lunes, 23 de octubre de 2006

Dining with friends


En las ciudades suele haber rincones escondidos, lugares desconocidos incluso para sus propios habitantes, sitios que albergan, aunque sea un tópico decirlo, tesoros mayores que las imágenes e iconos que representan la ciudad ante el mundo... y que todos asociamos con ellas.

Las ciudades italianas son especialmente ricas en estos sitios mágicos, desconocidos, solitarios, casi perdidos y abandonados. Tan grande es la riqueza artística del país que es imposible mantenerlos abiertos todo el tiempo. No habría personal suficiente para su custodia y la mayoróa de los turistas, limitados por estancias de apenas un día, atados a los caprichos de los tours operators, nunca se pasarían por allí. Así ocurre que apenas abren un día a la semana, un par de horas.


Un tiempo brevísimo, que hace que sea extremadamente fácil perdérselos, bien porque alarga uno la visita a otro lugar que, erróneamente, considera más importante, bien porque el cansancio, el agotamiento y el hambre le harían preferir restaurantes y hoteles.

Sin que ni siquiera llegase a lamentarlo después. Pues sólo entristece lo conocido y perdido, o lo al menos vislumbrado e imaginado, pero nunca lo que se desconoce por completo.

El refrectorio de Santa Apolonia, en Florencia, es uno de esos lugares.

Cuando se llega a la plaza de San Marcos, en vez de cruzarla y dirgirse al convento donde se conservan los frescos de Fra Angélico, hay que torcer a la derecha y seguir una calle completamente anodina, sin nada que nos anuncie (torres, campanarios, arquitecturas) lo que nos espera. De hecho, la puerta del refrectorio parece la de una casa de vecinos, con su timbre, su mirilla y su manija, y sólo una placa minúscula, indica que es el lugar que buscamos.


Yo recuerdo haberla pasado de largo, llegar al final de la calle y tener que retrazar mis pasos, esta vez más atentamente. Recuerdo también haber dudado ante la puerta, pensar que estaría cerrada, que había llegado demasiado tarde, hasta que me atreví a llamar al timbre y alguien desde dentro acudio a abrirla.


El hombre se sonrió cuando le pregunté cuánto costaba la entrada. Era completamente gratis, sólo, si así lo quería, podía escribir unas líneas en el libro de visitas, cosa que no hice, ni tampoco me atreví a hojearlo para ver lo que otros habían escrito, sentido, juzgado digno de recuerdo antes que yo. Yo sólo quería ver los frescos de Andrea del Castagno, y el resto (ese placer añadido a la visita, ese ritual compartido con los que me habían precedido y con los que habrían de sucederme) me parecía estúpido y prescindible.


Dentro sólo había otras dos personas. Una mujer madura y un joven. Hablaban en inglés. "Do you realise what he is doing" decía la mujer, "Yes´, I do", respondió el joven.

"Yes, I do"


Sí, yo también me daba cuenta...y me quedé largo rato frente al fresco mirándolo, intentando fijar aquello que era tan importante.


Porque, ya lo he dicho en otras ocasiones. Cada artista del cuatrocento italiano estaba involucrado en una tarea única, superar a los maestros que le habían precedido, dar un paso más en la construcción de ese nuevo arte, de esa forma nueva, que constituiría el signo definitorio de la pintura occidental hasta casi 1910 y más allá. La representación cabal de la naturaleza, la representación racional del hombre, la muestra casi fotográfica de los sentimientos y emociones humanas, de manera que el espectador se sintiese también emocionado, espectador y actor de esa misma escena.


Porque en aquel fresco, el artista había reproducida una cena entre amigos que se conocía de tiempo atrás, el momento en que el más joven de ellos, agotado, se quedaba dormido, el cuidado el cariño, con que los otros intentaban no despertaban.


Lo que hace que una pintura quede pasados los siglos, olvidadas los religiones, perdidas las razones que la crearon.


El sentimiento, terrible y consolador, de la humanidad compartida.