miércoles, 27 de julio de 2005

YKK (y 2)




Aparentemente, la historia de este cómic no es más que un lugar común, tantas veces repetido con mayor o menor fortuna. Ni más ni menos que la descripción de un mundo post-apocalipsis, un tiempo donde el nivel de los mares ha ascendido y continúa haciéndolo, sumergiendo las ciudades costeras. Una época donde las estaciones comienza a confundirse entre sí y donde, lentamente, pueblos y ciudades desaparecen, a medida que la humanidad envejece y se extingue. Un lugar donde los robots viven entre las personas y son indistinguibles de ellas, excepto porque no envejecen y porque sobrevivirán a la humanidad en decadencia.

Un marco donde se podría pensar en el desarrollo de una historia á la Mad Max, Terminator o Matrix , una excusa para el espectáculo de acción desenfrenada y la descripción de la violencia naturalista, con la complicidad del espectador, en lo que se conoce, en el mundo anglosajón, como explotation, el uso de crueldad y salvajismo para provocar placer entre el público.

Nada más lejos de las intenciones de este cómic.

En los once años que lleva este cómic publicándose, ese tiempo ha transcurrido también en la ficción. En esos once años hemos visto crecer, madurar y envejecer a los personajes. En esos once años hemos conocido ese mundo, descubierto las consecuencias de la catástrofe, pero no se ha revelado nada acerca de ella.

A la humanidad, a la humanidad que habita el mundo de YKK no le importa lo que pudiera ocurrir o quien lo causara. Fuera lo que fuera es irremediable, fuera quien fuera el culpable, catigarlo o perseguirlo no serviría de nada, no arreglaría nada. Enfrentada a la extinción segura, abocada a la muerte, sin futuro ni esperanza posible, al igual que cada uno de nosotros aunque queramos negarlo, a la humanidad sólo le queda una única salida.

Vivir en este mundo, disfrutarlo hasta sus últimas consecuencias, sabiendo que cada momento es irremplazable, consciente de que cada instante puede ser el último. Como se señala en uno de los momentos cumbres, abrir los ojos y mirar lo que hay ante ti. Darse cuenta de todo, de toda la belleza que nos estábamos perdiendo por correr sin sentido en pos de fantasmas y mentiras. Aquietarse y tranquilizarse, dejarse llevar, vivir con sencillez, vivir en paz, hasta que llegue la hora.

Y es en este mundo, donde viven los robots de los que hablábamos antes, insdistiguibles de las personas, tratados por la humanidad marchita como seres humanos iguales a cualquier otro, programados a propósito para sentir las mismas inclinaciones que los seres humanos, para experimentar los mismos sentimientos, para gozar con la misma intensidad, con igual profundidad, del mundo y de los que viven en él.

Los hijos de la humanidad, como se dicen en el cómic. Los que la sobrevirirán por un tiempo indeterminado. Los que servirán de recuerdo de que alguna vez existimos.