domingo, 13 de julio de 2008

Memory Space






Tras la gran temporada de anime del año pasado, la presente está siendo bastante mediocre cuando no simplemente mala. Excepto alguna que otra serie notable, que intentaré destacar aquí, el resto como digo no pasan de ser lo de siempre y un poco más, o en el caso de otras que parecían interesantes al primer vistazo, el desarrollo está siendo bastante insatisfactorio. Una situación esta que me ha permitido revisar series que había dejado de lado por falta de tiempo (como la sorprendente Baccano!) y encontrar de rebote que la tan cacareada fragilidad de los medios de almacenamiento es cierta, o mejor dicho que ciertas remesas son de peor calidad de otra, ya que tarrinas enteras de cierta marca famosa han dejado de ser legibles a los escasos dos años, mientras que otras con cuatro continúan perfectamente.

En fin, al menos esto me ha servido para descubrir la maravilla que son los discos externos....

Pero volviendo a lo que iba. En medio del páramo en que se ha convertido esta temporada de anime ha aparecido una obra maestra con todas las de la ley, aunque odie utilizar esa palabra. Se trata de Kaiba, dirigida por Masami Yuasa, que ya había llamado la atención con su producción Mind Game para el estudio 4ºC, y había continuado con la no menos sorprendente, en términos estéticos, Kemonozume, para Madhouse, un estudio que aunque no tan experimental y desmadrado como 4ºC, sí que intenta dar el máximo de libertad a los artistas y salirse de las convenciones que, como a cualquier forma de arte comercial, amenazan con ahogar el anime.

Kaiba, Mind Game y Kemonozume comparten un estilo común, mejor dicho, unos presupuestos estéticos comunes. En todas ellas se intenta salirse del estilo de dibujo habitual del anime, bien realizando una especie de Summa Artis de la 2D en Mind Game, adoptando un dibujo agrio e inacabado, underground, y animándolo con una imperfección premeditada como es Kemonozume, o como es el caso de Kaiba, asumiendo un aspecto retro e infantil, reproduciendo a Osamu Tezuka sin copiarlos, y que sirve para distanciar de la seriedad de los temas que se están abordando.

Pero antes de hablar de la temática (¡Ah, la temática!) hay otro detalle que unifica las obras de Yuasa y las distingue de la producción habitual. Es habitual que en la series de televisión, el director de la misma, sólo se ocupe de dirigir personalmente algún que otro episodio, delegando la mayor parte de ellos en otras personas. Un modo de trabajo en el que se intenta que todos los episodios presenten un aspecto visual parecido (o que haya una continuidad narrativa/temática), para que el espectador no perciba diferencias de acabado importantes y abandone la serie, pero que provoca que la personalidad y originalidad de los creadores de cada episodio tienda a diluirse y embotarse, por ese sometimiento a una necesidad superior... o que simplemente se limiten a copiar el estilo y maneras del director de la serie, al estilo de los pintores del taller de un gran nombre (algo que ocurre en las series de Akayuki Shimbou, donde se nota claramente que secciones han sido dirigidas by the Man himself, y cuales por sus discípulos, simplemente porque ellos no tienen la loca imaginación de éste)

Yuasa, sin embargo, ha preferido llevar ese método de trabajo a su extremo estético. Cada episodio es dirigido por una persona diferente, al cual se le da completa libertad para plasmarlo a su gusto, sin importar que existan diferencias de diseño, ritmo o dibujo entre las diferentes secciones, más bien al contrario, intentado subrayarlas y potenciarle. De esa manera, en Kaiba, un episodio como el cuatro, ha sido animado en solitario por una única persona, Michio Mihara, y cuando digo en solitario, es que él mismo ha escrito el storyboard y dibujado todos y cada uno de los fotogramas, en un periodo de nueve meses. Una proeza que en tiempos de grandes equipos de producción y de no menos grandes ordenadores que facilitan el trabajo, lo le ha dotado de un toque artesano muy agradable, puesto que se pueden descubrir pequeñas imperfecciones en el dibujo y en la animación que nos recuerdan que hay alguien detrás. Asímismo, el capítulo 5 ha sido dirigido por un animador coreano, Choi Eun Young, que lo ha dotado de un aire vanguardista también muy poco frecuente, donde los diferentes personajes parecen salidos de algún graffiti callejero o haberse escapado de alguna pintura de Dubuffet.

Características, métodos de trabajo, resultados estéticos, estas completamente inencontrables en la animación comercial de hoy en día.

¿Y el tema? ¿Me he he olvidado de él? Por supuesto que no, algo que pudiera pensarse es que debajo de este despliegue de técnicas vanguardistas, no hubiera nada en concreto (lo cual no me disgustaría, sea dicho todo, al fin y al cabo, el arte del siglo XX no es más que un inmenso experimento estético), pero lo cierto es que esta serie explora con gran agudeza, ergo, transformándolo en conflictos con los que podemos identificarnos, las paradojas de nuestra existencia. En concreto, que es lo que nos identifica ante los demás y constituye aquello que debería ser preservado, si aspirásemos a vivir más allá del periodo que nos ha sido consignado (entiéndase esto como quiera entenderse).

Hablo por supuesto, de nuestro cuerpo y de nuestras memorias. De si es más importante el HW o el SW. Una cuestión que en el mundo de Kaiba es crucial, ya que la técnica permite hacer backup de la memoria de una persona y transferirla al cuerpo de otra, previo vaciado del mismo, claro está. Un universo donde las memorias pueden ser añadidas y borradas a placer (y qué queda entonces del individuo si vamos eliminando y añadiendo), y donde es posible visitar los paisajes mentales de otra persona, tal y como muestran las capturas con las que abría esta entrada.

Unas visitas en las que, por eso de la magia de la metáfora y del dibujo animado, desconectado de la realidad tangible, se nos permite intuir como organizamos nuestra memoria, como lo almacenamos, como cerramos aquellos recuerdos que nos resultan dolorosos



o los modificamos a nuestro antojo, para que la realidad responda a nuestros deseos



o en qué consiste realmente la muerte.