martes, 7 de septiembre de 2010

Apocalypse non Redux


Por si alguien no lo había notado, las capturas obviamente pertenecen a las escenas finales de Apocalypse Now, una de las grandes películas que Coppola rodó cuando aún era director de cine.

Lo anterior viene a cuento porque no soy precisamente fan del remontaje que apareció hace ya a unos años con el nombre de Apocalypse Now Redux. Por decirlo de una manera concisa, con la adición del nuevo material, el solito, consiguió convertir una obra maesta en una película notable. O por decirlo con mayor detalle, lo que en la versión del 79 era una pesadilla inducida por las drogas, en las que los protagonistas (junto el público) iban perdiendo poco a poco el contacto con la realidad en una bajada a los infiernos que un ritmo implacable tornaba en inexorable. De esta manera, la película de Coppola constituía en una vibrante meditación sobre la bestia que anida en el interior de todos los humanos y de la fascinación que provoca en todos nosotros. La pelicula, como digo, al final dejaba de hablar de Vietnam, para transformarse en una abstracción fuera de todo tiempo y lugar, una invectiva universal contra todas las guerras, su horror, y las excusas que nos inventamos para provocarlas, cuando al final es el placer animal que nos provoca la destrucción y la masacre, la única razón que nos lleva a librarlas.

Como puede esperarse, todo esto se perdía en el remontaje del 79. En vez de un viaje sin fin, sin destino y sin vuelta atrás por ese río donde nos esperaba Kurtz y nuestra auténtica naturaleza, la película se estructuraba en larguísimas escalas, que no aportaban mucho y que sólo servían para  destruir el efecto de acumulación alucinatoria que presidía la otra cinta. Peor aún, frente a la deslocalización y atemporalidad de la cinta anterior, esta película tenía lugar claramente en Vietnam en los años 60, mientras que el objetivo de su crítica era el gobierno estadounidense y su política asiática, transformando el horror hecho carne que era Kurtz y sus huestes, en una especie de rebeldes sin causa, destruyendo de un plumazo a uno de los símbolos de la cinematografía reciente, que nunca debió haber salido de las sombras.

Quizás soy demasiado pasional en mis jucios, quizás las nuevas generaciones, que no han crecido con la versión antigua, vean con mejores ojos a la nueva, quizás es que el impacto que produjo a mediados de los 80 en un pase en el que estaba casi sólo en el cine, me pide verla de otra manera menos radical.

Quizás, pero el caso es que después de tanto rollo, lo que yo quería decir no era esto. 

Lo que quería decir es que cada generación tiende a verse en la cumbre de la ola y busca en el pasado padres adoptivos, de los cuales datar su nacimiento. Así, durante mucho tiempo, se habló de que el cine había nacido con Griffith, para luego en los tiempos de victoria del clasicismo, ceder la preferencia a Welles y su Citizen Kane, concluyendo, en estos tiempos de transición, con retrasarlo a la Nouvelle Vague o los cineastas americanos de los 70, según se sea más comercial o más autoral.

No obstante, los directores americanos de los 70 no se diferencian mucho formalmente de sus homólogos de los 40, lo cual no es un elogio, estribando la mayor diferencia entre ambas décadas en la temática elegida, o mejor dicho, en la manera en que la desaparición de la censura en los 60 permitió mostrar lo inmostrado, sin tapujos, justificaciones ni reparos, en una dinámica que continúa aún hoy en día, de escándalos que dejan de serlo a los pocos años, cuando no meses.

Y de esto que digo, Apocalypse Now es una prueba magnífica, puesto que Coppola utiliza  multitud de recursos formales que en su tiempo ya estaban pasado de moda, pero que el sabe insuflar de nueva vida, como las magníficas superposiciones que abundan en toda la película, donde se nos insinúan relaciones, enigmas, corrientes subterráneas que de otra forma no podrían expresarse.

O como la secuencia de arriba, la calma antes de la tempestad definitiva, expresada por ese encadenamiento de planos casi estáticos, con iluminaciones esencialmente expresionistas.

lunes, 6 de septiembre de 2010

FdI Cuento IX: Año 325 a.C. India

Otro Lunes, otro cuento de Forjadores de Imperios. En este caso estamos de suerte, ya que al ser de los impares, es de los cortitos. El tema de hoy es un relativamente obscuro incidente durante la campaña en India de Alejandro. Poco conocido porque no deja en muy buena posición a Alejandro, especialmente ante aquellos que lo admiran por haber conquistado medio mundo.

Pero como siempre aquí, lo tienen, espero que lo disfruten.

Año 325 a.C. India

Tres veces habíamos atacado las murallas y tres veces nos habían rechazado. Nuestros muertos cubrían la base de los muros de la ciudad. Ahora, fuera del alcance de sus armas, sentados en el suelo, contemplábamos jadeantes el parapeto que no habíamos podido escalar, sobre el cual asomaba de vez en cuando la cabeza de uno de los defensores. No era demasiado alto, apenas la altura de dos hombres, ni tampoco demasiado fuerte, nuestros picos hubieran bastado para socavarlo, pero nunca antes, desde que entramos en la India con el rey, nos habíamos enfrentado a una resistencia tan decidida. Quizás en otro tiempo, cuando teníamos que luchar para salvar nuestras vidas, no hubiéramos cejado hasta coronar los muros y barrer a sus defensores. Ahora, sin embargo, no teníamos otro deseo que volver cuanto antes a casa. Nos daba igual añadir un triunfo más a la diadema de Alejandro.

Éste se paseaba nervioso tras la primera fila de asaltantes. Nuestro fracaso le irritaba. Varias veces nos exhortó a reanudar el asalto, pero nosotros sacudíamos la cabeza y nuestros rostros reflejaban el desaliento. No había manera. Nuestra renuencia acabó por exasperarle. Arrebató la escala a un soldado y se precipitó hacia los muros de la ciudad. Unos cuantos de los hetairos le siguieron. El resto del ejercito permaneció en sus posiciones, esperando a ver como se desarrollaba el ataque.

El enemigo, al descubrir la aproximación de aquellos nuevos combatientes, concentró sus disparos sobre ellos. Los últimos en abandonar las filas llevaron la peor parte y pocos de ellos alcanzaron el muro. El rey, por el contrario, no tuvo dificultad en ganar la protección relativa de la base de las murallas. Ahora eran los defensores quienes tenían que asomarse para poder alcanzarles y eso les ponía a merced de nuestros arqueros, que comenzaron a arrojar flechas para proteger al rey y a sus acompañantes. Nuestra reacción animó al rey. Le vimos estrechar la mano a uno de los soldados que estaban con él y señalar a lo alto de la muralla. Apostaban sobre quién sería el primero en escalarla.

Un gesto y se aplicaron las escalas sobre el muro. Otra seña y comenzaron a ascender, el escudo protegiendo el rostro, la mano aferrada a los travesaños. El rey fue el primero en alcanzar el parapeto. Esquivó la lanza de uno de los defensores y lo precipitó al vacío. Entonces saltó sobre el parapeto y lo limpió de enemigos. Un clamor de triunfo se elevó de nuestras gargantas. No creo que nos escuchara, pero debió imaginárselo, pues se volvió hacia nosotros, levantó la espada y nos hizo señas para que siguiésemos su ejemplo, para que corriésemos a ayudarle. Sin embargo, su euforia se trocó pronto en desesperación.

Excepto la escala del rey, las otras habían sido colocadas descuidadamente. Cuando los primeros soldados alcanzaron la cima, bascularon hacia atrás y se desplomaron, arrastrando consigo a los soldados que las escalaban. Los mismos que ascendían por la escala del rey saltaron también al suelo, temiendo que ésta también se derrumbase. Alejandro se quedó sólo en el adarve. A uno y otro lado veíamos acercarse los picos de los cascos de los defensores que acudían a matarlo. Todos nos pusimos en pie. "Salte. Salte, majestad" – gritábamos, agitando los brazos, golpeando los escudos con las espadas. No nos atrevíamos a arrojar ni flechas ni lanzas, por temor a alcanzarle. Él miró a ambos lados y, al verse rodeado de enemigos, saltó de la muralla.

Sólo que al interior.

Nos quedamos helados. Un clamor de triunfo se elevó desde el interior de la ciudad. Los defensores que marchaban al encuentro del rey se detuvieron y permanecieron atentos a lo que sucedía a sus pies tras el muro, dándonos la espalda, sin preocuparse por protegerse. El griterío aumentaba en intensidad. Ninguno de nosotros parecía capaz de reaccionar.

El primero fue Peucestes, uno de los que habían acompañado a Alejandro hasta el pie de la muralla. Le vimos zarandear a un soldado que estaba a su lado y que aún no se había repuesto del impacto de la caída. Con su ayuda y la de otros consiguió encaramarse al parapeto de la muralla. Los defensores, absortos en el combate que tenía lugar a sus pies, no se esperaban un ataque.  En unos instantes estaban muertos o en fuga. Mientras, varios más de nuestros soldados habían conseguido a su vez escalar la muralla. Les vimos desaparecer juntos en el interior.

El griterío redobló. Sorpresa. Terror. Confusión.

Silencio.

Observábamos los muros, ahora vacíos de defensores, sin ser capaces de realizar un solo movimiento.

- Deben de haberlo matado – oí murmurar cerca de mí – ¿Cómo vamos a volver ahora? ¿Quién nos va a guiar hasta Grecia?

Aquello me despertó. Me abalancé sobre los carros que guardaban el equipo y agarré un pico. Con él en la mano, corrí hacia la muralla y empecé a golpear el muro. Algunos soldados más me habían visto desaparecer y me habían seguido. Juntos nos esforzamos en cavar un hueco al pie de las murallas, mientras que otros nos ayudaban a retirar las piedras y la tierra que extraíamos. Pronto hicimos un hueco lo bastante grande como para que entrase un hombre.

- ¡Traed maderos! – grité.

Con ellos hicimos palanca. El lienzo de la muralla no aguanto mucho y se derrumbó con estrépito. Nos precipitamos aullando en el interior de la ciudad. Nadie. Todos los enemigos habían huido al ver desplomarse el muro. Ante nosotros se extendía un pequeño huerto, rodeado de casas, y en medio de él, se elevaba un árbol alto y frondoso, cuyas ramas se extendían hasta tocar el suelo, erizado de flechas y lanzas clavadas en su tronco. A su alrededor yacían los cadáveres de multitud de defensores y, junto al tronco, como si intentasen defender a alguien, se apilaban los cuerpos de aquellos que habían saltado la muralla en pos de Alejandro.

Me abalancé sobre el montón. Con la ayuda de otro soldado fuimos retirando los cuerpos hasta llegar al del rey. Lo primero en aparecer fue su cabeza. La sangre le cubría el rostro y una pedrada le había cerrado un ojo, pero con el otro nos observaba lleno de rabia y furia. Cuando intentamos incorporarlo, gimió e intentó apartarnos con el brazo. La lanza de un defensor le había atravesado el hombro, perforando la armadura. Al levantarle para transportarle al campamento vimos que sangraba de varias heridas más. Uno de mis camaradas sacudió la cabeza. De ésa no iba a salir.

La ira me invadía. Sentía deseos de concluir lo que los defensores de la ciudad habían empezado. Por su irresponsabilidad, el ejército había estado a punto de perderle. Por su terquedad, muchos habían caído tratando de defenderle. Por su ambición, aquella ciudad iba a ser arrasada.

A mi espalda se escuchaban ya los primeros chillidos. Nuestras tropas se desahogaban.

Notas: El asalto a la ciudad india ocurrió tal y como se narra. Fue una de las acciones más desafortunadas de Alejandro y estuvo a punto de costarle la vida.

domingo, 5 de septiembre de 2010

100 AS (XXVIIIb): Grasshoppers (1990) Bruno Bozzettto


Como en otras ocasiones he comentado, estoy completando los cortos de la famosa lista de Annecy, con otros que se quedaron fuera, seguramente por falta de espacio. En ese caso, si la semana pasada le tocaba el turno al duo Gianini/Luzzati, ahora es el momento del otro gran animador italiano, Buno Bozzetto, representado por su corto Grasshoppers, de 1990.

A primera vez, el corto parece ser de una sencillez pasmosa. Fondo neutro, cámara fija, personajes que entran por un lado de la imagen y salen por él otro, haciendo resaltar la bidimensionalidad característica de la cell animation o 2D como se la llama ahora. Una serie de características que una por una son fuertemente negativas, al recordar a la inmensa ristra de subproductos que Hanna y Barbera manufacturaron desde 1960, en una continua caída de calidad, creciente ausencia de pretensiones, repetición eterna de los mismos clichés y costes casi nulos, que a punto estuvo de acabar definitivamente con la animación norteamericana.

Por supuesto, no es el caso de Bruno Bozzetto.

Si tienen tiempo y pasan el corto fotograma a fotograma, como he tenido que hacer yo para realizar las capturas, es fácil darse cuenta de que cada cell es distinta a la siguiente, con lo que Bozzeto está trabajando en el modo de animación completa, el que requiere más trabajo, pero además no se limita a transitar de una pose a la siguiente, como es el uso común para ahorrar trabajo, sino que entre medias busca añadir acentos y subrayados que le permitan dar mayor expresividad y personalidad a la animación (piénsen solo en lo aburrida que es la animación de Family Guy, que necesita de un fuerte apoyo textual para distraer al público de su falta de ideas gráficas).

Además, Bozzetto sabe, como todos los grandes animadores, que el hecho de trabajar con dibujos realizados sobre un papel implica que todo está permitido, que puede transformar unas figuras en otras, estirarlas, retorcerlas, recurrir a la exageración y la caricatura, sin miedo a destruir la ilusión de verosimilitud, puesto que el público ya sabe que lo que está viendo es mentira. Un sobreenendido que le permite  realizar audaces transiciones entre escenas, imposibles en el cine de verdad, sin que se produzca una ruptura en el flujo (ya sea buscado o accidental) o recurrir a embarazosas muletas y explicaciones, mientras que aquí como digo, el paso entre las épocas históricas que se ilustran se realiza con naturalidad, con un ritmo vivo que va acelerándose a medida que avanza el corto.

Es con la frase anterior con lo que llegamos al meollo del asunto. Este corto inocente, casi infantil, de técnica aparentemente fácil y trillada (lo cual es una ilusión como ya hemos visto), no es otra cosa que un resumen de la historia mundial, en la que ésta se narra de manera irónica, como una continua serie de guerras absurdas, libradas por motivos generalmente estúpidos, y que acaban con la destrucción y desaparición de ambos contendientes. Una idea grave y profunda, por tanto, de esas que servirían para construir una larguísima película de las de verdad, sobrecargada de grandes palabras y declaraciones, pero que en manos de Bozzetto se convierte en un corto divertídisimo, donde es imposible no carcajearse ante la inutilidad de la ambición y la gloria humana, que como digo siempre se resuelve en la muerte y en el olvido.

Y como siempre aquí tienen el corto, para que lo disfruten, y en esta ocasión no tienen excusa para no hacerlo, porque como he dicho, es divertidísimo y nada hay mejor que reírse de nuestras propias desgracias y miserias.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Otherwordly (y I)

¿Qué es eso que...?
¡Una mujer dragón! ¡Los descendientes de Atlantis, los demonios de la leyenda..!

 
Señor, es peligroso. Retiraos, os lo ruego.
 
Quieto, Vargas.
 
Si eso es un demonio.
 
Es de una belleza tal...
 
...que le entregaría voluntariamente mi alma.
 
Tú eres Go de Fanelia, ¿no es cierto?
 
¿Cómo conoces mi nombre?
 
Cuando la luna de las ilusiones brille por encima de las montañas de poniente...
 
...el hombre al que estás destinada vendrá a tí.
 
Así se predijo cuando nací.
 
¿Destinada?
 
Sí, es el destino quien ha hecho que nos encontremos

Cuando se relee un clásico, de esos que nos enseñaron en la escuela o descubrimos siendo aún adolescentes, se produce un extraño fenómeno mental. No importa las veces que lo hayamos leído, lo bien que conozcamos su argumento o que casí podamos recitar sus palabras de memoria. En cuanto llegamos a ciertas páginas escogidas, nos sentimos inmediatamente en casa, seguros, tranquilos y en paz, como cuando se vuelve a un lugar amado desde siempre. Una extraña sensación para un tiempo que nos exije cambiar continuamente, renovar nuestros gustos cada temporada, y deshacernos de todo aquello más antiguo a unos pocos meses, como se hace con los cadáveres antes de que se corrompan.

Esa sensación, la de haber vuelto a casa, es la que he sentido al revisar estas semanas la serie Tenku no Escaflowne, o en corto, Escaflowne, de 1996.

Es cierto que tengo una debilidad especial por esta serie, una de las primeras que disfrute en mi periodo de iniciación al anime, allá por 2000-2001, pero no es menos cierto, que esta serie fue realizada por un estudio Sunrise en su mejor momento (unos años más tarde, realizaría la no menos magistral  Cowboy Bebop), coincidiendo con la revolución que supuso Evangelion, de forma que en esos años finales del siglo XX se realizaron una serie de producciones que pueden considerarse como el canto de cisne de la cell animation, antes de que hacia el 2000 el ordenador se convirtiese en la herramienta básica de la animación 2D.

Una alegría, por tanto, volver a esta serie, pero también una tristeza, al ver todo lo que se a perdido en la transición y en la marea moe que ahora nos invade. Por poner unos ejemplos muy sencillo, el aspecto de acuarela de los fondos de esa época, donde se dejaba a la vista que era un dibujo e incluso se tenía el atrevimiento de dejar zonas inacabadas o sin pintar, ha sido substituido por fondos hiperrealistas, en ocasiones meros calcos de fotos. Curiosamente, en medio de esta obsesión por representar la realidad as is, la introducción del ordenador no ha dejado de producir unos resultados finales en cierta manera asépticos, como si la perfección del instrumento hubiese contaminado al resultado. Porque se me entienda mejor, los objetos y vehículos que aparecen en las series modernas parecen completamente impolutos, sin señales de uso, mientras que en estas series del fin de la cell animation, se muestra una evidente preocupación por mostrar mediante el dibujo el daño que el uso y el tiempo realizan, de forma que todo tiene un aspecto de viejo y gastado, de realmente usado y habitado.

Esto no tendría mayor importancia y podría achacarse a los habituales cambios de estilo. Lo peor es la constatación de lo mucho que la invasión moe ha dañado a la industria (y tengo temblores al constatar que las próximas series de estudios como Manglobe o Bones van a apuntarse a la corriente, al menos en su diseño de personaje). En Escaflowne, aunque el tramo de edad de los protagonistas es el mismo que en las series modernas, ese espacio entre los 14 y los 18 años que corresponde a la adolescencia, aparentan tener mucha más edad de la que tienen, no sólo física sino mentalmente. Los problemas y las preocupaciones a las que se enfrentan son las de la edad adulta, las responsabilidades heredadas del cargo que ocupan, la lucha por la vida, los fracasos y derrotas, la muerte y la desesperación... en resumen, toda la miriada de decisiones cotidianas que deben tomarse en solitario, confiando únicamente en las propias fuerzas, midiendo las consecuencias de las mismas y las personas con las que se pueden contar.

No menos llamativo es que mientras que la mayor parte de las series actuales se reducen a un chaval que debe elegir entre varias bellezas, a las cuales, por supuesto deberá salvar de sus problemas y desdichas (Kyoto Animation parece haberse especializado en esto), el personaje central de esta serie sea una mujer, la escolar Kanzaki Hitomi, de cuyas acciones y decisiones, depende el destino del resto de los personajes y del mundo en el que ha caído accidentalmente, de manera que la historia que se nos narra es al mismo tiempo la historia del paso a la madurez de nuestra protagonista que debe aprender por ella misma, qué es lo mejor para cada situación, qué es lo que debe hacerse. No es menos llamativo que en un  panorama dominado por la hipérbole de los atributos mamarios de las mujeres protagonistas, hasta el extremo de resultar repulsivo, en Escaflowne la belleza de cada una de las muchos personajes femeninos se base en su personalidad, en su manera de actuar y de vestir, individualizando a cada una de ellas  y conviertiéndolas en inolvidables.

Y por supuesto, como se puede observar en las capturas iniciales, que he traducido del francés, pocas series hay con ese instinto por lo auténticamente maravilloso y sobrenatural, de manera que  acaba por  asemejarse a esos cuentos de hadas que han pervivido durante siglos en el Folklore

Pero de eso y de más ya hablaremos en entradas siguientes. E incluso, si me hallo con fuerzas, empiece una serie sobre las mejores series de anime...



jueves, 2 de septiembre de 2010

Facts and Figures

The Japanese defeat in the Second World War was total and comprehensive. It possessed political and diplomatic dimensions, economic and industrial failure, and defeat in the air, at sea and on the islands of the Pacific and Southeast Asia, and on the Asian mainland in Northeast India and Burma, southern China and Manchuria and northern China. The Japanese failure was one that ultimately left her without allies to face the world's most populous power, China, the world's greatest empire, Great Britain, the world foremost industrial, naval and air power, the United States, and the world's greatest military power, the Soviet Union. It was a defeat that left Japan without any real friends or supporters in any of the conquered territories; in which there were people who were associated with Japan but no more, their power and importance was minimal, their relevance even less

H.P Willmott, The Battle of Leyte Gulf

En el imaginario contemporáneo existe la falsa impresión de que nuestra visión de la guerra, el modo en que se narra en las popularizaciones tipo Anthony Beevor, es más justo y preciso al centrarse en las experiencias de los soldados rasos. Es cierto que esa manera nos ha permitido sentirnos más cercanos al conflicto, casi como estuviéramos en ella, y que responde a nuestra concepción democrática de la sociedad, ofreciendo por tanto una visión más equilibrada del conflicto, al permitir escuchar diferentes voces, pero en realidad corre el peligro de ser tan reduccionista como la visión del general sentado en su silla y que observa el curso de la batalla con su catalejo, ya que acaba por reducirlo todo a sangre, sudor y lágrimas, a esfuerzo físico del que surge victorioso el más tenaz y resistente.

Esos relatos no nos ayudan a darnos cuenta de la enormidad y complejidad de los conflictos bélicos, de como tras cada soldado que está en el frente se necesitan varios que aseguren sus comunicaciones, transporten sus suministros. De como las guerras involucran intimamente a la población civil, que tiene que vivir para su ejército, producir para él, sacrificarse por él. Peor aún, no nos damos cuenta de que el resultado de las guerras no depende del heroísmo o la bravura, ese ingrediente que tanto abunda en las películas de Guerra, sino de la cantidad y la calidad del material, de la capacidad que cada país tiene para desplegarlo y mantenerlo, de la eficacia de sus soldados y mandos en utilizarlos. Tampoco tenemos idea de las pérdidas que se pueden producir en una batalla de verdad, y pensamos que 5000 muertos del ejército americano en Irak son pérdidad inaceptables, cuando esa era casi la totalidad de la dotación del acorazado japonés Yamato, hundido en los últimos días de la segunda guerra mundial.

En ese sentido, un libro tan poco dado a la narración anecdótica como es el que H.P. Willmott dedica a la batalla de Leyte es una buena llamada de atención. Para el que no lo sepa, esa batalla, dividida en cuatro encuentros principales, ha sido la última y mayor batalla naval que haya presenciado la humanidad, y  Willmot  la analiza con absoluta frialdad, aportando datos y hechos, mostrando las posibilidades de cada combatiente, el estado de sus "piezas", por así decirlo, y las dificultades con las que se encontraban.

 Así, puede encontrarse uno con datos tan poco conocidos, en esa historia que se basa en las hazañas personales, como el grado en que la escasez de combustible limitaba las operaciones bélicas japonesas, reduciéndolas casi a una simple incursión, llegar y hacer el máximo daño posible. Unas operaciones en el que cualquier retraso, ya sea por acción enemiga o por propia confusión, podía resultar desastroso, puesto que las unidades más pequeñas como los destructores podían agotar sus reservas de combustible y quedarse detenidos en mitad del océano, a merced del enemigo, que dominaba el mar, sin que sus compañeros pudieran hacer nada por salvarles ya que se arriesgaban a sufrir el mismo destino.

 Asímismo, y en contra de esa historia que parece basarse en los militares geniales y omniscentes, el libro nos descubre un plan de batalla japonés cuyo único punto claro desde el principio es la necesidad de atacar con toda la flota al enemigo, ya sea para causarle una humillante derrota, o bien para morir en el intento, en un claro ejemplo de espíritu Kamikaze. Excepto ese objetivo, el resto del plan se improvisa en unos pocos días y atraviesa diferentes fases hasta que al final queda algo que es todo menos un prodigio de organización, en el que la fuerza principal se divide en dos flotas, una atacante por el norte y otra por el sur, decisión tomada a última hora y aún hoy poco explicable, mientras que desde el propio Japón se destaca una tercera escuadra para atacar también por el sur... sin que se intente coordinar en ningún instante las operaciones de las dos flotas del sur y mucho menos estas con las del norte.

Pero lo más impresionante, en ese estudio basado en los hechos y los datos, es percatarse de la enormidad de los recursos que se lanzan a la lucha, tal y como se muestra en el párrafo siguiente, porque si ya era enorme la flota japonesa, incluso para hoy día, la americana es prácticamente inimaginable.


In the course of the Second World War in the Far East, between December 1941 and September 1945, the United States commissioned into service eighteen fleet, nine light fleet and 77 escort carriers, eight battleships and two battlecruisers,thirteen heavy and 33 light cruisers, 349 destroyers and 420 destroyer escorts, 73 other escorts and 203 submarines and these totals exclude the number of ships that were commissioned but turned over to allies. Such is the context of the "sixty-three remaining vessels in the Japanese Navy" that saw service at Leyte Gulf

Un párrafo que ilustra perfectamente lo absurdo y suicida del ataque japonés, que aunque hubiera logrado una victoria temporal (y estuvieron a punto de conseguirlo) no habría conseguido otra cosa que retrasar la hora de su destrucción, remachada como todos sabemos por las dos bombas atómicas de agosto del 45, pero segura y conocida desde el verano del 44, cuando la aviación americana contaba con bases, en la islas Marianas, desde las que golpear el territorio japonés y los submarinos americanos habían prácticamente cortado las líneas de comunicación por las que llegaban suministros al Japón

Una derrota final inevitable que es también ilustrada en el párrafo con el que he abierto la entrada, perteneciente al inicio del libro, y en el que se muestra la locura y la irracionalidad de la decisión japonesa de hacer la guerra, puesto que no sólo se enfrentaron a las naciones más poderosas del momento, cada una superior al Japón en un campo, sino que fueron incapaces de conseguir aliados en los territorios que decían haber liberado de los opresores occidentales.

Y es esa ceguera frente a la realidad, la incapacidad de reconocer cuando los métodos de siempre serán incapaces de surtir efecto, la que marca el comienzo de la decadencia de todos los imperios, por muy avanzados y poderosos que se crean