That certain works of Cicero should survive only in one copy, and that the under-layer of a palimpsest, emphasises how fragile civilisation is.
Peter Watson, Ideas, From Fire to Freud
He estado leyendo, ya a punto de terminar, el inmenso mamotreto de 1000 páginas de Peter Watson, que intenta construir una historia de la humanidad desde el punto de vista de su evolución científico/filosófica, o dicho de otra manera los intentos por describir o explicar el mundo en el que debemos vivir.
Por supuesto, como ocurre con todos los compendios divulgativos, el propósito de Watson no puede escapar de errores muy comunes, de los cuales el menor quizás sea el hecho de tener que seleccionar el material de partida, de elegir entre aquello que debe ser conservado y lo que debe ser destinado al olvido. Mucho más notables son, por supuesto, su tendencia a incluir la última opinión investigadora, sin esperar a que el polvo se deposite (véase el caso de la controvertidas inscripciones indias que supondrían un inicio de la escritura distinta al sumerio comúnmente adoptado, pero que tienen en su contra el que sus descubridores hayan aportado una traducción de las mismas, cuando las inscripciones posteriores de la cultura del Indo son un inmenso rompecabezas sin solución) y sobre todo el triste hecho de que una persona sola no puede aspirar a dominar todos los temas tratados (piénsese solo que estamos hablando de 5000 años de historia, una docena de civilizaciones, otras tantas religiones, etc, etc), lo que le lleva nuevamente a confiar en la opinión crítica de un autor, del cual no sabemos exactamente su estatus.
Sin embargo, nada de esto disminuye el valor del libro, puesto que todos estos defectos se suponen conocidos. Su auténtica importancia como puede suponerse, es el de servir de acicate, el de reunir en un sólo volumen un amplísimo corpus de conocimiento que suele hallarse disperso e incompleto... o simplemente olvidado o descuidado por el lector por muy culto o aficionado que sea. Una confluencia de ideas, algunas complementarias, otras enemigas íntimas, otras sorprendentes, muchas conocidas pero vistas desde un ángulo inesperado, que, como poco, sirven para despertar la curiosidad del lector, llevándolo a saber más de aquello que pensaba conocido pero que, ante su sorpresa, no lo es en absoluto, o que en el mejor de los casos, puede producir pequeños y reveladores cortocircuitos cerebrales, al yuxtaponer opiniones, resultados y campos que siempre se habían observado desde la lejanía, bien guardaditos en sus cajitas.
Todo muy bien y muy bonito, pero.. ¿a santo de qué la cita?
Simplemente porque a medida que leía este libro me iba dando cuenta (o mejor dicho, recordaba una de mis obsesiones) de cuan frágil es la transmisión del conocimiento, de como la casualidad influye, casi decisivamente, en el cúmulo de ideas que han terminado por construir nuestro presente, ése, que lleno de orgullo, no ve la razón por la que debiera preocuparse del pasado. Si alguien no hubiera estimado que debía leerse tal o cual manuscrito, si alguien no hubiera decidido conservarlo, si alguien no hubiera decidido copiarlo cuando ya era viejo, si alguien no hubiera creído que era aún válido y que podía ser de utilidad para sus contemporáneos, la cadena se habría roto y el conocimiento habría desaparecido para siempre.
O por decirlo de otra manera, el fin de semana pasado me compré el Epítome de Floro, un resumen realizado en época clásica sobre las Historias Filípicas de Pompeyo Trogo (siglo I a.C). Desde el punto de vista de un historiador, ese libro si se hubiera conservado entero y no en su quinta parte, habría sido una obra de información valiosísima, puesto que narraba la historia del poder Macedonio desde su fundación por Filipo, hasta su disolución a manos de romanos y partos, abarcando un inmenso ámbito geográfico desde Grecia y Egipto, hasta el Indo y Samarcanda.
Si se hubiera conservado entero claro, pero lo que nos queda es un apretado resumen, donde se han cortado las disgresiones explicativas sobre geografía, política y sociedad, donde se han eliminado los topónimos, los apodos que permitían distinguir entre gobernantes, hasta el extremo de convertirlo en un batiburrillo indescifrable.
Todo por que su lengua no era lo suficientemente noble y pura para interesar a los eruditos, y los hechos narrados, la decadencia de un imperio, no podían utilizarse como ejemplos que justificaran otros.
Lo que provocaba que no valiesen el esfuerzo y el coste de copiarlos y conservarlos.
martes, 10 de marzo de 2009
domingo, 8 de marzo de 2009
Des images



He completado hoy, tras varios fines de semana, la visión de Histoire(s) du Cinéma de Godard... y debo decir que me ha gustado más de lo que pensaba.
Algún lector se habrá preguntado si eso no debería ser así by default, pero el caso es que con Godard me pasa como con Mozart, el hecho de que se les califique como probablemente el mejor XXXX del mundo, al igual que la cerveza, y que multitud de seguidores se afanen en cubrirlos de elogios manoseados por infinitas manos, incita mi rebeldía y me lleva a abstenerme de su disfrute.
Una error ya lo se, una cabezonería tan estúpida como todas las cabezonerías.
El caso es que apenas he visto nada de la obra de Godard y lo poco que he visto ha sido a intervalos demasiado espaciados. El primero fue a principios de los 80, cuando me aficioné a aquello se definía entonces como Gran Cine (así con mayúsculas). Se trataba de Alphaville, una película de nombre mítico, pero que a mi no me dijo nada. Expliquémoslo bien, no me echó para atrás por su audacia formal, ni por su dificultad extrema. Simplemente me pareció una película más.
Mucho tiempo después, hacia el año 2000, vi la no menos mítica Á bout de Souffle, en esta ocasión si me sentí irritado, pero no por las distorsiones formales, las ruptura de raccord o de la lógica narrativa, sino porque los personajes principales, Belmondo y Seberg, me parecían retrasados mentales, y no podía aguantar que me los vendiesen como paradigma de juventud y de rebelión.
Ahora y a modo de reparación de una injusticia, le he hincado el diente a Histoire(s) du Cinéma y debo decir que la forma en que se estructura, ese remontaje de escenas, superponiendo unas con otras e incluyendo el texto, me ha resultado muy cercano a mi forma se sentir, o dicho de otra manera, que el corta/pega cultural, el intento de transmitir ideas mediante la yuxtaposición y la secuencia de imágenes entran dentro de los recursos que yo consideraría legítimos si alguna vez me dedicara a eso del cine.
Por supuesto, esta película no es una historia del cine. Godard, al estilo de Sartre, es un teórico que expresa sus teorías en forma artística, con lo que no propone dar una visión de lo que ha sido el cine, sino de sus ideas de como debe ser el Cine, lo que le lleva a ocultar ciertos fenómenos, que no considera dignos de esa idea, o a presentar otros de forma negativa, como lastre que impide la cristalización de sus sueños. Una manera que roza el panfleto , al articularse su argumentación en dos modos principales, la repetición constante de ideas simples (cine europeo bueno, cine americano malo) y la apelación a los sentimientos del espectador (el cine es un misterio, el cine es la vida)
Sin embargo, esto que en una obra de referencia universitaria habría sido letal, en este caso no lo es, puesto que se trata de una visión personal, donde lo importante no son los argumentos que se plantean, sino la forma en que se hacen, esa yuxtaposición/superposición de imágenes de diversa procedencia, donde se cuela a partes iguales, la ambigüedad inherente a las imágenes junto con ideas no pensadas, ni intencionadas, negando como digo ese aspecto de tesis o de panfleto, donde se supone una argumentación fija y determinada, libre de interpretaciones equivocadas, puesto que su objetivo es una llamada a la acción.
Una arquitectura formal como digo, basta, en la secuencia, la yuxtaposición, el contraste, la mezcla, la recurrencia cíclica y la alternancia arbitraria de argumentos imágenes, que lo hace fascinante incluso para aquellos que no comparten el credo estético de Godard... o mejor dicho que lo compartimos de manera distinta, pues al igual que él pretendemos variedad y no uniformización, pero no alcanzamos a comprender como esa variedad puede expresarse en un mundo interconectado como el nuestro, en forma de escuelas nacionales, cuando las naciones están dejando de existir, y la variedad sólo puede conseguirse de forma privada y solitaria.
O por finalizar con otro ejemplo de coincidencia, el hecho innegable de que ese cine del que nos nutrimos Godard y yo, y que me permite identificar la inmensa mayoría de las imágenes y títulos que presenta, pertenece ya al pasado, un pasado que no existe ya para para la mayoría de los espectadores, y que nunca volverá, ejemplificado en la mesa de montaje con la que construye su película y en la máquina de escribir con que la traza.
viernes, 6 de marzo de 2009
Urwälde

He estado reviendo estas últimas semanas, en pequeñas dosis de 20 minutos, la mítica Dersu Uzala que Kurosawa dirigiera en 1975, lo cual me ha despertado una serie de meditaciones, algunas más pertinente que otras, que son más personales, en su sentido biográfico.
El caso es que hace ya un buen rato que se habla de la muerte del cine clásico, a cuyos continuadores actuales se les dedican toda clase de descalificaciones, principalmente la de estar tratando con un modo de hacer cine completamente desfasado, sin ninguna capacidad de renovación, evolución o sorpresa... argumentos que son muy válidos, sino fuera porque la visión de Dersu me ha hecho acordarme de lo que representaba rodar al estilo clásico, un modo completamente distinto del utilizado por sus supuestos continuadores actuales, que puede decirse que son su negación completa.
¿Y qué quiero decir yo con esto? Pues que aparte de una serie de herramientas de estilo y de gramática cinematográfica, eso que es tan fácil copiar y que figura en todos los manuales, el cine clásico es, ante todo, una forma de mirar el mundo, aspecto que sus imitadores actuales son incapaces de imitar y en muchos casos, ni siquiera se imaginan que exista. En resumen, que se limitan a crear maniquíes, exteriormente iguales a los seres humanos, pero desprovistos de vida.
De pregunta en pregunta ¿Qué quiero decir yo con eso de un modo de mirar? Pues simplemente que el cineasta clásico intentaba transmitir los sentimientos y sensaciones, tanto explícitas como implícitas, expresados por un texto mediante imágenes, lo que llevaba a la autoimposición, dependiendo de ese texto, de una serie de normas, válidas sólo en ese contextos, y que reducían el conjunto de posibilidades a un restringido número de opciones.
Por poner un ejemplo, conocido de todos, todos recordamos el comienzo de The Searchers de John Ford, en concreto como nunca se nos cuenta el pasado del personaje interpretado por John Wayne, ese tiempo enigmático transcurrido entre el final de la guerra civil y el regreso a la granja de su hermano. Otro director, especialmente uno moderno, habría intentado construir el personaje de Ethan, darle mayor entidad dramática, incluyendo flashbacks a ese pasado misterioso.
Ford no lo hace, sin embargo, y muchos (post)modernos aprovechan para hablar de ascetismo, rigor, desafío.... intentando, como quien dice, arrimar el ascua a su sardina, sin darse cuenta de que si Ford no lo hace así es simplemente porque el relato y el personaje no lo exigen. Ethan no quiere que se sepa su pasado, su hermano y la mujer de este prefieren no saberlo, y por tanto ése y no otro, es el sentimiento que se nos quiere transmitir en la película, el de algo que se ha decidido olvidar, suponer como nunca ocurrido.
Ése es precisamente el concepto de clacisismos y ser clásico, la adecuación entre lo que se quiere contar y el como se cuenta, y lo adscripción rigurosa a unas formas mecánicas y reglamentadas de escritura visual.
Una definición que convierte automáticamente a Dersu Uzala en uno de los últimos clásicos, por esa correspondencia casi exacta entre contenido y fondo, uno de cuyo ejemplos se encuentra en la secuencia ilustrada en la captura de arriba, correspondiente a un personaje que busca a otro en medio de un bosque, encontrando su búsqueda imposibilitada por ese mismo búsqueda. Uno sentimientos, el de no encontrar puntos de referencia, el de no saber por donde tirar, el comenzar a estar uno mismo un poco perdido, que quedan perfectamente ilustrados (palabra terrible) en esa widescreen donde su misma amplitud, su espacio, queda negado por la acumulación de elementos en primer plano, impidiéndonos ver lo que hay más allá, o en el hecho de que las entradas y salidas de plano, se realizan por lugares y direcciones opuestos, en un ritmo vivo, pero al mismo tiempo perfectamente legible (otra característica del clacisismo) un clima de ansiedad y confusión
Ése que requiere la escena.
Y a todo esto, ¿dónde queda la "meditación... más personal, en su sentido biográfico de la que hablaba antes? Pues simplemente que esos bosque eternos que representa la cinta, alejados de nosotros por miles de kilómetros y ya más de un siglo, me son especialmente cercanos. Ese vivir y marchar por un bosque cerrado, de árboles altísimos, que se cierran sobre uno, evitando el paso de la luz, y donde al poco acaba uno por perder toda referencia de donde viene y a donde marcha, lo he experimentado yo cuando niño, cuando marchaba de acampada y de campamento, durante semanas enteras con los boy scouts.
Una sensación que ya no podré volver a sentir nunca, puesto que no recuerdo dónde estaban esos sitios cuyo recuerdo es tan vivo que puedo aún verlos cuando cierro los ojos, como si aún estuviera allí. Y aunque supiera encontrarlos, han pasado ya treinta años, y esa marabunta insaciable y destructora que es la especie humana, seguro que ya los habrá encontrado y domado, haciéndolo semejante a esos espacios urbanos que tanto decimos aborrecer pero sin los cuales no podemos vivir.
O lo que es peor. Puede que lo encontrase y que por alguna casualidad hubieran sido protegidos. Yo ya no soy el mismo, he crecido y madurado, me hecho viejo, desengañado y amargado. Esos espacios enormes e impresionantes para el niño pequeño que yo era, me parecerán ahora angostos y diminutos, sin nada que me sorprenda e ilusione, puesto que ya no puedo albergar esos sentimientos.
miércoles, 4 de marzo de 2009
A great disappointment... but some compensations


Lo primero, disculpas por mi ausencia... por alguna razón no he encontrado el tiempo y las ganas para continuar escribiendo, lo que ha llevado a que se me acumule el trabajo.
El caso es que estos últimos fines de semana he estado revisando el pack Woody Woodpecker & Friends I, que cubre más o menos la producción de cortos del Pájaro loco desde 1940 hasta los primeros 50 realizados por el estudio de Walter Lantz... y me he llevado una gran decepción.
El problema a mi entender es que en mi niñez, allá por los años 70 del pasado siglo, el Pájaro loco era uno de mis ídolos infantiles. Recuerdo aún perfectamente los títulos de crédito del programa televisivo que el propio Lantz creara para rentabilizar sus cortos cinematográficos en el nuevo medio, con intervenciones suyas en los programas al estilo de lo que hacía Disney en sus producciones para la TV. Del mismo modo, hay cortos que, a pesar de los años transcurridos no se me han despintado, o al menos, no se me ha despintado lo que sentí en aquella ocasión y la impresión que me causaron, tanta, que me pasaba los días esperando a que llegara el tiempo de esos dibujos animados.
Un buen recuerdo que, al verlos ahora con ojos de adulto, me ha producido una profunda decepción. El caso es que el estudio de Walter Lantz nos muestra que no toda la producción de la época clásica es magistral, ni siquiera memorable. Los cortos que realizaba para la Universal no contaban con los recursos ingentes de la Disney, con lo que obviamente la calidad en la animación de este estudio quedaba fuera de sus posibilidades, llevándole a crear una animación más tosca y simplona (hay ocasiones en que las transiciones entre movimientos son demasiado abruptas, simplemente porque no se pudo/quiso animar ese intervalo). Un "defecto" que en sí no tendría porque serlo la perfección de la Disney no es más que uno de los caminos posibles, pero en el caso de Lantz salta más a la vista, puesto que esta productora no cuenta con el grupo de talentos de la Warner (no sólo sus directores, sino animadores, guionistas, músicos y actores) y no les da la libertad de esparrame necesaria para que se expresen, ni el tiempo para que sean capaces de construir el caos de relojero que convierte los cortos del competidor en ejemplos aún válidos para los animadores.
Claramante, las ambiciones de Lantz, se reducen a crear productos de consumo rápido, entretenimiento ligero con el mínimo de dinero, lo que le lleva a cortar en animación, guión y construcción de su cortos, dando a muchos de ellos un aire de batiburrillo, donde brillantes aciertos parciales son contrarrestrados por esa tosquedad sin precisión, ése sacarlo cuanto antes como éste, que hay prisa, que le impide alcanzar las cumbres de sus competidores Disney y Warner, o incluso las de un antecesor, Fleischer, que compartía con él esa tosquedad y dispersión, pero que las compensaba con un constante buscar más allá y experimentar, capaz de sorprender al espectador más cansado.
Una gran decepción como digo... pero al mismo tiempo una gran sorpresa, ya que perdidos entre la mediocridad de la serie del Pájaro Loco y, sobre todo, en los extras, se encontraban pequeñas perlas.
Un ejemplo de esos tesoros escondidos, son la racha de cortos que a mediados de los 40 realizo James Shamus Culhane, alguien que había realizado en la Disney uno de los momentos míticos de la animación, el Aiho Aiho de Snow White, y cuyo toque se expresa aquí en una animación exhuberante y sorprendente, fuera de todos los moldes y de toda regla. Una auténtica presencia revitalizadora, por tanto, en el contexto del estudio Lantz, pero que sólo duro unos pocos añós, y que alcanzó sus máximas cumbres no en la serie del Pájaro Loco, sino en los impresionantes casi vídeos musicales de las Swing Symphonies, donde gozo de la libertad necesaria para ponerlo todo patas arriba en el mejor de los sentidos (auno de ellos los que pertenecen las capturas arriba indicadas y aquí les dejo otro para que lo disfruten, no olviden ponerlo en HQ)
Junto con estos cortos, son también notables la continuación que Lantz daría a la serie Oswald The Lucky Rabbit, previamente realizada por Disney, dotados de ese aire anárquico y sorprendente de los cortos de los primeros años 30, donde nada estaba prohibido, siempre y cuando llevara a unas risas. Sorprendentes son también los cortos de primeros de los 50, casi Averianos en sus locura y efectos, y que aparecen sin nombre de director, puesto que, según la leyenda, fue el propio Lantz quien, en tiempos de transformación del estudio, tomo los mandos de la producción, consiguiendo una calidad que nos hace pensar en las alturas que podría haber conseguido el estudio, si hubiera reducido su producción y Lantz se hubiera involucrado mas, como los Fleischer, en los aspectos artísticos. O para terminar, la tirada de cortos realizados por Avery tras su experiencia Metro (curiosamente Avery ya había trabajado con Lantz en los 30, precisamente en Oswald) que constituyen un cierre más que honorable a la carrera de esa figura mítica.
En resumen, una gran decepción, como digo, pero que, una vez pasado el mal trago (o la riada) se reveló llena de pequeños tesoros y compensaciones...
lunes, 23 de febrero de 2009
Old Arguments/Present Debates (y II)
Comentaba David Jack, con toda justicia, sobre mi entrada anterior
..y en el texto citado, que "carga" contra los "estúpidos e incultos" cristianos, me parece más cargado de emociones que de razón...
Momento en que me he dado cuenta de que, como siempre, he ocultado lo importante y llevado a confusión a mis lectores.
Pido disculpas.
El caso es que el compilador del texto, El Fin del Paganismo, al que pertenece la cita, intentaba transmitirnos lo que los paganos de los primeros siglos de nuestra era podían sentir ante el avance de esa religión, el cristianismo, que en gran medida les parecía extraña y excluyente, utilizando como ejemplo los argumentos y expresiones que ellos mismos utilizaron en esos siglos de polémica.... con toda la emoción y parcialidad que suele acompañara a estos debates, como una mirada a nuestro alrededor puede confirmar.
Por supuesto, en la mayoría de los casos, las opiniones de los paganos no se han conservado ya que los ganadores del conflicto no fueron ellos, sino los cristianos, con lo que la iglesia (y en general cualquier institución) no estaba especialmente interesada en conservar libros y tratados contrarios a lo que ella proponía. Sin embargo, al igual que los paganos intentaban demostrar falso el cristianismo, los cristianos trataban de defenderse, lo cual ha provocado que en los libros escritos para responder a a estos ataques se nos hayan conservado, a veces con cierta distorsión, a veces con incomprensión, los argumentos de la parte contraria, para así resaltar más la fortaleza de las propuestas cristianas.
Uno de esos tratados fue el escrito por el cristiano Orígenes contra el pagano Celso (y lo llamó así, Contra Celso), que previamente había escrito un Contra los Cristianos. Un tratado tan radical, escrito con el propósito de desmontar todos y cada uno de los fundamentos del cristianismo (o al menos tal y como lo entendía Celso) que Orígenes se vio obligado a responderlo casi palabra por palabra, circunstancia por la que debemos estarle agradecido, al habernos transmitido, casi sin distorsión la opinión contraria.
¿Y qué decía Celso? Pues aparte de las lindezas del fragmento anterior, recogía rumores que a cualquier espectador de Life Of Brian le sonaran a familiares, puesto que señalaba que de nacimiento virginal de Jesucristo, nada, que éste en realidad no era más que un hijo ilegítimo de Maria, habido con un centurión romano de nombre Pantera, y que había llevado a José a repudiarla. Versión que, por supuesto, provocaba en Orígenes un arrebato de más que justificada rabia.
Una animosidad e incomprensión mutua entre paganos y cristianos, en la que los primeros veían a los segundos como gentes que seguían fes extrañas, contrarias a la tradición y que pretendían ponerse fuera de ella y violentarla (nunca hay que olvidar como el paganismo, al ser un fenómeno basado en divinidades locales, estaba fuertemente ligado con la conciencia de ser de una ciudad o un pueblo en concreto), mientras que los cristianos veían el intento de uniformación y normalización (es decir, el ser obligados a comportarse como el resto de confesiones del imperio) como un signo de tiranía y opresión... todo lo cual desembocaría en las persecuciones de mediados y finales del siglo III, en que el imperio romano se vio incapaz de someter o al menos neutralizar a la nueva religión, perdiendo la iniciativa en los terrenos políticos, legales y religiosos.
Lo cual, por supuesto no quiere decir que el cristianismo del siglo I (o lo poco que sabemos de ese cristianismo) fuera similar al cristianismo del siglo IV, ni que el paganismo, se hubiera mantenido idéntico a sí mismo, monolítico e inmutable en ese mismo periodo. Muy al contrario, a pesar de su repugnancia mutua, ambos bloques se influyeron a sí mismo y acabaron por convertirse en casi copias del bando contrario. Por una parte, un cristianismo que acoge en su seno las influencias del gnosticismo y del hermetismo (como muestra la ecléctica biblioteca de Nag Hammadi) y que cada vez comienza a hablar más y más en términos platónicos. De la misma manera que el paganismo sufre la influencia de las otras religiones orientales, Mithra, Isis, Serapis, Cibeles, etc, etc, que pretenden una salvación personal y universal, y comienza a hablar en esos mismos términos, de culto universal, dios único y clero uniforme.
Una época que es interesantísima, la de los siglos I al IV, con un cristianismo en transformación, de sus raíces judías a sus reencuentro grecorromano, un complejo de religiones universales en competencia, hermetismo, gnosticismo, Isis, Mithra, Adonis, Cibeles, y un politeísmo pagano que cada vez se torna más monoteista y más cristiano.
Un mundo el cual, ay, se nos queda medio en la penumbra, ya que a pesar de haber conservado multitud de testimonios, tanto de los fieles como de los contrarios de cada creencia, y poder reconocer a los actores y describir sus posturas, nos faltan aún muchos más testimonios, seguramente perdidos para siempre, para sacar todo ese complejo de relaciones a la luz del día y poder describir completamente su evolución y relación.
Doblemente triste, puesto que muchos de esos fenómenos de hace milenios hallan su reflejo en fenómenos de ahora mismo, como puede ser el desapego moderno hacia el cristianismo, o la relación conflictiva de esa sociedad postcristiana con un Islám en expansión....
..y en el texto citado, que "carga" contra los "estúpidos e incultos" cristianos, me parece más cargado de emociones que de razón...
Momento en que me he dado cuenta de que, como siempre, he ocultado lo importante y llevado a confusión a mis lectores.
Pido disculpas.
El caso es que el compilador del texto, El Fin del Paganismo, al que pertenece la cita, intentaba transmitirnos lo que los paganos de los primeros siglos de nuestra era podían sentir ante el avance de esa religión, el cristianismo, que en gran medida les parecía extraña y excluyente, utilizando como ejemplo los argumentos y expresiones que ellos mismos utilizaron en esos siglos de polémica.... con toda la emoción y parcialidad que suele acompañara a estos debates, como una mirada a nuestro alrededor puede confirmar.
Por supuesto, en la mayoría de los casos, las opiniones de los paganos no se han conservado ya que los ganadores del conflicto no fueron ellos, sino los cristianos, con lo que la iglesia (y en general cualquier institución) no estaba especialmente interesada en conservar libros y tratados contrarios a lo que ella proponía. Sin embargo, al igual que los paganos intentaban demostrar falso el cristianismo, los cristianos trataban de defenderse, lo cual ha provocado que en los libros escritos para responder a a estos ataques se nos hayan conservado, a veces con cierta distorsión, a veces con incomprensión, los argumentos de la parte contraria, para así resaltar más la fortaleza de las propuestas cristianas.
Uno de esos tratados fue el escrito por el cristiano Orígenes contra el pagano Celso (y lo llamó así, Contra Celso), que previamente había escrito un Contra los Cristianos. Un tratado tan radical, escrito con el propósito de desmontar todos y cada uno de los fundamentos del cristianismo (o al menos tal y como lo entendía Celso) que Orígenes se vio obligado a responderlo casi palabra por palabra, circunstancia por la que debemos estarle agradecido, al habernos transmitido, casi sin distorsión la opinión contraria.
¿Y qué decía Celso? Pues aparte de las lindezas del fragmento anterior, recogía rumores que a cualquier espectador de Life Of Brian le sonaran a familiares, puesto que señalaba que de nacimiento virginal de Jesucristo, nada, que éste en realidad no era más que un hijo ilegítimo de Maria, habido con un centurión romano de nombre Pantera, y que había llevado a José a repudiarla. Versión que, por supuesto, provocaba en Orígenes un arrebato de más que justificada rabia.
Una animosidad e incomprensión mutua entre paganos y cristianos, en la que los primeros veían a los segundos como gentes que seguían fes extrañas, contrarias a la tradición y que pretendían ponerse fuera de ella y violentarla (nunca hay que olvidar como el paganismo, al ser un fenómeno basado en divinidades locales, estaba fuertemente ligado con la conciencia de ser de una ciudad o un pueblo en concreto), mientras que los cristianos veían el intento de uniformación y normalización (es decir, el ser obligados a comportarse como el resto de confesiones del imperio) como un signo de tiranía y opresión... todo lo cual desembocaría en las persecuciones de mediados y finales del siglo III, en que el imperio romano se vio incapaz de someter o al menos neutralizar a la nueva religión, perdiendo la iniciativa en los terrenos políticos, legales y religiosos.
Lo cual, por supuesto no quiere decir que el cristianismo del siglo I (o lo poco que sabemos de ese cristianismo) fuera similar al cristianismo del siglo IV, ni que el paganismo, se hubiera mantenido idéntico a sí mismo, monolítico e inmutable en ese mismo periodo. Muy al contrario, a pesar de su repugnancia mutua, ambos bloques se influyeron a sí mismo y acabaron por convertirse en casi copias del bando contrario. Por una parte, un cristianismo que acoge en su seno las influencias del gnosticismo y del hermetismo (como muestra la ecléctica biblioteca de Nag Hammadi) y que cada vez comienza a hablar más y más en términos platónicos. De la misma manera que el paganismo sufre la influencia de las otras religiones orientales, Mithra, Isis, Serapis, Cibeles, etc, etc, que pretenden una salvación personal y universal, y comienza a hablar en esos mismos términos, de culto universal, dios único y clero uniforme.
Una época que es interesantísima, la de los siglos I al IV, con un cristianismo en transformación, de sus raíces judías a sus reencuentro grecorromano, un complejo de religiones universales en competencia, hermetismo, gnosticismo, Isis, Mithra, Adonis, Cibeles, y un politeísmo pagano que cada vez se torna más monoteista y más cristiano.
Un mundo el cual, ay, se nos queda medio en la penumbra, ya que a pesar de haber conservado multitud de testimonios, tanto de los fieles como de los contrarios de cada creencia, y poder reconocer a los actores y describir sus posturas, nos faltan aún muchos más testimonios, seguramente perdidos para siempre, para sacar todo ese complejo de relaciones a la luz del día y poder describir completamente su evolución y relación.
Doblemente triste, puesto que muchos de esos fenómenos de hace milenios hallan su reflejo en fenómenos de ahora mismo, como puede ser el desapego moderno hacia el cristianismo, o la relación conflictiva de esa sociedad postcristiana con un Islám en expansión....
viernes, 20 de febrero de 2009
Minor Modes






Antes de escribir las entradas prometidas, me ha parecido justo detenerme un instante en una serie como Toradora!, no porque vaya a ser la serie que ponga patas arriba el mundo del anime, es simplemente otra serie tragicómica de amores juveniles, sino porque esparcidos en ella se encuentran fragmentos inesperados de animación, de esos que nos revelan a un creador atento por el modo en que la gente se relaciona entre sí y expresa esos sentimientos en gestos y movimientos, que luego él se esfuerza en representar de forma realista y precisa.
Representación, en su delicadeza y sutilidad, que nos dice más acerca de la relación entre esas personas, del grado de intimidad y confianza al que han llegado, que profundos diálogos o escenas más explícitas.
O por explicarlo mejor, con ejemplos, tomados de una serie anterior, Kimikiss Rouge, de este mismo estudio, JCStaff y otra, Clannad, de la niña bonita de los aficionados, KyoAni.
En Kimikiss la sempiterna historia de amor se ve interrumpido por las peripecias inoportunas de los personajes secundarios, de manera que cuando llega el momento de entrar a matar para los principales, la falta de preparación, y de esa preparación fundamentada en el pequeño detalle, convierte a las escenas en inútiles, faltas de nervio y completamente precipitadas, mientras que aquí, centrándose exclusivamente en los cinco protagonistas, e incluso desdibujando un poco a dos de ellos, de manera que la narración nunca deja de acompañar a las personas que realmente importan y nos lleva a conocerles a fondo, los menores incidentes se convierten en trascendentales.... o mejor dicho, esos pequeños toques corporales y gestuales se convierten en clamorosas confesiones.
Mientras que en Clannad, todo el aparato de producción de Kyoani, empecinado en conseguir la mejor animación, los mejores fondos, las escenas más transcendentes y resonantes, se revelado en el vacío huero que es por la sencillez y la emoción de Toradora, ya que los personajes en Clannad no son más que maniquíes a las que se han adherido etiquetas y dictado como actuar, sin que nada de esas acciones, de sus orígenes, estado y consecuencias se filtre a los espectadores, con lo que su presentación final suena a falso y hueco, a forzado y artificial, a vehículo sin dirección.
Todo lo contrario que en Toradora, donde las manos perdidas y olvidadas, los juegos compartidos pero sólo para y por una persona, y el permiso tácito al cuerpo del otro, muestran aquello que no hace falta decir, ni por supuesto, proclamar.
Porque sólo importa a los participantes y a nadie más.
miércoles, 18 de febrero de 2009
Old Arguments/Present Debates
El cristianismo, se señala, es poco brillante, está falto de prestigio, de heroísmo, de esplendor. Jesús, en el momento de su proceso y muerte, no se condujo como un sabio o como un hombre divino. Dejó que le escupiesen en la cara y que le coronasen de espinas; no pronunció ningún discurso vigoroso o ardiente, sino que dejo que le tratasen como a la chusma de los bajos fondos. Murió en un suplicio ignominioso. Su famosa resurrección se produjo en presencia de pobres mujeres y de simples de espíritu. Los apóstoles no eran más que rústicos y desgraciados que siguieron a Cristo por ingenuidad. Su fin fue tan humillante como el de Cristo. Por su parte, la propaganda cristiana se ha dirigido siempre con predilección a las gentes sin cultura, a los pobres, inspirándoles el desprecio por la verdadera nobleza y por la riqueza. No hay, pues, en el cristianismo lugar para los valores esenciales del helenismo, el heroísmo, la elocuencia, la belleza, la ciencia. Además, los cristianos se comportan como "enemigos del genero humano". Se niegan a integrarse en la vida de la ciudad, en las tradiciones culturales y religiosas que les proporcionan su cohesión. Sin embargo, señala Celso, comen, beben, contraen matrimonio, participan de las alegrías de la vida así como de los males que les son inherentes. Se aprovechan, pues, del orden social y político. Deberían pagar, por tanto, un justo tributo de honor a los emperadores que velan por ese orden y deberían cumplir los deberes que la vida impone. Si rehúsan aceptar las tradiciones y costumbres de la nación en la que viven, deberían al menos exiliarse y renunciar a la participación en la vida comunitaria.
Historia de las Religiones Siglo XXI, tomo 5, El fin del paganismo
Leía este resumen, aún más extenso en el texto original, de las controversias entre paganos y cristianos, los unos a la ofensiva, los otros a la defensiva, y no dejaba de martillearme una idea molesta, el parecido de nuestra sociedad presente con la sociedad romana de aquellos tiempos, ese siglo-bisagra que fue el III d.C, entre un paganismo tolerante e incluyente, y un cristianismos triunfante y excluyente.
Por supuesto, mi situación es un tanto peculiar en este asunto. De niño, pasé por un colegio religioso y durante mucho tiempo me pensé "dentro" de la iglesia. Pensaba en que un día me sería revelada la "verdad", esa incontestable e innegable que figuraba en los libros santos, y mientras la esperaba, perdía mi tiempo en el examen de los problemas teológicos que habían desafiado a doctores y santos, o me entregaba a la lectura de los evangelios con quizá demasiada frecuencia, hasta casi saber de memoria cada pasaje y cada giro, hasta sentir cada palabra como propia, de forma que sólo su recuerdo, su presentimiento era capaz de emocionarme .
Sin embargo, todo aquello, se desvaneció con el tiempo. Hace ya muchos años, hacia 1992, descubrí que aquella pre-fé, llamémosla así, ya no existía, que la idea de dios, un dios que se preocupaba por nuestro destino y que nos esperaba tras la muerte, no tenía ningún sentido para mí, era absurda y falsa, no reflejaba ninguna realidad presente o futura. Curiosamente, esa transición no tuvo nada de dramático, nada de repentino, simplemente, como ocurre con las estaciones del año, un día se está en invierno y al día siguiente en verano.
Ese tránsito mío ha provocado que cuando escucho hablar, ahora mismo, a los representantes de la iglesia, sea incapaz de relacionarnos con aquella la iglesia de mi niñez, efecto sin duda del borrado que el tiempo ejerce sobre la memoria. Vistos ahora, no puedo tener la impresión de que son como los cristianos que veían los paganos, tercos, obstinados en el error, refractarios a cualquier demostración, desconfiados de cualquier debate, incapaces de concebir otro camino que no sea el de su supuesta verdad revelada... impresión que se extiende también a sus enemigos, cuyos ataques y diatribas me parecen innecesarios, puesto que al habérseme disuelto la fe por sí misma, el mundo de la religión y la fe no me parecen tan peligrosos como les ocurre a muchos de mi nuevo bando.
Una evolución que tiene que ver también con el hecho de que la iglesia se está replegando sobre sí misma, reduciéndose a los puros y creyentes, expulsando a los tibios y dudosos. Poco tiene que ver una institución, como lo era hace unos decenios, que es una sociedad que representa una sociedad y que parece inseparable de ella, llevando a que en su seno quepan todas las tendencias y todas las vías de esa sociedad, con un grupo que es parte de una sociedad, un grupo más entre muchos, sin pretensiones de universalidad, sin capacidad de decidir el rumbo de la sociedad, reducido a ser una minoría cuya ruta, como digo, está regida por los más intransigentes, los más fanáticos, los más radicales.
En cierta manera, estamos asistiendo al final de un ciclo, al cierre del periodo triunfo religioso que se originase en el siglo III, al nacimiento, como ya he visto señalado, de una sociedad postcristiana, que tiene que crear, casi de cero, sus propias concepciones morales y sociales. Un ruptura con el pasado, en este caso cristiano, del mismo calibre y gravedad que la que terminó hace diecisiete siglos, con el paganismo. Un periodo de crisis donde vuelven a surgir los mismos debates que antaño, donde se aplican al enemigo conceptos parejos, donde las palabras del pasado parecen escritas ahora mismo... extraña prueba de la inmutabilidad de la historia, por muchas vueltas y revueltas que demos.
Pero también, ante todo, un conflicto del que desconocemos su resolución, puesto que, en esta lucha ideológica entre bandos irreconciliables, solo por que sus concepciones del mundo niegan las del contrario, puede ocurrir que el vencedor sea un tercero inesperado
Historia de las Religiones Siglo XXI, tomo 5, El fin del paganismo
Leía este resumen, aún más extenso en el texto original, de las controversias entre paganos y cristianos, los unos a la ofensiva, los otros a la defensiva, y no dejaba de martillearme una idea molesta, el parecido de nuestra sociedad presente con la sociedad romana de aquellos tiempos, ese siglo-bisagra que fue el III d.C, entre un paganismo tolerante e incluyente, y un cristianismos triunfante y excluyente.
Por supuesto, mi situación es un tanto peculiar en este asunto. De niño, pasé por un colegio religioso y durante mucho tiempo me pensé "dentro" de la iglesia. Pensaba en que un día me sería revelada la "verdad", esa incontestable e innegable que figuraba en los libros santos, y mientras la esperaba, perdía mi tiempo en el examen de los problemas teológicos que habían desafiado a doctores y santos, o me entregaba a la lectura de los evangelios con quizá demasiada frecuencia, hasta casi saber de memoria cada pasaje y cada giro, hasta sentir cada palabra como propia, de forma que sólo su recuerdo, su presentimiento era capaz de emocionarme .
Sin embargo, todo aquello, se desvaneció con el tiempo. Hace ya muchos años, hacia 1992, descubrí que aquella pre-fé, llamémosla así, ya no existía, que la idea de dios, un dios que se preocupaba por nuestro destino y que nos esperaba tras la muerte, no tenía ningún sentido para mí, era absurda y falsa, no reflejaba ninguna realidad presente o futura. Curiosamente, esa transición no tuvo nada de dramático, nada de repentino, simplemente, como ocurre con las estaciones del año, un día se está en invierno y al día siguiente en verano.
Ese tránsito mío ha provocado que cuando escucho hablar, ahora mismo, a los representantes de la iglesia, sea incapaz de relacionarnos con aquella la iglesia de mi niñez, efecto sin duda del borrado que el tiempo ejerce sobre la memoria. Vistos ahora, no puedo tener la impresión de que son como los cristianos que veían los paganos, tercos, obstinados en el error, refractarios a cualquier demostración, desconfiados de cualquier debate, incapaces de concebir otro camino que no sea el de su supuesta verdad revelada... impresión que se extiende también a sus enemigos, cuyos ataques y diatribas me parecen innecesarios, puesto que al habérseme disuelto la fe por sí misma, el mundo de la religión y la fe no me parecen tan peligrosos como les ocurre a muchos de mi nuevo bando.
Una evolución que tiene que ver también con el hecho de que la iglesia se está replegando sobre sí misma, reduciéndose a los puros y creyentes, expulsando a los tibios y dudosos. Poco tiene que ver una institución, como lo era hace unos decenios, que es una sociedad que representa una sociedad y que parece inseparable de ella, llevando a que en su seno quepan todas las tendencias y todas las vías de esa sociedad, con un grupo que es parte de una sociedad, un grupo más entre muchos, sin pretensiones de universalidad, sin capacidad de decidir el rumbo de la sociedad, reducido a ser una minoría cuya ruta, como digo, está regida por los más intransigentes, los más fanáticos, los más radicales.
En cierta manera, estamos asistiendo al final de un ciclo, al cierre del periodo triunfo religioso que se originase en el siglo III, al nacimiento, como ya he visto señalado, de una sociedad postcristiana, que tiene que crear, casi de cero, sus propias concepciones morales y sociales. Un ruptura con el pasado, en este caso cristiano, del mismo calibre y gravedad que la que terminó hace diecisiete siglos, con el paganismo. Un periodo de crisis donde vuelven a surgir los mismos debates que antaño, donde se aplican al enemigo conceptos parejos, donde las palabras del pasado parecen escritas ahora mismo... extraña prueba de la inmutabilidad de la historia, por muchas vueltas y revueltas que demos.
Pero también, ante todo, un conflicto del que desconocemos su resolución, puesto que, en esta lucha ideológica entre bandos irreconciliables, solo por que sus concepciones del mundo niegan las del contrario, puede ocurrir que el vencedor sea un tercero inesperado
domingo, 15 de febrero de 2009
Waiting for you











La semana pasada, en estas exploraciones mías por los mundos del anime, me he encontrado con tres producciones que podrían, cada una por si sola, ser un ejemplo paradigmático de las virtudes de esa forma. Una coincidencia que no deja de ser significativa, porque el gusto personal y la afición acaba por embotarse, debido a tanto ver mediocridades y productos perfectamente olvidables, con lo que cualquier sacudida que te devuelva la ilusión y aguce la vista siempre es bienvenida... especialmente cuando se realiza por partida triple.
Las tres producciones son la pequeña maravilla que es Casshern Sins, de cuyo episodio 18 Animapages Daily realizo una magnífica reseña, que me va a ser imposible superar, el episodio 8 de una serie completamente olvidada, a pesar de ser del 2004, como es Kurau Phantom Memory, pero que ya quisieran muchas otras productoras ser capaces de sacar al mercado... y por supuesto la serie de películas que Ufotable esta realizando sobre Kara no Kyoukai, a cada cual más sorprendente y cuya última entrega, Spiral Paradox, pertenece la secuencia arriba ilustrada.
¿Y qué tiene de especial Spiral Paradox, en particular, y Kara no Kyoukai, en general? Esas virtudes que distinguen al anime ante el verdadero aficionado, que éste se aconstumbra a desear y que le sirven de piedra de toque a la hora de juzgar unas producciones frente a otras.
En primer lugar esa habilidad para representar los movimientos del alma, con los mínimos recursos expresivos. Una restricción emanada de las propias limitaciones del dibujo animado y que en el caso del anime puede llevar a la acusación de hieratismo e inexpresividad, pero que en manos de animadores de talento, aunado con la buenos actores de doblaje y con la dosificación adecuada de silencios, música incidental y montaje, alcanza resultados sorprendentes... el revelarnos lo que se esconde en el interior de los cráneos de los personajes.
Una alquimia, la de convertir líneas y colores en personajes de carne y hueso, que no podría realizarse sin antes haber descrito convincentemente el entorno en el que viven los personajes, la ciudad en la que tienen que moverse y que determina su modo de existir, las habitaciones en las que transcurre su vida interior y cuya decoración y disposición, nos revelan al personaje, sus preferencias y sus hábitos, anticipándonos su modo de actuar y sus posibles decisiones, puesto que nos hacen verlo desde un modo particular.
Una solución, esta de describir el entorno en que se vive, que es también una respuesta a las limitaciones presupuestarias, pero que en manos de los creadores del anime, se transforma en un recurso poderoso, especialmente cuando se llega a los momentos para los que se ha reservado el dinero y la calidad de los decorados irrumpe en la animación, consiguiendo escenas de acción como las concebidas en esta serie de películas, donde se aunan en una mezcla casi imposible, aquello que una cámara no puede rodar en términos de luz y contraste, ni siquiera con la ayuda de los CGI, con la reproducción casi exacta de los artefactos del rodaje manual, como en ciertas escenas, donde la cámara no puede seguir los rápidos movimientos de los personajes, y estos se le escapan una y otra vez del plano, viéndose obligada a perseguirlos o a volver a buscarlos.
Un extraño y paradójico efecto, el de que la forma más controlada del cine, la animación, sea capaz de reproducir y superar los efectos que se le suponen a las maneras más libres y sinceras, esas que huyen de la planificación y la premeditación, pero es que ocurre que en las mejores producciones de anime, como es este caso, se busca hacer uso de todos los recursos de la técnica y la teoría cinematográfica, rompiendo la secuencia narrativa, rodando escenas desde los distintos puntos de vista de los personajes y esparciéndolas a los largo de la película, montando de manera que se consiga transmitir una idea o un estado mental de los protagonistas, componiendo el plano para conseguir ese mismo resultado y finalmente, obligando al espectador a remontar en su cerebro lo que está viendo, a revisarlo tras la proyección, para así conseguir capturar completamente la película.
Técnica compleja y enrevesada que no es un simple más difícil todavía formal, sino que refleja una complejidad dificultad conceptual y filosófica, encarnada en diálogos ininteligibles, y que las imágenes intentan hacer compresible, apuntando pistas y relaciones, en un magnífico ejemplo y demostración del concepto de adecuación entre fondo y forma, al exigir la complejidad del tema una misma complejidad en su presentación.
jueves, 12 de febrero de 2009
Design Paradoxes

Desde hace una temporada, gracias a referencias en otros blogs de animación, he estado siguiendo las diferentes encarnaciones del blog de Hans Bacher, director artístico intimamente involucrado en las producciones Disney de los años '90. Unos blogs destinados principalmente a reconstruir los fondos de las producciones animadas del pasado y descubriendo, de pasada, el trabajo, la dedicación y la inspiración volcadas en unas creaciones que apenas eran visibles unos segundos.
Atraído por los contenidos de esos blogs, dos de ellos desaparecidos para siempre, me compré hace unas semanas el libro Dream Worlds, escrito por esa misma persona, con la esperanza de que en su interior se recogieran todos esas pequeñas maravillas que si no fuera por ese autor me hubieran pasado inadvertidas.... y tengo que confesar que mi primera impresión al abrirlo y hojearlo fue de inmensa decepción, al encontrarme con los diseños preparatorios de las películas Disney de los años '90, que en sí no me interesaban e incluso me disgustaban, por esos prejuicios tan acendrados que los supuestos amantes del buen y gran cine tenemos por esa productora.
Prejuicios, prejuicios.
Por puro aburrimiento, por buscar el sueño cuando me iba a acostar, empecé a leerlo con mayor dedicación y me encontré, noche tras noche, esperando el momento de meterme en la cama, para encontrarme con el libro y quedarme dormido con el corazón alegre y ligero, con la impresión de haber aprendido más sobre la forma del cine y el oficio de la animación que en todo mi tiempo de espectador.
Resulta extraño decir eso de un libro cuyo contenido, en un 99%, son ilustraciones de bocetos, pero los textos, por su misma brevedad, no pueden permitirse el lujo de perderse en disgresiones y florituras, sino que párrafo a párrafo, relatan el ABC de la creación, los fundamentos del arte de reconstruir el movimiento con imágenes, en su variante animada. Una exposición que se ve reforzada por los diseños creados por Bacher, cada uno de ellos una pequeña obra maestra en sí... o al menos digna de ser enmarcada o puesta de fondo de pantalla.
Pero quizás esto no sea lo más importante del libro. Libros de teoría hay muchos, libros de ilustraciones aún muchas. Lo que destaca a este libro es aquello que todos los make of prometen pero ninguno consigue, revelarnos el proceso creativo, o al menos hacernos vislumbrar toda esa carpintería de la creación, el abismo que media entre el producto final y los primeros tanteos. Todo ese camino que lleva hasta la obra de arte, cualquier cosa menos recto y rápido, repentino y deslumbrador, sino lleno de vueltas y revueltas, de caminos sin salida, de encrucijadas sin señalizar, de regiones desoladas y vacías donde detenerse significa no poder volver a reanudar la marcha. Ese camino donde es tan fácil perderse y acabar destruyendo, desgraciando a la obra que se suponía grande y poderosa.
Porque la lectura de este libro se acaba con un poso de amargura. Los diseños creados por Bacher son muchas veces más hermosos que los utilizados finalmente en producciones Disney en las que participo. De hecho, a uno le hubiera gustado ver esos fondos, esos personajes, animados en la pantalla, pero como el señala, en muchos casos eran demasiado arty, demasiado artísticos para una compañía como Disney (o Pixar) que lo busca es hacer dinero entreteniendo a la gente que busca olvidar sus preocupaciones cotidianas.
Amargura amplificada por los proyectos de Bacher que nunca llegaron a ser, proyectos en su mayoría acumulados a finales de los 90, cuando la animación 2D abandonaba sus técnicas tradicionales y se embarcaba en la aventura del ordenador. Proyectos que asombran por sus posibilidades, por su audaçía, por la maestría inesperada en un medio que apenas acababa de echar a andar, y que si se hubieran llevado a cabo, habrían dado un giro inesperado a toda la historia del medio y la forma.
Salvando quizás a la 2D y evitándonos la tiranía actual de la 3D.
lunes, 9 de febrero de 2009
The Harsh Truth




Continuando con el miniciclo dedicado a la guerra del Viet-Nam que me ha ocupado estos dos últimos fines de semana, le ha llegado el turno a Winter Soldier, documental de 1971 que resume las declaraciones públicas en la que veteranos de Viet-Nam informaron al pueblo americano de las atrocidades que se estaban cometiendo en su nombre en el país del Sudeste Asiático.
El nombre de la película hace referencia al invierno de 1776, cuando las tropas de Washington tuvieron que invernar en Valley Forge en condiciones penosas, oponiendo el soldado de invierno, sujeto a toda clase de penalidades y dificultades que no recibirán elogios ni recompensas y que se realizan por mero sentido del deber y patriotismo, con el soldado de verano, que marcha de victoria en victoria, entre aclamaciones y vítores, sin tener que plantearse a cada momento la razón de su causa y su combate.
Porque más allá de la denuncia de unas atrocidades, en las que los declarantes se vieron personalmente envueltos y en muchos casos fueron ejecutores voluntarios y conscientes, sin llegar a plantearse su moralidad hasta que no se vieron de vuelta a casa, lo que esta película propone si se mira más allá de la marea de declaraciones, abrumadoras hasta dejar insensible al espectador, es toda una reevaluación del patriotismo, bajo la óptica del soldado de invierno.
Dicho en otras palabras, ¿Quién es el auténtico patriota? ¿Aquél que obedece las órdenes sin rechistar, por muy crueles y despiadadas que sean, simplemente porque sirven a la causa, aunque su ejecución niegue todos los ideales por los que se está luchando? ¿O lo es el que se atreve a decir basta, se aparta de aquellos que engañaron a todo un país y a todo una generación, y lucha por que lo que el sufrió no tengan que sufrirlo otros, por recuperar el honor y la fibra moral de un país, hasta entonces admirado por todo el mundo?
Una postura moral que, llevada al extremo, llevó a hombres profundamente patriotas y orgullosos de servir en el ejército de su patria, a arriesgar todo lo que habían obtenido en su ejercicio y a renunciar a lo que les había sido concedido, puesto que estaba manchado con sangre y constituía una impostura que no se podía mantener por más tiempo.
A menos que se quisiera destruir la propia patria y convertirla en aquello contra lo que se luchaba.





jueves, 5 de febrero de 2009
Language Tiles
L'amoureux veut mettre sa maîtresse dans la soie, la revêtir d'un moelleux tissu de l'Orient, et la plupart du temps il la possède sur un grabat. L'ambitieux se rêve au faîte du pouvoir, tout en s'aplatissant dans la boue du servilisme. Le marchand végète au fond d'une boutique humide et malsaine, en élevant un vaste Hôtel, d'oú, son fils, héritier précoce, sera chassé pour une licitation fraternelle. Enfin, existe-t-il chose plus déplaisante qu'un maison de plaisir?
Balzac, La Peau de Chagrin
El enamorado quiere vestir a su amante de seda, revestirla de un blando tejido oriental, y la mayor parte de las veces la posee sobre un camastro. El ambicioso se sueña ejerciendo el poder, mientras se aplasta sobre el barro del servilismo. El mercader vegeta en el interior de una tienda húmeda e insalubre, mientras construye un enorme Palacio, del que su hijo, heredero antes de tiempo, será expulsado por un litigio fraternal. Por último, ¿existe algo más asqueroso que una casa de placer?
La lectura de un clásico siempre es apasionante... por más de una razón, muchas de ellas inesperadas.
Cuando me aficioné a la High Literature, mucha de ella ni tan high ni tan literature, al principio de los años 80, esos clásicos de siglos pasados nos parecían completamente vivos, un mundo al que podíamos trasladarnos sin problemas y movernos en él con la misma facilidad que lo hacíamos en el presente. Ahora casi 30 años más tarde, esa ilusión si es que era una ilusión, se ha desvanecido completamente, y esas obras del pasado nos parecen escritas en otro planeta, por gente de otra especie, hasta el extremo de que me resulta imposible imaginar a un chaval de 20 leyendo, no ya a Virgilio u Ovidio, sino al mismo Balzac, si no es por estricta obligación.
Y sin embargo, que instructiva y apasionante resulta ahora mismo la lectura de esos clásicos, aunque sea por las razones equivocadas.
Me sumergía en la lectura de esta novela de Balzac, aún medio romántica, aún no completamente realista, y me fascinaba su uso del lenguaje. El párrafo que arriba añadía, sería reducido por un contemporáneo a una frase desnuda, algo así como todos los placeres son sucios, sin necesidad de añadir nada más. Balzac, no obstante, se ve en la necesidad de añadir ejemplo tras ejemplo, de martillear el metal sin descanso, hasta convencernos plenamente por esa simple acumulación de hechos. Es más, donde un moderno hubiera sido descarnado o voluntariamente feísta en su expresión, el escritor francés rivaliza en esmaltar su lenguaje, en mostrarnos la variedad de su vocabulario y la seguridad de su redacción, embelleciendo con la forma lo que en la realidad es sórdido y envilecedor.
Un modo que ahora mismo puede parecer florido o aristocrático, adjetivos despreciativos donde los haya, pero que a los que crecimos sumergidos en ese modo de hacer literatura, se nos asemeja a morder una fruta en su punto, cuyo zumo y su sabor colma la boca.
No es el único punto de extrañeza, o de reencuentro. Al contrario que los escritores de ahora, supuestamente tan desengañados, y cuyo desengaño se suele reducir a expresar cierta praxis sexual, la generación de novelistas realistas del XIX sabía perfectamente que el mundo se mueve por el dinero, por la ambición y por el prestigio, de forma que la pérdida de cualquiera de ellos entraña la caída del hombre, su perdición y su condenación, mientras que su adquisición y ostentación justifica cualquier medio utilizado para conseguirlos y cualquier vicio que se despliegue en su posesión.
Demoledor pesimismo que se proyecta sobre la sociedad entera, sin excepciones. Mientras que el novelista actual, más humilde en sus pretensiones, se circunscribe a su pequeño ambiente, hasta casi desconectarse del resto del mundo, los escritores de antaño no tenían miedo de embarcar al lector en un viaje que abarcaba desde los desposeídos de todo, incluso de narradores, hasta aquellos que les sobra de todo, especialmente aburrimiento.
Un viaje en el que nadie se salvaba, o mejor dicho, nadie resultaba inocente, puesto que las pasiones y los vicios sólo se veían limitadas por la falta de dinero, o por la impunidad que otorgaba la posición, siendo todos igual de corrompibles, igual de degenerables, excepto aquellos que por voluntad propia se amputaban de la sociedad y se convertían en cíclopes.
Balzac, La Peau de Chagrin
El enamorado quiere vestir a su amante de seda, revestirla de un blando tejido oriental, y la mayor parte de las veces la posee sobre un camastro. El ambicioso se sueña ejerciendo el poder, mientras se aplasta sobre el barro del servilismo. El mercader vegeta en el interior de una tienda húmeda e insalubre, mientras construye un enorme Palacio, del que su hijo, heredero antes de tiempo, será expulsado por un litigio fraternal. Por último, ¿existe algo más asqueroso que una casa de placer?
La lectura de un clásico siempre es apasionante... por más de una razón, muchas de ellas inesperadas.
Cuando me aficioné a la High Literature, mucha de ella ni tan high ni tan literature, al principio de los años 80, esos clásicos de siglos pasados nos parecían completamente vivos, un mundo al que podíamos trasladarnos sin problemas y movernos en él con la misma facilidad que lo hacíamos en el presente. Ahora casi 30 años más tarde, esa ilusión si es que era una ilusión, se ha desvanecido completamente, y esas obras del pasado nos parecen escritas en otro planeta, por gente de otra especie, hasta el extremo de que me resulta imposible imaginar a un chaval de 20 leyendo, no ya a Virgilio u Ovidio, sino al mismo Balzac, si no es por estricta obligación.
Y sin embargo, que instructiva y apasionante resulta ahora mismo la lectura de esos clásicos, aunque sea por las razones equivocadas.
Me sumergía en la lectura de esta novela de Balzac, aún medio romántica, aún no completamente realista, y me fascinaba su uso del lenguaje. El párrafo que arriba añadía, sería reducido por un contemporáneo a una frase desnuda, algo así como todos los placeres son sucios, sin necesidad de añadir nada más. Balzac, no obstante, se ve en la necesidad de añadir ejemplo tras ejemplo, de martillear el metal sin descanso, hasta convencernos plenamente por esa simple acumulación de hechos. Es más, donde un moderno hubiera sido descarnado o voluntariamente feísta en su expresión, el escritor francés rivaliza en esmaltar su lenguaje, en mostrarnos la variedad de su vocabulario y la seguridad de su redacción, embelleciendo con la forma lo que en la realidad es sórdido y envilecedor.
Un modo que ahora mismo puede parecer florido o aristocrático, adjetivos despreciativos donde los haya, pero que a los que crecimos sumergidos en ese modo de hacer literatura, se nos asemeja a morder una fruta en su punto, cuyo zumo y su sabor colma la boca.
No es el único punto de extrañeza, o de reencuentro. Al contrario que los escritores de ahora, supuestamente tan desengañados, y cuyo desengaño se suele reducir a expresar cierta praxis sexual, la generación de novelistas realistas del XIX sabía perfectamente que el mundo se mueve por el dinero, por la ambición y por el prestigio, de forma que la pérdida de cualquiera de ellos entraña la caída del hombre, su perdición y su condenación, mientras que su adquisición y ostentación justifica cualquier medio utilizado para conseguirlos y cualquier vicio que se despliegue en su posesión.
Demoledor pesimismo que se proyecta sobre la sociedad entera, sin excepciones. Mientras que el novelista actual, más humilde en sus pretensiones, se circunscribe a su pequeño ambiente, hasta casi desconectarse del resto del mundo, los escritores de antaño no tenían miedo de embarcar al lector en un viaje que abarcaba desde los desposeídos de todo, incluso de narradores, hasta aquellos que les sobra de todo, especialmente aburrimiento.
Un viaje en el que nadie se salvaba, o mejor dicho, nadie resultaba inocente, puesto que las pasiones y los vicios sólo se veían limitadas por la falta de dinero, o por la impunidad que otorgaba la posición, siendo todos igual de corrompibles, igual de degenerables, excepto aquellos que por voluntad propia se amputaban de la sociedad y se convertían en cíclopes.
martes, 3 de febrero de 2009
Visions of a floating world





Por seguir con esta constumbre mía de visitar exposiciones in extremis, le ha llegado el turno a otras dos muestras importantes del reína Sofía, la dedicada a la fotógrafa neoyorquina, Zoe Leonard, y la reservada al cineasta lituano, Deimantas Narkevicius, de las cuales lamento no tener dinero ni sitio en casa para comprarme el catálogo de la obra de Leonard, y que el Sofidú no haya sido capaz de editar un DVD con los cortos de Narkevicius... asi como tener que dedicarles una entrada conjunta a ambos, aunque pensándolo bien, su coincidencia en tiempo y espacio puede no ser una coincidencia ni una imposición, ya que ambos comparten más afinidades de las que podría imaginarse.
A primera vista, la muestra de Zoe Leonard puede parecer abrumadora y un tanto intrascendente. Una sala llena de cientos de fotografías, cubriendo las paredes, agrupadas en cuadrados de varias decenas. Una acumulación que aparentemente roba lo que podría ser la individualidad, el porqué de esa foto, lo que le hizo tomar esa vista y no otra, que resulta acumulada, hasta el punto de provocar el rechazo, porque muchas ellas comparten el mismo tema, escaparates de tiendas, vistas de almacenes, puestos en mercadillos, de una misma barriada neoyorquina, tomadas además siempre desde el mismo ángulo, a la misma altura y con la misma iluminación, sin que esta elección estética parezca aportar nada a cada fotografía, dotarle de un significado compartido entre fotógrafo y espectador, aparte del de constituir documentación y una reproducción de un tiempo y un lugar determinados.
¿Entonces qué? No hay que ser muy despierto, para darse cuenta de que la broma, aquello que nos quiere transmitir el fotógrafo, no está en la foto individual, sino en la acumulación de ellas. Esas vistas de tiendas cochambrosas, invariablemente vacías y sin presencia humana, de esos almacenes atiborrados de objetos que hace años que no deben haberse movido, completamente inútiles e inservibles excepto para acumular polvo, o de esos puesto donde se venden utensilios destartalados, usados y vueltos a usar, hasta que literalmente se deshacen en las manos nos transmiten una desoladora y aplastante sensación de desaliento, de vivir en un mundo dominado por la basura y por la probeza, por la decadencia y la muerte, de que todo nuestro andar, nuestras victorias y orgullos, no son más que nada entre dos nadas.
Por supuesto, esta transitoriedad, este pasar sin dejar huella, el ser fantasmas en un transcurso histórico en el que no dejamos huellas, es precisamente la esencia de la obra y la meditación de Deimantas Narkevicius, perfectamente simbolizada por el hecho de consistir en sombras de luz proyectadas sobre la obscuridad de una pared... o en medio de la cacofonía provocada por la mezcla del audio de los cortos de las salas adyacentes, como es el caso de la exposición del Sofidú
Uno de los cortos proyectados, The Dud Effect, es especialmente irónico (bueno, todos en general lo son) al recontruir lo que podría haber sido uno de los momentos decisivos de la historia, el disparo de los misiles nucleares soviéticos contra occidente, y como éste último instante, al igual que tantos otros a los que la distancia dota de grandeza y romanticismo, no hubiera pasado de ser un simple acto funcionaral, desprovisto de toda tragedia y trascendencia, convertido en rutina y automatismo... para luego mostrarnos el estado actual de esos silos de misiles, diseñados y construidos para resistir el apocalipsis, y ahora abandonados, inundados por el agua, invadidos por la vegetación,derribados por las filtraciones, convertidos en cuevas y catacumbas, sumideros de podredumbre y putrefacción.
O el no menos sorprendente, Once in the XXth Century, donde un habilísimo montaje convierte el derribo de una estatua de Lenin, tras la caída de la URSS, en su erección entre las aclamaciones jubilosas de una multitud... un ejemplo de como las supuestas lecciones de la historia sólo duran lo que continúa viva y activa la generación que los presenció, para dejar de tener cualquier relevancia para la generación siguiente, que verá en ellos mitos, ilusiones, lienzos en blanco para proyectar sus filias y fobias, corriendo el peligro de recrearlos a su antojo y de caer, jubilosa y conscientemente, en los trágicos errores de sus antecesores.
Esos de los que se reía.
domingo, 1 de febrero de 2009
External Wars/Internal Wars
















Mientras veía este sábado el documental sobre la guerra del Viet-Nam, Hearts and Minds, de Peter Davis, rodado en 1974, y por tanto estrictamente contemporáneo a lo hechos, me preguntaba qué imágenes escogería para ilustrar este comentario.
Fue casi al final cuando me topé con esta demoledora concatenación de secuencias. Por un lado, unos sudvietnamitas enterrando a sus muertos (y obsérvese la cruel ironía de que los muertos son soldados del ejercito de VietNam del sur, aliado, por tanto de los americanos), una escena dominada por un dolor sobrecogedor, que lleva a una de los protagonistas (la madre, la esposa del difunto) a intentar a arrojarse a la tumba de su ser querido, como si ya nada tuviera sentido y no mereciese la pena seguir viviendo. Dolor continuado en los hijos de estos hombres que no acaban de comprender lo que ha ocurrido hasta que la tierra ha cubierta a sus padres y entonces se abandonan a la desesperación, provocada por la pérdida de esos seres queridos y por la consciencia de que el futuro no les reserva nada bueno.
Por otro lado tenemos al general Westmoreland, comandante en jefe de las fuerzas americanas en Vietnam durante los años 60, que trata de convencernos, sentado cómodamente en su finca, de que los orientales no sienten como nosotros y de que la muerte de millones de ellos no supone nada, puesto que esas pérdidas son completamente irrelevantes para ellos.
No se puede imaginar una peor bajeza moral que la de ese hombre, incapaz de comprender la enormidad de lo que ordenó, los crímenes en los que participó, y que intenta achacar a sus víctimas o disculparlos, como digo, en supuestas diferencias de carácter y civilización, que no son otra cosa que muestras flagrantes de racismo.
Una impostura que el documental hace años con solo concatenar esas dos escenas, la de las personas abrumadas por el dolor, y la del hombre incapaz de concebir esos sentimientos humanos en, no ya sus enemigos, sino sus propios aliados. Un gesto sencillo y demoledor que basta para arrebatar de un plumazo toda credibilidad que pudieran tener él y sus palabras.
¿Un documental de tesis? Sí, claramente, porque intenta trasmitir toda la enormidad de lo que EEUU realizaron en VietNam, pero no, puesto que no lo realiza de manera burda y tendenciosa, como es la constumbre de Michael Moore.
En este documental no hay narrador, no hay palabras que nos guien y nos dicten qué pensar. Lo que se nos muestra son imágenes documentales, tomadas en situ, punteando una inmensa variedad de entrevistas. Unas entrevistas que no lo son, puesto que se deja hablar a los entrevistados sin interrumpirles (apenas se escuchan preguntar un par de veces a los entrevistadores) permitiendo que ellos se expresen a su manera y narren lo que experimentaron. Unas entrevistas que proceden de ambos bandos en conflicto y de todos sus estamentos sociales. Así tenemos militares, civiles, políticos y exiliados sudvietnamitas junto con sus homólogos norvietnamitas, y por supuesto, políticos, oficiales, civiles, soldados rasos norteamericanos, sin excluir ninguno.
Las armas del documental están en su montaje, en como teje esa urdimbre de declaraciones e imágenes, apuntando conclusiones y caminos, jugando a contraponer e insistir, pero dejando que seamos nosotros mismos los que extraigamos esas conclusiones, quienes realicemos los juicios, para así poder entender lo que ocurrió, porqué ocurrió, y el horror para ambos países en que acabó convertido.
Porque tenemos a un país, EEUU, orgulloso de sus orígenes, de su rebelión contra un imperio global como el británico del siglo XVIII, que frustra los deseos de libertad de independencia y libertad de otro país, asumiendo los deberes y obligaciones de una potencia colonial en declive como la francesa. Tenemos un país que se ufana de sus libertadas y de propagarlas por el mundo entero, que termina apoyando dictaduras sanguinarias, substituyendo tiranos a su antojo, y destruyendo esas mismas libertades que ha jurado proteger, convirtiendo en héroes a los comunistas y su ideología. Porque esa guerra ideológica en la que se busca convencer a la población de las bondades de un sistema, el de la democracia liberal, ganando los hearts and minds que dan título al documental, utiliza como método el bombardeo masivo, la deportación y la matanza de civiles, los mismos que decía defender.
Una guerra en fin, donde el ejército de la democracia acabó convertido en una banda de asesinos, calificada así por orgullo por sus propios jefes y cuyos soldados eran capaces de decir a sus compatriotas, de vuelta a casa, que Vietnam sería un gran país si no fuera por los vietnamitas, situaciones ambas que la cámara de Davis capta y situ y nos muestra sin tapujos y distorsiones.
Una guerra, en fin, que como la mayor parte de los conflictos exteriores se transformó en una guerra interior, cuando la población no soportó ya ser cómplice de esas atrocidades, ni de las mentiras de sus dirigentes, y los mismos soldados que allí combatían empezaron a darse cuenta de las enormidades que habían cometido y que no tenían excusa ni justificación alguna.
Escindiendo en dos la sociedad, en bandos casi irreconciliables. Entre aquellos que sabían la verdad y los que aún se negaban a reconocerla.
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