miércoles, 14 de octubre de 2009

The Bible and the Shovel (y I)

In specific historic terms, we now know that the Bible's epic saga first emerged as a response to the pressures, difficulties, challenges, and hopes faced by the tiny kingdom of Judah in the decades before its destruction and by the even tinier Temple community in Jerusalem in the post-exilic period. Indeed archaeology's greatest contribution to our understanding of the Bible may be the realisation that such small, relatively poor and remote societies as late monarchic Judah and post-exilic Yehud could have produced the main outlines of this enduring epic in such a short period of time. Such a realisation is crucial, for it is only when we recognise when and why the ideas, images and events described in the Bible came to be so skilffully woven toghether that we can at last begin to appreciate the true genius and continuing powe of this single most influential literary and spiritual creation in the history of humanity.

Finkelstein/Siblberman, The Bible Unearthed


Pocas areas del planeta han sido excavadas con tanta intensidad como Palestina y en pocas existe tan poco consenso sobre los hallazgos encontrados y su interpretación. Por supuesto, el problema es que nuestra visión sobre lo allí encontrado está distorsionada por la existencia de ese libro llamado la Biblia, origen de tres religiones que aún se disputan ese territorio, y a las que pertenecen (o pertenecían) muchos de los estudiosos involucrados.

Esto lleva a que se tienda a dos posturas extremas, la maximalista, según la cual lo relatado en la narración bíblica es más o menos histórico, por lo que los hallazgos arqueológicos necesariamente deberían confirmar lo escrito; y la minimalista, según la cual la Biblia no es muy diferente de la Odisea (nacida por cierto en la misma horquilla temporal) y lo contenido en ella no son más que mitos, imposibles de confirmar arqueológicamente y, también necesariamente, contradichos por ella.

El libro de Finkelstein/Silberman intentó armonizar ambas posturas, señalando que los estudios arqueologícos indicaban que los patriarcas, Moises y la conquista de Palestina por Josué no eran más que fantasías sin ningún respaldo material, más allá de ser recuerdos distorsionados de sucesos de un pasado remoto (nuevamente la odisea) y que, por el contrario, los Jueces, Saúl, David y Salomón y los estados de Israel y Juda, si respondían a realidades históricas, más concretas a medida que se avanzaba en el tiempo y testimonios externos (la estela de Dan, la piedra de Mesha, los registros asirios y egipcios) confirmaban hechos particulares de la Biblía... sólo que David y Salomón nunca habrían sido reyes de un reíno de Israel unido (y mucho menos de un imperio que se extendía del Nilo al Eúfrates) sino simples líderes tribales, y que Israel y Juda habían surgido por separado, primero Israel y luego Juda, siempre a la sombra de su hermano mayor, adquiriendo importancia sólo tras la destrucción de Israel por los Asirios.

Un concepto histórico donde la Biblia o al menos el Pentateuco, habría sido una creación de tiempos de Josiás y su reforma religiosa, en la cual se habrían reelaborado una serie de leyendas, mitos y registros separados, para construir la historia del mundo desde la creación que ahora conocemos.

Hasta aquí Finkelstein/Silberman, con una teoría que fue atacada desde ambas corriente mayoritarias y que resulto más polémica de lo esperado, quizás por intentar mediar entre ambas, pero cuya controversia aún no ha cesado ni se ha resuelto en un consenso, principalmente porque, a pesar de lo que admiten sus autores, apartarse de la opinión maximalista, suponer que los Patriarcas y Moises no fueron más que creaciones literarias, que David y Salomón eran cuasi bandoleros errantes o que el Pentateuco fue una creación propagandística de tiempos de Josias, supondría un gravísimo pero, no solo al Judaísmo, sino al Cristianismo y al Islám, que basan parte de su ortodoxía en esos mismos personajes.

Sin embargo, todo lector de la Biblia sabe algo conocido desde hace siglos por los estudios: La Biblia no es uniforme. En la redacción sólo del Pentateuco pueden reconocerse hasta cuatro manos, la Yavista, Elohimista, Deuteronomista y Sacerdotal. Es más, algo que choca a todo lector es como el grado de detalle va decreciendo a medida que nos aventuramos en tiempos donde los sucesos se ven corroborados por otras fuentes. Es decir, conocemos al detalle las andazas de Israel por el desierto del Sinai, los asedios de las ciuades conquistadas por Josue, la composición completa de la Corte de David y Salomón, pero cuando llega el momento de narrar la historia sincrónica de los reínos de Israel y Judá, muchos reinados y sucesos se ven reducidos a párrafos sumarios, secos, desprovistos de la exhuberancia y riqueza de las épocas posteriores.

Sin embargo es entonces cuando como digo, aún con esos pocos detalles, las referencias históricas externas, las que faltan para los siglos anteriores, nos situan en un mundo real, en un auténtico equilibrio de potencias del próximo Oriente, con sus cambios de fortuna y sus reveses... con su propaganda también, como demuestra el caso de la piedra de Mesha, en cuya versión bíblica se nos cuenta como el rey de Moab evitó ser derrotado por el rey de Judá, sacrificando a su heredero sobre las murallas de su capital derrotada, pero que en la versión de la piedar de Mesha, ordenada erigir por ese rey de Moab, se transforma en un canto de victoria, el de un rebelde orgulloso que se ha liberado del yugo del rey de Judá.

Pocos detalles, pero pertinentes y reveladores, todo lo contrario de la profusión de detalles con que se narran los siglos anterioes, Patriarcas, Moises, David y Salomón, que parecen moverse en un vacio geográfico, ya que ninguno de los reyes o reínos locales tiene su correlato histórico, mientras que para las grandes potencias que nos son conocidos, los hititas o Egipto, no se citan nombres que nos permitan colocar a esas personas en el tiempo histórico que nos es familiar, como es el caso bien notorio del Faraón del Éxodo, cuyo nombre nunca nos es revelado y que se cita simplemente, como aquel que no conoció a José. O simplemente como artefactos de importancia capital en la historia de Israel, el arca, las tablas de la ley... dejan de ser nombrados y se desvanecen sin dejar rastro sin que en ningún momento se pleantee a la pregunta de su ubicación, que antes parecía ser crucial, necesaria para la supervicencia de Israel.

Y a todo esto, el pasaje más controvertido de toda la Biblia, cuando se nos narrá como, en tiempo de Josiás, cuando se realizaban obras en el templo de Jerusalém, se encuentran los libros de la ley, con toda probabilidad el Pentateuco, produciendose un revival del judaísmo más puro y la eliminación del resto de cultos en uso en el reíno de Judá... lo cual siempre ha llevado a preguntarse a todo lector atento, como fue que unos documentos de tal importancia, donde se recogía la acción de Yahve sobre Israel, pudieron perderse, extraviarse y olvidarse...

lunes, 12 de octubre de 2009

A distorted World












Contemplaba este sábado el Slide de Kawamura Yuki (con música de Kanno Yosihiro, tan importante como las imágenes capturadas) y como en ciertas obras abstractas, que nos proponen la contemplación del mundo, sin distraernos con una historia o simplemente indicándonos qué debemos ver, en donde debemos fijar nuestra atención, mi mente empezó a vagar hasta desconectarse de la proyección y de mis propias preocupaciones.

El caso es que acabé dándole vueltas a una idea fija que me atormenta (sí, así de claro) desde hace unos años. Tengo, me basta con girar la silla donde estoy sentado ahora mismo, para comprobarlo, un montón de DVDs y de libros que aún no he revisado, una pila que va creciendo a medida que uno va comprando para no perder la ocasión, sabiendo que ese ejemplar esa edición, mañana no puede estar ya allí, haberse agotado, o simplemente perdido en la memoria y haber hecho olvidar esa aparente necesidad de poseerlo. Si dejase ahora de comprar ahora mismo, me llevaría varios años al ritmo que voy, interrumpido por el trabajo y las obligaciones, el terminar con todos, en llegar al punto en pudiera releer, rever todo aquello que me interesara, me atrajera, en un momento dado.

Y ese el problema. Porque ahora mismo, en mi mente empieza a confundirse aquello que sé que he visto ya, aquello que me queda aún por ver, de manera que sólo un orden estricto me permite mantener ambas regiones separadas. Peor aún, obras que me fascinaron en su momento se han desvanecido por completo de mi memoria, llevándose consigo su importancia, su contenido, su valor, el acicate para verlos de nuevo.

Así que miro la caja del DVD que contiene Slide, y me pregunto como muchos otros hombres lo han hecho a esta mi misma edad, sin ser comprendidos nunca por sus semejantes de la nuevas generaciones que ascienden. ¿Volveré a verte alguna vez? Pasados tantos años de ver, revisar y enamorarme de siempre renovadas novedades ¿Sentiré el impulso de abrirte y de gozarte de nuevo? Pero... ¿Podré gozarte de nuevo? ¿Quién seré ese día si llega? En mi biblioteca tengo libros que no me atrevo a abrir, libros, por seguir con los lugares comunes, que amó alguien que ya no soy yo, cuyos deseos, ilusiones y esperanzas, me parecen ahora ridículas, porque sólo es posible seguir amando aquello que se transita diariamente, el pasado convertido en presente y proyectado en el futuro, una revisión continua de lo que apreciamos imposible en nuestro mundo actual donde todo es viejo incluso antes de abandonar las manos de su creador.

Sin embargo, se preguntarán los lectores habituales de este blog, si es que existe alguno: ¿que tiene que ver la ristra de tópicos sentimentales anterior con Slide? Mucho, puesto que esa obra, en diferentes capítulos, cada uno rodado de diferente manera, lo que intenta es abordar lo efímero de nuestra vida, como todo es pasajero, como nuestra visión es parcial, incompleta, distorsionada, limitada por por nuestra imperfección y nuestro olvido, de manera que lo nuevo borra continuamente lo anterior, y no es posible extraer un patrón, una norma, una regla, una enseñanza.

Una verdad que, como todas las verdades no es única, puesto que para las culturas orientales, esa consciencia lúcida de lo transitorio del mundo, expresada en el concepto de mono no aware, es algo que hay que aceptar voluntariamente, más aún, entregarse a ella con completa pasión, para gozarla y amarla, al contrario de Occidente siempre preocupado por su propia aniquilación y el olvido subsiguiente.

Conceptos que yo, como occidental, son los únicos que puedo concebir y comprender.

domingo, 11 de octubre de 2009

Like Father, Like Son

Toughness, hardness, brutality, the use of force, the virtues of violence had been inculcated into a whole generation of young Germans from 1933 onwards, and, even if Nazi education and propaganda in these areas had met with varied success, it had clearly not been wholly without effect. Nazism taught that might was right, winners took all, and the racially inferior were free game. Not surprisingly, it was the younger generation of Germans soldiers whose behaviour was the most brutal and violent against the Jews.

...

Thus when German Forces took what the conceived of as retaliatory against the Polish resistance to the invasion, taking hostages, shooting civilians, burning people alive, razing farms to the ground, and much more, they were not acting out of military necessity, but in the service of an ideology of racial hatred and contempt largely absent in their invasion of other countries further to the west. Violence against racial and political enemies, real or imagined, had become commonplace in the third Reich well before the outbreak of the war. The violence meted out by Poles and specially Jews from the beginning of September of 1939 continued and intensified this line of action established by the Third Reich, as did the looting and expropiation to which they were subjected.

The Third Reich at War, Richard J. Evans, explicando la violencia nazi en Polonia desde el primer día de conflicto.

Cuando comencé a leer el último volumen, dedicado a la guerra mundial, de la magnífica trilogía que el historiador británico Richard J. Evans ha escrito sobre el nazismo, no pude evitar una cierta incomodidad. Las primeras decenas de páginas, dedicadas a la invasión de Polonia en 1939, parecían un simple catálogo de atrocidades, cercano a la pornografía, y no un análisis profundo de los que supuso y pretendía el Nazismo.

Me costó entender el porqué de esa actitud, pero debí haberlo compredido desde el principio.

Existe una cierta perversión moderna, sostenida extrañamante tanto por viejos nostálgicos, como por jóvenes rebeldes, de que el Nazismo puede asimilarse a un sistema político normal, tan respetable como cualquier otro, aduciendo en su defensa que sin la guerra y el asesinato, se consideraría como un buen gobierno, o lo que es lo mismo, que el exterminio y la rapiña fueron producto de la crueldad propia de la guerra, que lleva a un mayor radicalismo, de manera similar a la campaña de bombardeo estratégico de los aliados.

Evans desmonta esta hipótesis de forma contundente. En primer lugar muestra, sin lugar a dudas como, desde el mismo día 1 de la guerra, el ejército alemán se comportó con una crueldad inusitada e inesperada, especialmente teniendo en cuenta su comportamiento en el conflicto anterior, completamente opuesto. Un comportamiento que no se debía a un conflicto duro y cruel que poco a poco se va radicalizando, sino que obedecía a unos postulados ideológicos tremendamente claros, núcleos de la ideología nazi y que habían sido inculcados a una generación más joven, a los cuales la guerra dio la oportunidad de ser aplicados en toda su dureza sobre las víctimas que habían sido designados.

¿Y qué postulados eran eso? En primer lugar el hacer de Europa una casa Alemana, pero no al estilo de la Alemania Guillermina, o la derecha tradicional, el de una comunidad de estados dirigida por Alemanía y donde los diferentes pueblos encontraran su lugar, sino el de un continente donde sólo la raza superior, la alemana, tuviera derechos plenos y el resto de las razas, latinos, eslavos, se encontrase en un grado mayor o menor de servidumbre o esclavitud, o fueran consignados directamente al exterminio, determinado así que su bienestar y supervivencia dependiera única o exclusivamente del beneficio que la raza superior obtuviera de ellos o de su sumisión a los deseos de ésta.

Una violencia que, por supuesto, no se había manifestado en toda su intensidad en la Alemanía prebélica, pero que que aún así había llevado a la persecución y al asesinato de todo tipo de opositores, incluidos antiguos cancilleres, como el general Kurt Schleicher, o compañeros de partido, como Ernst Röhm, o a privar de sus derechos, sometiéndolos a la discriminación y a la expulsión, a todos los alemanes no arios, como ocurriera con los judíos.

Una violencia que llegaría a aplicarse incluso a los propios alemanes, como demuestra el exterminio de los enfermos mentales alemanes, ordenada por decreto del Führer el mismo 1 de Septiembre, es decir antes de cualquier supuesta radicalización provocada por la guerra, y que sec completó antes de que se pusiera en funcionamiento la solución final contra los judíos, de forma que la experiencia utilizada los técnicos ocupados de gasear a los enfermos mentales alemanes (y hay que recordar que la definición de "vida que no merece ser vivida" para los nazis era tan laxa que casi cualquiera podía ser incluida en ellos) se utilizó en los campos de exterminio polacos que se abrieron a continuación.

Una violencia por último, que no fue únicamente de las SS o de la Gestapo, sino que requirió la complicidad de muchos alemanes, tanto en el ejército como en la sociedad civil, que desde el primer día hasta casi el último, decidieron dar su apoyo incondicional a una ideología sanguinaria o simplemente prefirieron mirar hacia otro lado, bien para enriquecerse con la rapiña y la depredación o en la certeza de que su pertenencia a la raza superior les hacía inmunes a esos mismos actos.

jueves, 8 de octubre de 2009

No Wall (y II)





Releyendo mi reseña anterior de Mushishi, me he dado cuenta de que he olvidado uno de sus rasgos más característicos, presente ya en el cómic, pero ampliado y aumentado por la manera, imagen, montaje, paleta, ritmo, con se vierte en su adaptación animada.

Se trata, ni más ni menos, en que las historias narradas siempre culminan en un final agridulce.

Entiéndase bien, los personajes que que habitan el mundo de Mushishi suelen tener unas motivaciones claras, mejor dichos unos deseos y esperanzas perfectamente definidas, que sirven de motor a la trama, y que, en otra serie normal, se verían satisfechos y completados con un final feliz... o en otros productos supuestamente más cínicos y realistas, serían quebradas y astilladas, convertidas en polvo, esparcidas en el olvido.

Sin embargo, como ya había dicho antes, la acción de Ginko, el protagonista, se limita a la de un mero espectador, alguien que simplemente se convierte en los ojos y los oídos del espectador y que le sirve de guía en este mundo extraño, un aspecto resaltado por que él es la única persona que viste con ropas occidentales, contemporáneas, en un mundo claramente oriental y del pasado.

Un aire de perenne testigo que le lleva a no intervenir en lo que sucede o, cuando lo hace, a no servir de ayuda, de forma que es el azar, los defectos y virtudes de los personajes, el ambiente y la sociedad que les rodea los que realmente deciden el resultado de la trama... un resultado que, como ocurre en el mundo que habitamos, nunca se ajusta a nuestros deseos, los cuales acaban desvaneciéndose...















...para ser substituidos por otros nuevos, completamente distintos, que deberemos aceptar y aprender a amar con pasión, siempre que queramos continuar en este mundo y no entregarnos a una muerte prematura.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Absurdity/Eternity (y II)








Es conocido mi aversión por esta guerra entre clásicos y modernos, viejos y jóvenes, principalmente porque en este combate por afirmar esos cánones incompatibles, se está dejando demasiado de lado, en áreas muy importantes para mí de ese arte que llaman cine, como puede ser el caso de la animación o el cine experimental, los cuales no suelen figurar en ninguna de las listas pretendidas/afirmadas/proclamadas.

Así ocurre que los proponentes del cine "moderno" suelen hacer bandera de los filmes anarrativos, señalando con toda razón lo importante que es ese apartarse de los caminos trillados y evitar que el guión encorsete y embarace la representacion visual. Sin embargo, ese mismo interés no se refleja en una promoción pareja de lo que se podría llamar el cine abstracto, con lo que se da el caso que obras como L'Ange, que ya comentara hace unas entradas, hayan quedado en la más completa penumbra, de forma que su descubrimiento tiene mucho de revelación, por lo repentino e inesperado.

Una situación que no se debe a falta de influencia, o quizás sea a que ha ejercido la influencia equivocada, puesto que donde han fructificado las semillas puestas por ese cine experimental en general y por L'Ange en particular, no ha sido en el largo, demasiado preocupado por llenar minutos, sino en el corto y especialmente en el vídeo musical donde time is of the essence, que dirían los ingleses y lo que se pierde en extensión debe ganarse en intensidad, de manera que, cuando revisaba una película visionaria como L'Ange, me sorprendía reparando en la inmensa cantidad de music videos que habían copiado una y otra vez sus hallazgos.

Y nótese que utilizo la palabra visionaria en su sentido propio, puesto que las imágenes presentadas por L'Ange no habían sido utilizadas por nadie hasta que esta película apareciera a principios de los 80, para luego convertirse en la gramática básica de esas formas donde el tiempo está limitado, al menos aquellos productos que querían ser algo más que una simple escaparate de artistas, y como esta apropiación no se produjo de inmediato, sino que necesito un tiempo, de manera que lo mismo que Bokanowski había soñado empezó a manifestarse a principios de los 90.

Y repito, no utilizo ese adjetivo de forma impropia al referirme a L'Ange y Bokanowski, puesto La revisión de sus cortos, que realice este sábado, sirve de demostración perfecta. En ellos, el autor francés de 1970 hasta ahora mismo, realiza una búsquesa continua e incansable de nuevas formas de estilo, quebrando una y otra vez su estilo en cuanto este parezca encallar y repetirse, siempre moviéndose en la frontera entre la abstracción absoluta y la figuración, entre la narración y la ausencia de lógica y contenido.

Como ocurre en una de sus primeras obras, La Femme qui se poudre de 1972, donde el rechazo amoroso que sufre uno de sus personajes se plasma en un viaje asombroso por lugares imposibles donde su silueta minúscula es casi aplastada por presencias a las que no importa y les es completamente indiferente.

martes, 29 de septiembre de 2009

Cultural Exceptions (y II)

Hace unas entradas hablaba yo de la magnífica exposición sobre la escultura del reíno de Ife, que puede visitarse en la Real Academia de Bellas Artes de Madrid. En aquella ocasión resaltaba como esa escultura consistía principalmente en retratos de los componentes de la corte real, reyes, reinas, altos funcionarios, sirvientes... y por tanto su objetivo era propagandístico, situando a los gobernantes por encima de los seres humanos normales, dotados de la imperturbabilidad y serenidad de los dioses, pero al mismo tiempo siempre preocupados por su pueblo, cuyo bienestar era la mayor gloria a la que podía aspirar la corona, aunque ese bienestar ideal, como suele suceder, poco tuviera que ver con el bienestar real que esperaría la población.

Definido así ese arte, y si se siguieran los postulados que recogiera John Berger en su Ways of Seeing, deberíamos rechazarlo por entero. Tal y como se indicaba en ese libro, no es posible, o al menos no es deseable, evitar la vertiente política que todo arte posee, en tanto que expresión de las ideas, de una época, una sociedad, una clase o un individuo. Es más, si éstas ideas no coinciden con las nuestras, en el caso de Berger, con las de la izquierda post 68, ese arte quedaría automáticamente desprovisto de cualquier valor. Por lo tanto, al representar el arte de Ife el producto de un sistema desigual y opresivo, como cualquier estructura de poder que se precie, no deberíamos admirarlo, sino denunciarlo.

El pero que Berger puso a toda nuestra concepción del arte no es baladí. Inconscientemente, tendemos a rechazar todo arte actual que no responda a nuestra postura política, en tanto que lo vemos como un impedimento a la construcción de la sociedad deseada, y por tanto usamos ese argumento de "no apto" para rechazar los productos que se oponen a nuestros ideales, independientemente de sus posibles valores estéticos objetivos, aunque ambas palabras parezcan no tener relación.

Un criterio de juicio político que a medida que el arte observado pertenece a un pasado cada vez más remoto (o a una cultura cada vez más distante) se vuelve cada vez más tenue y resbaladizo, ya que nuestros conceptos empiezan a no ser aplicables a esas realidades pasadas o lejanas, con lo que el dilema que Berger nos plantea es el de mantener a ultranza nuestro compromiso político, rechazando así de plano la práctica totalidad del arte antiguo, como perteneciente a sociedades esencialmente injustas y discriminatorias, o buscar alguna componenda que nos permita seguir manteniendo la ficción de su disfrute, a pesar de nuestro conocimiento de la auténtica realidad.

¿O quizás estamos definiendo mal el problema y no es necesario definirlo en términos tan radicales? En mi memoria queda una anécdota de cuando era niño y cursaba séptimo de EGB, con apenas doce años. En aquel entonces nuestro profesor nos hizo leer la Noche Obscura del Alma de San Juan de la Cruz, sin que ninguno supiéramos mucho de él, excepto que ese San indicaba a un religioso, para a continuación pedirnos que lo interpretásemos.

Ninguno nos atrevimos a decir nada, puesto que la imágenes que ese poema evocaba eran completamente sexuales, de forma que la explicación de su verdadero significado, la unión mística del alma con el creador, nos pareciesen completamente fuera de contexto, privadas de todo sentido o razón. O lo que es lo mismo, ocurre que un ateo es capaz de leer y disfrutar un texto concebido por un religioso, a sabiendas de su verdadero significado, pero dotándolo de un mensaje completamente opuesto... algo que debería hacer reflexionar a todos aquellos que hablan de absolutos en el arte o de como su verdadera intención jamás puede ser disfrazada o disimulada.

O por continuar con los ejemplos, como podemos así admirar el relato de Tucidides, aunque sabemos perfectamente que sus simpatías no eran democráticas, sino oligárquicas, o perdernos en las arquitecturas musicales abstractas de un Gesualdo, príncipe de Venosa, aunque conozcamos como asesino a su mujer y al amante de esta para luego exponer sus cuerpos en la plaza de la iglesia, acto que ahora mismo nos haría estremecer de indignación y repugnancia.

O por concluir, como al final lo que importa de esta escultura de Ifé es como esos artesanos, al igual que el escultor griego, supieron plasmar la carne con exactitud, dando la impresión de que al tocar la piedra, está cederá ante nuestro contacto, o como son capaces de crear la ilusión de encontrarnos ante una persona de verdad, perfectamente individualizada, que habrá de volverse súbitamente al reparar en nuestra presencia.

El milagro del auténtico arte, que deja de ser de un tiempo, una sociedad o una persona, para convertirse en universal, propiedad de todos, emocionante para todos, más allá de sus limitaciones, sus miserias o sus pecados.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Yazilikaya


El lunes de la semana pasada, con un dolor de cabeza insoportable, me hallaba visitando el Museo Pergamon de Berlin.

una visita que no hubiera dejado de hacer por nada del mundo, puesto que llevaba esperándo hacerla desde mi infancia, cuando la lectura del libro Die Biblische Hügel (Las colinas bíblicas de Eric Zehren) me hizo enamorarme apasionadamente de la arqueología.

Enamorarse. Apasionadamente. Arqueología. Vaya combinación de palabras, que poco tienen que ver con este tiempo post/post en el que vivimos, en el que sólo el cínismo es admitido como sentimiento válido y la desconfianza ante todo tipo de saber es la divisa que hay que mostrar... pero el caso es que en mi recuerdo, si se me permite comportarme como el abuelo cebolleta que soy, queda una noche de sábado a solas en mi casa, con apenas ¿14? años, en que me leí ese libro hasta devorarlo de una sentada, y, cuando llegue al pasaje en que se describía el descubrimiento de las tumbas reales de Ur, sentí que se me erizaba el cabello y que casi me mareaba.

Nuevamente una exageración. Y ahora otra más. Porque lo que yo sentí en ese instante, lo que para mí es la grandeza de la arqueología, lo que hace que valga la pena revolver entre los escombros y basureros, es que, por un instante, los siglos han sido anulados, el tiempo demolido, y aquellos que estaban muertos, no lo están ya, sino que se alzan ante nosotros como contemporáneos y somos capaces de comprendernos... algo nuevamente extraño y ajeno, casi anatema, a este tiempo nuestro post/post donde las diferentes culturas son opacas las unas a las otras, y jamás podrán llegar a comprenderse, mucho menos a ser comparadas.

Sin embargo, como digo, aquella noche yo fui presa de un frenesí. Acompañaba a Layard, a Botta, a Max von Openheim, todos ellos medio científicos, medio aventureros, medio ladrones, casi como Indiana Jones, la locura del asiriologo Winkler, buscando tablillas en mitada de Anatolia y descubriendo la capital del olvidado imperio Hititia, la profesionalidad de Koldewey, de Andrae, de Woolley o Flindrers Petrie. Todos ellos enamorados de su profesión, de los lugares en los que excavaban y sobre todo, regalándolos miles de años más de historia, ampliando nuestra visión del mundo, convirtiéndonos en provincianos que debían aprender de nuevo, puesto aquello que conocían ya no tenía validez.

Por ello, pasear por el museo Pergamon, por el ara que le da nombre, por el mercado de Mileto, la puerta de Babilonia, los hallazgos de Uruk, Jorsabad, Assur o Tell Halaf (aunque la segunda guerra mundial nos hiciera perder buena parte de lo allí encontrado, recordado apenas por dibujos).

O en una sala lateral, la reconstrucción de los grabados rupestres de Yazilikaya en el centro de Turquía, el santuario de los reyes hititas, donde Teshub el dios de la tempestad recibe el homenaje del resto de las divinidades.


Otro lugar mítico que espero poder visitar antes de mi muerte.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Cultural Exceptions


Las esculturas de Ife, en la actual Nigeria, datadas entre los siglos X y XV, son una excepción, pero entiéndase bien lo que digo, son una excepción en el contexto africano, puesto que desde una visión europea del arte son extrañamente cercanas y familiares, en más de un sentido.

Como bien es sabido, la escultura africana, como la de la mayoría de las culturas es fuertemente expresionista, alejándose tanto de cualquier intento de realismo que termina por ser casi abstracta. Más aún, esa escultura es una forma de arte popular, un arte no de las elites, creado para ser degustado y entendido por unos pocos, en unos lugares convertidos en auténticos santuarios, sino que es un arte que se destina a la comunidad, a ser objeto de utilización en las ceremonias colectivas, disfrutado y utilizado por todo y, casi, creado por cualquiera de los miembros de la sociedad.

Por ello, una vez superado el shock que el arte africano produjo en la cultura europea de principios del XX, ese abismo que separaba a un arte elitista/naturalista de un arte casi-abstracto/colectivo, y que aún hoy sigue actuando sobre nuestras percepciones, existe un segundo aftershock, el de encontrarse, como digo, la excepción que supone un arte como el de Ife, eminentemente naturalista, esforzado en representar al ser humano de una manera exacta y personal, puesto que cada una de las esculturas Ifé es un auténtico retrato, que a pesar de remitir siempre a unos rasgos ideales, permite distinguir a un individuo de otro, hacernos suponer que estamos viendo el rostro de un ser humano real, muerto hace siglos.

Un estilo que, como digo, al espectador occidental le resulta tremendamente familiar, ya que estos retratos, de los reyes y reinas, los altos funcionarios y la corte de Ife, recuerdan a la escultura imperial romana, es más, prácticamente obedecen a los mismos mecanismos políticos, la necesidad imperiosa de realizar una propaganda del poder político hacia los gobernados, una acción que se realiza en un doble sentido : por una parte, presentando a un gobernante ideal, divino, que se encuentra por encima de los seres humanos corrientes y que se halla libre de sus pasiones y defectos, por otra parte, aunque pueda parecer contradictorio, plasmando a los representantes de este poder, con rasgos más que humanos, de manera que parezcan cercanos y accesibles a los gobernados, atentos a sus peticiones y necesidades,

Lo cual da lugar, por tanto a un arte realista, ordenado por las elites y creado por una casta de artesanos especializados, y que ya no está dirigida al común de las gentes, excepto en su vertiente propagandística.

Una coincidencia estética e histórica que, por supuesto, no se debe a ningún fenómeno de transmisión/contaminación cultural. Cuando la cultura Ife florece, hace ya siglos que el imperio romano es historia olvidada y las orillas africanas del Mediterráneo, destino de las caravanas que desde el Níger cruzan el desierto del Sahara, está en manos de una cultura anicónica, el Islám que rehuye la representación del ser humano y del mundo que le rodea. Simplemente, como no podía ser de otra manera, estas esculturas, tan cercanas y familiares, podrían considerarse como un ejemplo más de la igualdad de todos los seres humanos, del hecho de que constituimos una única raza, que comparte unas mismas estructuras cerebrales y que, enfrentados a situaciones similares tiende a dar soluciones similares.


Y todo esto puede contemplarse en una de las exposiciones más interesantes de la temporada que ahora empieza en Madrid. Se trata de Dinastía y Divinidad, abierta en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, una de esas exposiciones que no recibirá publicidad alguna, de hecho ni siquiera está en la cartelera de los periódicos que dicen ser defensores de la cultura y el arte, pero que, para mí es de las que uno no se debe perder por ninguna razón.

martes, 15 de septiembre de 2009

No wall


Mushishi, una de las mejores series de anime de este decenio a punto de terminar, es una triple excepción.

Primero, porque una producción de este calibre no surgió de un estudio de los grandes, aquellos que destacan por su presupuesto o por su calidad, sino de un estudio menor, Artland, casi desconocido en aquel entonces y que no ha vuelto a acercarse desde entonces a los niveles que alcanzara en esta ocasión, de manera que es posible hablar casi de milagro.

Segundo, porque a pesar de tratarse de una adaptación más que literal del manga del mismo nombre, hasta el extremo de que puede uno reconocer las viñetas individuales en los fotogramas, consigue elevarse por encima del material original, aportando un ritmo pausado y reposado que el manga es incapaz de conseguir, ya que las escasas páginas de cada episodio, se transforman en veinte minutos de animación, con lo que la tranquilad, el reposo, la eternidad y atemporalidad presentes en el material original se hacen palpables, un camino que el visitante se ve obligado a recorrer, no a su paso, sino al marcado por esa ruta.

Es más, en un cómic donde es primordial reflejar la belleza de la naturaleza, lo convivencia constante del hombre con ella y el sentimiento permanente de que no somos otra que cosa que un animal más, el hecho verse obligado a describir el mundo en blanco y negro, en viñetas congeladas, constituye una limitación que sólo puede ser superada por un auténtico genio del llamado arte secuencial. En sentido, el anime, al incorporar a la narración los colores auténticos de la naturaleza, el transcurrir del tiempo, de la mañana a la noche, los diferentes cambios de luz, los sonidos que nos rodean, o simplemente el movimiento de los personajes en el amplio formato del 16:9, consigue una efecto de inmersión, de abandono de este mundo por el otro simulado en la pantalla, que las viñetas son incapaces de conseguir.

Y aquí entra la tercera excepción, porque estoy hablando no de adaptación, sino de translación, y de una translación eminentemente decorativa y preciosista, lo cual podría haber dado lugar a un producto vacío y huero, frío e inútil, pero el caso es que los conflictos que aparecen en cada episodio, las pasiones y tragedias que afectan a los personajes, narradas, como digo sin apresuramiento ni exageración, casi con un punto de desapego, el propio del protagonista que viaja de pueblo en pueblo y muchas veces no es otra cosa que un espectador como nosotros, incapaz de influir en los sucesos que presencia, se convierten en memorables, en realmente importantes y devastadoras.

Una narración pausada y tranquila, atenta al detalle tanto en en el ambiente como en las acciones de los personajes, que consigue atrapar al espectador en el ambiente descrito, haberle partícipe de lo que está sucediendo como si el estuviera allí y sufriera lo que están sufriendo los personajes, de tal manera que, muchas veces, me he quedado viendo pasar los títulos de créditos, escuchando la música, siempre distinta, pero siempre atemporal y eterna, con la que finaliza cada episodio.

De manera que aún sigo recordando muchos de ellos, cuando hace ya cinco años que los viera por primera vez.

domingo, 13 de septiembre de 2009

On the Brink of Disaster

By 1930 confidence in democracy had worn thin. The new states challenging the status quo were anything but democratic. There was every evidence that any new order, whether right or left, would bring with it an authoritarian, single party politics. By the late 1930 even political circles in the USA feared the imminent collapse of democracy everywhere outside America... Under such circumstances, war in the in the 1930 was a great risk for any democratic power. It was not a question of a democratic world bringing fascists troublemakers to kneels, but of a democratic retreat in the face of fanatical nationalism, military rule and communist dictatorship. Not only the status quo abroad, but political freedom in home was at stake. The decision to use force in its defence was not at easy as it now looks from the perspective of German defeat. Fears for internal political stability, the urgent search for consensus, the pursuit of economic security were not mere excuses for democratic inaction, but were the product of a very real anxiety.

The Road to War, Richar Overy & Andrew Wheatcroft.

Por seguir en la línea de abuelo cebolleta que ha dominado mis entradas últimas, tengo que añadir que mi afición por la historia precedió a la de la música y el arte. Si estas últimas lo hicieron en el periodo 1980-1982, la historia se me reveló el curso escolar anterior, el 79-80, quizás porque en el tiempo en que vivía la transición, la historia, como dicen en anglosajonía, was in the making, al coincider mi niñez y adolecescia con el final del franquismo y la transición a la democracia, pero sobre todo se lo debo a mi profesor de historia contemporánea de ese tiempo, una persona que nos hizo ver la historia y su estudio de forma nueva y renovada, como algo vivo, alejado de las largas listas de nombres y fechas que debíamos memorizar para los exámenes.

¿Y en qué consistía esa visión nueva y renovada de la historia? Quizás lo que mejor podría ilustrarlo es un ejemplo, como decía él, había que huir de las narraciones de la historia que la presentaban como el cuento de caperucita, como podría ser, en el caso de narrar la segunda guerra mundial, hablar de caperucita roja-Polonia, que yendo a visitar a su abuelita-Inglaterra, se encontró con el lobo malo-Alemania...

En este sentido el libro de Overy-Wheatcrofr, The Road to War, realiza un excelente trabajo de revaloración histórica de los sucesos que condujeron a la segunda guerra mundial, empañado sólamente porque en cierta manera no pasa de ser un resumen amplio y se desearía una mayor profundidad en su tratamiento y exposición. Dejando este defecto a un lado, el libro realiza un excelente trabajo disolviendo mitos populares, en concreto el de que las potencias occidentales se lanzaron a la guerra para protejer los derechos de los pequeños pueblos, pero lo hace no en el sentido revisionista, el demostrar que todos estábamos equivocados y que en el fondo los nazis no eran tan malos, sino intentando liberar a la crónica de la segunda guerra mundial de una aparente atribuida anormalidad histórica, para hacerla más normal y cotidiana, similar, en sus orígenes a otros conflictos del pasado.

¿Y en que consiste ese parecido con otras guerras? Pues simplemente, como era de esperar que las potencias no actúan por altruísmo, sino por defender sus intereses. Unos intereses que, en el caso de las potencias occidentales de los años 30, Francia e Inglaterra, enfrentadas a una decadencia imperial, esa que convertiría tras 1950 a Europa en un continente más sin peso en el mundo, intentaban por todos los medios mantener el status quo, temerosos de que una guerra pudiera llevar al traste las ventajas de las que gozaban y destruir sus sistemas políticos internos, especialmente enfrentadas a unas potencias revisionistas, como Japón, Alemania e Italia, envalentonadas y en ascenso, y un clima político mundial , donde la democracía parecía pertencer al pasado y las dictaduras al futuro.

Una postura que explica el appeasement inicial, más allá de una supuesta cobardía de las potencias democráticas, y que explica también su firmeza en 1939, cuando, como bien hubiera corroborado Clausevitz, la guerra se convirtió en la continuación de la política por otros medios, ya que la tensión había llegado a tal grado, que la única manera de mantener el equilibrio interior y exterior era precisamente desancadenar una guerra europea, en un momento, 1939, en que Inglaterra y Francia aún tenían ventaja sobre Alemania, y no como bien demuestra Overy, en el momento deseado por Hitler, 1942-1945, cuando militarmente la superioridad sería de Alemania.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Absurdity/Eternity











He indicado ya muchas veces, en la entrada anterior, sin ir más lejos, la sensación de disociación e inutilidad que produce el toparse con obras de esas que llaman absolutas, que fueron producidas hace decenios, cuando uno ya estaba vivo y había alcanzado la capacidad mental necesaria por esos temas. Entiéndase bien, no se trata de aquello que se dejó de ver en su momento, por una razón u otra, y que quedo apartado para mejor ocasión. No, se trata de aquello de lo que nunca llegó uno a enterarse, que pasó desapercibido y desconocido, porque lo que tenían que contárnoslo, llamar la atención estaban hipnotizados por las modas pasajeras del momento, todo aquello que no merece importancia y que se mantiene en los libros y en las crónicas, demasiado a menudo simplemente porque no se quiere aceptar el error.

Así, cuando uno descubre lo que era realmente importante, muchos años después y se da cuenta de la intensidad con que lo hubiera disfrutado si lo hubiera hecho con el vigor de la juventud, no puede evitar un sentimiento de desolación. Desolación y profunda desconfianza hacia aquellos que dicen quiarnos, pero cuyos juicios, demasiado a menudo, vuelvo a repetir, están tan distorsionados y equivocados como los de el más distraído de los espectadores.

Así que no es extraño que la contemplación de una obra tan bella formalmente y tan cercana a mis sensibilidad como L'Ange, de Peter Bokanowski, realiza en 1982, me haya impresionado profundamente, no sólo por esa belleza, sino por la certeza de haber perdido el tiempo contemplando celuoide completamente inútil, sólo porque se decía que había que verlo, mientras lo realmente importante quedaba oculto... y lo hubiera sido eternamente si la casualidad no me hubiera hecho toparme con ella.

Por que realmente, yo no tendría que decir nada más, debería bastar con redigirles a esta entrada, perteneciente al blog de Ben Ettinger, alguien que escribe y se explica mucho mejor que yo, no ahora, cuando mi decadencia es cierta, sino incluso cuando yo estaba en plenitud de facultades.

Pero algo hay que decir, algo hay que decir. Y esta película me duele especialmente por que describe con una belleza formal extraordinaria, las diferentes acciones obsesivas y absurdas en que sus personajes repiten eternamente, embebidos en sí mismos, ausentes a todo lo que no sea su tarea. Un absurdo, un círculo vicioso sin salida ni redención que es subrayado por la música, donde los sonidos de los instrumentos clásicos han sido desmontados y remontados hasta hacerlos parecer electrónicos, y donde las imágenes han sido montadas para que hacer aún más incompresible lo que vemos, ocultando lo esencial, rompiendo la secuencia temporal, mostrándolo apenas un instante o deteniendo la imagen hasta negar el movimiento que suponemos consustancial al cinematógrafo.

Así, se tiene un espadachín que una y otra vez apuñala a una muñeca colgada del techo, una jarra de leche que se hace añicos una y otra vez contra el suelo, justo cuando un personaje sin manos intenta agarrarla, unos estudiosos que buscan en una biblioteca de Babel una respuesta a una pregunta que no se nos revela, un rayo de luz que es refractado, reflejado, transmitido por distancias infinitas, sin que tal complicado mecanismo parezca tener una razón de ser... o unas figuras minúsculas que ascienden unas escaleras sin final.

Un mundo absurdo y sin sentido que no podemos contemplar con otro sentimiento que no sea el horror.

¿O acaso es lo contrario? No somos nosotros, los espectadores similares al K. de la novela Das Schloss de Kafka. Si nadie excepto nosotros ve el absurdo, si todos los demás actúan como si las reglas del juego fueran sensatas y racionales ¿quién es el loco entonces? ¿Ellos o nosotros? Cómo podemos afirmar que estamos cuerdos, cuando el mundo entero actúa de forma distinta a como nosotros pensamos que deberíamos hacerlo?

¿Y es que acaso, nuestras acciones racionales no son esencialmente absurdas? Nada de lo que construimos, de lo que ansiamos, de lo que perseguimos, habrá de aprovecharnos, porque nos será irremediablemente arrebatado, bien por el olvido, bien por la muerte.

Porque nosotros también somos presos que caminan en círculos por su celda, habiendo llegado a crear que sus sueños de un mundo exterior son la realidad.