantísima, en la forma que la serie Mushi-shi (ya saben, aquella con la que les vengo dando la lata desde hace unas semanas) aborda el material fantástico sobre el que construye sus historia.

Simplemente que lo hace desde el punto de vista de la narración popular.

¿Y en que consiste ese punto de vista? Pues básicamente en su sencillez. Esas historias han pasado por tantas bocas, han sido contadas en tantas situaciones que cualquier añadido ha sido eliminado, todo lo innecesario cortado, de forma que se han convertido en el cañamazo sobre el que el contador de cuentos experto puede tejer un tapiz completamente nuevo, convirtiendo por una noche en propio y original lo que pertenece a la comunidad entera y se supone conocido, memorizado, sería la palabra, por todos.

Pero hay otra característica aún más importante, aquella que comparte Mushishi con esas narraciones, y que emerge de esa misma sencillez, de ese esfuerzo por simplificar que destila estas narraciones hasta convertirlas en auténticas quintaesencia. El simple hecho de que no hay barreras entre lo natural y lo sobrenatural en la forma en que la historia se presenta.

Señálese lo anterior: en la forma en que la historia se presenta. En el cuento popular, no suele haber transiciones entre lo real y lo fantástico. Nunca se nos anuncia como extraordinario. Los palacios encantados, los dragones, las hadas, las ciudades subterráneas y submarinas, coexisten con las gente y las situaciones realistas, con la pobreza y la sociedad, sin despertar sorpresa ni en los oyentes, y esto es lo importante, ni en los protagonistas, que contemplan ese mundo fantástico con los mismos ojos que su mundo cotidiano, como si ambos fueran el mismo mundo, regidos por las mismas reglas e incapaz de existir el uno sin el otro.

Ese efecto de naturalidad en lo extraordinario, tan distinto de los acentos y los sustos de las producciones contemporáneas, tan preocupados por resaltar la diferencia, consigue que el oyente (y todo cuento popular presupone un oyente aunque su formato sea el de las imágenes en movimiento) se vea inmerso completamente en ese mundo, tan alejado del suyo, pero al mismo tiempo tan cercano, y se vea sacudido por los sucesos que allí ocurren, puesto que podrían ocurrirle a él mismo, habitante del mismo mundo que los protagonistas, y expuesto por tanto a encontrarse con lo maravilloso en cuanto diera la vuelta a la esquina.

Una maravilla que, nuevamente al contrario que las producciones fantásticas de ahora, puede nuevamente tornarse en realidad cotidiana, borrando una otra vez las fronteras entre lo natural y los sobrenatural, que pueden cruzarse en ambos sentidos con completa facilidad, provocando que aún hoy, en tiempo de escépticos y descreídos, el espectador sensible pueda sentirse como sus antepasados de antaño, aquéllos en que los bosques, los mares y los campos estaban habitados por todo tipo de divinidades, que no desdeñaban, sino que buscaban, el contacto con los humanos.