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martes, 3 de octubre de 2017

En los verdes prados de la infancia (y I)

 









































No es la primera vez que me asomo al cine de Karel Zeman. Ya hace bastante tiempo les comenté otra película suya, Ukradená vzducholoď (El dirigible robado, 1967). Sin embargo, como pueden comprobar leyendo las notas de entonces, esa obra me dejó bastante frío. A pesar de la fama de este animador y el lugar preeminente que ocupa en la historia de esta forma, Ukradená vzducholoď me parecía una obra a medio camino, un producto que no era ni animación ni película de personajes reales. Un híbrido que heredaba los defectos de ambas formas y pocas de sus virtudes, si bien podía admirarse por su carácter de reto y logro técnico. Incluso en una época, como la nuestra, donde el ordenador, la 3D y los CGIs han tornado anticuadas las herramientas de antaño.

Les confieso que estaba equivocado. En aquella ocasión me precipité, como de costumbre, lo que me llevó a juzgar a Zelman con excesiva rudeza. Por suerte, mi opinión ha dado un giro de 180 grados tras ver esta semana Baron Prášil (El Barón de Munchausen, 1961), que les puedo decir me ha fascinado y entusiasmado. Sigue siendo un híbrido, como Ukradená vzducholoď, pero eso ya no me importa, puesto que esa definición no es exacta en ninguno de los dos casos. En realidad, son películas de personajes reales, en donde se cuelan inteligentes cuñas animadas. Donde la realidad, la tangible, es puesta en entredicho en todo instante.

No es el único director que ha seguido ese camino. Varios de mis ídolos estéticos, como los Brothers Quay o Jan Svankmajer, han compuesto sus largos siguiendo estas pautas. La animación sirve así de puerta de entrada del surrealismo o, en menor medida, de la inquietud y el desconcierto. En algunos largos del Checo, como en Něco z Alenky (Alicia, 1988) o Přežít svůj život (Sobrevivir a la vida, teoría y práctica, 2010), la animación era además el único medio capaz de construir mundos transitorios, intermedios entre la realidad y la fantasía, que sin embargo no pertenecían a ninguno. Se conseguía así otro milagro: que lo imaginario cobrase realidad, que tuviera acceso a nuestro mundo y pudiera, por así decirlo, infectarlo.

Esa habilidad para crear regiones fronterizas a lo imposible, no sólo accesibles, sino que terminan por hacernos sus reclusos y conquistar nuestra existencia, es también común a Zeman. Sólo que no en el modo turbador y rebelde de Svankamajer, sino en otro muy distinto, no menos importante y querido. Porque ese mundo, el de Zeman, es el de las narraciones y leyendas. No el de los cuentos de hadas, sino el de la novela de aventuras, anticipación y ciencia-ficción. Esas tierras donde lo impensable tecnológico se hacía posible, donde cualquier máquina era factible, cualquier lugar alcanzable por ellas, aunque estuviera situado en las profundidades del mar o en la cara oculta de la luna.

Mundos imaginados que, no obstante, no son actualizados, ni mucho menos aguados en su plasmación visual. Gran parte del atractivo de las películas de Zelman es, precisamente, que transcurren en un tiempo que no es el nuestro. Sea, como en Baron Prášil, un siglo XVIII casi de opereta, de reverencias y cortesías, o, como en Ukradená vzducholoď,  un siglo XIX de navíos a vapor, sumergibles y máquinas voladoras improbables. Factor, el de la improbabilidad verosímil, que fascina y fascinaba a todo lector de Verne, aunque se supiera demasiado bien que los artilugios que describía eran más bien armatostes. Que sólo eran sueños tecnológicos que nunca podrían ser construidos en la realidad, excepto en otra forma, mucho menos romántica, ciertamente menos atractiva.

Esa es precisamente la virtud que no supe ver en mi primer visionado de Zelman. Que su decisión de hacer ver la trampa y el cartón de su animación, de no intentar nunca ser realista, de colocar sus personajes sobre fondos pintados, completamente incréibles, es una opción estética muy bien pensada y meditada. Sólo así, consiguiendo alejar la película del espectador, mostrando la irrealidad de lo visto, se consigue remedar la lejanía característica del material original. Sólo así, además, se consigue el milagro del efecto contrario, que al alejarlo de nuestra experiencia cotidiana, al liberarlo de las ataduras de la vida diaria, se torne más real que ésta.

Y todo ello, con el sencillo expediente del chroma. Sin que la fusión entre el decorado y el personaje chirríe, ni parezca más real que la propia realidad. Muy al contrario, haciendo que el personaje real parezca pertenecer por entero a ese mundo pintado, como si hubiera nacido y crecido en ese mundo de fantasía. 

Como si nosotros también pudiéramos habitarlo.

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