jueves, 2 de enero de 2020

Esperando a que tiren la bomba (y IX)















Cuando estaba preparando esta entrada, me vino a la memoria que existía una película calcada a Dr. Strangelove (Teléfono Rojo. ¿Volamos hacia Moscú, 1964, Stanley Kubrick), con una única diferencia: lo que en ésta era objeto de sátira, en aquélla se narraba con completa seriedad. Gracias a Google y a lo poco que recordaba del argumento -la había visto una única vez, creo que en el programa La Clave, hacía muchos años-, descubrí que se trataba de Fail-Safe (Punto Límite, 1964) de Sidney Lumet. Un director que cuenta con una obra maestra indiscutible, la famosísima 12 Angry Men (12 hombres sin piedad, 1957),  pero que ha sido acusado de efectismo y grandilocuencia, al igual que tantos otros directores del clasicismo cinematográfico tardío -Penn, Kramer, Pollack, Brooks-, que iniciaron su carrera en el formato televisivo. Ya saben, un medio donde la competencia es tan grande que hay que recurrir a cualquier medio para captar la atención del espectador.

Tras revisar Fail-Safe, mi conclusión es que el olvido en qué ha caído está muy justificado. Cierto que en su tiempo la perjudicó bastante el hecho de estrenarse un poco después que Dr. Strangelove. Tienen demasiadas similitudes entre sí, así que el publico debió pensar que estaba viendo la misma película, aunque en favor de la de Lumet hay que decir que todas son casuales, ya que ambas películas se rodaron en paralelo, sin saber de la otra, tomando como partida novelas diferentes. No obstante, ese cansancio del público le impidió apreciar, en su justa medida, otra película sobre una guerra nuclear desencadenada por error, pero eso no quita que, vista ahora, la película de Lumet parezca muy inferior a la de Kubrick. 

¿Por qué? Un primer defecto son las carencias de su aparato de producción. El film de Lumet deja traslucir pobreza y falta de medios, indignas de lo que era una producción de primera categoría de un estudio, como Columbia, que se contaba entre los grandes. Es cierto que, si se mira bien, Dr. Strangelove, fuera de contar con la cabina de un B-52 auténtico, tampoco andaba muy sobrado de medios, pero Kubrick creó una serie de espacios que se han tornado iconos de la guerra fría y han llegado a suplantar en el imaginario popular los auténticos, como ocurre, en concreto, el de la sala de mando del pentágono. Esos lugares, en realidad, eran mucho más provisionales, de equipamiento y mobiliario espartano, incluso algo cochambraso. Por ejemplo, en fechas más recientes, todo el mundo se sorprendió al ver en la TV que la operación de caza y captura de ibn Laden era dirigida desde lo que parecía ser una sala de estar de un hogar cualquiera, no demasiado acomodado. De hecho, en ese aspecto del decorado, la película de Lumet era mucho más realista, menos manipuladora, que la de Kubrick, puesto que sus centros de control estaban calcados de los que mostraba la propaganda estadounidences contemporánea.

Por otra parte, Kubrick rodaba de una forma metódica y detallada, esforzándose en que todo quedase explicado de forma clara y sencilla, con el mínimo de subrayados y aspavientos, de manera que su película tiene un acabado sobrio, clásico, aunque sea un tanto a contrapelo. El film de Lumet, por el contrario, es voluntariamente enfático, subraya los momentos de tensión aumentando el ritmo del montaje, bajando el encuadre al primer plano, que a veces se llena sólo con la boca, los ojos o las manos del actor.  A priori, no es un estilo peor. De hecho hay secciones, como el sueño inicial de uno de los protagonistas o la secuencia con que he abierto esta entrada, que con esa manera consiguen resultados impresionantes. Es más, llega incluso a parecer, comparando ambas cintas, que Lumet es un director más moderno, más abierto y orientado al futuro, que Kubrick. 

El problema está en el contenido sobre el que Lumet aplica su recursos. El guion es deleznable, un conjunto de inverosimilitudes y absurdos, de personajes de una pieza y golpes de efecto ridículos, que se nos quiere hacer pasar por exasperación dramática, desgarradores conflictos morales y decisiones a vida o muerte. Lo típico de esas historias rebosantes de deus ex machina y non sequiturs, salpimentadas con melodrama y sentimentalismo barato, en los que se ha empozado el Hollywod moderno, pero que eran bien frecuente también en tiempos clásicos, como es el caso. Por ponerles un par de ejemplos de estos defectos, en Fail-Safe el derrumbamiento de un personaje es justificado porque sus padres son unos alcohólicos, hecho descubierto por su propio jefe, y además en directo, , el mismo día de autos. Por otra parte, durante la primera mitad es una presencia continua el personaje de un consejero civil del presidente, que aboga de forma machacona por un ataque masivo contra la URSS, para luego desvanecerse por completo en cuanto el presidente toma las riendas. Error de guionista primerizo, que crea personajes, les da importancia determinante, los coloca en primer plano, para luego no saber que hacer con ellos e intentar quitárselos en medio. O la filípica que el presidente de los EEUU, como único poseedor de la razón, lanza al premier soviético, cuando ambos son igual de culpables  del cataclismo.

En medio de ese desastre de guion, el estilo enfático de Lumet sólo sirve para subrayar todos y cada uno de sus traspiés, contribuyendo así al derrumbe completo e inevitable de la película. Llega a convertirla, en ocasiones, en auténtica comedia involuntaria, haciendo añicos toda su impostada seriedad y su exageradas pretensiones. En especial, su visión de que en ambos bandos había los suficientes hombres buenos preocupados por el destino del mundo, empecinados en evitar la catástrofe -esa misma que ellos habían ayudado a propiciar, por cierto-, de forma que sólo la casualidad, el más imprevisible e inesperado azar. podía llevar al apocalipsis nuclear.

Seriedad que deviene ridículo, mientras que la caústica sátira de Dr. Strangelove te helaba la sangre.

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