jueves, 19 de junio de 2008

Non canonical uses of the perspective grid

... y así ocurre que, de vez en cuando, encuéntrase uno, sin saber como, separado de las personas que ama, por fosos, murallas, parapetos, fortificaciones, ríos, bosques, desiertos y océanos, todos ellos impracticables, sin caminos ni senderos, ni barcas ni puentes, que permitan cruzarlos...










...e incluso a esto se une la tortura de convivir como desconocidos, sin poder acudir el uno al otro, como antaño...





...y los lugares cotidianos se vacían, se vuelven fríos y hostiles, aunque externamente no se hayan modificado en lo más mínimo...





...y todo por una decisión compartida, deseada y aprobada por ambos, esas partidas de poker entre dos personas en que las dos desean que el otro se retire y admita su derrota, pero no se hace otra cosas que aumentar la apuesta hasta que ya no es posible volver atrás...














...hasta que, de repente, acontezca inesperada la reconciliación...














martes, 17 de junio de 2008

Art's survival


Esta no es la foto que andaba buscando. La que yo quería es una imagen que me ha fascinado desde niño, allá por 1980, cuando la descubrí en uno de los fascículos de la colección La Segunda Guerra Mundial.

En ella, un soldado americano estaba de píe sobre un inmenso montón de ruinas, del que emergía un arco gótico quebrado. El soldado no miraba nada de lo que le rodeaba, sino que levantaba la mirada, fascinado por la inmensa mole negra de la catedral de Colonia, intacta entre la destrucción que había substituido a la ciudad.

Una imagen cuyo recuerdo no me ha abandonado (ahora mismo tengo el libro abierto junto al ordenador, mientras escribo estas líneas, y me pasado un buen rato observando la fotografía), porque para mí representa un doble símbolo.

Por una parte, el recordatorio de todas aquellas otras pérdidas que causo la segunda guerra mundial y de las que nunca nos acordamos: Las culturales. Del canal de La Mancha a Moscú, Europa quedó convertida en un inmenso campo de ruinas, y muchas ciudades, ciudades hermosas, ciudades históricas, donde se había habitado desde siglos, donde se había ido acumulando en piedra el legado de generación tras generación dejaron prácticamente de existir y tuvieron que ser reconstruidas de la nada, partiendo de las fotografías de antes de la guerra, como Varsovia, o simplemente fueron rehechas al nuevo estilo de los tiempos, como Berlín, donde sólo aquí y allá, en medio de la modernidad absoluta, aparece repentina, como conservado en una vitrina de exposición.

Una sensación, la de haber sido amputados de su propio pasado, que para los habitantes de España es casi desconocida, ya que la destrucción que produjo nuestra guerra fue muy limitada y casi propias de niños, mientras que está dolorosamente presente para cualquier habitante del centro de Europa, y para cualquier viajero que tras haber recorrido las ciudades reconstruidas, más o menos a la antigua o a la moderna, se topa con poblaciones como Heidelberg, Spira o Praga, y descubre entonces lo que era una auténtica ciudad Europea, sintiendo de rebote, como sentí yo, el dolor por todo lo perdido.

Si tal fue la destrucción de las ciudades, no lo fue menos la de las obras de arte allí almacenadas. De todos los libros guardados en las bibliotecas alemanas, un veinticinco por ciento quedo completamente destruido, mientras que un cincuenta por ciento fue dañado en grado irreparable. No creo que nadie se haya atrevido a pensar en qué hayamos podido haber perdido para siempre, no ya porque se perdieran todas las copias de manuscritos grecorromanos, medievales, musulmanes u orientales. De muchos, probablemente, su contenido fuera preservado por los propios estudiosos, pero ya nadie podrá estudiar las obras originales y por lo tanto es imposible descubrir nada nuevo. Lo que se descubrió o lo que se creyó descubrir ha quedado congelado para siempre en el estado que otros lo dejaron.

La lista sería interminable, pero bastan dos ejemplos más. Las pinturas antiguas conservadas en el museo Kaiser Friedrich ardieron en su completa totalidad (los tesoros del Museo Pérgamo, se conservaron al ser almacenados en un inmenso bunker antiaéreo) de manera que de obras importantísimas de Caravaggio sólo se conservan obscuras fotografías en blanco y negro que apenas nos permiten hacernos una vaga idea. Asímismo, las esculturas que fueron desenterradas por Max von Oppenheim en Tell Halaf (Siria) a principios de siglo fueron convertidas en polvo, unas esculturas y unos hallazgos que provocaron en su tiempo una gran expectación, por su originalidad frente a culturas cercanas, y de las que, aparte de dibujos y croquis, sólo nos queda una mínima parte que se quedo en el museo de Alepo y que se salvo así de desaparecer para siempre, tras haber permanecido milenios a salvo bajo la tierra.

Sin embargo, he hablado de dos símbolos y el significado del segundo es completamente opuesto al primero, puesto que nos habla de esperanza en vez de desesperación.

Y es que ver esa catedral, esa hermosísima catedral construida durante siglos, del XII al XIX, erguida, intacta, en medio de la destrucción ocasionada por la locura de los hombres, es casi una promesa (una alianza por seguir el término bíblico, aunque no sé con quién) de que pase lo que pase, sobreviviremos.

De que ocurra lo que ocurra, perdurará la belleza y seguiremos creándola y amándola, a pesar de nuestras locuras y pecados.




domingo, 15 de junio de 2008

Thoughts not to be stored in heads







En una entrada anterior, hablando de la inmensa producción de los estudios de animación Zagreb Films (más de 400 cortos en 40 años de historia) señalaba yo mis reticencias sobre la reciente pasión actual por la animación, en concreto por la 3D.

Entiéndase bien lo que digo, no se trata de un rechazo de esa técnica, sino del modo en que se está enfocando. El ordenador, por ejemplo, ha supuesto una auténtica revolución en la animación 2D, permitiendo alcanzar gran calidad con menores presupuestos, al eliminar muchas labores tediosas y errores que eran casi inevitables, como podían los temblores entre fotograma y fotograma, provocados por mínimos desplazamientos de los acetatos, o las diferencias de color entre las mismas, al ser coloreadas por distintas manos. Asímismo, el desarrollo la robótica ha permitido conseguir auténticas maravillas en la stop-motion, consiguiendo efectos que antes sólo se obtenían con horas y horas de dedicación.

Lo mismo puede aplicarse a la 3D que permite alcanzar efectos imposibles de soñar hace unos años, tanto en aspecto como en movimiento, y que día a día la hacen más cercana a las producciones de imagen real. Un logro que para mí es su mayor victoria y al mismo tiempo su mayor derrota.

¿Por qué digo esto? Simplemente porque el aparente auge de la animación occidental reciente se debe ni más ni menos a que cada día es más y más indistinguible de las películas de acción real, con lo que el público no tiene la sensación, la vergüenza de estar viendo una de dibujitos. Una situación en que la bondad y la calidad de la animación, se reducen a eso simplemente, a su cercanía a la imagen real, a la experiencia que el espectador asocia con el cine de verdad, el serio y válido, del cual se puede hablar al día siguiente en la oficina o tomando unas copas con los amigos.

Sin embargo, ese objetivo es una reducción, un empobrecimiento de la animación, ya que está, simplemente por no ser una captura fiel del mundo real, sino algo pintado o algo construido, que sólo cobraba vida mediante la magia de la proyección, siempre se ha caracterizado por romper todas las reglas que aprisionaban al cine que intentaba reproducir la realidad. Una liberación que era precisamente por trabajar con algo pintado o con algo construido, donde una pequeña variación de los elementos, extremadamente sencilla en la hoja de papel o en diorama de la stop-motion, podía desencadenar resultados sorprendentes en la pantalla, al actuar contra nuestra experiencia visual cotidiana, como ya señalara también en la entrada anterior.

Una vía que se está perdiendo, mejor dicho que no se cultiva en la 3D comercial que se ha puesto tan de moda, ya que como digo éste quiere convencerse de que no está viendo una de dibujitos para niños (véase el caso de Shrek y como pretende hacerse pasar por una creación seria y postmoderna), cuando esta vía es la que más recompensas ofrece al artista, al obligarle a utilizar su imaginación, para dar un paso más y, sobre todo, a divertirse haciéndolo, algo que a nuestra época, tan seria y concienciada ella, le parece lo que antaño se llamaba un pecado mortal (trabajo y diversión ¿Cómo se podrán mezclar cosas tan distintas? o en otra variante El auténtico arte no puede ser entretenido)

Una vía en la que Zagreb Films y los artistas que ella trabajaban, asombraron al mundo durante cuarenta años, simplemente porque a cada artista que creo un corto se le dio absoluta libertad para hacer lo que quisiera, se les motivó a dar ese paso adelante que hiciera a cada corto distinto a los otros y, lo que parece casi imposible, sin olvidar que sus producciones estaban dedicadas a un público mayoritario, a gentes de todas las edades y educación, no exclusivamente a los críticos que entienden.

De esa manera, como digo y dije, lograron un milagro artístico, la de crear obras de altísima categoría (cada una de ellas merece el apelativo de High Art) pero que podían ser disfrutadas por cualquiera, como es el caso del corto Boomerang, con el que he abierto esta entrada, donde se realiza una durísima crítica del militarismo y la guerra, de la despersonalización del ser humano encuadrado en un ejército, sin utilizar la palabra en ningún instante, sino ilustrando los conceptos, haciéndolos evidentes al primer golpe de vista.

O como ocurría en el corto La peau de Chagrin, transformado en una sucesión de estampas minimalistas casi abstractas, pero sin perder ni un ápice del impacto de la historia original y sin volverlo críptico o incomprensible.





O como el corto En el fotógrafo, donde los esfuerzos repetidos de un fotógrafo para que su cliente sonría, se traducen en una jocoso carnaval en el que aparecen retratados una gran variedad de estereotipos humanos.








Un tiempo, y una forma de crear y de atreverse, que parecen haber pasado para siempre.

viernes, 13 de junio de 2008

Neo-español

Le professeur: A présent, traduisez la même phrase au en espagnol, puis au neoespagnol.

L'élève: En espagnol, ce serat: les roses de ma grand mère sont aussi jaunes que mon gran-père qui était asiatique.

Le professeur: Non, C'est false.

L'élève: En neo-espagnol: les roses de ma grand mère sont aussi jaunes que mon gran-père qui était asiatique.

Le professeur: C'est faux, C'est faux, C'est faux. Vous avez fait l'inverse, vous avez pris l'espagnol pour du neospagnol, et le neospagnol pour de l'espagnol... Ah... non... C'est le contraire



La Leçon, Ionesco

El profesor: Ahora, traduzca la misma frase al español y luego al neoespañol.

La alumna: En español será: Las rosas de mi abuela son tan amarillas como mi abuelo que era asiático.

El profesor: No, Mal.

La alumna: En neoespañol:
Las rosas de mi abuela son tan amarillas como mi abuelo que era asiático.

El profesor: Mal, Mal, Mal. Lo ha hecho al revés, ha confundido el español con el neoespañol y el neoespañol con el español... Ah... no... era al revés.


Llevo varios días dando vueltas en la cabeza a esta frase, sin saber muy bien que decir. O mejor dicho, lo que tengo que decir es tan claro y sencillo que apenas permite una elaboración y ampliación ulterior, de ésas de las que peca tan a menudo este blog.

Porque lo que me atraía de esta cita y en general del teatro de Ionesco (o al menos de La Leçon y la Chantatrice Chauve, que he leído en tándem hace unas cuantas semanas) es su carácter de auténtica gamberrada, de cargarse de un papirotazo todo el sistema educativo, carcajeándose de la ciencia y el saber, al proponer que todas las lenguas europeas, vivas y muertas, incluso el latín, derivan de una única lengua inexistente, el neoespañol. Aún más, que todas las lenguas utilizan las mismas palabras y les atribuyen el mismo significado, distinguiéndose unas de otras por la voluntad del hablante, que en un momento dado decide que está hablando en español, en francés, en latín o en la madre de todas ellas, el neoespagnol.

De lo cual se deduce que la auténtica dificultada de un idioma no está en aprender su vocabulario, su fonética o su gramática, puesto que todo eso ya lo sabemos de antemano, sino en descubrir la nacionalidad del hablante para así poder averiguar la lengua en la que se nos está dirigiendo y así poder traducir correctamente y no cometer errores groseros.

Algo que para la pobre estudiante que sufre la lección es completamente imposible, al igual que para alguien que no es Pitufo resulta imposible hablar correctamente en Pitufo.

Y con esto llegamos al meollo de la cuestión, el hecho de que estas obras del teatro del absurdo, Beckett y Ionesco, constituyen el paradigma de la postmodernidad, antes de que, como en el caso de Jarry y Ubú Rey, ese palabro se inventase; ya que lo que Ionesco se propone es reírse de todo y de todos, sin intentar ofrecer ningún mensaje, ya sea político o estético, es más, en todo momento se nos está demostrando, por activa y por pasiva, que ese mensaje no existe, que no está escondido, y que cualquier crítico o estudioso que intente inventarlo no estará cometiendo otra cosa que no sea una inmensa impostura... que por supuesto será satirizada, desmontada y aplastada convenientemente, tras someterle a pública humillación y escarnio.

Una forma de entender el arte que si aún hoy produce heridas y encendidos artículos, en los tiempos de Beckett e Ionesco debía incitar a la agresión física, pues entonces el modernismo, con su sentido de misión estética y moral, insobornable e irrenunciable, aún eran fuertes y poderosos, más bien, constituían la única forma de arte posible y la norma a la que cualquier creación artística debía ajustarse.

Con lo que una obra como La Leçon debía asemejarse a una bofetada en la cara o a un puñetazo en la boca del estómago, por no referirse a otras partes anatómicas menos nobles.

jueves, 5 de junio de 2008

Hands

Este entrada es sobre como las manos nos sirven para comprobar que este mundo existe y que nosotros existimos en él...





...de como mediante ellas obtenemos el placer...



...de como nos sirven para crear belleza...










...y por último, de como los automatismos aprendidos tras repetirlos una infinidad de veces, esos gestos almacenados para siempre en en el interior de nuestros cerebros, nos sirven para recordar esa misma belleza pasada...



...y sobre todo, a las personas a las que amamos...

martes, 3 de junio de 2008

Through Hell

Whoever lived through those last months with receptive senses must have felt that never before had the light been so intense, the sky so lofty, the distances so vast.

Graf Hans von Lehndorff, citado por Max Hastings en Armageddon.

He querido comenzar esta entrada con esta cita del Conde Hans von Lehndorff que vivió en primera persona la toma, en 1945, de Prusia Oriental por los soviéticos y la relató en sus diarios. Una época terrible, a la que sobrevivió por su calidad de médico, que le convirtió en algo valioso para los soviéticos, de manera que paso en cuestión de horas, de servir en un hospital militar alemán a hacerlo en uno ruso, siguiendo el ejemplo heroico de tantos médicos que decidían no abandonar a sus enfermos y se quedaban a esperar al enemigo que avanzaba y no tardaría en llegar, esperando así poder proteger a los heridos a su cuidado.

Un tiempo de horror y destrucción, del que sólo poco a poco, a medida que el régimen soviético se desmoronaba, y junto a él, se desvanecían toda la propaganda y todos los sueños que en ese sistema habíamos depositado, hasta quedar convertidos en polvo, y dejarnos sin camino, brújula o puntos cardinales, obligados a reconstruir de nuevo, desde la nada, el pensamiento de la izquierda, puesto que todo aquello en que habíamos creído y aprendido, había sido envenenado por aquellos que se proclamaban sus custodios.

Pero esto no es lo que quería señalar, lo que quería señalar es la absoluta serenidad con que este hombre afronta esa situación, el tiempo en que su tierra natal iba a ser invadida, sus ciudades y pueblos destruidos, sus gentes muertas, sus mujeres violadas y los supervivientes deportados, para no volver nunca a los lugares que amaban.

Un tiempo en que la naturaleza, indiferente a los asuntos humanos, inmutable por estos, capaz de sobrevivir al olvido que los mostrará inútiles; se mostró más bella que nunca, mejor dicho, adquirió una belleza desconocida y desusada como sí la catástrofe que iba a acontecer no fuera a ocurrir y todo se redujera a un mal sueño de los que despertamos sobresaltados y sudorosos.

Pero no fue así, puesto que todo el odio, la destrucción, el horror y las atrocidades con que la Alemanía Nazi había inundado Europa refluiría sobre ella, haciendo realidad la peor de sus propagandas, esa propaganda del miedo con que buscaban galvanizar la voluntad de sus habitantes, convertirlos en fanáticos para los que no existiese otra opción que la victoria o la muerte.

Una marea, el de aquellos que habían visto su país atacado por sorpresas, los que habían soportado el rigor con que los nazis hacían la guerra y lo oprimían a los pueblos sometidos, el de aquellos que habían tenido que reconquistar palmo a palmo el terreno perdido, descubriendo a cada paso las pruebas de ese rigor y sintiendo crecer su ira, por los muertos y por los vivos. Los mismos que vivían bajo una dictadura tan feroz como la nazi, y cuyas vidas estaban siempre pendientes de un hilo, acostumbrados a la cotidianidad de la violencia y la muerte, al uso arbitrario de esta, sin requerir justificación o excusa.

Los que ahora tomarían venganza sobre los alemanes, sobre cualquier alemán que encontrasen, fuera nazi o no, inocente o culpable, hombre o mujer, joven o viejo, convirtiendo a Prusia Oriental en un auténtico infierno sobre la tierra.

Otro más de tantos de aquella guerra.