sábado, 24 de enero de 2015

Un repertorio de excusas

Lienzo de Tlaxcala, siglo XVI, representación de la Noche Triste
 Por comenzar bien el nuevo voy a intentar escribir mis comentarios tras la primera visita a una exposición, para evitar que lleguen a destiempo, como de ordinario. La exposición que tiene el honor de ser la primera es La Ruta de Cortés, abierta en las salas del Canal de Isabel II. Una muestra que, ya les adelanto, tiene más sombras que luces, en lo que se refiere la ilustración de la Conquista de México en el siglo XVI.

No se puede negar que el descubrimiento y conquista de América es uno de los hechos decisivos de la humanidad. En prácticamente un siglo, una de las civilizaciones mundiales, la europea, se puso en contacto con todas las demás, convirtiendo la historia de local en mundial.  Ejemplos de lo que supuso esa primera globalización - aunque esa palabra no sea completamente afortunada - son la irrupción masiva de la cerámica china en Europa, via las Filipinas y Macao, la aparición de lacas decorativas japonesas en los muebles castellanos o la embajada que el Daimio japonés Masamune Date envío al rey Felipe III y al Papa a principios del siglo XVII. En sentido inverso, el oro de las indias, en forma de piezas de a ocho, inundó los mercados orientales, mientras que las armas de fuego europeas fueron decisivas en la formación del shogunato japonés.

sábado, 17 de enero de 2015

Polos Opuestos

Retrato de Miss R, Alvin Langdon Coburn
Como sabrán, mi manía de visitar las exposiciones dos veces y no comentarlas hasta la segunda visita, provoca que mi reseñas siempre aparezcan cuando ya no hacen falta: cercanas a las fechas de clausura o ya clausuradas. Incluso ocurre que, dada la cantidad de muestras que coinciden últimamente en el panorama expositivo madrileño, tengo que componer pequeños cuadrantes para asegurar que no soy yo el que vaya a perdérselas.

Así, el sábado pasado visité dos exposiciones muy distintas, casi in extremis. Primero, la llamada Impresionismo Americano, abierta en la Thyssen. Luego, la Alvin Langdon Coburn en las salas de fotografía de la Mapfre. Una, típica de una institución que sólo sabe seguir caminos trillados, mejor dicho, aquellos que le granjean visitantes e ingresos; la otra empeñada en ilustrar fenómenos artísticos un tanto en la penumbra o simplemente desconocidos para el aficionado medio.

Pero para saber cuál es cuál tendrán que seguir leyendo tras el salto.

martes, 13 de enero de 2015

Pequeñas ventanas

Danae, Tiziano

En otras ocasiones les he comentado mis dudas sobre la reforma de El Prado, en concreto, que la ampliación ha redundado en una disminución del espacio expositivo permanente. En lo que se refiere a exposiciones temporales, sin embargo, la reforma ha permitido tener abiertas varias al mismo tiempo, incluso extendiéndose a otras regiones del museo, en curiosa contradicción de los propósitos de la dicha reforma.

Ahora mismo, el plato fuerte de El Prado es la muestra Goya en Madrid, que ya comentaré largo y tendido en otra ocasión, con sus defectos y virtudes incluidos. No obstante, no hay que olvidar las varias pequeñitas que comparten espacio con ella, y que a pesar de su corta extensión sirven para iluminar detalles y momentos particulares de la historia del arte.

viernes, 2 de enero de 2015

¿Cuál es el camino?

Títeres utilizados en las representaciones teatrales de los partisanos eslovenos (circa 1944-45)

Ya les he comentado en varias ocasiones que las exposiciones organizadas por el MNCARS, familiarmente Sofidú, tienen un carácter especial que ninguna de las instituciones madrileñas alcanza a replicar. Se trata de una vertiente eminentemente política, que pone en relación el arte de un tiempo con los hechos sociales de ese momento, evitando esa separación/amputación que busca disociar el arte de las influencias recibidas en su gestación, las repercusiones ejercidas al aplicarlo, durante el desarrollo de esos hechos históricos. En otras palabras, intentando absolver a un artista o un movimiento artístico de las consecuencias de la ideología que eligieron seguir, servir y ensalzar.

Una de las exposiciones que se pueden visitar ahora en el MNCARS y que siguen la línea arriba apuntada tiene por título Un saber realmente útil, que intenta explorar las relaciones entre arte y educación. En principio ambos ámbitos pueden parecer un tanto separados, y de hecho la exposición podría haberse limitado a ilustrar como se enseña y se transmite la historia del arte en las escuelas. Ese punto de partida, restringido y acotado, fácil de mantener dentro de unos términos que no ofendan a nadie, puede llevar no obstante a conclusiones inesperadas e incómodas, si se realiza con el suficiente rigor. El problema de toda historia del arte, que las convierte inevitiblamente en parciales, cuando no interesadas, es el hecho de que para enseñarla, para poder prensarla en unos cientos de páginas o en unas decenas de horas lectivas, es necesario olvidar voluntariamente muchas manifestaciones artísticas, independientemente de su importancia, valor o repercusión.

Con demasiada frecuencia, la ausencia de esos otros caminos lleva a tomarlos por innecesarios o menores, cuando no es así o no tiene porqué ser así, lo que se ve empeorado porque en demasiadas situaciones esas otras artes, esas otras posibilidades estéticas, son eliminadas siguiendo una estricta agenda ideológica. Por ejemplo, el arte realizado por mujeres, perpetuando así los postulados del machismo tan común aún en nuestra sociedad. El arte popular, reafirmando la noción de que sólo puede considerarse auténtico arte el realizado desde la élites y para las élites. O simplemente cualquier arte cuyo posicionamiento político no sea el reconocido y sancionado por los guardianes del sistema.

Mladen Stilinovic

Este último punto es más importante de lo que se pueda suponer, ya que la  propaganda más efectiva es aquella que no se reconoce como tal. Nos guste o no, el arte siempre ha vivido en estrecha alianza con el poder, debido a que los artistas plásticos necesitan dinero, mucho dinero, para poder realizar su labor, un dinero que sólo los poderosos pueden suministrarles. El arte pagado deviene así loa, alabanza y confirmación de un sistema en cuya cima se hallan las élites rectoras, fenómeno que se repite en todas las sociedades, incluso las democráticas. En estas últimas, a lo sumo, se permitirán atisbos de crítica, pero sólo si apuntan a que el sistema puede ser corregido, no substituido. Es decir, que el orden social y económico establecido funciona y sólo necesita de leves retoques para asegurar riqueza y justicia a sus habitantes.

El problema, por tanto, en lo que se refiere a la enseñanza de la historia del arte es de visibilidad e invisibilidad, de como dar entrada en nuestro esquema histórico a todas esas manifestaciones que no corresponden con nuestras expectativas estéticas y políticas, para lograr que nuestra visión sea más equilibrada y pueden evaluarse visiones alternativas, cuando no directamente opuestas al estado presente de las cosas. La consecución real de ese objetivo es más importante de lo que se pueda suponer ya que nuestras democracias liberales modernas se ufanan de ser foros abiertos en el que las diferentes opiniones pueden competir libremente sin censura. Aún más, entornos donde desde variados ámbitos se propone el concepto de la "disrupción" (horrible anglicismo) de lo existente, su negación y derribo, como marca de la creatividad y la innovación.

Por supuesto, la censura existe, incluso en entre las sociedades más abiertas y liberales, sólo que es económica, impersonal, encarnada en unos mercados que se suponen entidades superiores, neutrales y justas, pero que en realidad no son sino una máscara que oculta a personas y grupos de presion muy concretos. Por otra parte, la supuesta primacía y prestigio de la "disrupción" es aceptada sólo en tanto que no contradiga los fundamentos económicos que se suponen intocables, indiscutibles y permanentes, situados en esa esfera superior, fuera de las decisiones y acciones humanas en las que se encuentran los citados mercados.

Ardmore Ceramic Art

Pero ¿dónde queda la educación en todo esto? La cuestión es que el arte es un medio más de los utilizados por la sociedad en los procesos educativos para inculcar un determinado conjunto de ideas en una nueva generación. Un equipaje ideológico que, no se olvide, parecerá al adulto completamente normal, natural e incluso justo. Por esa razón el examen del arte del pasado a la luz de nuestras ideas del presente,  y especialmente en sus vertientes divulgativas y populares, lleva a  darse cuenta de como concepciones que ahora nos parecen repugnantes e intolerables, caso del machismo o el racismo, eran ubicuas en las sociedades del pasado, incluso entre aquellos que luchaban contra ellas.

Es esta universalidad del prejuicio en sus formas visuales, el modo inevitable  en que lo que es ofensivo se hace pasar como inocente, ya sea consciente o inconscientemente, es una de las grandes conquistas intelectuales de los últimos decenios. Esta llamada de atención sobre el mensaje subyacente a las expresiones plástica se ha convertido en un motor para reevaluar el arte del pasado, para determinar qué nos gustaría conservar y qué no nos gustaría mantener. Esa tarea de revisión  no se extingue en el visible , puesto que develar esos simbolos invisibles de la discriminación y la opresión, ayuda a darse cuenta de como aún perviven entre nosotros, como seguimos utilizándolos sin prestar atención a su significado, a su carácter y sanción del racismo, del machismo, la xenofobia o la homofobia.

Un camino de discriminación y desbroce que es todo menos sencillo y claro, simplemente porque estos rasgos aberrantes se manifiestan incluso entre los sectores más avanzados de la sociedad. Así, en la obra de artistas republicanos durante la guerra civil, se representa a las tropas moras como caricaturas animalísticas, encarnación de la barbarie y del salvajismo, olvidando que fuimos nosotros los que nos metimos primero en su casa e intentamos anexionarnoslos a nuestro imperio por la fuerza de la armas... para que luego Franco utilizase esas tropas coloniales como arma de guerra total, en la que el salvajismo sobre los vencidos es condición necesaria para su sometimiento. Camino de ida y retorno en la destrucción en las que las víctimas fueron siempre los sectores más desprotegidos de ambas poblaciones: pobres, niños, ancianos, mujeres.



¿La conclusión final? Si realmente queremos una sociedad más justa y más igualitaria - énfasis en queremos - necesitamos un sistema educativo reformado que inculque esos valores en las generaciones venideras. Y si queremos que esa reforma de la educación para sea inclusiva y no exlusiva, global y no local, democrática y no elitista, se necesita al mismo tiempo una reforma radical del arte, para que pueda servir de medio y representación de esas mismas ideas.

martes, 30 de diciembre de 2014

Laberintos, símbolos, señales.


De entre las muchas institiciones culturales que organizan exposiciones en Madrid, creo que la que se lleva la palma es el MNCARs, Reina Sofía o Sofidú, si lo prefieren. La diferencia que le separa del resto de egregios competidores es que en sus muestras, el MNCARs intenta ir un paso más allá del simple reunir y mostrar obras de arte, para explorar el contexto en el que fueron producidas, hallar relaciones inesperadas entre esos objetos y nuestro presente, y romper así, o al menos corregir, nuestras impresiones equivocadas, aquellas que hemos recibido en nuestro aprendizaje sin cuestionarlas en los más mínimo.

Esto se pudo apreciar claramente en el verano pop de este año, cuando el MNCARs y la Thyssen decicaron sendas exposiciones a este movimiento artístico. La de la Thyssen era un todo vale, en el que era difícil encontrar un hilo conductor, se incluían obras completamente ajenas a este movimiento, mientras que otras simplemente contradecían el mensaje que la exposición quería trasmitir: Pop como guay y enrollado. Por el contrario, la exposición de Hamilton en el MNCARs era en primer lugar enciclopédica, pretendiendo ilustrar las muchas y múltiples etapas que este artista cruzó en su trayectoria, lo que conseguía mostrar la figura de un creador protéico, siempre en proceso de redefinición, en cuya amplia obra cabían la de muchos artistas menores.

No menos enciclopédica, universal, es la exposición abierta ahora mismo en el MNCARs dedicada a Mathias Göritz o Goeritz, artista menos multifacético que Hamilton, perseguidor de un objetivo concreto y constante, pero no menos destacado e importante, tanto para lo bueno como para lo malo... y de quien tengo que confesarles que no lo conocía en absoluto, pero de cuya obra que me he enamorado al primer vistazo.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Mitos y Misterios

¿Y qué decir de Milans del Bosch? Su único referente político y cultural, por llamarlo de alguna manera, su referente vital, no era otro que el general Mola. Aquel organizador del 18 de julio del 36 sobre la base del "escarmiento". "Hay que dar un escarmiento a las izquierdas para que paguen sus excesos y no vuelvan a crecerse". Un escarmiento fue la base sobre la que se urdió el 23-F, y gracias a la impericia de esas acémilas uniformadas no les salió bien. Porque oposición fáctica, real, no hubo ninguna. El poder militar, el único existente, estaba dividido entre quienes se sumaron al golpe y quienes no se sumaron al golpe. La negativa del teniente coronel Tejero a consumar la operación Armada ante los parlamentarios detenidos no es más que la consecuencia de dos factores. El primero es que el golpe de Milans del Bosch ha fracasado, y el segundo es que Milans no está dispuesto a que Armada se instale, o trate de salvarse, instalándose sobre las espaldas de su fracaso. Tejero no le permitirá pasar al hemiciclo porque Milans no le ha concedido a última hora el permiso, o lo que es lo mismo, no ha dado la orden a Tejero que le permita hacerlo. Por eso va a ser a ese mismo general Armada a quien se entregue cuando fracase la intentona. Habían preparado y ejecutado un golpe de estado, no un golpe de timón, y en ese aparentemente inocuo juego de palabras está el meollo de asunto.

Gregorio Morán, Adolfo Suárez, Ambición y Destino.

Les confieso que la figura de Gregorio Morán, su independencia, su estar a la contra de la versión oficial de la historia reciente, me tenían intrigados, de ahí mi interés por leer El cura y los mandarines, que ya les comenté hace unos días. Tras terminarlo, mi curiosidad aún era mayor, así que me adentré en otra obra suya, la biografía de Suárez, escrita primero en 1979 y completada en 2009, en busca de respuesta a los hechos de una transición de la que fui en parte testigo, al superponerse a mi niñez y juventud.

Si El cura y los mandarines tenía claros defectos, estos son aún más visibles en Adolfo Suárez, Ambición y Destino, al tratarse de una obra primeriza. El peor de ellos es común a muchos libros escritos por periodistas y consiste en una dramatización de los hechos narrados que aunque posiblemente basada en los hechos, arroja serias dudas sobre su verosimilitud, ni decir tiene sobre su realidad histórica. El problema estriba que en este tipo de reconstrucciones se nos cuenta lo que los personajes pensaban, sentían y temían, cuando evidentemente nadie pudo saber en ese instante, y en muchos casos, a nadie comunicaron esos sentimientos, con lo que se hace especialmente deslindar qué es literatura, qué es especulación, qué deducción y qué hechos comprobados.

Afortunadamente este error queda limitado a secciones muy precisas del libro, básicamente las de la ascensión de Suarez durante el franquismo, que también son las que menos información de fuentes y notas tienen. Por el contrario, cuando nos enfrentamos al Suárez presidente y luego al Suárez descabalgado y busca de una revancha, es cuando la obra toma visos de ser más objetiva, más verosímil y cercana a la realidad histórica. Especialmente si se compara con el mito de Suárez como caballero andante de la transición que proclaman ahora desde todos los sectores, sobre todo desde una derecha empeñada en convertirle en uno de los suyos, mientras que cuando gobernaba lo que realmente querían es sacarle los ojos

Es ahí, en la demolición de ese mito donde el libro brilla y adquiere su auténtico valor. Una revisión crítica del antiguo presidente del gobierno que se centra en dos aspectos principales: la ascensión de Suárez a la presidencia del gobierno y los hechos aún sin aclarar que condujeron y acompañaron al 23-F

sábado, 27 de diciembre de 2014

Divulgación, popularización, vulgarización


Les confieso que tengo sentimientos encontrados sobre la exposición Depero Futurista, que aún se puede visitar en la Fundación Juan March madrileña.

Desde un punto de vista meramente expositivo, no hay pero alguno que ponerle. La muestra reune en un único espacio los diferentes ámbitos en que se desarrolló la obra de este artista italiano - literatura, pintura, manifiestos, performance, publicidad y propaganda, mundo de los negocios - sin que se produzcan discordancias visibles, a lo añade pequeñas excursiones en movimientos de la vanguardia afines - el futurismo, obviamente - y la situación social y cultural de la Italia de la primera guerra mundial y el fascismo.

Un envoltorio perfecto, por tanto. Atractivo, sugerente y fascinante. ¿Pero, merece la pena el contenido que encierra? Sí y no, en mi opinión. O mejor dicho, definitivamente sí, pero quizás no del modo y con las conclusiones que los organizadores de la exposición hayan querido.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Ruinas y Páramos

Con ser duro, y vaya si lo fue para Max Aub ese reencuentro con otro mundo que daba la casualidad que era su país, o lo había sido, y que ya nunca lo sería, lo escandaloso y de mayor trascendencia es que no se trata de una experiencia individual, sino de un fenómeno colectivo. De una colectividad de individualidades que es la que formaba el exilio y que son conscientes, quizás por primera vez de forma concluyente, de que esta España ni es la suya, ni tiene nada que ver con la que ellos conocieron, ni - lo que es más transcendental en su caso - nadie les recuerda, no porque creyeran que habían muerto, sino porque nunca les interesó que estuvieran vivos; no los necesitaban. Están de más. Incluso incordian como le sucede a Max Aub. Esa será la cadencia, el condensado que rezuma como un jugo ácido ese libro tremendo que es La gallina ciega.

Gregorio Morán, El cura y los mandarines

El principal problema de la última obra de Gregorio Morán, perenne voz discordante en un relato de la historia reciente española que suele bordear la hagiografía, es que no acaban de quedar muy claras la intenciones del autor. Aunque su objetivo principal, según lo manifiesta, es la narración de la  evolución de la cultura española durante el periodo 1962-1996, principalmente en sus vertientes literarias ,la obra asume también rasgos de una historia crítica de la literatura española, con su inevitable escala de mejores y peores, de reconstrucción del ambiente social del tardofranquismo, la transición y el periodo socialista/felipista, sin dejar a un lado la crónica de como la izquierda española dejó de serlo y pasó a ser un grupo más de la élite, con sus intereses creados y su herramientas de poder para mantenerlos.

Con esas ambiciones no es extraño que el libro se desequilibre, dedicando amplias secciones a ciertos periodos históricos y olvidando completamente otros, de manera que al final, la mitad de su espacio se dedique a los primeros años sesenta, ese periodo de crisis entre un franquismo que ya no puede permitirse ser lo que fue, dictadura sanguinaria, y una izquierda que no puede llegar a ser lo que desearía ser. guía y referencia de una nueva España. A este clara preferencia por un tiempo o unos tiempos se une una tendencia a divagar que hace saltar al autor entre los diferentes aspectos que he señalado al principio, sin acabar de elegir uno en concreto, incluso aventurándose en lo que sería auténtica historia política, de la que Morán sabe más de lo que cuenta, y por supuesto mucho más de lo que nos han querido contar.

Sin embargo, a pesar de estos defectos, el libro constituye una lectura fascinante, casi necesaria y obligada para toda persona interesada en nuestra historia reciente.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Viejas glorias

Sorolla, Retrato de Clotilde

Hace unas semanas les hablaba de que este tiempo del año es muy dado a las listas de mejores cosas, sean exposiciones, películas o artículos de broma. Les indicaba también que veía difícil que una muestra como la de Metamorfosis de La Casa Encendida se colase en los diferentes palmarés, pero de lo que no hay duda es que la exposición Sorolla y Estados Unidos de la Mapfre figurará en ellos. No por méritos propios, ya que tiene más de un problema y debilidad, sino porque Sorolla es un pintor popular, alguien que atrae multitudes, ya en el presente y el pasado, y cuyo nombre asegura el éxito de cualquier exposición que se le dedique.

Esa preferencia del público y de los expositores se debe en primer lugar a su afiliación impresionista, adjetivo artístico que siempre es un valor seguro para cualquier museo o institución, por lo que trae consigo de pintura que celebra el placer de vivir, la belleza del mundo y el gozo de su contemplación. Unas características que, no es sorpresa alguna, son especialmente apreciadas en una sociedad hedonista como la nuestra, donde esos placeres, antaño de ricos y privilegiados, han pasado a ser experiencia común de la mayor parte de nosotros.

A esta sintonía entre pintor y público - presentes y pasados, no lo olvidemos - se añade el hecho de que Sorolla es un artista de gran capacidad técnica, capaz de asimilar las lecciones del impresionismo y adaptarlas a tierras y paisajes que no son los originarios, de forma que su pintura se nos aparece no como la de un mero copista o seguidor, sino original y personal. Esta novedad se muestra especialmente en sus escenas de playa, donde supo representar como nadie las múltiples tonalidades y reflejos del mar, la claridad cegadora del mediterráneo y el blanco inmaculado de ropas y velas. Características que aunque tópicas, no dejan de ser menos ciertas.

Hasta aquí los elogios, pasemos ahora a los defectos.