martes, 21 de noviembre de 2017

En los verdes prados de la infancia (y III)


























Dentro de la ciencia-ficción, existe un subgénero que recibe el nombre de steam-punk u, otras veces, el de retrofuturo, aunque ambos conceptos no sean estrictamente sinónimos. Muy brevemente, el steam-punk propone mundos de gran avance técnico, comparable al actual, incluso superior, pero donde la fuente de energía dominante es propia de un pasado hace largo tiempo periclitado. El ejemplo característico sería el de una Inglaterra Victoriana, basada en la máquina de vapor, pero donde la aviación, las telecomunicaciones o la computación se han desarrollado sin problema alguno.

A pesar de ser muy reciente, como el apelativo de punk· denota, lo cierto es que este género tiene raíces muy antiguas. De hecho, en la misma época victoriana en la que suelen ambientarse estas historia. Se podría decir, sin arriesgarse mucho, que el creador del steam-punk no fue otro que Jules Verne, cuyas novelas de anticipación tenían como protagonistas a máquinas de tecnología imposible. Artilugios como el submarino, las máquinas volantes, el cohete espacial, que se adelantaban en muchos decenios a sus plasmaciones reales, fascinando por su novedad a generaciones enteras de lectores. De entonces y ahora, cuando a pesar de lo anticuadas e irreales que deberían resultarnos sus novelas, seguimos siendo presos de su magia, como si en ellas hallásemos algo, una incógnita aún sin resolver, que ningún otro autor ha sido capaz de expresar tan certeramente.

Vynález zkázy (El fabuloso mundo de Jules Verne, 1958), película de Karel Zeman que he visto este fin de semana, es, en mi opinión, tanto otra de las obras precursoras del steam-punk de finales del siglo XX, como una de las adaptaciones más logradas de Jules Verne. No porque ilustre alguna de las aventuras más populares de este autor, como las peripecias del Nautilus o el viaje a la Luna, sino porque toma elementos de muchas otras novelas, fundiéndolos para crear un mundo nuevo que no cabe denominar de otra manera que como Vernesco. Tanto en su plasmación como en su espíritu.

Esta recreación del mundo de Jules Verne se apoya en dos puntales. Por un lado, la conjunción de lo nuevo y lo viejo, de lo racional y lo imposible. Al igual que en las novelas de Verne y en el posterior steam-punk, lo más atractivo de la película, por encima de su historia estereotipada, es su capacidad para imaginar inventos presentes como producto de tecnologías pasadas. Así por ejemplo, como pueden ver en las capturas, Zeman fabula una proyección de cine antes del cine, en la que se distribuyen noticiarios gráficos con los discos del zootropo o la linterna mágica.

En otras circunstancias, en manos de directores más realistas, esta estrategia pronto habría revelado su trampa, su cartón piedra. No así en Zeman. Dado su pasado como animador, que le enseñó a crear mundos imaginarios fuera de las reglas que rigen este mundo, este director traslada sus creaciones imposibles a escenarios no menos inverosímiles. Este es el segundo puntal que les anticipaba, cuyo resultado es que, advertido de antemano de que no está contemplando la realidad, el espectador acepta los absurdos y contradicciones que aparecen en la pantalla. Para él normales en un mundo que se sabe anormal. Extraordinarios por partida doble.

Así, si en Blaznova kronica (El cuento del bufón, 1964) se utilizaban los grabados de tiempos de la Guerra de los Treinta Años,  en Vynález zkázy toda la peripecia transcurre entre dibujos del siglo XIX. En concreto, los que ilustraban las novelas de Julio Verne y donde el lector, entre ansioso y tembloroso, podía contemplar lo que su mente era incapaz de imaginar. Ese sentimiento de asombro y sorpresa ocurre también, en parte, en la adaptación de Zeman, sólo que éste va un paso más, concibiendo artilugios a cada vez más inverosibles, que se saben imposibles con sólo con verlos, a punto siempre de la catástrofe, de volcar y estallar, pero que con la gracia de la animación, su capacidad para dotar de vida aquello que es inerte, nos parecen lógicos y razonables. Serios, en medio de su broma.

Porque ése es otro de los rasgos característicos de Zeman. La profunda ironía de su mirada, tanto estética como políticamente.  Es la de un adulto que contempla con nostalgia los sueños de su niñez, a sabiendas de que ya no puede creérselos. O al menos con la misma ilusión y entrega con la que disfrutaba de ellos en la infancia. Que no tiene miedo de mostrar la tramoya y el engaño, guiñándonos el ojo con complicidad, para que nosotros también disfrutemos de la broma.

1 comentario:

Riberaine dijo...

Preciosas Peliculas basadas en el steam punk como La liga de los hombres extraordinarios y otra de mis favoritas La maquina del tiempo ,o videojuegos como Siberia. Tambien sse pueden encontrar en los libros de Felix J Palma El mapa del tiempo y su trilogia victoriana.