martes, 19 de julio de 2005

YKK (y1)




En nuestra era de aparente absoluta libertad, no hacemos otra cosa que construirnos, nosotros mismos, nuevas cárceles para encerrarnos voluntariamente en ellas... y ufanarnos, tras los barrotes, de que somos libres, de que nadie más ha sido ni será, tan libre como nosotros.

Esta paradoja libertad/limitación pervade todas las artes, incluso aquellas que como el cine y el cómic, apenas acaban de ser inventadas. En concreto, si miramos a nuestro alrededor, a los estrenos y las conversaciones de la gente, parecería que el cómic sólo ha sido y será un espacio para las hazañas de los superhéroes, para los leotardos, la violencia exagerada o los sentimientos y declaraciones simplones.

Esto por supuesto no deja de ser un reduccionismo. Resulta extraño, y triste, que en un momento que el cómic parece haber sido reconocido como el arte que es, las adaptaciones se reduzca a los susodichos comics de la Marvel y la DC. Resulta extraño también, me corrijo, es perfectamente normal, dado los parámetros culturales en los que vivimos que nadie se preocupe en adaptar a Lil'Abner, o Terry and the Pirates, o las obras finales, auténticas novelas en imágenes, del autor de The Spirit, Will Eisner.

Evidentemente estas adaptaciones resultarían demasiado profundas y conmovedores para una sociedad que sólo piensa en vivir a la carrera, escindida entre un trabajo embrutecedor y un ocio no menos destructor. Resultaría también demasiado trabajo de pensamiento para los propagandistas de la nueva era, los nuevos creyentes, aquellos que como los justos de antaño sólo saben repetir slogan tras slogan sin llegar a captar el auténtico significado de lo que predican.

Por eso, resulta reconfortante, esperanzador, encontrarse un cómic como Yokohama Kaidashi Kikoo (Diario de un viaje de compras a Yokohama), procedente de otro ambiente cultural, pero extrañamente similar al nuestro, ya que basta substituir samuráis y robots por superhéroes para encontrar y reconocer los mismos vicios de Occidente.

Y resultante reconfortante y esperanzador porque en medio del ruido y de la agitación cotidiana, el dibujante y guionista de esta obra lleva más de once años dibujando la nada, todas las pequeñas cosas que aparentemente no tienen ninguna importancia, pero que componen y conforman nuestra vida, los infimos detalles que no valen nada, que dejamos a un lado por conseguir más dinero, más fama, más poder, más gloria, más sexo, más de todo, pero que, llegada la vejez, extinguidos todos los deseos, descubrimos que eran los únicos que importaban.

Hablaremos más sobre este comic.