domingo, 23 de octubre de 2011

100 AS (LXXI): Invisible Ink (1921) Max y Dave Fleischer
























En  mi revisión semanal de la lista de mejores cortos animados recopilada por el festival de Annecy, le ha llegado el turno a uno (a dos, realmente) de esos creadores míticos injustamente olvidados. Hablo por supuesto de Max y Dave Fleischer, que en los años veinte con su productora Inkwell Studios y su serie Out of the Inkwell, llegaron  a ser la productora de animación por antomasia, de lo cual este corto Invisible Ink de 1921 es uno de sus mejores ejemplos (entre otras varias decenas más)

No obstante, si creyésemos en la historia de la animación según Disney, esto no sería así, ya que para la productora del ratón la animación no existía antes de que su fundador pensases en ello, y si acaso existió algo era primitivo, torpe e indigno de ser visto.... como los Fleischer. La realidad, sin embargo, es muy otra  y este corto es un magnífico ejemplo de las alturas a las que había llegado la animación, antes de que a finales de los 30 Disney eliminase al resto de sus competidores, y se entronizase como única forma posible de la animación, para desgracia y descrédito de esta forma entre el estamento crítico. Esto por supuesto, en 1921, estaba aún por ocurrir y nadie podía prever qué caminos seguiría la forma, asi qué olvidemos a Disney,  volvamos al corto de los Fleischer y examinemos qué es lo que le hace importante y valioso, 90 años más tarde.

En aquel tiempo, los Fleischer tenían una ventaja tecnológica importante. Como inventores del Rotoscopio, (ese olvidado antecesor del Motion Capture) podian manufacturar animación con una fluidez que ninguno de sus competidores podía imitar, lo cual puede comprobarse en la naturalidad con la que Koko, el protagonista de los cortos, se mueve en la mayoría de ellos. Sin embargo, esta ventaja técnica se habría convertido en nada, como ocurre con tantas revoluciones técnicas, si no fuera por el derroche de imaginación y de ideas que los  Fleischer demostraban en aquella época.

Una idea que se reduce en realidad a una sola, el combate entre el creador, Max Fleischer, y su creación, Koko, que consitituye el motor de todos los cortos, pero que sirve a los Fleischer, para jugar con la oposición entre dos mundos, el de la imagen real y del dibujo, rompiendo una y otra vez las fronteras que los separan, como puede verse en las capturas que encabezan esta entrada, donde Max fuerza a Koko a abandonar el tablero de dibujo, para poder continuar con su trabajo sin interrupciones.

Una idea básica, sí, pero que será retomada y reelaborada una y otra vez, no sólo de corto en corto, sino dentro del mismo corto, como ocurre en este, donde las hostilidades entre Max y Koko continuaran con la huida del personaje animado del marco del tablero de dibujo, y la alocada persecución que debe emprender Max, por calles, azoteas y fachadas, para obligarle a volver al redil. Una persecución que, volvemos a la técnica, es nuevamente un tour de force, porque no solo tenemos animación o imagen real, sino imagen real sobre el espacio animado  y animación sobre imágenes reales, una mezcla que siempre ha sido muy difícil de conseguir y sobre todo de tornarla creíble, al menos hasta la llegada del ordenador, pero que los Fleischer aplicaban y utilizaban rutinariamente apenas comenzada la forma, con una perfección que, como digo, raramente se volvería a alcanzar hasta la actualidad.

Y me callo y les dejo con el corto, porque nada mejor que él para convencerles. Desgraciadamente, no puedo incrustarselo aquí, no está en los medios habituales, pero sólo tienen que seguir el link,  y aguardar a que termine la publicidad
 




miércoles, 19 de octubre de 2011

Colonies, Colonisers and Colonised (y I)


















Una de mis grandes contradicciones, al menos desde el punto de vista de la ortodoxia cinéfila, es mi pasión tanto por el genero documental como por la forma animada. Como nos han enseñado (o como hemos aprendido todos) ambas manifestaciones se encuentran en extremos irreconciliables de la práxis cinéfila, el documental preocupado por capturar la realidad tal y como es, sin distorsiones ni deformaciones, mientras que la animación es el género artificial por naturaleza, donde todo está planificado de antemano, sin posibilidad alguna de espontaneidad o emoción, lo que lleva a que para la crítica francesa (y por extensión, toda la crítica) el documental sea el modelo a seguir y la animación el paradigma de todo aquello que hay que evitar si se quiere crear auténtico cine.

Los que me siguen sabrán que me opongo vehemente a esta visión reduccionista de la expresión cinematográfica, aunque no me sirva de nada, ya que, por así decirlo, esta fijada en piedra y es inamovible. Una de mis razones de mi oposición, aparte de esa contradicción en mis preferencias que me hace amar por igual el documental y la animación, es simplemente que no puedo aceptar esa visión en blanco y negro de la realidad, la cual, como es normal, me parece más bien un espectro continuo en el que es imposible trazar fronteras tajantes que no dependan de nuestro capricho. En otras palabras, que en la animación ha habido muchos creadores que han buscado y tolerado ese azar, esa casualidad que se niega a su disciplina, mientras que en el documental también existe mucho de preparación y planificación, e incluso ciertos nombres muy respetables, utilizan la imagen para escribir ensayos fílmicos en los que poco queda de ese respecto a ultranza de la imagen capturada...

Pero dejando esta introducción tan larga, que como saben y es mi mayor defecto, tienden a ser más largas que el comentario de lo que quiero realmente contar, el hecho es que este domingo he descubierto a uno de esos grandes documentalistas que hacen del género documental una manifestación indispensable en la cinematografía. Me refiero, por supuesto a Jean Rouch, ese francés afincado en el África Occidental que tras la segunda guerra mundial se convirtió en cronista de sus gentes, sus constumbres y los cambios que se producían en su entorno, durante ese periodo histórico marcado por la descolonización, cuando los africanos redescubrieron que no necesitaban a los europeos para gobernarse, en contra de lo que había pretendido la propaganda colonial de finales del XIX y principios del XX.

Jean Rouch no era un nombre desconocido para mí, de hecho, aquí y allá, había leído comentarios elogiosos y andaba con muchas ganas de hincar el diente a una de sus obras. Jaguar, cinta a la que pertenecen las capturas incluidas arriba, ha sido mi primer contacto con él y en sucesivos fines de semanas continuaremos explorando su producción. Parte de esa curiosidad que me animaba a ver la obra de Rouch, se debía a que en palabras de esa crítica francesa/afrancesada, el documentalista francés era uno de los ejemplos de ese cine auténtico, alguien capaz de filmar sobre la marcha y detectar al instante qué era lo que se debía captar y lo que no, para luego mostrarlo con mínimas manipulaciones sobre la pantalla, una forma de trabajar que en cierta manera le venía forzada porque presenciaba acontecimientos y situaciones irrepetibles, que requerían ser captadas en el momento en el que se producían, ya que su repetición ensayada les robaría toda la verdad y espontaneidad de la que gozaban.

Viendo Jaguar, que narra el viaje de tres amigos de Niger a Ghana, cruzando la sabana en busca de trabajo, sus peripecias allí y su retorno a su región natal, la primera pregunta que uno se plantea es como se llegaron a rodar ciertas escenas (por ejemplo todas las del cruce de la frontera entre la colonia francesa y la británica) ya que algunas parecen imposibles de haber sido captadas sin algún género de complicidad o preparación. Lo segundo que sorprende es como Rouch no intenta ocultarnos que las gentes que vemos en pantalla son conscientes de la cámara, que conocen perfectamente su presencia y que miran a ella, al contrario que otros muchos documentalistas que hubieran intentado omitir esa imperfección que según ellos demostraría un grado de fingimiento y simulación entre sus actores, cuando a realidad es la opuesta ya que al decir a estas personas que no actúen es cuando actúan de verdad.

Es esta sinceridad, esta complicidad entre Rouch y sus protagonistas la que confiere a la cinta un grado de autenticidad que pocos documentales alcanzan, ya que los "actores" aparecen completamente confiados y relajados, sin que su intimidad se sienta invadida por ese europeo que les observa con la cámara, algo a lo que ayuda que Rouch, por su condición de afincado allí, es casi también un natural del lugar. Una proximidad que quiero subrayar porque nos lleva a un efecto que está ausente de muchos documentales, me refiero a la condición de haber sido rodados desde fuera para un público extraño, los europeos que observan las contumbres exóticas de regiones lejanas, en una extraña transmutación de la ideología colonial, y que Rouch sortea hñabilmente, creando un documental que parece haber sido rodado por africanos para africanos.

¿Y cómo consigue Rouch ese resultado? De una forma simplísima y por ello, no menos genial. haciendo que la narración del documental, las voces que nos cuentan lo que está ocurriendo, sean las de los propios protagonistas, los cuales, suponemos, comentan en una proyección privada lo que estamos viendo, explicándose los unos a los otros las partes obscuras o aquellas en las que alguno no estuvo presente, o simplemente intercambiándose chistes y bromas, dotando al documental de esa especial emoción y sinceridad a la que hacía referencia.

Hallazgo genial en su simplicidad, que como digo, permite que este documental parezca haber sido rodado desde dentro, por su propios protagonistas y no como documento etnológico para públicos lejanos que observan esas costumbres como observarían a las hormigas de un terrario.


lunes, 17 de octubre de 2011

The TDS Files (XIX): La Tumba de Alejandro, Chris Marker

Lunes, día de artículo de Tren de Sombras. Otro de mis grandes artículos, cuando me salían como churros y gozaban de unidad y un propósito.

Este es la continuación del de la semana anterior, con lo que mejor que los lean en secuencia. Espero que les guste...


Le tombeau d’Alexandre (La tumba de Alejandro)

Producción: Les Films de l’Astrophore, Michael Kustov Production 1993 France
Dirección, Montaje: Chris Marker
Coordinación: Françoise Wildhoff
Música: Alfred Schnitke/Michel Krasna
Narrador: Jean Claude Dauphine
Intervenciones de: Alexander Medvekin, Nikolai Izvolov, Víctor Domien, Yakov Tolchan entre muchos otros..


Mi trabajo es poner en tela de juicio las imágenes – Chris Marker.

¿Qué es la felicidad?

Chris Marker, con todas las reservas que se quieran, es probablemente uno de los cineastas desconocidos, tanto para el gran público como para muchos aficionados, más importante de 1950 para acá.  Prestigio conseguido a pesar de dedicarse a un género, el documental, que no deja de ser algo “secundario” en el ámbito de esa cosa tan difícil de definir que es el cine... pero de la que todos presumen conocer el significado exacto, puro y prístino.

Esa importancia radica, en primer lugar, porque cada uno de los documentales que Marker ha filmado son indefinibles e inclasificables. El documental, si quisiéramos señalar su esencia, se propone ser ante todo objetivo, carecer de cualquier trampa o cartón, y por ello, en estos tiempos confusos, calificar a una obra de ficción de documental se ha convertido en un elogio, en algo que la hace más noble, más válida, más necesaria. Sin embargo, cada documental de Marker es, ante todo, un estudio metacinematográfico sobre el poder, la relevancia y la objetividad de la imagen, en el que se pone en tela de juicio el propio género y sus intenciones. Una crítica interna del cine documental y de su autoproclamada verdad que no sólo se realiza de una manera lingüística, sino de forma visual, puesto que Marker distorsiona sutilmente las imágenes que captura, en una praxis Brechtiana avant la lettre, en la que a cada instante se nos estuviera avisando, esto no es la realidad, esto es cine, esto es y sólo puede ser una manipulación de la realidad.


El segundo punto importante en la obra de Marker es el aspecto laberíntico de cada uno de sus documentales, su división en partes separadas y aisladas, sin relación aparente, y  la acumulación de diferentes líneas temáticas, entre los cuales se va saltando sin que parezca haber un motivo. El cine documental de Marker, al contrario que la mayoría de obras afines, parece carecer de tesis previa, dando la impresión que ésta se construye por si sola ante los ojos del espectador y es un producto de su propio razonamiento, de sus divagaciones, precisamente mediante la acumulación/yuxtaposición continua de temas/imágenes/posibilidades. De esta manera la obra de Marker es esencialmente abierta, inacabable e inabarcable. El tiempo de sus documentales se hace corto, como bien saben cualquier espectador de su obra, y la filmación continúa fuera de la sala en las cabezas de aquel que la ha presenciado.

La película que nos ocupa, por supuesto, no es una excepción a esta regla. Bajo el envoltorio de contar la biografía del director soviético Medvekin y en concreto su obra La felicidad, Marker se las arregla para hablar de muchas otras cosas, del  totalitarismo estalinista, de la crisis y desaparición de la izquierda utópica, de las relaciones entre arte, política y poder, de la substitución de la realidad por la imagen filmada, del fracaso del artista frente al poder político, etc, etc, etc.

Sin embargo, y antes de entrar en el análisis de la cinta, permítase un pequeño intermedio. Estructurada en seis cartas de Marker a Medvekin, amigo personal suyo, la película está dividida en dos partes de aproximadamente una hora por un extraño interludio.

Un interludio en el que se nos muestra a un gato durmiendo plácidamente sobre un piano, mientras suena una música evocadora.


Podría uno preguntarse, al ver estas imágenes, si dado que el núcleo del que parte el documental de Marker es precisamente el análisis de la película-pregunta-búsqueda de Medvedkin, La Felicidad, no hay aquí un guiño a modo de respuesta.

Contar o no contar.

Había tantas cosas que callar entonces... Ahora hay demasiadas que contar

Analizar una obra de Marker es un sin sentido. Entiéndase bien, metodológicamente es un sin sentido.

En efecto, lo mejor que se puede hacer con la obra de Marker es verla. Punto. Cualquier glosa o análisis supone en primer lugar una reducción de su contenido. El documental que aquí nos ocupa, con su omnipresente voz en off, con las continuas intervenciones de entrevistados y protagonistas, es lo suficientemente rico y complejo como para que cualquier resumen en seis o siete páginas no suponga otra cosa que una poda brutal, una reducción a cuatro burdas pinceladas de la maraña de contenidos, políticos y estéticos que Marker se ha propuesto transmitir... sin contar, claro está, con que se pierden las asociaciones, referencias y alusiones escondidas en la obra y que la completan, cuya explicación podría ocupar libros enteros.

No se trata sólo de incurrir en una simplificación, sino que se trata también de una distorsión. Nacido en las postrimerías de una dictadura, educado en cierta idea de la izquierda, testigo del final de la guerra fría y del comunismo, sujeto del cambio que en apenas una década hizo pasar a un país del siglo XIX al XX, mi visión ha de ser por fuerza distinta a la de Marker, completamente extraña a la de Medvekin... y ajena a la de los espectadores más jóvenes. Lo quiera o no, mis principios, mis convicciones, mis errores y mis olvidos se filtran en las imágenes de Marker y las tiñen de un color que no es el natural, haciendo pasar mis ideas por las suyas.

Pero... ¿Acaso no es ése también el caso de Marker/Medvekin? Simplemente por el hecho de haber nacido después, Marker conoce de Medvekin y su época detalles que un contemporáneo de los hechos ignoraba por fuerza,  detalles que los mismos protagonistas nunca llegarían a descubrir (y el contrario también es cierto, Marker no puede sentir lo mismo que Medvekin al contemplar ciertas imágenes). En todo momento, por tanto, hay que tener en cuenta que no estamos viendo un Medvekin by Medvekin, sino un Medvekin by Marker... Es decir que, también en este caso se está produciendo una apropiación, una simplificación y una distorsión.

Un camino sin salida, entonces.

No exactamente. En las primeras imágenes, Medvekin, como amigo personal de Marker, le pide que le escriba unas líneas. Evidentemente es un deseo personal para no perder el contacto, pero Marker lo convierte en algo más personal y al mismo tiempo más importante. Una vez muerto Medvekine, Marker escribe sobre él, desde su punto de vista, sin pretensiones de objetividad o totalidad, pero sí con sinceridad, como un amigo a otro amigo.


Por ello, hay que escribir, se quiera o no, a pesar de las traíciones y las omisiones. Porque al final cualquier crítica, cualquier análisis, si se quiere ser sincero, se reduce a un: Soy amigo vuestro y esto me parece importante, quiero compartirlo y disfrutarlo con vosotros.

Así de simple.

Pasado. Imagen y Memoria

¿Recuerdas cómo lloraste al ver por primera vez como dos imágenes juntas tenían sentido? Ahora la televisión inunda el mundo de imágenes sin sentido y nadie llora.

Un cineasta hablando de otro cineasta.

Obviamente, dos profesionales en ese campo sólo pueden hablar de un tema, en concreto del ejercicio de ese profesión que consiste en trasmitir ideas, argumentos, sentimientos e impresiones mediante la utilización de imágenes y la secuencia en que éstas se encadenan.

Sin embargo, Medvekin no es un cineasta inocente, si es que alguna vez ha existido alguno.  No lo es, simplemente porque su vida coincide con el nacimiento y muerte del experimento soviético, en el cual participó y a la cual aportó su arte y su talento. Un Experimento que en el caso del cine soviético creo obras que ante todo eran propagandísticas, puesto que buscaban transmitir un conjunto de ideas/consignas que los órganos del partido habían estimado como necesario, útil y conveniente.

 Ideas y consignas, no lo olvidemos, que eran compartidas, sentidas y defendidas por muchos, convencidos de su justicia, pero que al mismo tiempo, como bien señalaba Orwell en 1984, un día eran unas y el otro, otras completamente distintas, sin que esto crease ningún en conflicto, puesto que las en vogue  siempre habían sido las correctas, y nunca habían existido otras.

Otro documentalista que no fuera Marker, se hubiera quedado ahí, en el desmontaje (o deconstrucción por utilizar una palabra mas en vogue) del cine soviético, atacando los puntales de su mensaje (desmontaje que por cierto ha sido acometido con criterios muy distintos, descaradamente políticos en un caso, de mera antipatía estética en otros). En vez de esto, Marker se adentra en un terreno más resbaladizo, mucho más ambiguo, una zona gris en la que se difuminan las percepciones políticas y estéticas.

No se trata otro problema que el de la fragilidad de la historia. Más en concreto, el de la fragilidad de las representaciones que se utilizan para narrar la historia.


Contemplemos el fotograma adjunto. En el se utiliza una fotografía de la época para ilustrar la historia de la revolución rusa y, en concreto, la toma del Palacio de Invierno, Una ilustración perfecta, si no fuera porque esta fotografía no fue tomada en ese instante, sino durante la reconstrucción teatral realizada (en escenarios naturales, podría decirse) años después para conmemorar el evento. Como bien señala Marker, la visión de la Revolución Rusa, la guerra civil y del Estalinismo, la imagen que tenemos de los acontecimientos de entonces es la creada/imaginada por los artistas de aquella época, por Eisenstein, Pudovkin, Dovjenko, Vertov, por el mismo Medvekin.... sin contar tantas y tantas incontables mediocridades que se dedicaron a glosar al padrecito Stalin y las conquistas de su régimen.

Extraña victoria esta de la ficción sobre la realidad. Especialmente de una ficción que no se hacía pasar por realidad, puesto que el cine soviético ante todo era propaganda, pensada como tal y reconocida como tal, pero que acabó por substituir y reemplazar a lo sucedido, hasta no dejar huella ninguna de los acotecimientos reales. Perversidad ésta que, como Marker destaca, no se limita a la visión del pasado desde el presente, sino a la del presente desde el propio presente, infectando todos los documentos gráficos de la era soviética.

De esta manera, los monumentos dedicados a los rebeldes del acorazado Potemkin reproducían el perfil de los actores de la película de Eisenstein y el mismo el rostro de Stalin que el pueblo soviético reconocía como tal y que se le hizo tan familiar como el de su propios padres, no era el del dictador, sino el de un actor. Asimismo, los documentales bélicos de la Segunda Guerra Mundial no habían sido rodados en directo, sino que, al igual que la reconstrucción de la toma del Palacio de Invierno, habían representados en condiciones controladas, hasta llegar al extremo de que los juicios políticos en que culminaron las purgas de los años 30 fueron escenografiados con criterios cinematográficos, en un increíble ejemplo de substitución de la realidad por su representación... o mejor de dicho de deformación de la realidad para que se adaptase a lo que el público esperaba ver.

Marker no lo aborda, pero la pregunta es evidente. Vivimos en un mundo en donde el reportero gráfico, la cámara al hombro, el directo, es casi omnipresente. ¿Supone esto una garantía de veracidad? ¿La substitución de la realidad por su representación es un fenómeno del pasado?

Dejemos la respuesta para cada uno y para el posicionamiento político de cada cual. Ejemplos no faltan.

Cine Tren: La realidad y lo real

Centrarse únicamente en esta perversión de las imágenes, incluso las documentales, supone cerrar los ojos a uno de los aspectos más sorprendentes de la época soviética, el increíble desarrollo de las vanguardias artísticas en aquellos primeros años de revolución. Desarrollo, que aunque había comenzado ya antes de octubre del 17, dejaría una huella indeleble en el arte de Occidente.

Es en este contexto, un ambiente de experimentación controlada, y subvencionada en tanto que sirviese como arma de propaganda del régimen, donde es posible concebir un caso único como el que nos narra Marker, el cine-tren de Medvekin en los años 30.

Como medio de llegar a las masas, de educarlas, adoctrinarlas y conducirlas hacia la utopía que se estaba construyendo, Medvekin tuvo la idea genial de montar todo un estudio de filmación en un tren, en un ejemplo extremo de el “sacar el cine de los estudios” que tantas veces se ha repetido a lo largo de la historia del cine, y recorrer con el convoy la URSS a lo largo y ancho de su territorio. La idea era tanto fotografiar la realidad sin distorsiones, otra de las ideas recurrentes en el cine (Kino-Eye, Cinema-Vérité), como conseguir, en cierta manera, que esa realidad se cinematografiara así misma.

Como ejemplo y como aplicación del colectivismo central al régimen soviético, habían de ser las personas normales, los koljosianos, los obreros, los mineros, los que creasen sus propias películas, participando en ellas y dándoles forma. Forma entendida nuevamente como acción y contribución en el camino hacia el mundo nuevo, ya que al verse en la pantalla, podrían detectar sus  errores y corregirlos, realimentando así las energías del país en la vía hacia el socialismo.

Sin embargo, el problema de salir a buscar la verdad es que se acaba uno por encontrarla. La realidad con la que Medvekin y su equipo se topan es demoledora. Años tras la revolución, las condiciones del obrero y del campesino, de aquellas las clases que los bolcheviques habían venido a liberar, seguían siendo de absoluta miseria y explotación, sin que nadie hiciera nada por aliviarlas. La cámara de Medvekin así lo muestra y podemos decir sin temor que no miente, simplemente por un pequeño detalle. Medvekin como bolchevique convencido, se veía en la obligación de señalar y denunciar aquello que consideraba inaceptable, para que fuera corregido.

El cómo debía ser corregido, por supuesto es otra cuestión. En este punto, Marker retorna, como era previsible a su tesis, a la oposición entre la realidad y lo real, entre lo imaginado y lo existente. Enfrentados a un testimonio como el de Medvekin que contradecía los slogans del partido, la burocracia soviética tomó la decisión más sensata y ortodoxa.

Hacer desaparecer las películas.

El reino de las sombras

Los burócratas tienen un sexto sentido que les hace descubrir cualquier ambigüedad que pueda ser malinterpretada.

Marker, tras el intermedio felino, se interna en los que podríamos llamar, aspectos más negros de la biografía de Medvekin. A mediados de los años 30, la violencia criminal del régimen soviético, que hasta entonces podría, para los bolcheviques como Medvekine, justificarse por atacar a los enemigos del pueblo y del ideal socialista, se dirigió contra los propios miembros del partido, contra aquellos que lo habían creado y construido, apoyado en todas las circunstancias y contra todas las contradicciones.

En otras narraciones de estos hechos, el foco de atención ha variado entre descubrir que ocurría en la mente de Stalin, el análisis de las causas y los mecanismos del Terror, o la simple descripción de las torturas y crueldades del sistema del GULAG. Marker, por el contrario, está interesado en un aspecto mucho más sutil. En concreto, por la forma y la manera en que uno de los ambientes culturales más avanzados de su época se transformo en el paraíso del Kitsch, y en como aquellos que habían sido los adalides y proponentes de la vanguardia, se transformaron con el correr de los años en unos sirvientes más, prestos a prosternarse y duchos en la adulación más abyecta (sin contar, claro está, con como podían armonizar sus ideales con lo que estaba ocurriendo ante sus ojos, el que compañeros de partido, de lucha, que se decía antaño, de repente se revelaran como  traidores al servicio de los más variopintos enemigos)


El caso de Medvekin, tal y como lo muestra Marker, es ejemplar en este sentido. Todas sus obras, sin excepción, acaban por ser prohibidas, sin importar los padrinos con los que cuente en el stablishment, sin importar tampoco los medios por los que intente adaptarse a la línea general sin traicionar, al menos en lo esencial, sus principios estéticos. Como le sucede a cualquier persona auténticamente creativa, la obra creada por Medvekin tiende a salirse de los moldes impuestos por el propio artista, a expandirse y extenderse. Mucho peor, a perder el significado que originalmente tenía y tornarse ambigua, permitiendo que cada espectador la interprete como bien quiera... algo que el censor estalinista, el vigilante siempre alerta de la ortodoxia no podía tolerar jamás.

Al final, el arte estalinista, como el de cualquier totalitarismo, no pudo ser otro que el que es creado por personas sin imaginación, por individuos que se limitan a aplicar las reglas, crean o no crean en ellas. Al final, los supervivientes de las purgas, como Medvekin o Vertov, acabaron por declararse derrotados y aceptaron negarse a sí mismos... no ya por sobrevivir, sino simplemente para volver a trabajar en el cine.

La conclusión, de acuerdo con los que testimonios que Marker recoge, no deja de ser aterradora en su simplicidad. La mayoría de aquellas personas de enorme talento, de aquellas personas que labraron un nuevo arte, no eran más que unos ingenuos, mejor dicho, unos idealistas que creyeron poder pactar con el diablo, sin reparar en que éste siempre gana al final.

La resaca

El estalinismo fue un desastre total para la izquierda – Geoff Elley, Forjando la democracia. Historia de la izquierda en Europa, 1850-2000

Cuando el régimen soviético cayó, yo apenas tenía veinte años, la época de los sueños, los ideales y las aventuras. De aquellos tiempos, recuerdo el inmenso sentimiento de alegría, de alivio, la marea de esperanza que inundó a Europa, de ilusión y anhelos compartidos incluso por aquellos para los que la URSS, en cierta manera, sino era ya la encarnación de la utopía, al menos era el contrapeso contra las peores tendencias del capitalismo.

De aquellos tiempos de borrachera ideológica, Marker nos muestra como se derriban los símbolos encarnados en las estatuas de aquellos que, proclamando al paraíso, habían pasado a encarnar la opresión y el exterminio (Puede oírse, cuando la estatua de Derzinski, uno de los creadores del sistema GULAG, es elevada en los aires por una grusa un clarísimo “se ha ahorcado a sí mismo”), para concluir con los niños jugando en un parque, entre las estatuas derribadas de los tiranos de antaño, ahora ya inofensivos.


Sin embargo, la ilusión, como todas las ilusiones, pronto habría de desvanecerse. Sirven como testigos de esta resaca, no sólo los pequeños vistazos que Marker nos ofrece de la situación en Rusia, el transito brutal, en unos pocos años, del totalitarismo absoluto a la ley de selva no menos absoluta, sino la consciencia una perversión mayor, de un subproducto malsano de esa obsesión del estalinismo por substituir la realidad con su propias consignas, de ese afán por reescribir la historia con fabulaciones que conviniesen a la “línea general del partido”.

De tanto repetir, a todo el que vivía en su interior, a todo aquel que la contemplaba desde el exterior, que la URSS constituía el paraíso, el único paraíso, la única vía hacia el futuro, y que en ella se había plasmado, por fin, la utopía, acabamos por creerlo así, de manera que al derrumbarse, utopía y paraíso también se hundieron con ella y desaparecieron.

Aparentemente para siempre.

Sin embargo, seguimos viendo las películas de aquellos soviéticos, y a pesar de su mensaje político, de su falsedad ideológica, su mensaje estético sigue estando vigente...y el propio modo que tiene Marker de entender el cine es prueba de ello.

Por ello, Marker no puede evitar hacernos un guiño al referirse a aquellos cineastas, a aquellos hombres del pasado y sus ideales.

...dinosaurios... pero mira lo que les ocurrió a los dinosaurios, los niños los adoran.

domingo, 16 de octubre de 2011

100 AS (LXX): Atama-Yama (2002) Yamamura Koji






En mi revisión semanal de la lista de mejores cortos animados recopilada por el festival de Annecy, le ha llegado el turno a Atama Yama, realizado en 2002 por Yamamura Koji.

Una de las grandes injusticias de la animación radica en que a pesar del predicamento y aceptación del anime, a sus admiradores y seguidores el nombre de Koji Yamamura les sonará literalmente a chino, cuando se trata de uno de los grandes nombres de la animación japonesa, que no del anime, con más de un cuarto de siglo de carrera a sus espaldas y una creatividad inigualable que consigue que sea de los pocos animadores experimentales/independientes capaces de producir un corto cada año o incluso varios.

Un animador, por otra parte, que se caracteriza no por haber creado un estilo definido y reconocible sobre el cual dormirse, sino que, como los auténticos genios intenta explorar nuevas vías con cada corto, cambiando de técnica y de estilo, lo cual siempre constituye un riesgo, pero que en su caso parece no representar ningún problema, puesto que ha sido capaz de moverse sin dificultades del stop-motion a la animación tradicional o la incorporación del ordenador, mientras que temática sabe moverse igual de bien en la narración infantil como en el relato adulto con tintes sociales y surrealistas.

Atama Yama pertenece a este último modo de su producción, aunque no llegue a los extremos de arrebato de su adaptación de El médico Rural de Franz Kafka, Sin embargo, a pesar de esa cualidad de relato contemporáneo, este corto tiene fuertes conexiones con lo que sería el relato infantil, en su versión de leyenda y cuento popular. En efecto, lo primero que sorprende de este corto es el hecho de que su narrador no es otra cosa que una especie de juglar popular moderno, que canta las peripecias del protagonista utilizando un estilo musical tradicional, acompañado  por intrumentos también tradicionales.

Es una jugada audaz, pero especialmente eficaz. Nos enfrentamos a un narrador autónomo, procedente del medio del teatro y que sería capaz de narrar esa misma historia sin necesidad de otros recursos que no fueran los de su voz y sus gestos. En sí, las imágenes serían innecesarias, sobrantes. Es sin embargo esta teatralidad flagrante, la certeza de que estamos en un medio que no busca crear un ilusión de verosimilitud, la que refuerza esta y permite que las peripecias narradas, a pesar de su surrealidad sean perfectamente creíbles y aceptables. Es más, el hecho de que ambas narraciones, la cantada y la ilustrada, trascurran en diferentes planos, tengan diferentes ritmos permites que ambas se conviertan en comentario la una de la otra, utilizando las diferentes pausas requeridas por cada uno de sus lenguajes para desarrollar y completar lo que la otra calla.

Un corto, en definitiva, que es de una brillantez técnica y estética apabullante y que en su condición de cuento moderno para adultos, se las arregla para realizar una velada pero poderosa crítica social, tanto en la figura del avaro protagonista incapaz de tirar nada, pero que al final acaba destruyendo (y destruyendose) el único tesoro que tiene, como el de una sociedad en la que todas sus pretensiones de belleza no son más que mentiras convenientes en donde queda poco de su significado original.

Y como siempre, les dejo con el corto, para que lo disfruten, porque ésta, sin lugar a dudas es una de las obras mayores de la animación.

Esta vez no puedo incrustarselo, pero aquí se lo dejo. http://youtu.be/UuM8xHQSUEM