martes, 1 de julio de 2008

The eye of the beholder


Visitaba el sábado pasado la exposición Rodin que se ha abierto en la fundación Mapfre Madrileña, allá en el Azca, una exposición que se centra en uno de los aspectos quizás más "sorprendentes" de la obra de Rodín, pero que siempre se ha sabido y reconocido, aunque de vez en cuando allá quien se haya dado por sorprendido, pretendiendo a continuación haber realizado un gran descubrimiento, de esos que sacuden los cimientos del arte y las conciencias de los espectadores.

Me refiero, por supuesto, al interés de Rodín por el cuerpo humano, en el que no había nada que no pudiera representarse, ni por supuesto de que avergonzarse, junto con su obsesión por representarlo desde todos los ángulos, en todas las posiciones y en cualquier acto.

Una postura estética que obviamente incluye la reproducción pictórica y escultórica de la sexualidad humana, lo cual hace no muchos años hubiera sido tachado de obsceno y pornográfico... aunque como, bien nos recuerdan en la misma exposición, los dibujos u esculturas tan explícitos y tan claros de Rodin nunca fueron algo que se degustase a escondida, sino que aparecían en todas sus exposiciones con el mismo rango que las piezas acabadas, y en realidad, esa fijación Rodiniana, no era otra cosa que un ejemplo más de una obsesión de la cultura de entre siglos, fascinada por la sexualidad y el erotismo, el cual observaba con una mezcla de placer y de repulsión que no nos es muy lejana, aunque sí nos diferencia su ansia por embellecerlo, mientras que a nosotros nos va lo cutre y cochambroso.

Llegado este punto y nombrada la palabra mágica, pornografía, se puede uno plantear esa pregunta entre acuciante y banal, de si los dibujos de Rodín, en los que aparecen el desnudo femenino en todas las posturas y posiciones, y como digo en casi todos los actos, son pornografía o no.

La diferencia con otros tiempos, con el lejano de Rodín y con otros más cercanos, es que nuestro presente cultural si cuenta con una piedra de toque. Mejor dicho, contamos con la definición perfecta de lo que es pornografía, sin más que dar unos cuantos clicks y utilizar un poco la imaginación, modificando nombres famosos como youtube, para que sean explícitos y utilitarios.

Y esa palabra utilitario, quizás sea la que mejor define la pornografía, ya que es un material destinado a la realización por parte del espectador de unos actos muy concretos, acabados los cuales ese material pierde todo su sentido, y ya no tiene sentido volver a él a menos que se sienta el picor, ya que aparte de rascarse no se va a obtener nada más.

Esa utilitariedad nos lleva a la segunda característica de la pornografía, la ritualización. Al ser un arte orientado a la producción, requiere que su contenido se estructure de una manera estricta, rígida y predeterminada. Las acciones, lo que vemos, lo que observamos, siempre es lo mismo, realizado de la misma manera y sometido al mismo ritmo, para así conseguir que el espectador alcance el resultado apetecido en el momento preciso. Al contrario del paradigma contemporáneo del arte, que llama High Art a aquel que innova, a aquel que se aparta, a aquel que subvierte y revoluciona, la pornografía se ríe de todo esto, ya que su única innovación es la la de los juegos olímpicos, el citius,altius fortius, o por restringirnos a la materia, más grande, más tiempos, más veces.

Pero ¡Ay de las paradojas! que precisamente esa utilitaridad y esa ritualización, hacen que el cine porno, se encuentre curiosamente cercano, a las propuestas más radicales del cine contemporáneo, esas que buscan eliminar toda la trampa y cartón que, dicen, atenaza el cine y le impide llegar a ser arte. Curiosamente, y como terrible ironía, todos esas características del cine de resistencia, la reducción al mínimo del equipo cinematográfico, para así librarse de las presiones de la industria , la presentación sin adulterar de la realidad, rodando con luz natural, sonido natural, y renunciando al movimiento de la cámara y al montaje, para así intentar no perturbar el experimento y plasmar lo auténtico, son como digo, las mismas que en cine porno nos dan la idea de cutre y de falso, que comúnmente se asocia a él. Un ethos que podríamos definir casi como ascético, por ser un poco subversivo.

Terrible paradoja, como digo, que podría bastar para hacer retemblar edificios críticos y teóricos, a menos que en aplicación de la más estricta praxis postmoderna, aplicásemos el todo vale, cual hace, con rigor admirable, la editorial Taschen.

Pero volvamos a la pregunta, ¿Lo que hace Rodin es pornografía? Claramente no, por razones estéticas. En sus dibujos y esculturas, a pesar de representar el sexo y la sexualidad sin tapujos, poco hay de ese ethos pornográfico del que hablaba antes, es más, el enfoque es el contrario. Rodin se propone crear obras de arte, que incidentalmente representan el sexo y la sexualidad, con lo que muchas veces la representación consiste en un amasijo de líneas, casi ilegibles, o en formas donde los cuerpos se enredan y entremezclan hasta formar una única masa o bien, al contrario, han sido mutiladas y amputadas para resaltar y aislar un único gesto o una forma, todo lo contrario de la clase magistral de anatomía a la que se asemejan tantos films porno, donde todo la acción y la representación se supedita a que el espectador no se pierda ni una coma.

O como en la escultura con la que abría esta entrada, se pierde todo sentido de utilitaridad.