martes, 10 de agosto de 2010

Vampires


No creía que al comentar una de las mejores series de anime de este verano, Shiki, que si sigue así podrá convertirse en una de las mejores del año, fuera a yuxtaponer dos expresiones como "soplo de aire fresco" y "respeto a los orígenes del mito; pero el caso es que esta serie de tema vampírico llama precisamente la atención por volver las fuentes de la leyenda y mostrarnos a los vampiros tal y como eran antes de que vulgarización tras vulgarización, añadido romántico tras añadido romántico,  atenuación tras atenuación de su contenido, los haya convertido en unos seres débiles y abúlicos, capaces sólo de lamentarse y golpearse el pecho,por toda la eternidad.

Hay que recordar, como hace esta serie, ambientada en una remota zona rural del japón, que el Vampiro, ante todo, es un trasunto del señor  feudal de la edad medía, alguien con derecho de vida y muerte sobre sus siervos y que se alimenta literalmente de ellos. Un individuo, como el vampiro, que se siente por encima de los mortales, a los cuales considera como un animal cualquiera, el cual no merece su compasión ni su preocupación.

El monstruo perfecto, en definitiva. Nuestro depredador, que nos arrebata cualquier seguridad que tuviéramos de ser especiales, elegidos, destinados a la gloria, puesto que serán ellos los que acabarán con nosotros y nos heredarán.

Una toma del poder que se realiza en las sombras. Destruyendo, mediante la muerte, los eslabones que mantienen unidos a la comunidad, aquellos que pueden organizarla y prepararla a defenderse, puesto que su propio racionalismo les hará descartar la auténtica explicación, hasta que sea demasiado tarde y los pocos humanos que aún queden con vida sean semejantes a un rebaño temeroso que espera ser conducido al matadero.

Porque sus poderes son sobrehumanos, pero en ello no radica su mayor fortaleza, sino en su inteligencia, en haber sido humanos antes que nosotros y conocer nuestras debilidades, en poder penetrar en nuestros sueños y manipularnos hasta que seamos nosotros los que abramos la puerta a nuestra propia destrucción. Y es que su arma más poderosa es que la primera persona a la que el vampiro atacará es a aquella que más le haya amado en vida.

Así que temed, amantes, madres, hijos, hermanos, perded el sueño para siempre, puesto que será el o ella quien vendrá a robaros vuestra vida.

lunes, 9 de agosto de 2010

FdI, Cuento V: Año 329 a.C. Sogdiana

Como todos los lunes, le ha llegado el turno a otra entrega de Forjadores de Imperios. Esta vez, volvemos con Alejandro y su expedición a los límites del mundo conocido, en busca del mar que rodeaba la οἰκουμένῃ por completo.

Y se me olvidaba, si quieren leerlo todo desde el principio no tienen más que pulsar aquí

Año 329 a.C. Sogdiana

A nuestro alrededor no hay más que desierto. Colinas requemadas sobre las que crecen  matorrales agostados y raquíticos. Toda la tierra sobre la que caminamos es de un color de oro viejo, irreal, como jamás había visto antes. De noche, el agudo silbido del viento sobre estas soledades nos roba el sueño. Extrañas siluetas rondan alrededor de nuestro campamento, se acercan a nuestros fuegos y desaparecen en cuanto intentamos atraparlas. Son sólo animales, no pueden ser otra cosa, pero los hombres están aterrorizados. Ya son bastantes los horrores del día como para tener que soportar luego los de la noche.

En medio de estas soledades del Asia fluye un río inmenso, amplio y profundo. Sus aguas son frías e impetuosas como las de los arroyos de las montañas. Preguntamos a los pocos nómadas que nos encontramos cuál es su nacimiento y dónde está su desembocadura. Ninguno lo sabe. Ninguno ha oído hablar jamas del mar o las montañas. Son palabras que no tienen significado para ellos, que sólo conocen la llanura y su vacío.

El rey ordena cruzar el río. La corriente se lleva a los primeros exploradores que lo intentan, como si fueran meras briznas de paja. Es necesario construir balsas, pero no hay madera en semanas de distancia. Sacrificamos el poco ganado que aún nos queda y construimos odres. Agarrados a ellos, unos cuantos valientes consiguen cruzar la corriente. Uno tras otro, les seguimos el resto, tratando de no ser arrastrados por los remolinos, luchando porque nuestras manos entumecidas por el frío no se suelten.

La ciudad se presenta inesperadamente ante nuestra vista. El asombro nos hace enmudecer. Rodeados de un oasis de árboles y huertas, se alzan templos y palacios como los de nuestra patria, pero no como son ahora, sino como eran hace cientos de años. El calor y las privaciones deben habernos hecho perder la razón. Quizás estemos muertos y éste sea el reino del Hades. Quizá sólo sea un espejismo como los que nos han perseguido durante esta marcha inhumana.

No, no es nada de eso. Descendemos hacia ella y no se desvanece en el aire. No nos reciben sombras, sino seres humanos de carne y hueso, a los que podemos tocar y sentir.  Hablan y entendemos lo que dicen. Nos cuesta comprenderles, pero son palabras griegas las que pronuncian. Los soldados jonios que nos acompañan juran que ése es el dialecto antiguo de su patria, el que hablaban sus abuelos y bisabuelos.

Andamos errantes por la ciudad, sin reponernos de nuestra sorpresa.


De nada ha servido la rebelión. Los persas han derrotado nuestro ejército frente a Sardes. Ahora asedian y toman una tras otra las ciudades jonias, deportando a sus habitantes al interior de Asia, sin ninguna prisa, sin ningún temor. Nadie puede ya oponérseles. Jonia ha dejado de existir y pronto le tocara el turno a Mileto. No pasará mucho hasta que su ejército se despliegue ante nuestras murallas. Sé que no tendrán misericordia. Hemos sido los instigadores de la revuelta y nos reservan el peor de los castigos.

He consultado la situación con mis parientes y todos están de acuerdo. Cuando los soldados lleguen al santuario de Dídima, nos rendiremos y lo entregaremos junto con todo lo que contiene, aunque se nos ha encomendado la misión de custodiarlo y defenderlo. Quizás con nuestra traición consigamos aplacar a los persas y lograr que respeten nuestras vidas y se conformen con desterrarnos. De todas formas, hagamos lo que hagamos, el destino del santuario está sellado. Su destrucción es segura. La única diferencia estriba en que lo sea antes o después de nuestras muertes.



La venganza se ha cumplido. Los sacrílegos que entregaron el santuario de Dídima a los bárbaros han sido castigados al fin. Desde una colina cercana, Alejandro contempla la obra por la que le recordará la historia. Todos los árboles han sido talados sin excepción. Con sus troncos se alimentan las hogueras en las que se consumen los cuerpos de los habitantes de la ciudad. Las murallas han sido socavadas y las casas arrasadas hasta los cimientos. Los templos y santuarios han sido violados y sus riquezas repartidas entre los soldados. Se han arado los campos y esparcido sal sobre los surcos. Nadie podrá volver a habitar en este lugar, ni hombres ni dioses. Sólo ruinas y huesos deben recordar que en este lugar vivieron personas y que creyeron ser felices.

El rey vuelve a dar la orden de marcha. Nos adentramos cada vez más en el desierto. Nuestros geógrafos dicen que tras el horizonte se encuentra el mar que rodea toda la tierra. Daría igual que le dijesen lo contrario, él sólo escucha lo que quiere oír, una voz interior e inflexible que le ordena seguir adelante, siempre adelante, mientras haya un soldado que pueda caminar y empuñar un arma.

Hombres y animales evitan cruzarse en nuestro camino. No es extraño. Si castigamos con ese rigor los crímenes cometidos hace dos siglos, ¿qué no haremos con los que aún están frescos?

Nota: Las fuentes cuentan que en Asia Central Alejandro encontró una ciudad habitada por gentes que hablaban griego, las cuales eran descendientes de los Bránquidas, una antigua familia de Mileto que habían entregado el templo de Dídima a los persas en vez de defenderlo, como era su misión. Alejandro ordenó exterminar a los habitantes y destruir la ciudad.

domingo, 8 de agosto de 2010

100 AS (XXV): Ruka (1965) Jiri Trnka


En nuestra visita semanal a la lista de 100 mejores cortos animados del Festival de Annecy, le ha llegado este domingo el turno a Ruka (La mano) realizado en 1965 por Jiri Trnka

Los que sigan estas entradas sabrán como suelo hablar de la geografía de la animación, tan distinta de la cine, y de esos lugares míticos que aparecen una y otra vez cuando se revisa su historia. De esta manera, productoras e instituciones como la NFB of Canada, el Channel 4 británico, los estudios Zagreb o Soyuz Multifilm son nombres mágicos para el aficionado puesto que bajo su protección han podido desarrollar su obra gran parte de los grandes creadores de esta forma artística... cosa que los que me conocen saben que digo con toda intención, ya que para gran parte del estamento cinéfilo la animación no es cine, así que tendrá que ser otra arte completamente nueva.

Pero volviendo al tema en esa geografía mágica de la animación Praga es una de sus principales capitales y Jiri Trnka la personalidad que la hizo famosa en el mundo entero, al llevar a la perfección un estilo, el de la animación fotograma a fotograma de marionetas (puppet animation en su acepción inglesa) que para gran parte de los espectadores se asocia (o se asociaba) con la animación de los países del este, el antaño bloque comunista, y que ha tenido una influencia tal en el resto de los cultivadores de esta técnica, que ni siquiera la animación 3D, su princical competidor ha sido capaz de reemplazarla, a pesar de que el resultado final, la impresión de realidad, es muy parecido.

Para que se hagan una idea, el corto seleccionado para la lista es el último que rodó Trnka y aunque no hubiera podido completarlo, su nombre sería igual de fundamental en la historia de la animación. Lo que consiguió este creador checo es derribar uno de los obstáculos principales en esta técnica, su falta de expresividad, ya que las marionetas, en sí, no tienen cara con la que gesticular y por lo tanto no pueden actuar. En este sentido, la solución adoptada por Trnka es similar a la adoptada por los mimos, transferir esa expresividad del rostro al resto de cuerpo y hacerla patente por medio de la pantomima, sin exagerarla en demasía para no caer en el ridículo.

Como se puede observar en las capturas, la ilusión de realidad, el conseguir que nos creamos que el muñeco está realmente vivo y tiene sentimientos, esa esencia de la animación, lo logra Trnka mediante una precisa reconstrucción de los movimientos que nosotros realizaríamos en una situación similar, y con una sabia dosificación de los encuadres y los movimientos de cámara. De esta forma, percibimos la desconfianza del muñeco protagonista ante el periódico que le han deslizado bajo la puerta, sus dudas y sus vacilaciones, y el cuidado extremo con el que lo manipula.

No obstante, si este corto se redujera al virtuosismo técnico no pasaría de ser un corto más en la  producción de Trnka. Lo que realmente le distingue es una increíble intencionalidad política, impensable en un regimen totalitario como el de la Checoslovaquia estalinista y que sólo pudo ser rodado gracias a la primavera de Praga de finales de los 60 y la relajación de la censura, ya que el corto es, como digo, una bomba política. En él, Trnka analiza la situación del artista en su país, como se le priva de la libertad de creación y es obligado a crear lo que le dicta el poder, encarnado en la mano del título. Un estado de cosas al que se llega por una mezcla de coacción y seducción, utilizando el poder más descarnado cuando es necesario, para transformarse en una farsa en la que el artista es cubierto de honores y recompensas por haber agachado la cabeza, traicionarse a sí mismo y limitarse a hacer lo que manda, encerrado en una jaula de oro de la cual no podrá escapar ni siquiera tras la muerte, ya que su nombre quedará unido al régimen al que sirvió aunque fuera contra su voluntad.

Y como siempre, aquí les dejo el corto, para que lo disfruten. Espero que sí porque es una pequeña maravilla, por multitud de razones



(My) Wasted Youth (y II)


En puridad, esta entrada no debería haber sido escrita. Mi propósito era continuar con mis comentarios sobre los Anales de Tácito, anotar mis impresiones sobre el último libro que he leído acerca de la batalla de Leyte o atreverme con el reto de describir alguno de los cortos de Stan Brakhage.

Pero mi visionado ayer del último capítulo de Amagami SS, me ha he hecho replanteármelo todo, no menos el hecho ya confirmado de que esta serie del montón está empezando a consumir más de mi tiempo del que debería.

El caso es que la serie continúa en su tónica de describir estos amores juveniles en términos de curiosidad sexual, o como decía de forma más poética en la entrada anterior, como juego, exploración y descubrimiento, del cual ha sido eliminado todo el drama o la tragedia, para substituirlo por placer compartido entre los participantes. Una toma de postura estética que no sé muy bien a quien atribuir, si a los creadores del juego o a los adaptadores del anime, pero que además de su rareza y originalidad, especialmente en un ambiente, el japonés, que pasa sin solución de continuidad de la absoluta aversión por el contacto físico a la más extrema explicitud, si se permite el vocablo; se ve acompañada en este caso por una no menos inusual personalización de esos encuentros, en los que cada uno de ellos tiene su propio sabor, según conviene a las diferentes personalidades de los participantes.

Una aproximación que, recordando algo que leí hace muchísimos años sobre los poemas de Pedro Salinas, es esencialmente antiomántica, puesto que en ella el amor y sus eventos se muestran como rádicalmente gozosos, el medio de alcanzar la plenitud, sin que en su ejercicio se filtre el dolor, la desesperación o la tristeza, tan centrales a la experiencia romántica, capaz de estimar la enfermedad en el amado como la mayor de las bellezas.

Una postura, esta del antiromanticismo, o mejor definido, la del amor luminoso, cuya aplicación a rajatabla pudiera traducirse en una apreciable reducción de las producciones literarias, pero en una mejor y más prolongada salud mental.

Y a las pruebas me remito...